Escritura interior
 
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28/12/2013 (10:27)  OPS. Roto. Rábago

Veo el video de El Roto simultáneamente en cuatro pantallas instaladas en la exposición de su obra La Nau (Universidad de Valencia) y veo a cuatro Rotos que hablan sobre imagen y pintura, sobre el lenguaje del Poder del que debemos desprendernos y sobre la conexion de texto e imagen y sobre aquello que es verdad y mentira.
Veo al Roto con bastantes más años que cuando lo conocí y entrevisté para  el semanario Blanco y Negro. (Esto puedeleerse pidiendo  a Google "ignacio carrion diarios el roto ops") y ahora no sé si quien está hablando es el Roto sobre Rábago o este sobre el Roto, o ambos seguramente sobre OPS, que así firmaba cuando lo conocí, cuando no quería que lo fotografiaran, cuando se ocultaba en una especie de esquizofrénico refugio dibujando en su guarida cabezas partidas como melones de las que podían salir serpientes o enanos o sesos chorreando tinta. Y era espeluznante como lo son los garabatos de los locos.
Siempre me gustó la mirada de El Roto. Y me ha gustado ver los dibujos, viñetas, leyendas y sufrimientos sarcásticos, cínicos y tiernos  de sus personajes que él, como pocos, lleva dentro y ahora nos explica en las cuatro pantallas donde cabecea para leer unas notas sobre las que divaga e interpreta en torno a unas ideas, dando  la cara ante un público que lo admira  en ese instante arriesgado de teorizar.
Recuerdo mientras él habla una visita que le hice en su estudio por encargo, creo, de El País, cuando me dijo que no tenía televisión, que a veces - como todo hijo de vecino pagado por Polanco y sus servidores- debía soportar la censura, y me contó que recientemente esto ocurrió con un dibujo en el que Clinton llevaba a modo de corbata un pene,  (la leyenda la olvidé) y tuvo que sustituir aquél pene que todos sabíamos que chupeteaba la becaria del Presidente norteamericano, por una insulsa corbata cortada por la mitad, y Clinton decía, más o menos, esto: "No sé qué les llamatanto la atención.
Este Rábago o aquel Roto o su anterior OPS son  un mismo y solo  Dios  con tres naturalezas. Padre, hijo y yo diría que el nieto de pelo blanco. 
Ahora, por fin  parlanchín,  seguro de sí mismo en el instante de exponer no solo su obra sino una especie de exégesis de la misma en la que el autor trata  de la importancia de un original y no de la copia de ese original.
Recorro las tres salas (la pintura me gusta bastante menos que los dibujos) que la Universidad le ha dedicado al que para mí es el único ilustrador filosófico  de la patología española, quien como nadie capta la amargura de la vida y el abuso del poder, y recuerdo que un día  lo llamé por teléfono (o le escribí) y le dije que era insuperable  su dibujo publicado de una vaca que estaba loca, cuando teníamos las vacas locas en el mercado europeo y el terror a la contaminación del ganado llegaba a las carnicerías, y él creó  una vaca triste -antítesis de la que ríe en porciones- y esta vaca mugía: "nos ordeñan, nos despiezan, nos venden y nos comen...¿cómo no vamos a estar locas?"
He  vuelto a casa, he entrado en la cocina donde tengo el  original que El Roto me regaló colgado sobre el horno, y he revivido aquel agradecimiento y me he alegrado de  que su obra me gustara hace muchos años, y también ahora, y he mirado a los ojos a la vaca loca y me he dicho: tal vez, querida vaca, se nos ha vuelto cuerdo el vaquero que te cuidó,  llámese El Roto,  OPS o incluso Rábago. Y esto debe de hacerlo un poco más feliz.


  

25/12/2013 (18:16)  Buñuel según Ian Gibson

Ian Gibson es amigo mío desde hace más de 30 años. Sus biografías siempre me interesaron.  Gibson es un hispanista  y un historiador exigente, riguroso y ameno. En su libro sobre Buñuel (1900-1983) ha invertido siete años. “Una biografía es siempre el resultado de un trabajo colectivo, sobre todo en el caso de un personaje mundialmente célebre y que ha vivido en distintos países y manejado varios idiomas. Soy muy consciente de ser un trabajador más”, escribe con admirable modestia en la introducción de esta su última obra de 937 páginas. Claro que,  a renglón seguido, advierte que no se trata de una “biografía completa de Luis Buñuel y ello por causas lamentables ajenas a mi voluntad. Entre estas, el incumplimiento por el Gobierno de Aragón  de la promesa de una subvención para poder trabajar a pleno rendimiento en mi tarea”.

Gibson cubre 38 de los 83 años de la vida del cineasta pero el lector desearía que su trabajo se prolongara hasta la misma muerte del genio de Calanda.

Los nueve capítulos del volumen están llenos de sorprendentes hallazgos y van seguidos de referencias y notas que se completan con una relación de las  fuentes informativas consultadas por el autor, así como con un índice onomástico imprescindible para cualquier consulta.

Gibson sigue a Buñuel en una España turbulenta y traumática hasta que su vida y su arte peligran y se ve forzado a exiliarse en el extranjero. Por lejos que esté Buñuel, el genio subversivo  de Calanda continuará suscitando odios y envidias de la  derecha cerril más retrógrada que tanto daño produjo y sigue produciendo a nuestro país.  Los males y horrores que denunció Buñuel reaparecen hoy de un modo nauseabundo. Aquella iglesia católica es la misma que merma hoy los derechos adquiridos. Y el ejemplo más reciente es la nueva ley de Gallardón penalizando el aborto. Se me ocurre preguntar: ¿tendrá  algo que decir al respecto la princesa Letizia, futura reina de nuestro castigado país, donde sólo las mujeres privilegiadas –como ella- que deseen abortar pueden o han podido hacerlo si les viene en gana esquivando las  consecuencias penales?

La biografía de Buñuel se lee como una novela cuyo protagonista es un ser real y al mismo tiempo surreal, alguien contradictorio que se declara “católico y ateo, gracias a Dios”,  y vive un universo marcado por la religión más abyecta, la sexualidad más reprimida y la hipocresía social más indignante que impone la derecha. Buñuel es un animal político que detesta a los políticos y denuncia, con sarcasmo e imaginación, los horrores que todavía hoy pesan sobre los españoles. 

Buñuel trituraría a nuestros gobernantes y con sus restos daría de comer a  directores plañideros que imploran subvenciones del Estado a falta de talento personal.  No hacen falta depilar a Cristo ni entronizar burros disecados sobre el piano de cola del hogar burgués.

El Madrid de los años 20 (la Residencia de Estudiantes) que describe Gibson, así como el espanto de las Hurdes –su documental, que podemos ver en youtube, sería prohibido por el gobierno de Lerroux- ocupan las que para mí son las mejores páginas del libro. Y el encuentro de Buñuel con el patético Gregorio Marañón, presidente del patronato de las Hurdes bajo el gobierno Lerroux, para ver juntos el polémico documental, cubre de mierda al afamado y acomodaticio doctor y ensayista admirado por el franquismo. “Al terminar la proyección, Marañón me dejó helado: ha ido usted a La Alberca y todo lo que se le ocurre hacer es recoger una fiesta horrible y cruel en la que arrancan cabezas de gallos vivos”. Marañón añade que él, en cambio, ha visto y ha admirado unos  carros cargados de trigo, así como unos bailes (presagio de los Coros y Danzas de España)  muy hermosos en aquella singular comarca… pero Buñuel, indignado, replica: “He estado en diecisiete alquerías donde ni siquiera conocen el pan”.

La película siguió prohibida. “En cuanto a que filmé lo peor era verdad: si no, ¿a qué iba?”,  puntualiza  Buñuel.   

 

  

22/12/2013 (11:13)  No ser nada ya es algo

Ahora están cantando los números de la lotería. Como no juego no gano pero tampoco pierdo. Oigo a los niños del bombo. Antes oí a los del coro del anuncio. La manita de Raphael y los pastores apolillados. Y desde luego estuve oyendo la pandereta de los putos  grandes almacenes con su villancico comercial:  al Corte Inglés le gusta la Navidad.
Si lo pensamos bien, todo gira en torno a la pasta.
Para eso nace el  niño  Dios que  morirá dentro de pocos meses. Otro juguete reciclable. Y el rey que adora a los elefantes se quedó cojo. Su familia posa como un belén judeo cristiano con alambradas de espinos para que no pasen ni los negros ni los moros. Si lo hacen, que se dejen la piel a este lado de la verja.
¿Y usted? ¿Y yo? ¿Qué hacemos? ¿Qué somos?
Aunque deseemos no ser nada, no se nos permitirán ser nada. Lo cual ya es algo.





  

20/11/2013 (11:48)  No es lo mismo

Decir algo con pocas palabras no es lo mismo que decirlo con las palabras justas, o con las palabras indispensables. Los políticos dicen poco con muchas palabras y no, precisamente con las palabras justas o, todavía menos, con las palabras indispensables. Los políticos ignoran la diferencia.

  

14/11/2013 (17:16)  Bendición de la pobreza

Fue en 1996 cuando viajé por España en busca de ancianos de más de cien años. Entonces, como ahora, había crisis económica y, de paso, crisis política. Nadie estaba seguro de que la prosperidad volviera por la puerta grande. Luego pasó lo que pasó. Y en este momento algunas cosas que hace 15 años paecían irrepetibles no solo se han repetido sino que todavía son peores.
Encontré en la España interior bastante más resignación que en el restro del país. La resignación de un anciano centenario es comprensible y no voy a ponerla como ningún ejemplo a seguir. Pero también otras peronas parecían resignadas al empobrecimiento, cosa que en el momento actual no advierto que ocurra. En el momento que vivimos rechazamos vivir así. Y no digamos malvivir. No hay, ni creo que deba haberla, resignación. Todo lo contrario. Hay crispación general. Y esa bendición de la pobreza de la que dentro de un rato hablaré en la Casa de la Música (Simat de Valldigna) se acata -qué remedio- como una maldición.
Lo que me interesa, no obstante, es ir un poco más allá y plantear la cuestión del beneficio que puede dejarnos haber sufrido un empobrecimiento, por duro que sea, desde un punto de vista del enriquecimiento humano. No es un contrasentido. Es el resultado de una situación de la que, en términos prácticos, podemos mejorar como personas.
Hay que esperar que el futuro, que no se va a parecer ni de lejos al pasado, ni tampoco al presente, hay que esperar que ese futuro que se vislumbra no nos vuelva inhumanos. La política que impera es inhumana. Los políticos que gobiernan son -por decirlo suavemente- perversos. Nos enseñan a mentir y a engañar y a robar. Es lo que tenemos. Y no creo que merezcamos tener. Ya sabemos qué prometen y qué hacen alcanzado el poder. Detestamos su poder. Y el modo cínico de ejercerlo.
Pero podemos hacer algo. Como en la historia de Francisco y Jacoba, podemos decir que lo intentamos. Y esperar la muerte deseando que no llegue.





En Pobladura de Aliste, una aldea de Zamora perdida al otro lado de la sierra de la Culebra, Francisco Ríos de la Fuente, de 106 años, no parecía dispuesto a morir sólo por razón de su edad.

-¿Aún tiene ganas de pelea? -le pregunté a Jacoba, su segunda y joven esposa de 75 años.

-Pregúntele usted mismo -dijo ella. Entonces abrió la puerta y apareció la cabeza de Francisco bajo la luz de una bombilla colgada de¡ techo, con los ojos cerrados, las manos agarradas a la frazada de la cama y un resuello desesperado en el pecho.

-Está claro que tiene ganas de más -dije.

La mujer explicó que su marido se había roto la cadera hacía un año. La doctora Jesusa Alonso, médica rural de Sanabria, se ocupaba de él. Y una ATS venía diariamente a ponerle una inyección. El anciano se alimentaba bien. Consumía pocas energías. Sus constantes vitales eran perfectas.

-¡Vamos, Francisco! -volvió a gritarle ella a un palmo de la oreja- ¡Habla con estos señores del periódico! ¡Diles algo!

 Su mano derecha ascendió despacio hasta la frente, como señalando el lugar donde guardaba los últimos secretos de la vida.

-¿Te gusta haber vivido tantos años? -siguió preguntándole Jacoba.

-Me guste o no, los he vivido -respondió Francisco con un hilo de voz.

 -¿Echa algo de menos o está contento? -pregunté yo entonces.

-Estoy contento.

-¿Se acuerda de Cuba?

-Me fui a Cuba porque decían que aquello estaba bueno. Se podía ganar dinero.

-¿Y ganó mucho dinero?

-Mucho, no.

-¿Qué hizo en Cuba? -Descargar vagones de caña. Bastantes, años.

-¿Y luego? - -Luego volví aquí. Trabajé toda mi vida en la labranza.

Jacoba ahuecó los almohadones sobre los que Francisco se recostaba. Espantó las moscas que siempre regresaban al rostro del anciano: los ojos, la boca, la nariz. Y mientras hacía esto, la mujer explicó que Francisco fue un buen hombre. Muy trabajador. Muy honrado. Muy cariñoso.

-¡Cuéntales a los del periódico cuando fuiste a Bilbao a buscar trabajo Y te volviste andando tú solo desde Bilbao porque no había trabajo!

 Pero Francisco no respondió. Y entonces, su mujer cambió la pregunta por otra.

-¿Pides la muerte ya, Francisco?

-No pido nada. Cuando venga, viene. Y se acabó.

 -¿Ve cómo no quiere morirse? -dijo Jacoba.

Debíamos despedirnos. Si todo iba bien, le dije a Francisco, volveríamos a visitarle dentro de unos cuantos años. -¿De acuerdo, Francisco? Sin abrir los ojos, aunque parecía que nos estuviera viendo a través de las moscas, el anciano tendió una mano.

-Años bastantes son, se amontonaron encima, dijo lentamente. Que les vaya bien y que no, tengan novedad.

  

17/10/2013 (13:18)  Tres mujeres

¿Qué menos podía hacer el poeta  Ted Hughes, marido de Sylvia Plath, que publicar íntegramente la obra poética  de su mujer? Pero ¿saldó con ello su culpa por haberla abocado al suicidio?
Cualquier lector de los Diarios de Plath presiente lo que es capaz de hacer esta mujer atormentada por los celos.  Prepara los vasos de leche para el desayuno de sus niños, se encierra en la cocina, abre el gas, mete la cabeza en el horno y abandona humeante su obra, un testimonio  triste y luminoso que cincuenta años después de su muerte seguimos aplaudiendo.  
Ted Hughes destruyó  páginas de los Diarios de Sylvia Plath. Lo hizo -según dijo- para evitar más sufrimiento a sus hijos.
Ahora, la editorial Nórdica publica en edición bilingüe un texto breve de Plath titulado Tres mujeres que fue concebido para leerse en voz alta. Sylvia Plath lo hizo ante los micrófonos de la BBC un año antes de quitarse la vida.
Cada una de las tres voces expresa el significado de la maternidad: una mujer se siente realizada; otra sufre por no poder ser madre;  y la última,  por serlo muy a su pesar.
Las ilustraciones de Anuska Allepuz embellecen esta cuidada edición.

  

14/10/2013 (11:00)  Independencia y ficción

No paso por alto los artículos de dos escritores que publican en las páginas de El País y me interesan mucho. Dos Jordi, por cierto: Jordi Soler y Jordi Gracia. Uno y otro se complementan. Ambos escriben muy bien, lo cual es para mí un requisito indispensable por la sencilla razón de que quien escribe bien piensa bien.
Jordi  Soler expresa con claridad meridiana lo que piensa al escribir, sea cual sea el tema del que se ocupe. Y al otro Jordi, Jordi Gracia, le pasa  lo mismo.  Gracia es un crítico exigente que analiza y reflexiona de un modo directo, sobrio  y elegante.
Acabo de leer un artículo del primer Jordi, (El País, 13 de octubre) en el que Soler se ocupa del independentismo catalán. Este artículo no habrá despertado demasiadas simpatías entre los seguidores de Artur Mas, embaucados por su presidente en la conquista de una tierra prometida, pero aquí tienen un certero análisis hecho por un catalán nacido en México cuya familia, por el hecho de ser republicana y roja, tuvo que abandonar forzosamente su tierra, y que desde hace más de diez años vive en Barcelona.
Aconsejo leer íntegro este artículo titulado Independencia y ficción donde Jordi Soler afirma “que ser independentista en un lado (México)  y en otro no es exactamente lo mismo, pero ambas experiencias comparten, de manera muy clara, un territorio común”.
El independentismo de ultramar y el independentismo catalán en Cataluña se asientan en el mismo plano de la ficción y no de la realidad, viene a decirnos  Soler.  “La ficción es tan poderosa que cuando el president suelta aquello de I have a dream a nadie le escandaliza ni el disparatado autoparalelismo con Luther King, ni que la línea potente de un discurso apele a un sueño, como en otras ocasiones apela a la ilusión, a la esperanza, a conceptos exclusivamente sentimentales”. Pero advierte que “si quitamos la mística al proyecto independentista y nos atenemos a los datos que la realidad nos ofrece, si despojamos el proyecto de toda ficción, tenemos que una Cataluña independiente sería menos próspera, quedaría aislada de Europa y tendría menos peso político,  económico y cultural del que tiene ahora como parte de España”.

  

13/10/2013 (19:15)  La avaricia

¿Qué es la avaricia? ¿Acaso la avaricia dejó de ser un  pecado capital porque los codiciosos se lo apropiaron en exclusiva para presentarlo a la humanidad como si fuera una virtud, dejando a los demás mortales el reparto de los restantes vicios, la lujuria, la soberbia, la envidia, la gula, la ira, y la pereza?
Pensaba en la avaricia al ser despertado al amanecer por los escopetazos de los cazadores en el primer día en el que se levanta la veda. Este valle, normalmente silencioso, se llenó de ruidos y de ladridos desesperados de los perros.
Me vino a la cabeza el refranero español: “A veces caza quien no amenaza” reza uno de los muchos proverbios que tratan de la avaricia. El refranero aclara “que los aprovechados suelen ser los que ocultan su propósito con mayor disimulo” (Refranero Español, José Bergua, página 149, edición de 1984).
Desgraciadamente sé algo de esto. Sé más de lo que me habría gustado saber desde que un pariente demasiado cercano descubrió su rostro marcado por la avaricia. Era, ni más ni menos, uno de esos “que ocultan su propósito con mucho disimulo” para perseguir la pieza igual que un cazador a quien levantan la veda. Es decir, apuntó,  disparó y cobró su presa.
¿Esperaba asignarme al papel de algunos confiados perros que todavía lamen la mano de quien les golpea? ¿O esperaba que ladrara hasta caer rendido? ¿Qué pensaba el cazador al oír la señal de abran fuego?
Un avaricioso perpetra su rapiña y da cobijo bajo el mismo techo a quien aplaude su acción y, de paso, tantea en sus ratos libres todos los pecados capitales con los que quizá aún pueda lucrarse.
Pero por mucho que nos empeñemos en creer lo contrario, cada vida tiene una duración limitada. Hay un ajuste de cuentas. Y el viejo avaricioso no puede ser avaricioso más allá de su tiempo y espacio.
Luego, cuando menos lo esperas, azota el huracán y arrasa cuanto encuentra a su paso: tu casa, las cuentas, los recuerdos de tu familia, todo, absolutamente todo desaparece, y el viejo se reconoce torpe y desamparado. Quizá recapacite, y se pregunte: ¿qué hice? ¿cómo pude comportarme de aquel modo? O tal vez ni siquiera se pregunte lo que ya corroe su conciencia. O quizá se arrepienta de sus continuos engaños y mentiras y de su pertinaz mezquindad en el último instante de su vida. Pero será tarde para rectificar y para ser, si no querido, al menos perdonado.

  

12/10/2013 (18:14)  Guzmán de Alfarache

Hay que leer esta edición de Guzmán de Alfarache despacio y con buena letra. Despacio porque las prisas no permiten detenerse en algo muy valioso que ofrece el libro, además de un aparato crítico al final de la obra, y es cada nota a pie de página en la que se explican términos hoy en desuso, o se comparan frases de Mateo Alemán con otras de escritores clásicos  que le precedieron, o con obras y tratados con las que se relacionan. Esas anotaciones son claras y oportunas. No distraen la atención de la novela -pues se trata de ficción, precursora de la gran novela, El Quijote- sino que centran esa atención con más conocimiento e interés. Sólo por eso valdría la pena tener y  mantener una Real Academia de la Lengua que cumple por estas fechas tres siglos de existencia.

Y además de ir despacio en la lectura, hay que anotar con buena letra -y a mano, por supuesto- algunas de esas frases luminosas que escribe Mateo Alemán (Sevilla, 1547-Mexico 1615) dejándolas  caer en sus páginas como por descuido pero que ningún lector atento permitirá que caigan en saco roto.

He anotado esta frase: "El tiempo corre y todo tras él. Cada día que amanece, amanecen cosas nuevas y, por más que hagamos, no podemos excusar que cada momento que pasa no lo tengamos menos de la vida, amaneciendo siempre más viejos y cercanos a la muerte".
A pie de página (58) los editores apostillan que la formulación de Mateo Alemán procede de Séneca: Quotidie morimur -morimos cada día.

  

11/10/2013 (13:49)  Dinero, dinero...

Aparece en España un libro excepcional titulado Filosofía del Dinero (Georg Simmel, Berlín 1858-Estrasburgo 1918) que la editorial Capitán Swing ha tenido la oportunidad  de publicar cuando más falta hace. Y no hay que ser un experto, ni un gobernante como el superdotado ministro de Hacienda (que miente pero no engaña)  ni el titular de Economía -otro que tal- para entender y asimilar las 600 páginas de esta obra escrita por aquel doctor de la Universidad de Berlín (1881) cuya lucidez profética  sorprende todavía en este momento.
Celebro esta edición en nuestro idioma. Y recomiendo su lectura. "Todos somos fragmentos no sólo del hombre en general sino de nosotros mismos", escribió Simmel. Y se preguntó lo que un sociólogo, un psicólogo y un filósofo necesitaba preguntarse:  ¿Qué es la sociedad? ¿Qué papel desempeña el dinero? ¿Qué entendemos por cultura del dinero? ¿Cómo nos vuelve indiferentes el dinero?
Poner el dinero a examen para determinar su influencia en las relaciones humanas, en los intercambios (no es nada el dinero si no se mueve)  parecía ser un empeño demasiado ambicioso e inabarcable en su tiempo. Y no lo fue. Es justamente ahora cuando podemos comprender a través de este estudio el lugar y las circunstancias en las que desdichadamente nos encontramos.
Simmel citará a Dante en la página 513, en un capítulo que, entre otras, aborda la cuestión de "la falta de carácter y la objetividad del estilo de vida". Dice así: "A ciertos enemigos teóricos no hay que contestarles con razones sino con el cuchillo".

  
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