Es desalentador comprobar cómo el presidente Obama va perdiendo popularidad a pasos agigantados. Es triste ver cómo la parte mas ambiciosa de su programa de gobierno se ha desplomado. Las promesas que lo llevaron a la Casa Blanca no salen de la Casa Blanca mas que para ser rechazadas o mutiladas en el Congreso. Aquellos cambios políticos, económicos y sociales que sus electores exigían, y todavía esperan, no se harán realidad. La lectura del último libro de Tony Judt (Ill Fares the Land) en el que defiende la necesidad de mantener la supremacía del gobierno y la no cesión (o privatización) de sus obligaciones bajo el pretexto de una pérdida de libertades, comunica pesimismo. El historiador británico, uno de los mas respetados a ambos lados del Atlántico, ha muerto hace pocos días víctima de una enfermedad que fue paralizando su organismo hasta convertirlo en máscara de un ser humano. Pero su lucidez lo acompañó hasta el final. Y sus reflexiones –su mensaje clarividente- solo fue silenciado por la muerte. En cierto modo lo que le ha ocurrido Tony Judt es como una metáfora de lo que él mismo teme que pueda ocurrirle a los gobiernos. Poco a poco sus miembros y funciones se paralizan hasta inmovilizar por completo sus poderes que, en esta situación, se rinden a fuerzas desordenadas (un capitalismo salvaje, una banca sin control y sin escrúpulos, la corrupción que goza de impunidad) que acaban destruyéndolos. Los gobiernos tan solo son la máscara de un poder perdido. Y hay una frase (entre otras muchas) de gran actualidad en esta memorable obra: “(…) the dilemmas and shortcomings of the welfare state are a result of political pusillanimity rather than economic incoherence”. Más adelante afirma: “Politically speaking, ours is an age of the pygmies (…) The institutions of the republic have been degraded, above all by money”.
En uno de sus mejores libros (E. Costello) tropiezo con dos frases marcadas hace tiempo. "Ha empezado a preguntarse si escribir lo que uno desea, en lugar de leer lo que uno desea, es algo bueno en sí mismo" (p. 166). Más adelante, esta pregunta: "¿De qué me sirve una vida entera de escritura al llegar a la prueba final?" (p. 228).
Acabo de leer la extensa biografía de John Cheever que publicará Duomo en España el mes próximo. He releído también los Diarios de Cheever que cubren cuatro décadas de su enconada lucha contra el alcohol, las depresiones, la bisexualidad y un matrimonio espantoso tanto para él como para su mujer, aunque ésta se resarciría de muchos tormentos al vender por un millón de dólares los cuadernos íntimos de su marido. Al final todos salen ganando: Mary y sus tres hijos. Concluyo esta doble lectura y pienso que la vida del autor de Falconer fue tan angustiosa y desagradable como su muerte aunque, a fin de cuentas, fuera ésta una liberación. Cualquier escritor se identifica con la necesidad de Cheever por transformar en cautivadora ficción la realidad mas vulgar (clase media norteamericana, vida de suburbios, su propia doble vida) que le tocó en suerte. Sus experiencias personales las transforma en relatos, viñetas o novelas. Y su poder narrativo logra que cualquier ficción resulte mucho mas creíble y seductora que la realidad que la inspira. En infinidad de ocasiones los editores le exigían cambios no siempre plausibles. O rechazaban sus originales. Pero Cheever era perseverante y en cierto modo humilde. Muchos de sus relatos viajaban de la redacción de The New Yorker a la redacción de Esquire, o de otras publicaciones, en una especie de carrusel que él presenciaba a una prudente distancia de sí mismo y de los demás, eso sí, gracias a la ayuda del alcohol. Cuando sufre su primer delirium tremens ha de ser hospitalizado. Y enseguida se apunta con devoción a los AA. Y deja definitivamente la bebida pero un cáncer le invade primero un riñón y después todos sus huesos. Solo parece estar en paz y muy cansado (el cansancio es el rostro de la muerte) ya al final. “La esencia de la sexualidad es la incontinencia”, escribe en una de sus ultimas páginas, nunca fechadas del Diario, cuando uno de sus amantes masculinos le procura un orgasmo poco antes de morir septuagenario. Y a continuación un clérigo al que siempre había despreciado le da la bendición y Cheever cierra los ojos en silencio.
En un pintoresco país bravo y cornudo, ¿a quién puede ofender que un grupo de políticos fallen en contra de las corridas de toros? ¿A los toros? ¿A los toreros? ¿Al público que se divierte con el espectáculo de la llamada Fiesta Nacional? Toda esta polémica no es nada. La ministra de Cultura qué va a decir mas que lo que tiene que decir: las corridas son cultura. Algunos sesudos escritores se pronuncian a favor de la libertad del pueblo, es decir, se manifiestan a favor de la perpetuación de la tortura y muerte de los carnudos destinados a la lidia. ¡Qué mejor vida pueden darse los toros bravos, como los cerdos ibéricos alimentados con bellotas, antes de llegar al ruedo o a la mesa! Los mismos que están a favor de esa libertad (“si quieres vas a la plaza y si no te quedas en casa”) suelen estar a favor del tabaco (si quieres fumas y si no no fumas), y en general a favor de todo aquello que les satisface o divierte aunque moleste a sus semejantes. La sangre en la arena es mítica. Es literaria. Es sangre antigua y en cierto modo sangre aristocrática. Recuerdo cómo disfrutaba Franco en el palco. También el Rey. Y en la barrera los escritores, esponjas de alcohol propensas al suicidio. ¿No matan a los toros los bailarines de nuestro mas puro ballet nacional? ¡Pues matémonos nosotros ebrios de gloria y de tradición! Se invoca la tradición para justificar las peores atrocidades y las mas absurdas estupideces. Ah, esto llevamos siglos haciéndolo. Cuidado. Un respeto. O nos echaremos a la calle para defender la suprema libertad del toro embolado o atado a la soga o ahogado en el mar, del toro torturado y maltratado como una mujer de las que hay que ir cargándose de cuando en cuando. ¿Y qué nos dice la ministra de Igualdad? Yo no sé, ni me importa, lo que dicen los políticos. Generalmente dicen aquello que les proporciona votos, un sueldo y cierta impunidad. Lo que sé es que estoy en un pintoresco y bravo país que ama lo pintoresco y lo bravo. Que confunde cultura y crueldad. Y que, encima, argumenta que no hay crueldad en las corridas de toros, tampoco en las fiestas con ganado menos bravo al que se golpea y hace sufrir porque ese sufrimiento es placer, ese golpe es dicha.
Lo mas llamativo del periódico de hoy es la noticia de la muerte del inventor de la caja negra de los aviones que a la edad de nueve años perdió a su padre en un accidente de... aviación.
No sé si Dios me interesa algo. Lo que no me interesa nada es el tema de Dios.
La libertad de una hoja de papel en blanco es solo la libertad de una hoja de papel.
Nacimiento y muerte dos situaciones de extrema vulgaridad. Entre uno y otra cada cual hace lo que puede, si le dejan.
Escribir sobre la ciudad que describes pero a cien kilómetros al sur de esa ciudad, y a 50 años, como mínimo, de ti mismo. Si acortas ambas distancias, tiempo y espacio, tu relato pierde intensidad y sus personajes, aun tratándose de criaturas de ficción, se vuelven inverosímiles. Un mundo novelesco no deja de ser una historia creíble. El lector se acercará a ella cuando el escritor la haya abandonado. No van a coincidir nunca lector y escritor puesto que cuando el primero accede al texto, el otro ya ha desaparecido. El escritor hace su trabajo con la máxima libertad. No hizo concesiones de ninguna clase. Ni a los posibles lectores ni tampoco a sí mismo. ¿Para qué?
¿Es cierto que pasan tantas cosas terribles en el mundo? ¿Y qué cosas son esas? ¿A quién le afectan? ¿Por qué ocurren? ¿Cómo evitar sus consecuencias? Cuando esperamos algunas respuestas se producen nuevas preguntas. Y otras tragedias. Y mas inquietud seguida del mismo silencio. Optamos por no prestar demasiada atención. Por no comprobar ni indagar los hechos de los que se habla. Por permanecer como estábamos. Es decir, al margen.