Escritura interior
 
Pgina: 1/7


29/12/2010 (13:15)  Hace doce años

Hace doce años (parece ayer) murió mi padre.
Y a las 21.45 del 29 de diciembre de 1998 anoté estas frases en mi Diario:

“Mi padre ha muerto y me parece estar escribiendo la cosa más inaudita, la imposibilidad mayor que hubiera imaginado. No, no ha muerto, me digo, pero lo he visto: ha muerto.

Sé que con su muerte no dejaré de adentrarme en mi propia muerte. La muerte de mi conciencia. Mi total extinción.

(…) Acudí cuando ya estaba vestido como la noche de la cena de Nochebuena, con el único traje rayado y oscuro que tenía. El chaleco. La chaqueta. Calcetines con un pequeño remiendo en el pie izquierdo. El otro pie ligeramente torcido hacia fuera, quizá efecto de su hemiplejía. 

Miré su rostro y tenía la boca desmesuradamente abierta , esa boca caída de pasmo, incredulidad, vejez. Boca por la que entra la muerte como una nube negra. Los ojos cerrados y hundidos”.

  

29/12/2010 (11:01)  Entre salero y peonza

En su impagable libro Meditaciones en el desierto, aquel periodista catalán que escribió bajo el seudónimo Gaziel  la amargura de la posguerra como muy pocos han sabido hacerlo, traza un perfil de Franco (año 1949) con motivo de una visita que hizo el Caudillo a Portugal. El generalísimo fue a Coimbra para recibir el doctorado honoris causa. El NO-DO dio cuenta del acto celebrado en la Universidad, algo que Gaziel  no comprende que pasara por alto la censura.
 “Franco tiene, de natural, una figura entumecida y barrigona que no es ni remotamente agraciada. Además se da tales aires de suficiencia, de tomarse a si mismo en serio, y viste de forma tan estridente, cargado de fajas, galones, bordados y chatarras que todo compone un conjunto nada fotogénico. Pues ahora imaginaos su figura en pantalla, vestida con una toga doctoral que le llegaba hasta los pies, y de holgada valona, que le convertía literalmente en una peonza; y llevando en la cabeza un birrete rodeado de flecos y coronado por una punta torneada con una pieza de ajedrez, un alfil. Era una especie de salero andante monumental –un salero como los de las antiguas casas burguesas, con faldillas bordadas. Era inmenso. Y toda la sala reía a carcajadas el día que lo vi en el cine, en Madrid. Pero no en tono de mofa ni de irreverencia, sino por la irresistible fuerza cómica de aquel gran egoísta disfrazado”.

  

23/12/2010 (09:49)  Cuaderno de Chéjov

Antes de empezar El mundo bajo los párpados (Jacobo Siruela) termino el Cuaderno de notas de Anton Chéjov. Hay frases, no demasiadas, memorables. Otras, sugerentes. Y el resto, que son bastantes más, no pasan de ser lo que seguramente pretendía Chéjov que fueran: apuntes aprovechables (o no) para su obra.
Las anotaciones las iba tomando durante los trece últimos años de su vida. La lectura desvela un modo de mirar, de reaccionar con palabras  a  estímulos concretos. Chéjov observa la realidad para escribirla o, tal vez, la ve de ese modo porque ya ha sido mentalmente escrita.
El yo de Chéjov -dice en el epílogo Leopoldo Brizuela- es una máquina de percepción desconcertante.
"Su barba parecía la cola de un pescado" (149)
"Ella no tenía suficiente piel en su cara: para abrir los ojos debía cerrar la boca y viceversa" (122)
"La muerte nos causa espanto. Pero sería aun más espantoso saber que viviremos eternamente, sin morir una vez sola" (116).

  

15/12/2010 (10:46)  Y al contrario

Nada acaba gustando tanto como lo que en principio no te gustaba nada.
Y, por supuesto, al revés: un libro, una persona, un lugar, una idea.

  

26/11/2010 (10:10)  Hombre solo

"El deber de un hombre solo es estar todavía más solo", escribe Cioran.
Me pregunto al leer esto, si la mujer sola habrá de sentirse igualmente  obligada a estar aún mas sola.
Supongo que sí.
Pero  en cuanto a los niños, que yo sepa, no dijo nada Cioran. Lo cierto es que los niños  están solos  con demasiada frecuencia contra su voluntady  a lo largo de su niñez, preparándose sin saberlo para un futuro inevitable de soledad.

  

20/11/2010 (18:45)  ¿Para qué más?

Montaigne y Kafka.
¿Para qué más, cuando ya está todo en su obra?

  

18/11/2010 (19:27)  Pobres mujeres

Cuando veo, como ahora,  un libro mío recién publicado en una librería, siempre tengo la impresión de que no es mío, sino de otro.
Pero es mío. Y esta sensación de extrañeza también es mía. Y me acerco al libro, lo observo sin tocarlo, observo a las personas que están cerca hojeando libros (no el mío, otros libros) y pienso: si ahora alguien coge mi libro, y le echa un vistazo, y vuelve a dejarlo sobre la mesa, y yo me hago el distraído a su lado como si no fuera el autor de ese libro, y entonces tomo mi libro y hago lo que hizo esa persona, lo levanto y vuelvo a dejarlo donde estaba, y me voy a por otro libro -naturalmente un libro de otro autor-, ¿me sentiré despreciado por un lector que quizá estuvo a punto de llevarse mi nuevo libro y no se lo llevó?
Me preguntaré: ¿Qué provocó su rechazo? ¿Fue el precio, cuando es un libro barato? ¿Fue la portada, cuando hay dos mujeres que miran con ojos muy inquietantes? ¿Fue el tamaño y el número de páginas, cuando es pequeño y apenas sobrepasa el centenar? ¿Fue el título, Pobres mujeres, que a mí me gusta, y que encabeza uno de los relatos, el último, precisamente?
Salgo de la librería antes de contestar ninguna de estas peguntas. ¿Para qué? ¿Qué mas me da?
¿Sería mas feliz, me consideraría mejor escritor, me sentiría mas seguro de mi trabajo, de mi talento, de mi obra, por el hecho de que un cliente desconocido de la librería me eligiera y me llevara a la caja, pusiera doce euros sobre el mostrador mientras la dependienta introducía el libro en una bolsa, y mis pobres mujeres abandonaran aquel encierro para perderse en las calles, subir en un ascensor a una casa, entrar en esa casa, quitarse la bolsa que las asfixia, ocupar un lugar cualquiera bajo una luz hiriente, y luego pasar a un dormitorio, quedarse quietas, quizá asustadas, en la mesilla de noche, y dejar abrir sus páginas como si se tratara de sus propias piernas, o de sus ojos, y soportar el peso de los ojos del lector, o de la lectora, deseosos de entretenimiento unos minutos, lo que dura la lectura de uno de los trece  relatos, antes de caer fulminados por el sueño?

  

15/11/2010 (16:17)  Más que tú

Casas, pertenencias, dinero... ¿Para qué? ¿Te da  eso seguridad? ¿Acaso eres más feliz así?
Eres tú,  pero con esas cosas que son ajenas a tí. No eres tú por lo que en realidad eres, sino por lo que crees tener. Por cuanto te rodea.
Y ninguna de todas esas cosas será nunca más que tú.  Al contrario: te impiden ser tú mismo.

  

15/11/2010 (16:04)  Horror, valor

Dos cosas me horrorizan: 1. Yo mismo. 2. Tú.

Perdurable es sólo el valor cuando has perdido la valentía.

El valor de no ser valiente, porque otro no existe.

  

13/11/2010 (11:02)  Críticos

Algunos críticos literarios consiguen el efecto contrario que sin duda se proponen al escribir sus comentarios:  cualquier lector medianamente  capacitado los abandona  antes de tragarse entero el primer párrafo.
Acaba de ocurrime asi con uno de ellos (Aparicio Maydeu, en Revista de Libros) a pesar de que el autor del que se ocupa me interesa: Thomas Pynchon. Pero prefiero buscar a otros críticos  norteamericanos -los hay muchos y benos- cuyos análisis son menos farragosos y mas interesantes antes que someterme a la tortura de algunos españoles que, como en el caso de Aparicio Maydeu, se  regodean escribiendo 276 palabras en la primera frase de su reseña. El libro quizá merezca esos excesos verborreicos, pero no el lector que sólo desea  tener un juicio  mas o menos fiable de  él.
¿Qué ocurre entre nuestros críticos literarios? ¿Pretenden deslumbrar a otros críticos literarios?
¿A los editores? ¿Tal vez así mismos?

  
Pgina: 1/7

 
 
nota legal