Escritura interior
 
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31/12/2007 (11:50)  E.B. White

Desde hace varios días estoy releyendo a E.B. White. Sus ensayos siguen siendo actuales a pesar de que algunos temas hayan perdido actualidad. Eso es lo de menos. La forma tan personal de White al abordar los asuntos de cualquier tipo hacen que sus ensayos (y su correspondencia) conserven intacto su interés.
En una carta a Howard Cushman, White se excusa de haber escrito un libro demasiado largo. Era un maestro de la concisión y un modelo de brevedad. Dice: "El libro es demasiado largo. No he tenido tiempo de escribir corto últimamente".

  

30/12/2007 (18:06)  ¿Figura del año?

¿Es caro o es barato nuestro Rey? ¿Cómo se gasta su familia los 8,5 millones de euros anuales que recibe del erario público? ¿Se retirará el monarca, como en cierta ocasión dijo que le gustaría hacer, al cumplir dentro de muy poco la edad de 70 años?
Estas cosas me traen sin cuidado. No entiendo por qué dedican páginas y páginas algunos periódicos a preguntarse  cuestiones que  carecen de interés.  No siento curiosidad por ninguna dinastía depuesta o  reinante. No entiendo por qué un rey puede ser la figura del año. ¿Qué significa eso?
Un rey no es mas que lo que imaginamos que es. Y el pueblo no es para un rey mas que lo que éste imagina que es un pueblo.
Pero un rey y un pueblo juntos pueden formar un delirio institucionalizado para cualquier Estado absurdo, perverso o soñador. Los  sueños de un Estado tampoco son gran cosa  salvo cuando enloquece la llamada figura del año y es elevada a figura del siglo: Hitler, Stalin, Mao  y algunos otros, siempre demasiados.  

  

24/12/2007 (21:02)  Julien Gracq y la literatura

Ha muerto Julien Gracq. Y vuelvo a sus libros que compré tiempo atrás en la librería de su editor, José Corti, en la calle Medicis de Paris. Abro uno de esos libros (Carnets du Grand Chemin) por la página 284: “Literatura, qué locura invertir lo mejor de uno mismo en un arte cuyo medio es el lenguaje, algo en continua evolución y a merced del uso que hacen un año tras otro varias decenas de millones de analfabetos”.
Un gran escritor muere y su obra produce una extraña inquietud. Como si uno mismo supiera que la deuda contraída con él será imposible saldarla.

  

22/12/2007 (22:01)  Que siga así

Para algunos, estos días son una gran fiesta mientras que para otros la fiesta no les dice nada. Todos tienen sus razones y por tanto todos pueden tener razón.
Que siga así.  Porque esto significa que el mundo no ha perdido ni ganado sentido. Es absurdo. Y lo que se hace en él, sólo puede ser absurdo.

  

18/12/2007 (22:04)  Grandes almacenes

A una mujer se le caían las rodajas de salchichón en las escaleras mecánicas pero no dejaba de mordisquear su bocadillo. Un hombre llevaba la tarjeta de crédito en la mano. Y la miraba como si de esa tarjeta dependiera su propia vida. Otra mujer rebuscaba en su bolso y hablaba sola. Y a las puertas de los almacenes un niño rumano daba saltos mientras otro niño pedía limosna. Había un taxista durmiendo la siesta al volante del coche. Y un guardia se hurgaba la nariz debajo del cartel de Felices Fiestas. Aquello, por alguna razón, resultaba triste además de sucio. Aunque dos dependientas jóvenes deseaban arreglarlo ofreciendo colonias de caballero.

  

11/12/2007 (19:40)  Se acerca...

No me hablen del pavo de Navidad, sino del pavor navideño.

  

07/12/2007 (17:29)  Afortunados

¡Qué suerte tienen los que se desentienden de su propia suerte!

  

04/12/2007 (10:16)  Lo mismo

Era capaz de escribir con alegría las cosas más tristes, y de escribir las cosas más alegres con la misma tristeza.

  

27/11/2007 (13:18)  Vamos, vamos

Detesto la morosidad narrativa de Henry James. Es el arte, o el recurso, del escritor avaricioso. Vamos, vamos, parece desear que el lector le diga. O quizá lo que desea es irritarlo. Aparto esa obra maestra que tanto le gustaba a Borges: "Otra vuelta de tuerca". Y recuerdo que no es la primera vez que hice esto mismo. Empezar, avanzar con esa sensación de estar perdiendo el tiempo, y abandonar su lectura.

  

22/11/2007 (20:00)  Este último atardecer

Paseo al atardecer con Blues por el valle de Lliber. No hace frío pero sí humedad. Estuvo lloviznando casi todo el día. El campo huele y el perro es feliz correteando en zigzag y husmeando.
En el camino de tierra, que desciende desde la carretera asfaltada, encuentro a un cazador con dos perros a su lado pero sin ninguna pieza colgada al cinto. Este cazador va pertrechado como un niño que juega a la guerra. Lleva un par de cartucheras, un zurrón colgado del hombro, gorra de visera y esos trozos de cordel de los que suelen atar las perdices o las liebres que van cobrando. Naturalmente también lleva su escopeta, de un solo cañón, quizá repetidora o automática. Desde luego no tiene nada que ver con la que yo tenía heredada de mi abuelo, un arma francesa de dos cañones  pero un solo gatillo que entregué hace un año a la Guardia Civil. ¿Para qué la quiero? ¿Qué sentido tiene renovar una licencia cuando no tengo intención de pegar un solo tiro?
Le pregunto al cazador, que deberá rondar los 40 años, tal vez algo menos, si shay algo a lo que disparar. Nada, dice. Pero él sale con los perros cuando acaba su jornada de trabajo (es escayolista) y al menos los perros se lo agradecen.
Desde el camino, por el que ahora avanzamos juntos, tanto nosotros como los tres animales, que parecen haberse hecho amigos, el cazador-escayolista señala su casa  a la entrada del pueblo. Es una casa de labranza blanca. Vicente -así se llama este hombre- nació aquí, dice. Y sus padres también. Su padre trabajaba con un francés que en los años setenta compró algunas casas en la parte alta de Llíber, cerca de la iglesia y del via-crucis que conduce al cementerio. Conozco muy bien el cementerio que, con el de Guadalest,  son (o eran) los más hermosos de toda la comarca.  Éste, el de Llíber, tiene la mejor vista sobre el valle. Un privilegio para los muertos y  también para quienes los visitan. Muchas veces pensé que no me hubiera importado nada vivir en una de las pequeñas casas que el  arquitecto francés restauró con tan buen gusto hace ya mas de 30 años. Recuerdo que estuve a punto de adquirir una. Y me arrepentí luego  de no haberlo hecho. Aunque ahora, cuando parece claro cuál va a ser el destino de estos pueblos, casi me alegro de no venir a ellos más que a pasear un rato cuando anochece, y ni siquiera sé por cuánto tiempo valdrá la pena todavía hacerlo.
Desde el camino, ya con poca luz, podemos ver dos urbanizaciones pegadas a la ladera de unos montes que pertenecen a Xaló, un pueblo que perdió todo su carácter. Y más allá, fuera del alcance –menos mal- del paseo, se encuentran  Alcalalí y Orba, víctimas de  la misma o peor transformación.
Pero Vicente, el cazador-escayolista, parece orgulloso y confiado de que Llíber no vaya a cometer las mismas aberraciones que sus vecinos. Claro que, añade, ahí detrás –y señala una loma-  a un constructor ya le han dado permiso para levantar doscientos chalés... Y ese terreno pertenece a Llíber.
Me vuelvo a mirarlo:  es una extensión abrupta de bancales de piedra gris, piedra milenaria, pinos, algarrobos y olivos, y también monte bajo. Vicente añade  que no le daban permiso al constructor, un tal Ferrando, porque le faltaban algunos metros. Pero ya los compró, naturalmente. Y un día de éstos entrarán las máquinas excavadoras a las que seguirá todo un ejército.
Cuando oigo que tal o cual proyecto  estará terminado en el 2020, cierro los ojos y me imagino no ese proyecto sino a mí mismo a  la edad de 82 años. Y aunque no me apetece envejecer (ni aún menos tener que morir) tampoco me  mato por seguir vivo demasiado tiempo para ver todo lo que se anuncia por aquí.

  
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