Escritura interior
 
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12/09/2016 (19:)  Lo que va quedando

Al final ¿no eres lo que escribes?

  

07/09/2016 (15:04)  Habitación

Que la habitación de un enfermo no se parezca a la habitación de un enfermo. Que un enfermo no se parezca a un enfermo, como el médico no tiene porqué parecerse a otro médico. Que un hospital no se parezca a otro hospital. Que nada se parezca a aquello que se parece de tal forma que el enfermo, el médico y el hospital parezcan únicos al no guardar ningún parecido con los millones de enfermos, de médicos y de hospitales que existen repartidos por todo el mundo. Que el mundo no se parezca al mundo que conocemos. Que olvidemos o ignoremos ese mundo, las habitaciones ocupadas por enfermos que detestan parecerse a otros enfermos como ellos, encerrados en esas habitaciones de hospitales idénticos atendidos por médicos que se parecen a otros médicos formando un ejercito de médicos que, hagan lo que hagan acaban pareciéndose sin quererlo a sí mismos igual que el enfermo haga lo que haga se parecerá al enfermo de al lado, y este al otro, y al otro, pues la repetición (¿ como llamar este fenómeno con un nombre que no se parezca a otra denominación?) – la repetición, repito- usurpa a la existencia cualquier posible encanto, a pesar de que carece de todo encanto.

  

01/09/2016   Brunchú, suba a la tarima

“Brunchu, suba a la tarima”.

“Mire a la clase”.

“Suelte dos lagrimitas y le subo la nota de conducta y aplicación”.

“Puede usted volver a su asiento”.

A los 89 años ha muerto mi primer maestro de primaria del colegio del Pilar, de quien guardo muy buen recuerdo. La causa del fallecimiento ha sido la vejez. Y he tenido conocimiento de él por un compañero de clase con quien de tarde en tarde mantengo correspondencia.

El maestro desaparecido se llamaba Jesús Fernández de Retama. En aquella época los miembros de esta orden – Marianistas – vestían de paisano pero siempre de negro: chaqueta cruzada, camisa blanca y corbata negra. Les apodábamos “Los cuervos”, algo que a ellos no sé si les haría gracia. Lo cierto es que recuerdo a Don Jesús como si lo estuvieran viendo y, sobre todo, oyendo. Tenía muy buena voz. Tocaba el armónium (órgano) de oído. Sus maneras eran pausadas y suaves. En cierto modo, femeninas.

Nos llevaba de excursión una vez al mes, creo recordar, a lugares cercanos a la ciudad de Valencia. Como mi abuelo materno, el terrateniente, tenía una propiedad junto a la estación del trenet de Bétera, Don Jesús le pidió permiso para llevarnos a pasar la tarde en aquella finca. Conservo una fotografía que hizo el mismo profesor en la que aparecemos Juan José Brunchú, Eduardo Cubells y yo tirando muy divertidos de un carricoche; los tres compañeros del mismo curso. Esta foto fue tomada en el año 1947 y está firmada por Don Jesús.

En distintas ocasiones me he referido a la importancia que tiene el primer maestro en nuestra infancia. Deja una marca que muy bien no sabría cómo definir. En este caso concreto esa marca va ensombrecida por un hecho turbio, perverso y no exento de crueldad, como se puede deducir de la transacción que detallo al principio. Lágrimas a cambio de una mejora en la evaluación.

En la clase – éramos 42 alumnos – el silencio era absoluto. Y yo creo que en el fondo compadecíamos a la víctima elegida por nuestro profesor. Sospecho que la dirección del colegio (entonces ocupaba un edificio en la Plaza de Conde de Carlet) ignoraba estos hechos.

Años más tarde Don Jesús marchó a Friburgo, donde la orden del Padre Chaminade tenía casa, y se ordenó sacerdote. A sus alumnos predilectos solía escribirnos cartas de tarde en tarde alabándonos a la Santísima Virgen María y animándonos a seguir una vida ejemplar. Alguna de estas cartas la conservo entre viejos papeles. La caligrafía de Don Jesús era, cómo no, perfecta.

Debe hacer como un par de años me reuní con Brunchú en un café de Valencia. Pensé que le reconocería mirando descaradamente a los ojos de las personas que entraban. Y así fue. Calvo, con paso vacilante del brazo de su mujer pero con la misma mirada de un azul intenso, esperó a que alguien – en este caso yo – le hiciera un gesto de bienvenida.

Durante por lo menos una hora charlamos de nuestra infancia. A continuación de su carrera brillante como pirotécnico que ganaba casi todos los premios en las fiestas con sus fuegos artificiales. Luego cayó en desgracia, algo que él mismo lamentaba. Se sentía fracasado.

Yo no acertaba cómo y en qué momento sacar en la conversación el tema de las lágrimas a cambio de mejorar la nota. Lo importante era confirmar que este episodio, que en mis recuerdos se repetía con bastante frecuencia, no era una fantasía mía. Y no lo era. Brunchú bajó la cabeza avergonzado: “Es cierto. Las cosas ocurrieron así”. Su mujer, hasta entonces en silencio, le reprochó que nunca le hubiera contado esos hechos. “¿Te hizo algo más? ¿Abusó de ti? Porque esto es muy grave”. Temí que Brunchú fuera incapaz de contener el llanto. Por suerte cambiamos de tema y creo que los tres sentimos alivio.

Podría buscar el teléfono o las señas de Brunchú – supongo que sigue vivo – y darle la noticia de que hace tres meses murió de un ictus en un hospital de Vitoria el hombre (el cuervo) que le hacía llorar delante de sus condiscípulos. No voy a hacerlo.

  

31/08/2016   Amor animal

Hace veinte años volé a Edimburgo para entrevistar a una criatura inefable llamada Dolly. Se trataba de una oveja que saltó a la fama por ser la primera clónica de la historia. La oveja me esperaba en sus aposentos de la granja de alta tecnología (Instituto Roslin) a cargo del científico Griffin. Cruzamos una mirada de extrañeza por la que Dolly parecía preguntarme: ¿qué quieres de mi? La tranquilicé con una caricia y el profesor Griffin dijo: Adelante. Ya puede preguntarle lo que quiera. Pensé: Aquí están todos locos y con algo de suerte yo mismo regresaré demente a la redacción de EL PAÍS en Madrid.

La entrevista fue interesante. Le pregunté todo tipo de cuestiones en torno a su clonación y su existencia. El fotógrafo la retrató. Era una oveja fotogénica como pocas.

Ya en Madrid el director encontró tan apasionante nuestra conversación que publicó en portada del Semanal la imagen de Dolly con una expresión enigmática. El director sería despedido semanas más tarde y me imagino que por darle a la oveja el espacio que, aún mereciéndolo, suele asignarse a actrices pechugonas. La oveja murió en 2003. Escribí su necrológica transcurridos diez años de su fallecimiento. Fue una pena. Pero la clonación ha quedado como un hito en la historia de la ciencia, y yo me considero un privilegiado de compartir la fama de Dolly y haber rememorado su fallecimiento.

Por mi vida de reportero han desfilado toda clase de animales. Por ejemplo me pidieron que escribiera una historia (bastante triste) sobre los burros en busca de hogares de acogida. Hice un montón de kilómetros hasta llegar al lugar (Rute, Córdoba) del que si no salgo por pies habría salido a lomos de un asno que desde el primer momento hizo lo imposible para inspirarme compasión. Me pidieron muy poco dinero para que me lo llevara puesto. No lo hice pensando en que sería imposible meterlo en mi casa, entonces en Madrid, donde el vecindario ya me tenía por un bicho bastante raro. De no ser por eso nada me hubiera gustado más que pasearme por el barrio de Salamanca buscando aparcamiento para mi rucio. Hay reportajes que pueden cambiar el curso de tu vida, y siempre son los más peligrosos aquellos en los que nos ocupamos de los animales.

Con la misma facilidad que a unos nos enternece un perro abandonado, a otros los mueve precisamente abandonarlos. En verano, antes de salir de vacaciones, muchos desalmados se deshacen de sus mascotas y las dejan expuestas a ser atropelladas en las carreteras. Al finalizar la temporada cinegética no son pocos los cazadores que abandonan a su suerte a sus perros galgos, algunos de ellos malheridos, en la desorientación de las ciudades.

Se discute ahora la oportunidad de permitir que los perros suban al transporte público con sus amos. La última vez que estuve en Venecia siguiendo los paseos y navegaciones de Joseph Brodsky (enterrado en una pequeña isla cercana) fui en un autobús público con un viejo veneciano que llevaba en brazos a su perro. Al día siguiente volví a encontrar al mismo viejo con su perro, también en brazos. Íbamos ambos a tomar el vaporetto en dirección a Murano. En ocasiones me viene a la cabeza la expresión del dueño del perro que era de inmensa felicidad. ¿Por qué motivo separarlos?

De niño me desagradaba ver a los picadores en la plaza obligando a sus caballos con los ojos vendados a acercarse más y más a los cuernos del toro. Más de uno lo he visto patas arriba exponiendo su panza a los pitones de un Miura. Era frecuente que la sangre corriera por la arena y deseaba que el picador con sus piernas de acero corriera la misma suerte. Recientemente un toro llamado Lorenzo corneó y mató a un joven torero en Teruel. Es lamentable. También lo es la vengativa tradición taurina de sacrificar a la familia y la madre de la res, que en este caso se llamaba Lorenza.

Mientras se deshoja la margarita del toro de la Vega, librándolo del amoroso alanceamiento, las fiestas populares continúan ofreciendo al público en muchos pueblos toda clase de abusos de los toros en una especie de competición por llevarse el título de “nosotros somos los amantes de los animales más bestias”, coronándolos con fuego, lanzándolos al mar, arrojándoles dardos galardonados y un extenso catálogo de penitencias para que paguen el privilegio de haber sido criados en libertad.

  

27/08/2016   La boda del año

No le supliqué al sueño que me llevara una vez más de excursión. Faltaban varias horas hasta el amanecer. Era preferible mantener los ojos fijos en el techo. No tardarán demasiado en dar señales de vida –por cierto buena vida- las cotorras que llenan las copas de estos árboles de la plaza con su jolgorio. También yo mismo habré de sentirme alborotado.

El mismo día me habían notificado en el hospital del cáncer que el TAC mostraba signos de metástasis en mi hígado, por lo que no solo el pulmón estaba enfermo. No hay dolor. Quizá hay error en el diagnóstico.

Estos últimos amaneceres paseaban por el vano metálico del ventanal de nuestro dormitorio una pareja de palomas. Difícil distinguir al macho de la hembra. ¿Podría tratarse de una pareja gay? ¡Solo Dios lo sabe!

Antes de que anocheciera y que cientos de cotorras buscaran con gran alboroto su guarida, vimos una paloma con su ala derecha quebrada. Iba arrastrando su aturdimiento por la calle de Monforte. Yo no podría auxiliarla desde mi silla de ruedas. Chus trató de hacer algo para salvarla pero era imposible. La paloma se aventuró a cruzar la calzada tambaleándose de mala manera hasta la otra acera. Y lo hizo al detectar a una pareja de gatos vigilantes con aspecto amenazador. Uno era blanco. El otro negro. “Si te atreves - parecían decirle - te vamos a despedazar”, y su inmovilidad felina delante de las puertas de acceso con barrotes de hierro resultaba más que sospechosa. Sabían lo que querían.

Desde hace años en este palacete valenciano contraen matrimonio civil muchas palomas y palomos vestidos de blanco y negro. Los gatos merodean por allí. Los novios salen al cabo de un rato muy sonrientes y confiados para recibir la lluvia tradicional de arroz y unos cuantos petardos a modo de salvas de honor.

¿Algunas de estas parejas de recién casados intuye que ya abandonan el edificio con un ala rota? ¿Lo saben desde ese mismo instante o lo descubrirán esa misma noche cuando al fin estén solos?

  

24/08/2016   Gambas de Denia

A las 8:15 vino a recogernos la ambulancia. El camillero desprendía un olor a contenedor de basura. Todos los sabores son pésimos en esta etapa pero el olfato se mantiene y hasta se agudiza. El camillero era muy amable y la verdad es que se le perdonaba este descuido higiénico.

Ya había cola en el edificio circular del IVO, en cuyo sótano está el TAC. Pero la cola era paciente y resignada. Chus entregó mi tarjeta de “portador de cáncer”. Había que respetar el turno que ya estaba reservado.

Primero me pasaron a una sala que más bien parecía una celda de dos metros cuadrados. Chus esperó en otro lugar. La puerta estaba entornada y ya pude ver el aparato, tan grande como una ballena blanca, en el que dentro de un momento me meterían. Todo blanco a excepción de unas patas verdes. Pregunté si debía desnudarme. Señalé mis zapatos. La enfermera dijo que no. Podía meterme en la máquina con lo que llevaba puesto. Me tumbé boca arriba y para tranquilizarme una enfermera que se disponía a pincharme dijo que no tardarían más de diez minutos. Pero no fue tan breve como estaba anunciado. La dificultad proviene de las venas que ya no están en condiciones de demasiado trajín.

Cerré los ojos y fui siguiendo las instrucciones que me dieron: “Muy quieto el brazo (derecho) que voy a hacer lo que tengo que hacer lo mejor que pueda”. La enfermera tropezó enseguida con el problema y pidió ayuda: “Que venga alguien más y vayan pinchándole en el otro brazo”. Con los ojos cerrados ni siquiera vi quien era esa otra enfermera. El aparato empezó a moverse o más bien me desplazaba yo en la plataforma donde me había tumbado. Me pidieron que pusiera los brazos juntos por detrás de la cabeza como si estuvieran las muñecas esposadas. “Y ahora siga las instrucciones que le dictará el TAC”.

No dejó de preguntarme si me dolía el contraste que me habían inyectado. Yo contesté sí o no según el momento indicado.

- Vamos a empezar. Esta vez no se ha salido la aguja de su sitio.

- No se preocupe. Yo estoy aquí y lo que hagan me parecerá bien.

- De acuerdo, pero yo debo informarle. Sus venas de verdad son horribles. No sé si se lo habrán dicho.

La voz del TAC dijo: “¡Respire! ¡No respire!” Esto sucedió dos veces consecutivas. De pronto un auxiliar que debió entrar en ese momento en la sala dijo: “Ya está, José Ignacio”. Le pregunté: “¿Saben con seguridad que las imágenes han salido?” El auxiliar dijo: “Perfectamente”. Me incorporé y de nuevo me preguntaron si la medicación para el contraste me había producido calor en los genitales o en la garganta. “No”, dije. Y al darme la vuelta vi a mis espaldas una cantidad alarmante de jeringuillas a punto de ser usadas (con instrucciones en el envase de cada una de ellas). Y por decir algo comenté a la enfermera: “parecen gambas de Denia”. La enfermera fue rápida y replicó: “¿Es usted de Denia?”

  

24/08/2016   Too Fast

Four minutes to eight

Three minutes to eight

Two minutes to eight

One minute to eight

Eight

  

17/08/2016   Vinito de la casa

No sé por qué precisamente hoy me vino a la cabeza el recuerdo del primer empleado que contraté como dependiente en la librería Lope de Vega. El caso es que sospeché que Antonio Clemente Zorraquino (así se llamaba) aquel joven ex fraile de Zamora podría haber muerto hacía algún tiempo. Ante esta duda busqué en internet su nombre. Todo lo que yo sabía en los últimos años de su vida y milagros (fue funcionario en el marcado central de Villarreal) era lo que él mismo me contó la vez que fui a visitarlo a éste pueblo. Me dijo que estaba casado. Tenía una hija. Había sido muy feliz el tiempo que trabajó para mi y lo echaba de menos al evocar algunas anécdotas que él mismo había protagonizado.

La más frecuente era, por desgracia, la picardía que algunos clientes de la librería desplegaban para sustraer libros y llevárselos en el bolsillo sin pagar. Antonio, el dependiente, los cazaba al vuelo. La librería no era grande, pero tenía dos pisos y vigilar ambos, aunque a Antonio lo ayudara otra joven dependienta, resultaba bastante complicado. En aquella época no era común tener detectores y alarmas, por lo que todo dependía de la perspicacia de Antonio. La alarma era él. De pronto yo lo veía desde mi pequeño despacho acristalado ponerse en guardia y cruzar los brazos como indicando “aquí va a pasar algo” y en efecto lo que ocurría infaliblemente era que el cazador apresaba al ladrón del libro sin alertar a ningún otro cliente. Lo pillaba infraganti, con las manos en la masa, y con una voz a penas audible le decía: “Deje el libro donde estaba o págueme el precio de solapa.” El cliente obedecía y dejaba el libro sin rechistar. Salía pies en polvorosa. Antonio Clemente Zorraquino lo acompañaba a la puerta y le invitaba a volver esa misma tarde a la librería para pagar el libro ya que era dudoso que en pocas horas llegara a venderse.

Antonio se convirtió más que en un vendedor en un experto en detectar a los chorizos. Cuando el ladrón de libros negaba que hubiera hecho algo reprobable, el argumento del dependiente era demoledor. Alzando un poco más la voz le decía: “Creo que usted no me ha entendido. Se lo diré de nuevo. Si no devuelve el libro donde estaba antes de metérselo en el bolsillo le voy a dar una mano de hostias que saldrá a la calle volando.” Ya en ese momento Antonio se frotaba las manos mientras que el otro se ponía más blanco que la pared.

Quien haya regentado una librería, sobre todo en los años de la censura, sabrá muy bien como se apreciaban y revendían los libros prohibidos por el Régimen. La visita de policías de la brigada social era diaria. También se manejaba muy bien en éste terreno Antonio Clemente. “Acaba de entrar uno. Me juego las obras completas de García Lorca si no acierto.” Acertaba y afortunadamente el hecho de jugarse las obras de Lorca era en su caso un estimulo más para venderlas al próximo cliente que se mostrara dudoso.

Hoy le he pedido a internet que me localizara a mi antiguo dependiente Antonio Clemente Zorraquino. Ha aparecido la siguiente mención: “La iglesia de los Padres Franciscanos acogió ayer por la tarde el funeral de Antonio Clemente Zorraquino, más conocido en Vila-Real como El Placero. El nombre le venía precisamente por su trabajo de control en el mercado. Clemente supervisó durante años los puestos de venta que ocupaban, tanto el edificio del mercado central como el de la calle Bayarri”.

Es decir habían transcurrido nada menos que doce años desde el funeral hasta el momento presente. Pero con bastante anterioridad Antonio y yo mantuvimos un encuentro en el mercado central de Villarreal, que entonces era su lugar de trabajo.

El encuentro nos alegró a ambos. Antonio se había puesto encima más de 120 kilos. Pero me aseguró que su salud era excelente y que todos los días se zampaba con sus colegas del trabajo unos almuerzos de cuchara y tenedor con productos “dietéticos”. O sea longanizas, chorizos, morcillas, lomo de cerdo y cosas por el estilo.

“Don Ignacio, estos son cuatro días y hay que saber aprovecharlos.” En menos palabras no se podía decir mejor no solo lo que pensaba de la nutrición aquel hombre, sino también lo que disfrutaba pregonándola. Descanse en paz.

Contaría más anécdotas de Antonio Clemente. Por ejemplo, que cuando la librería Lope de Vega fue premiada en la feria del libro y se ofreció los ganadores una estancia de tres días en el hotel Wellington de Madrid, yo le ofrecí al dependiente que me representara en aquella ocasión, algo que hizo convirtiendo el acontecimiento en una epopeya gastronómica.

Antes de que se abrieran a diario las puertas del lujoso comedor del hotel, Antonio ya estaba el primero en ocupar una mesa. Confiaba en el experto asesoramiento (como si se tratara de un libro) del maitre, quien encima era de Zamora. Es fácil imaginar a ambos disfrutando de la ocasión.

Antonio no distinguía unos vinos de otros. Todos le gustaban. Al sommelier del Wellington le ponía en un aprieto al pedirle su opinión personal: “¿Le apetece probar hoy el vinito de la casa?”. Según me contó Antonio su respuesta fue lacónica: “Amigo, estoy en sus manos”.

  

17/08/2016   La fuente del doctor Moliner

Todavía quedaban a la sombra varias mesas sin ocupar justo a espaldas de la fuente en homenaje al doctor Moliner. Pensó que dentro de un rato todas las tarrazas de la Alameda situadas bajo los enormes ficus centenarios ya estarían abarrotadas de gente. Los sábados se llenaba el paseo. Toda la vida había sido así. Recordaba al detalle este lugar al detalle desde su infancia. Recordaba la fuente del Doctor Moliner, médico, catedrático y político muerto en 1915. Ella nunca supo exactamente por qué le quitaron la cátedra. Llevaba en el bolso su tableta y buscó su biografía en Wilkipedia. Al parecer Moliner organizó una corrida de toros y algo supuestamente tan banal enfrentó al rector y catedrático de patología con otros cargos de la Universidad. A partir de aquella corrida las cosas se torcieron para el doctor Moliner

Se fijó en la escultura de piedra y, para que la oyera su marido desde la silla de ruedas, leyó en voz alta –más bien muy alta- la leyenda del monumento, un tanto grandilocuente: “Para la armonía social, por el amor y la ciencia”.

-¿Eso dice ahí??, preguntó incrédulo el paralítico.

-Textualmente –ratificó ella.

-¡Qué majadería! -exclamó él

La mujer tomó asiento en una butaquita de plástico que imitaba el mimbre y ordenó a la camarera colombiana una bebida para cada uno. Ella pidió cerveza y a él le encargó una coca cola zero, pero sin hielo y in limón, añadió. En ningún momento la mujer perdió la sonrisa. En cierto modo y a pesar del enorme contratiempo del cáncer que habían diagnosticado a su marido meses atrás seguía creyendo que, tanto si funcionaba la terapia como si no (tenía metástasis en varias partes del cuerpo), lucharían ambos mientras les quedaran fuerzas.

-¿Algo para picar? –preguntó la camarera.

Sacudió la cabeza a un lado y otro.

A él te temblaba el vaso de coca cola en la mano derecha, por lo que pasó el vaso a la izquierda para que no se derramase la coca, y quiso evitarle a ella, la que estaba casado veinte años, que pasara un mal rato. La terraza y las mesas próximas a la de ellos se llenaba rápidamente.

-Al menos la fuente de este médico Moliner refresca un poco lugar ¿o crees? -dijo él por decir algo que pudo ser mas estúpido todavía.

Ella asintió.

-Aquí estamos bien. Tenemos armonía social, amor y ciencia…

Un hombre de aspecto pedigüeño (aunque no mendigo) iba aproximándose a su mesa con un paquete de papeles en las manos, vestido con bermudas y mostrando unas piernas blancas y ligeramente deformes.

-¿Me pueden ayudar? ¿Quiere –y miró fijamente la mujer- un cuento por un euro?

La mujer respondió tajante un no, gracias. Pero antes de que el vendedor de cuentos se diera la media vuelta y ella mirase si las piernas blancuzcas y regordetas eran así o, como las de su marido, estaban hinchadas por el calor, el cansancio o la falta de líquidos, volvió a dirigirle la palabra al extraño vendedor de cuentos y le preguntó si los había escrito él..

Los he escrito yo -dijo con indiferencia el hombre de los cuentos. La pregunta parecía inoportuna y, peor aún, absurda. Ella misma, la mujer, se dio cuenta: no tengo intención de pagar un solo euro y no me importa si el autor es ese tipo u otro… Pero el vendedor de cuentos con las piernas blancas pensó que tal vez la mujer estaba cambiando de opinión y ahora le pidiera uno, y él le ofrecería uno, y recibiría el euro y volvería sobre sus pasos que no deseaba que fueran muchos en un día de tanto calor.

Nada ocurrió así. La mujer se puso a hablar con su marido que ya se revolvía en su silla de ruedas. Estaba harto de sí mismo. Del castigo del cáncer. De la existencia que este cáncer les obligaba a llevar desde que lo diagnosticó el oncólogo. Desde que le informaron que no podría operarse. Harto de su sacrificada esposa. De la fuente del doctor Moliner. De la corrida de toros que enemistó al patólogo con sus colegas catedráticos…

Mientras tanto el tipo de los cuentos seguía en lo suyo: “Los escribo yo, ¿no aprecia la diferencia?, señora?”

A la mujer no le inspiró compasión. El hombre de las piernas blancas e hinchadas, se avergonzaba un poco, casi nada, porque esa aclaración del autor de los cuentos de un euro no la hizo rectificar. Para sus adentros exclamó: ¡que la fulmine un rayo!. Fue entonces cuando al marido le vino a la cabeza la imagen de hace mas de 50 años cuando un vagabundo suplicaba una peseta –una vieja peseta- a cambio de que él, el vagabundo de la bombilla fundida se tragaría esa bobilla ya hecha trizas -¡sí como lo oyen y lo van a ver, y se tragaría todo el cristal y la sangre que la bombilla arrancaría a borbotones de su garganta…

Al recordar aquella lejana escena, el marido hizo un esfuerzo por borrarla de su memoria pero desistió preguntándose ¿qué mas da que se tragara hasta el filamento envuelto en su propia sangre?

Dio un sorbo de su vaso de coca cola sin procurar mantener el pulso más firme y seguro, lo cual era prácticamente imposible.

-¿Nos vamos a casa?, le preguntó ella a él.

-Como quieras… respondió él poniéndose el sombrero de Panamá y con él la marca inconfundible de su docilidad: la cabeza quedaba oculta con toda su vertiginosa calvicie. Ella hizo un gesto con el brazo para que la camarera cobrara cuanto antes la consumición.

Cómplice de la escena, el bondadoso doctor Moliner los roció con varios chorros de agua estancada.

-¡Y encima aquí huele fatal! , se quejó la mujer.

  

15/08/2016 (17:16)  El trenet de Bétera

Hace 125 años empezó a funcionar el Trenet de Valencia a Bétera. Tenía paradas en casi todos los pueblos que unían la ciudad y el que entonces era (Bétera) el pueblo más importante de la comarca. La estación estaba pegada a un chale adquirido después de la guerra por mi abuelo. Hoy dejó de pertenecer a mi familia. Este chalé de dos pisos con jardín, pinos y huerta lo regentaba Paco el Tonto, un hombre de edad incierta que llevaba puesta la gorra del Jefe de la Estación. A todos nos hacía gracia verlo dirigir las maniobras del Trenet. Como es lógico quien controlaba hasta el mínimo movimiento registrado en aquellas dos únicas vías de la estación era el Jefe de la misma que, según supe años más tarde, era el padre de Paco el Tonto. La Estación tenía poca vida. La frecuencia de los trenes era de una hora y el número de pasajeros bastante escaso. Escaso salvo los días víspera de fiestas. Entonces los dos o tres vagones del trenet iban hasta los topes y la estación parecía otra. Un gran pino crecido en el chale de mi abuelo daba sombra al andén de la estación. Era allí, bajo la sombra del frondoso pino, dónde en verano esperaban los viajeros la llegada del tren. El chalé tenía dos pisos y una pequeña torre, al estilo de las construcciones pensadas para familias adineradas que disfrutaban sus vacaciones de verano cuando casi nadie frecuentaba las playas. El chalé tenía una huerta y, camuflado entre las tomateras y los melonares, existía un refugio subterráneo que sin duda debió salvar mas de una vida durante los bombardeos. Muy cerca, había un gallinero cuyas gallinas se dejaban hipnotizar de la manera mas estúpida imaginable: agarrabas una por el cuello, la mirabas fijamente a un palmo de distancia y sus ojos se entornaban, y su cuello se torcía, y casi producía la impresión de que caía en un sueño profundo. Soltabas a luego la gallina hipnotizada y hasta que no le dabas un golpe en el trasero el animal no se movía. Mi abuelo heredó de su hermano un huerto cercano al chalé de la estación. Era una extensión regular de 14 hanegadas cubiertas de naranjos que rodeaban una casona, también de dos plantas, en cuyo interior lo más excéntrico era un gran salón japonés. Me preguntó qué encanto tendría aquel salón imperial cuando el lugar era el paraíso de moscas y mosquitos. Abundaban los insectos por la cercanía de unos corrales y cuadras repletos con cerdos, vacas y caballerías. Un barranco pedregoso y reseco por el que jamás corría una gota de agua era frecuentado por carros con mulas a las que insultaban los carreteros para que fueran más rápidas. Era un barranco hostil, que animaba a los carreteros a soltar infinidad de blasfemias cagándose en lo divino y humano y maldiciendo su destino por tener que practicar este duro oficio. De pronto, paraban los carros y cargaban hasta los topes las piedras más pesadas del barranco. Las transportaban a obras o en las cercanías. Pero quienes inspiraban lástima, bajo aquel sol de Agosto, eran las caballerías. No solo por el esfuerzo que tenían que hacer sino también por los bastonazos que recibían. Mas lejos , y hacia las montañas, se veía la Cartuja de Porta Coeli, un edificio impenetrable. Poco a poco iban muriendo los monjes a los que enterraban en el patio interior de la cartuja. Algo más más allá agonizaban los tuberculosos recogidos en un hospital tétrico. Esta semana se ha celebrado el 125 aniversario del Trenet de Bétera. Me pregunto: ¿Seguirá allí el reloj de doble esfera? ¿En que año murió Paco, el faso jefe de estación”? ¿Usarán ese tren los veraneantes procedentes de Valencia sus fines de semana?. Hace cinco años me presenté en el chalé de la estación para comprobar qué ha quedado en pie de cuanto yo conocía. Ahora pertenecía al ayuntamiento de Betera y justamente dónde estaba el refugio y la huerta habían edificado un pabellón para ancianos. En el chalé había funcionarios dónde antes gritábamos y correteábamos los niños . Otro mundo Recuero el día que murió Manolete (29 de agosto de 1947) cuando fuimos a recibir a mi padre a la estación de Bétera. Lo hacíamos raramente. Nos montábamos a toda velocidad en la tartana que conducía Pepe. el casero, con cierta solemnidad. Eran cuatro kilómetros por caminos entre naranjos y girasoles. Llegamos a la estación. Nos acercamos al vagón del trenet del que bajaba nuestro padre. Y allí currió algo inesperado: apareció una flamante bicicleta medio envuelta en cartón. Mi padre parecía feliz al hacerme este regalo pero también se mostraba triste porque, aficionado a los toros, admiraba mucho al torero muerto ese mismo día. Ambos recuerdos han envejecido juntos en mi memoria: la bicicleta negra de la marca Cyl y el rostro afilado del matador cordobés.

  
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