Escritura interior
 
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24/10/2015 (12:02)  En la Biblioteca Histórica

Estoy en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Valencia, donde el acceso es restringido salvo si acreditas ser investigador. Comparto con los dos únicos estudiosos del día el silencio de una sala cuya iluminación, temperatura y humedad están permanentemente controladas. Una persona nos vigila y nos atiende detrás de un mostrador. Yo no investigo. Observo. A mi edad no me molesta ser observado. Más bien me tranquiliza que en esta joyería de libros inasequibles el rugido de una moto que pasa por la calle, o el pitido agudo de un coche, o el grito desgarrado de un peatón puedan provocarme un infarto. Porque si tal cosa ocurriera -pienso-  esa persona acudiría a auxiliarme, llamaría a una ambulancia y la ambulancia me llevaría a toda prisa a un hospital. Podría salvarme la vida, y esto no se paga con dinero. Con dinero, y mucho, lo que  venden las tiendas cercanas: Hermès, Gucci, Loewe, Vuitton, donde, por cierto, no hay más libro que el de contabilidad.
 ¿Qué hago en esta Biblioteca Histórica?  La foto lo muestra: escribo en un cuaderno lo que el lector  de Plaza leerá dentro de unos días. Propongo al lector que busque en internet la página  www.somni.uv.es  y las puertas de este sacrosanto lugar se abrirán de par en par. Solo así penetrará hasta en los últimos rincones.
Poco antes de subir a la Biblioteca Histórica he visto en las inmediaciones de La Nau un número alarmante de cucarachas saliendo de un contenedor de basuras. Unas, se dirigían a las tiendas de lujo como turistas japoneses. Otras, lo hacían hacia el claustro de la Universidad como si fueran estudiantes. Las cucarachas no son bien recibidas ni en un sitio ni en otro.  El portero de Hermès las ahuyenta para que no entren. Aplasta a las que se resisten. En la Universidad, en cambio, aunque simpatizan en general con la causa animalista, no acogen a los insectos que devoran papel y pergaminos con el amor del santo de Asís. Pero los neutralizan , al menos, con avanzados sistemas de exterminio utilizando  una trampa en la que los bichos caen sobre un papel impregnado de una sustancia letal. En un laboratorio de la misma Universidad los expertos  identifican y estudian a las víctimas fallecidas en acto de servicio.
En mi juventud, la biblioteca de Derecho estaba justo debajo de la Biblioteca Histórica. Yo me refugiaba allí cuando el catedrático de Derecho Romano, José Santa Cruz, me expulsaba del aula al sorprenderme leyendo a Kafka.  ¡Qué tiempos! La suerte  que corrí hace  60 años, y la suerte que hoy corren las cucarachas,  se funden en el espacio y el tiempo de mi memoria. Entonces leía y soñaba con escribir. Ahora escribo y sueño lo que Kafka soñó al transformarse de la noche a la mañana  en un miserable escarabajo.

  

11/10/2015 (12:29)  La raza no tiene día

Rizan el rizo del racismo encubierto los partidarios  del llamado Día de la Raza. Es un día bueno también para los no racistas porque es un día de fiesta. No se trabaja, aunque tampoco se descansa ya que la fuerza de la raza y la pureza de la sangre que bulle en nuestras venas trastorna a buena parte de la población.
Ahora la población española es multiétnica pero cada raza que la compone celebra su propio día racista, por mucho que se pregonen los extraordinarios resultados de la hispánica integración. Los integrados siguen siendo racistas integrados. Si no por fuera por dentro. Y los no integrados viven a espaldas de las memeces conmemorativas de las salvajadas que iniciaron la fiesta de la Raza.
En el día de la Raza debería leerse desde los balcones de los Ayuntamientos españoles, incluyendo todavía a los catalanes, un capítulo -al menos- de la estremecedora obra de Bartomomé de las Casas titulada Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Ya basta de recitar El Quijote en público, actores, políticos y funcionarios a párrafo por cotorra, sin enterarse de nada. Ya está bien de remover los huesos de Cervantes  derrochando el dinero de todos, incluídos los analfabetos, o aquellos que esperan enterrar a sus muertos desaparecidos. Todo esto es una burla.
Gastemos el dinero,  escaso gracias a los corruptos que lo roban desde el poder,  en investigación y desarrollo que  retrasen la degeneración de la especie humana.
Nos repugnan  las banderas que enarbolan los  bandidos que desprecia e ignoran  la historia.

  

20/09/2015 (17:01)  ¿Y ahora qué?

Ha salido Ahora. Es un nuevo periódico semanal que recuerda los periódicos del pasado. No el Ahora de Chaves Nogales del que tomó su cabecera, sino de otros diarios y semanarios que tenían como este el incómodo formato sábana, tan del gusto de la prensa anglosajona de posguerra.
El Ahora de ahora mismo tiene un aire vintage que, por 3 euros y la novedad que pueda ofrecernos, vale la pena comprar.  
Pero a mí  me parecen poca cosa las cosas que contiene el primer número de Ahora. Ni los profundos pecios de Sánchez Ferlosio (dos en la portada) ni los artículos que voy leyendo en páginas interiores me sorprenden. Algunos resultan infumables. Es la vieja escuela con un lavado de cara. Y a ver qué pasa.
Sospecho que Ahora desea parecerse a  Le Monde Diplomatique (mensual)  cuya edición en español tiene desde hace tiempo serias dificultades económicas para sobrevivir. Tanto es así que en cada número suplica a los lectores que remitan donativos. La venta y la publicidad son insuficientes. Cuando al fin desaparezca la edición traducida al español de esta legendaria publicación francesa   es probable que algunos lectores,  huérfanos de Ignacio Ramonet, acudan a sollozar la pérdida irreparable del ídolo, en el triste sudario de Miguel Ángel Aguilar. Me pregunto si  una espera demasiado prolongada permitirá al  semanario  Ahora  resistir en el quiosco o tendrá que seguir el modelo pedigüeño de Le Monde Diplomatique en español. Y extenderá la mano para recibir limosnas.

  

16/09/2015 (12:45)  Partir de cero

Una alumna, psicóloga clínica, había leído La hierba crece despacio. Otra, estaba leyendo Molestia aparte. A esta última la reconocí porque asistió a la presentación de mis Diarios en la librería Ramón Llull. Además, asiste al seminario de literatura de Nicolás Sánchez Durán en la facultad de Filosofía. El resto del grupo, cuatro mujeres y dos hombres, eran más jóvenes y con profesiones muy diversas.
Por experiencia sé que un grupo heterogéneo con edades e intereses distintos y una formación probablemente también distinta, hace  más sencillo mi trabajo. Hay que cuidar todos los frentes Quienes son periodistas, no necesitan, por ejemplo, explicaciones detalladas sobre los géneros y las herramientas de trabajo del periodismo. Los conocen. Pero se interesan por aprender el modo de elegirlos y la mejor forma de utilizarlos. No hablo de trucos. Ni de milagros. Hablo de una buena escritura y de un estilo personal.
Esta tarde, en esta segunda jornada del taller, expondré mis ideas sobre el reportaje al que siempre dediqué una atención especial. Un buen reportaje satisface a su autor por exigente que este sea. Y llega al lector como el botón de muestra de un trabajo que no se permite abandonar sino que lo leerá hasta el final. ¿Por qué ocurre así? ¿Por el tema del que trata el reportaje? Solo en parre por eso. Atraerá, si es un gran reportaje, cuando la actualidad que tuvo el reportaje en el momento de hacerlo, haya pasado. Quedará con vida. No se olvidará fácilmente. Se reconocerá que incorporó los principales géneros periodísticos -crónica, entrevistas, opinión- en una sola pieza, aunque  en el preciso momento de devorarlo  el lector no se aperciba de ello. Todo encaja porque todo está en su sitio. Suena bien (al oído) y lamentas haberlo terminado porque aun siendo extenso se hizo corto.  El reportaje es la estrella por excelencia del oficio.
Por esto en el reportaje la escritura va acomodándose a los ingredientes de los que se nutre. Va plegándose a los intereses del tema sobre el que trata.  Si no eres capaz de redactar con claridad una noticia, no esperes serlo a la hora de acometer el reportaje (que es como un viaje incierto) y de recorrerlo entero sin extraviarte. El lector advertirá su imperfección. Descubrirá que las preguntas que hiciste a quien debía de darte un testimonio eran equivocadas.  Verá que las descripciones de un lugar, o el retrato de la persona con la que hablas, aparecen borrosos o les falta luz. Será un fracaso.
El reportero  vas más allá de la noticia que es únicamente la puerta de acceso a la historia que pretendes contar en tu reportaje. Vas a indagar sobre las circunstancias de los hechos y a desvelar el alcance de los mismos. Tu intención es abrir la noticia en canal. Y escrutar lo que lleva en su interior. Y enumerar e identificar  las consecuencias que se derivan de ella.
Un taller de periodismo que invoca la creatividad puede ir sobre ruedas siempre que las ruedas estén bien engrasadas. O, si se trata de neumáticos, que estos neumáticos se encuentren en buen estado y tengan la presión adecuada. El tráfico no debe asustar al periodista.
Para mí, este taller, con estas ocho personas en torno a la mesa, significa reflexionar sobre el pasado del periodismo y sobre el futuro que le deseo que tenga. Ahora  debo reconocer que el presente  del periodismo descorazona.  Hay que partir de cero.

  

14/09/2015 (14:03)  Mañana en Railowsky

Mañana, 15 de septiembre a las seis de la tarde empiezo a dar –detesto el verbo impartir-  un Taller Intensivo de Periodismo Creativo en la librería Railowsky (Valencia) al que se han inscrito ocho personas. Son muchas o quizá pocas. Desde luego son suficientes. No conozco a ninguna de ellas. Lo cual hace más interesante la experiencia, al menos para mí.
Nadie pone en duda que el  periodismo en España va de mal en peor. El  periodismo escrito (tradicional, en papel) sube el precio pero no la calidad. El sábado pasado algunos periódicos, entre ellos El País, lo incrementaron así por las buenas. Todos se  pondrán de acuerdo en encarecer un producto que languidece y tiene los años contados. Ya que vamos a morir, parecen proclamar, lo haremos  sin arruinarnos por completo. O sea, que los ingenuos lectores estamos subvencionando su agonía. Para  el 2020, aseguran algunos expertos, no habrá diarios en el quiosco. ¿Hay que llorar de pena y de dolor?
Todas las variedades de periodismo (radio, televisión o digital) atraviesan también un mal momento. Y no por motivos económicos únicamente. Sino por su incapacidad de conseguir ser más fiables e insurrectos de lo que son, y cada vez lo son menos. Pero, ¿quién exige a los mediocres que lo dejen de ser, cuando su producto  nos lo ofrecen casi siempre gratis? ¿Necesitan dinero o ir al taller?
Un vehículo entra en un taller cuando necesita revisión o reparación. O incluso cuando necesita ser desguazado. El Rey, por ejemplo, acudía al taller (así llamaba al quirófano) con mucha frecuencia porque era un Rey con muchas averías. Exigía ser reparado y no solo perdonado. Pero de aquellos sucesivos talleres salía peor de lo que se esperaba puesto que no hay milagros, exceptuado el de la perpetuación de la corona. Y llegado el momento el Rey abdicó.
Mi taller de periodismo no es modesto sino molesto. En mi Taller no pretendo reparar motores del oficio renqueantes o averiados, Pretendo demoler lo que no me gusta y lo que no debemos tolerar, reabriendo un camino por el que innovar esta profesión a la que dediqué más de cuatro décadas de mi vida. Y ahora está que da pena.
Sin imaginación, sin creatividad, sin entusiasmo y sin las herramientas indispensables, que no son muchas, es imposible hacer lo que yo entiendo por un buen periodismo.
 

  

03/09/2015 (17:32)  Franzen: lanzamiento en toda regla

Hace varios meses me suscribí a The New Yorker aunque  muchos artículos de este semanario se pueden leer gratis en su edición digital. Pero una vez más opté por el papel a sabiendas del daño que esto produce a la salud del Planeta. ¡Qué le vamos a hacer! Tmbién el vino me gusta más que hablar de vinos. Y sé que beber en exceso perjudica a mi salud. Pero hablar de vinos y no probar gota todavía me perjudicaría más. ¿O es que hablar de vinos, como hacen muchos obsesivamente, y de catas de vinos, y de los corchos de las botellas de vino, y de los precios de los vinos no acaba dañando el cerebro aunque no seas vinatero? Tal vez no daña al hígado, pero seguramente  atrofia el órgano más importante que llevamos en el interior de nuestras cabezas.
Leer en Internet más allá de lo necesario  (correos y cosas breves)  me irrita los ojos, me produce fatiga y en ocasiones  me da cefalea.
Por todo esto me suscribí a The New Yorker que lo único que su lectura  me produce es, aparte del placer de leer algo muy bien hecho, una sana envidia si comparo esta publicación con lo que se gasta (y malgasta) en nuestro país. Pero este asunto prefiero no tocarlo ahora.
Cada martes, como digo,  recibo  la revista por correo a velocidad supersónica. No sé si llega de NYC o de Canadá. Poco importa esto. Lo que me importa es que en los siete días que separan un número del siguiente apenas consigo leer la mitad del ejemplar. Pienso que su prestigio está muy justificado. Reportajes, entrevistas, comentarios, reseñas, artículos, viñetas  y hasta la pequeña noticia seleccionada con intención por el editor, entre los periódicos locales de los  EEUU, me sorprende y me cautiva. 
Todos los grandes escritores norteamericanos (o de habla inglesa) desearon publicar algo en The New Yorker. La lista es interminable, como lo es la de aquellos que lo intentaron y nunca lo consiguieron, aunque esto no fue un obstáculo  para alcanzar notoriedad literaria.
Me enteré el otro día que The New Yorker aplica dos principios inflexibles en la admisión de originales de ficción. Los relatos no deben contener obscenidades y  el protagonista no debe ser  un escritor que hable dl oficio.  Ignoro si esas dos extravagancias siguen vigentes. A  Saul Bellow le rechazaron un cuento por usar un lenguaje obsceno.
Y bien, acabo de recibir el nuevo The New Yorker del 31 de agosto, cuyo precio en portada es de 7.99 dólares, una cantidad con la que no se paga el contenido que aparece en el sumario. Lo hojeo rápido y me llama la atención en la página 26  el anuncio de la nueva  novela de Jonatan Franzen titulada Purity. El anuncio ocupa toda la página. Pienso en lo que habrá costado al editor, pero esto no afecta a mi escaso interés por este autor cuyas novelas nunca pude acabar.  Jonathan Franzen es, a mi juicio,  inferior a David F. Wallace, que fue amigo suyo hasta el día de su suicidio. Algo así me ocurre con Bolaño y Cercas, que también fueron amigos.  Bolaño es superior a Cercas, aunque Cercas tiene una ventaja: está vivo y puede mejorar su obra.
Pero lo  que me ha llamado la atención en este anuncio es el listado de  ciudades y de librerías que el autor va a visitar, de costa a costa en el tiempo record de tres meses  para hablar  de su libro. Son 17 en total. Ya empezó el día 1 en  Corte Madera, California. Y terminará el 8 de diciembre en San Francisco, después de visitar otros seis estados. 
Siempre me gustó observar de cerca a los  monstruos de las superventas rompiéndose la mano (a veces las dos, sin son ambidiestros) al firmar centenares de ejemplares a lectores que guardan cola pacientemente o, mejor sería decir impacientemente, hasta que les llega el turno y desfallecen con su botella de agua bajo el brazo. La encargada de las relaciones públicas  debe sostener y abanicar al autor que, si no va de coca o algo similar, pierde la sonrisa  a la misma velocidad que gana un buen dinero en un par de horas.
Benjamin Markovits, un joven escritor de quien me fío, empieza así la reseña de esta nueva entrega de Franzen:

"Jonathan Franzen has become a difficult writer to review. The praise and the reaction against the praise have become so extreme that you end up bouncing back and forth between them. It’s a part of his real achievement to attract such strong feelings. Like Tom Wolfe, or Dickens, for that matter, he has managed to do what few literary writers can – reach a large audience. Partly because, like both Wolfe and Dickens, he writes fun, serious books in which stuff happens".

Probablemente está en lo cierto.



   

  

31/08/2015 (19:06)  Xabia y sus frutos de mar

De  un lugar de esta gran mancha mediterránea nada se recuerda en el gran libro de caballerías Michelin de 1936. Sencillamente, Jávea no existía. Tampoco Benidorm. Solo Calpe era conocido popularmente como “el Peñón de Gibraltar español”.
Aquel año se dictó una ley que obligaba “a todos los hoteleros a servir gratuitamente un cuarto de litro de vino por persona en todas las comidas cuyo precio exceda las 3 pesetas sin llegar a las 10 (servicio aparte)”, resalta la guía que costaba 15 pesetas.
Pero el  Caudillo, que entre otras cosas era abstemio, derogó la ley. La patria perdió alegría. Las barcas más cachondas de Jávea ya no movieron la popa como acostumbraban a hacerlo. Y el pescado se hacía el muerto en las redes.
Luego del 36 hubo hambre y desmemoria. Un ministro de Franco quiso hacerse su casa en zona marítima y para guardar las apariencias edificó un Parador del Turismo. Ahí sigue el Parador. El turismo masivo sería siempre un estímulo para el desorden de la construcción. El litoral se lo cargaron. A un luchador contra los desmanes urbanísticos, G. Pons, de familia valenciana muy conocida, lo dejaron para el arrastre  unos sicarios que le propinaron una paliza mortal. Como no llegaron a quitarle la vida, los sicarios le enviaron una misiva: "Lapróxima vez acertaremos". Un buen amigo mío, arquitecto y pintor, tiene en su poder fotocopia del escrito. Ahot¡ra, como oytas muchas veces, recuerdo la casa de Guillermo, Marimontaña, y el valor que tuvo aquel hombre para enfrentarse a la mafia de los constructores y sus matones, que operaban desde Altea.
Pero volvamos a Xabia, donde hasta los años 70 las Agustinas Descalzas vendían una tarta de almendras en su convento de clausura: “Ave María Purísima” decías acercándote al torno. “Sin pecado concebida”, respondía una voz a todas luces virginal.  Era el santo y seña. La monja deslizaba la tarta por aquella ventanilla y tú un billete de 100 pesetas. O quizá era menos. Da igual. Las monjas y sus tartas desaparecieron.
Una inmobiliaria local ofrece un casoplón unifamiliar por 32 millones de euros. ¿Algún cliente a la vista?, pregunto.  Dos, dice el vendedor.  Se edificó una animalada pero el mercado se recupera No hay gangas. La primera línea, llamada línea del ruido, cotiza alto.  Siesta y Bongo di Bongo  -por citar dos chiringuitos con máximos decibelios- deberían regalar tapones para los oídos a los vecinos. Espacios de hamaca, sombrillas de vela y masajes detrás de unas cortinas transparentes, están a disposición de los clientes. El pijerío feteja bodas, divorcios y felices cumpleaños de los niños valencianos o  madrileños. Esto es un escaparate del bienestar.
¿Qué sería de estas playas con piedras a un lado y arenas movedizas al otro, separadas por un canal repleto de embarcaciones si no existieran los chiringuitos en expansión? Son una barrera entre el mar y la carretera junto a la que estacionan cientos de coches que actúan como placas solares lanzando descargas de melanomas sobre cuerpos humanos en proceso de bronceado.
La Cantina era un bar de pescadores pegado a la Lonja. Lo  conozco de toda la vida. Ahora es un abrevadero famoso. Si no reservas mesa con antelación aunque llegues con la Preysler y su Nobel recién pescado no te llevarás a la boca el salmonete que, de tan fresco, salta de una mesa a otra.
Enternece la procesión de pareos empapados de sudor. Un negrata espabilado reparte kleenex en la larga cola, mientras  un sumiso camata se lamenta: “Sin reserva no hay mesa, pero insisten. Quieren una mesa. Hay peleas en la cola. Incluso nos insultan”.
Algunos navegantes con poco gasoil simulan zarpar a Formentera cuando lo cierto es que fondean a un tiro de piedra para comerse la paella en cubierta y a la vista del público.  
Formentera es otro mundo. Tan lejos y tan cerca. Si  no vas en bolas por las calas de la isla te miran raro. Se exhiben una variedad de órganos reproductores femeninos con signos de alopecia estival. Los tatuajes solo en el tobillo, por favor.

  

22/07/2015 (21:16)  El cansancio de Peter Handke

Justamente aparece hoy Peter Handke con un libro de 80 páginas que ignoraba tener en la biblioteca titulado Ensayo sobre el cansancio. Muy oportuno. Mi propio cansancio, debido a las altas temperaturas de un verano caluroso como pocos, ya empezaba a agotarme. Pero entonces ocurren estas dos cosas: aparece el sesudo Peter Handke hablando del cansancio en general, y descarga una tormenta inesperada con truenos, rayos y agua en abundancia.
Es, pues, la mejor situación para meterme en la lectura de este texto de Handke, un autor con una obra desigual pero casi siempre interesante. Un viajero que camina y escribe lo que ve y aquello que lo que ve le sugiere. En cierto modo un pensador cuya imaginación, estilo y ritmo narrativos no son nunca estrepitosos.
Hay que ver cómo partiendo de un solo vocablo –cansancio- logra Handke evocar situaciones, recuerdos y variedades de cansancio experimentados (sufridos) por él mismo a lo largo de su vida o bien observados con atención en las vidas de otros.
A las pocas páginas compruebo que aun siendo un libro relativamente corto contagia pesadumbre y desánimo. Esto no lo deseaba. Pero me puse en la piel de Handke y me dije: es una demostración insuperable del arte de un escritor cansado  que acierta a contagiar su cansancio al lector hasta extremos insospechados.
¿Habré sido yo el autor del ensayo y Handke únicamente un hábil inductor del pensamiento expuesto?
No lo sé. Es lo de menos. Me importa relacionar todos los cansancios acumulados por Handke, que son numerosos, con mis propios cansancios. Al fin y al cabo el cansancio es único aunque sus manifestaciones sean variadas.
Por otra parte concluyo que no necesitaba reflexionar sobre el cansancio porque esto aún me cansa más, sino analizar los orígenes y motivos del cansancio para aligerar dicho cansancio.
Entonces he recibido un correo electrónico de un amigo que se rompió hace un par de días un tobillo y su cansancio no solo está justificado –quirófano, calmantes y ciertas conductas sádicas de la burocracia sanitaria- sino que al tener conocimientos de ellas me transmiten un cansancio e indignación todavía mayores.
Le envío un artículo que me pidió la revista Plaza sobre Jávea. Y lo hago porque es algo cómico y esto le divertirá y aligerará su cansancio. Y él, una vez leído, me vuelve a escribir y me recomienda que lea Los pilares de Hércules, de Paul Theroux. De este escritor viajero el libro que me entretuvo y estimuló a viajar ignorando todos los  cansancios, fue El gran bazar del ferrocarril.  Fui a la India en el vagón 14-24 para escribir entre un grupo de locos ex imperialistas británicos sobre aquel país que ellos conocieron y añoraron. Pero recordé que Theroux tuvo una buena bronca con el Nobel  V.S. Naipaul  (cito de memoria) en un canal de la televisión inglesa. Y dejaron de ser amigos para siempre, lo cual parecía ser fruto del cansancio y la rivalidad de dos escritores que saben narrar historias con las palabras precisas.
Más tarde, todavía, (o antes de la bronca, no sé) leí un divertido artículo de Paul Theroux publicado (juraría) en The New Yorker. Allí contaba que había asistido a una recepción multitudinaria de la reina Isabel II. Era en el extranjero. No llevaba gemelos para los puños de su camisa. Se puso esos clips con los que sujetamos los papeles. Temía que al dar la mano a la reina los clips cayeran al suelo. Pero se sobrepuso al cansancio de las recepciones regias y pensó que vería a tal distancia a Isabel II que le recordaría a un sello del Royal Post Service con el rostro inexpresivo de soberana.
Ya no me esfuerzo por recordar lo que leo tal como lo leí, de modo que no fatigo mi memoria. Da igual. Si Peter Handke, que ya tiene una edad respetable, se cansa o da saltos de alegría escribiendo sobre el cansancio, o cansa a los lectores esto no es cosa mía. Y si sus escritos son sombríos como la sombra de ciertos asfixiantes párrafos Thomas Bernhard, a quien sigo releyendo, tampoco es cosa mía.
Cada escritor es, él  mismo, un mundo agotador que muy rara vez se agota.

  

17/07/2015 (12:18)  Contexto como Arquitectura

Asistí ayer a la presentación de un libro escrito por el arquitecto y amigo mío Carlos Salazar Fraile. El acto tuvo lugar en el Colegio de Arquitectos de Valencia, en la calle de mi infancia (Hernán Cortés) desde cuyos balcones del piso principal yo veía mear a las grandes caballerías enganchadas a carromatos cargados con neumáticos. Aquellas caballerías desaparecieron. También desapareció el almacén de neumáticos. Una tienda de paraguas de la familia Vizcaíno Casas, una sastrería a medida, unas cocheras  de un transportista llamado Vivó (alquilaba carruajes de muertos con caballos negros y plumones entre las orejas), un horno, un restorán que todavía existe –Palace Fesol- y un cine que cerró hace años, el  cine Metropol.
Sentado en la primera fila del salón de actos del Colegio Oficial de Arquitectos yo escuchaba con admiración a mi amigo Carlos Salazar quien disertaba  sobre el contexto como arquitectura (título de su libro de 100 páginas, precio 10 euros) y estaba convencido de que es un libro interesante y además, como él mismo dijo,  al alcance de quienes no tenemos apenas idea sobre arquitectura aunque sí experiencias  desagradables (un contexto personal)  y hasta un concepto pésimo de los arquitectos.
Cuando tomó la palabra una profesora de arquitectura que objetó algunos puntos de las tesis de mi amigo Salazar, y luego otra experta que también hizo lo mismo, yo pensé que los jarros de agua fría hay que soltarlos en la cabeza de los  intocables chapuceros de nuestra arquitectura nacional.  Y acaricié la idea de que se publicara  un catálogo razonado sobre las chapuzas de los célebres arquitectos españoles (otros no he padecido) y no solo  estudios sobre la arquitectura extranjera y los arquitectos mundialmente famosos.
Únicamente en Valencia nos pondríamos las botas.  Te das una vuelta por la ciudad a un lado y otro del rio, y  no hay calle que no tenga  varios edificios encamisados y con grúas o andamios para reparar las fachadas que  se caen a pedazos. No son edificios antiguos. Muchos son bastante recientes. Y no son baratos. Son caros. Los hay públicos y privados. En la plaza donde vivo, llamada de la Legión Española, hay varios edificios (La Pagoda y otros próximos a esta joya) cuyas fachadas se desmoronan.  Tuvieron  que emprender la reconstrucción  de lo que sin duda fue un error de cálculo y una falta de control de calidad de los constructores. O sea, ignorancia y desidia. O algo peor.  Claro que cuando escasea obra nueva aparece la prematuramennte envejecida que es urgente reparar a cuenta del bolsillo de los propietarios y del suplicio de polvo y ruidos a los que se somete al vecindario.
Si hablamos de Calatrava como el Primer Chapucero de los Arquitectos Levantinos cuyos grandes y costosos edificios causan vergüenza ajena, debemos andar con cuidado. Asesorado por abogados estrella puede meterte una querella por difamación, pues  él no parece responsabilizarse de sus tremendas pifias. Los divos siempre culpan a otros. Ellos salen si no airosos, tampoco por los aires a golpes de hostias, que es lo que merecerían.
Echo  de menos un catálogo razonado   de las obras chapuceras de los arquitectos que pontifican sobre otros arquitectos o que, con el mayor descaro, imitan a aquellos pensando que no se nota su tendencia al plagio.
No sé como apuntalarían los rascacielos neoyorquinos nuestros genios de la arquitectura y esa legión de técnicos que los rodean porque los grandes edificios de NYC o de LA no se ponen de acuerdo, como parecen hacerlo los edificios valencianos, para soltar pedazos de mármol mal adherido a las fachadas, y montar este enjambre de redes con el único fin de que esos meteoritos no maten a los peatones o vagabundos que ignoran el peligro que corren. Encima de no tener techo propio, los matan quienes sí lo tienen. El colmo ¿ no?.
Si yo fuera profesor de arquitectura de alguna escuela española de renombre encargaría a mis alumnos que acometieran ese inventario. Les diría: ustedes elijan calle y casa y analicen qué se hizo y cómo para producir semejantes chapuzas por metro cuadrado. Lo que hacen los Gehry, Venturi, Johnson, Lloyd y compañía –por citar a algunos del Olimpo- nos interesa bastante menos que lo que han hecho los arquitectos de la generación que les precede, muchachos, con estos ya tenemos bastante.
Aplaudí  al autor de Contexto como Arquitectura y pedí que estampara su firma en el libro que leeré de cabo a rabo esta tarde.  No  compadeceré su falta de conocimientos (los tiene de sobra)  sino su falta de trabajo en estos tiempos difíciles.

  

11/07/2015 (11:31)  Un gilipollas y un mierda

El Bigotes Pérez o, si se prefiere, Pérez el Bigotes, ha dicho que Rajoy es un gilipollas y un mierda.
Pérez ya no lleva bigotes. Se dejó crecer las barbas y el delincuente beneficiado por  el PP desde la red corrupta llamada Gürtel se mesó la pelambrera de su durísima cara y añadió ante el juez –lo vimos en la  tele- que él siempre ha sido un poco  exagerado a la hora de expresar sus ideas. Si dijo gilipollas o mierda lo que quiso decir era un poco gilipollas, del todo no; y un poco mierda, del todo tampoco. Perfecto.

Bárcenas no ha sido tan deslenguado como el Bigotes. Pero muy gilipollas y mierdas tenemos que ser los españoles para no deducir lo que el ex tesorero del partido de Rajoy nos da a entender al señalar a Rajoy.
Las medias palabras, los medios insultos o esos pitidos de las teles norteamericanas que suenan para censurar insultos o palabras gruesas empeoran el asunto.  Un piiip largo significa que eres un gilipollas. Un piip corto significa que eres un mierda. Si a  Rajoy le sueltan un piiiiip prolongado seguido de  un piiip más corto, ya estamos al tanto de que alguien le ha llamado  gilipolllas y  mierda.

La nueva avutarda de logo reciclado del PP no se desgañita. Es muy silenciosa. Su diseñador se ha inspirado en el híbrido del logo de iphone y del báculo papal con el del Espíritu Santo, que es otro pájaro travestido con olor a piscifactoría.

Los militantes del PP agitan alborozados  las alas de su ambiguo murciélago en el interior de la jaula de oro reformada en la calle de Génova y financiada con fondos ilegales de la caja B. El mismo ex tesorero Bárcenas bate  los tambores en su su propia celda, o en su casa, o a bordo de aviones que vuelan raudos a Suiza, o abrazado a la pechuga emplumada de esa lindísima tórtola llamada Dolores de Cospedal, buena pagadora en diferido de indemnizaciones por despido o por lo que sea. Cuando no sé en qué animalito volador fantasear, pienso en la Cospe.  Y me pregunto: ¿A esta especie de drone con sangre hirviente le disparará alguien una ráfaga de insultos mientras sobrevuela el estercolero nacional con un pico que se lo pisa?


  
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