Escritura interior
 
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22/12/2012 (12:30)  ¿Dios lo puede todo?

El fin del mundo eran estas largas colas en las cajas de Mercadona de mi pueblo, donde una mezcla de autóctonos, extranjeros con papeles e inmigrantes sin ellos empujaban los carros de la compra, como si todos fuéramos a perecer no hoy mismo sino en muy pocos días con permiso de los Mayas y de Rajoy.
Todo llegará  aunque con algo de retraso.
Por la megafonía anunciaban la piña a 0,80 euros, los plátanos traídos de México a un precio de risa, el pollo y el arroz de la marca blanca, poco menos que tirados.
“¡Es la leche!”, exclamó un comprador atascado con su carromato repleto. “¿Necesita un rescate?”,  le preguntó una empleada que guardaba un parecido enorme con la señora Merkel, aunque no lo era. “No, no, ya apaño solo”, respondió el cliente.
Si algunos carros no volcaron allí mismo o atropellaron a los rezagados, fue porque Dios no quiso. Y Dios lo puede todo, según dicen, todo lo puede menos salvarnos de la crisis y fulminar a este adorable gobierno.

  

19/12/2012 (13:05)  Por las calles de mi ciudad

Ocurren cosas inesperadas en estos paseos por mi ciudad. Ayer mismo: medio centenar de policías manifestándose, algunos con perros. Ellos silban con silbatos de tráfico pero los perros, como los vecinos, no se atreven o no pueden taparse los oídos. Visten de paisano. Sin el uniforme los policías no parecen lo que son sino más bien lo contrario. Y uno de ellos los arenga con un altavoz muy potente que se lleva a la boca como un chupón para decir que  ya está bien lo que está bien, así no pueden seguir siendo policías.

Tropiezo con alguien que me saluda. Debo parar y cruzar unas palabras, pero olvidé su nombre aunque estoy seguro de que lo recordaré cuando diga algo. Y dice que se operó de los ojos. Lleva gafas de sol. Dice que las paredes blancas lo ciegan. Demasiada luz. Ahora ya sé quién es. Se llama Belda. Se quita las gafas y me enseña dos almejas viscosas y sanguinolentas.

Recuerdo a Joyce: lo operaron de la vista doce o trece veces. Tantas como ediciones alcanzó el Ulises. Nueva edición, nueva operación.

Mi hijo, pensé al cabo de  un rato, ha pintado un gran cuadro de una calle de Dublín. Has de alejarte tres metros para reconocer que se trata de una calle. A menos distancia el cuadro deja de ser figurativo. Se transforma en abstracto. Lo mismo en Tokio. Los mismo en Nueva York y en Barcelona. Me gusta esta forma de mirar.

Encuentro a una prima que tuvo cáncer. Una vez fui a visitarla a Houston. La curaron hace 25 años pero ahora tiene los pulmones hechos polvo. Son como un tercio de lo que fueron. Lleva algo de prisa. Quedó con amigas para comer. Necesita hablar, le dijo su marido registrador. Por eso cuando una amiga muere, y esto parece inevitable, pierde un interlocutor. Se va quedando más y más sola.

Mi padre me decía lo mismo en sus últimos años. Iba a tomar café con amigos cada tarde, sin fallar ninguna,  pero el grupo fue reduciéndose poco a poco hasta que sólo quedaron dos o tres y renunciaron al café y a su tertulia. Miraba el periódico. Allí venía la esquela. Apartaba el periódico. Ponía la tele. Y a veces se quedaba dormido.

Me gusta y no me gusta pasear por mi ciudad en la que conozco a la gente, aunque pienso que si pudiera cambiar de ciudad preferiría pasear por otra  donde no conozco a nadie y donde nadie me conoce. Ya es tarde para estos cambios. Te consuela imaginarlos.

Ocurre algo parecido con los edificios, las calles, las plazas. Cada lugar trae a la memoria otro lugar que existió pero que ya no existe. Iba el tráfico en una dirección y ahora va en la contraria. O ni siquiera va porque ese espacio es peatonal. No sé, ni me importa, si es mejor separar a los coches de las personas cuando están las bicis que son personas aunque no lo parezcan. Van por todas partes   armadas con sus hierros y te intimidan y te atacan sin enterarse siquiera. Te entran ganas de derribarlos.

Pero la ciudad, cuando vives como yo vivo en un valle silencioso donde sólo los perros ladran, no pasan coches ni bicicletas, y únicamente aparece de tarde en tarde un tractor, o un policía rural en un vehículo destartalado e inofensivo, la ciudad -digo- es cada vez un descubrimiento.
Es así como me gusta recorrerla: sin prisas  como cuando era niño, con los ojos de un niño que despierta de un largo sueño.


  

17/12/2012 (10:18)  Saul Steinberg

En  este caso no basta la lectura. También admiras sus dibujos, fotografías y otras ilustraciones. Porque se trata Saul Steinberg (1914-1999), un ilustrador genial y demasiado imitado en medio mundo.
Son dos volúmenes debidos no sólo a Steinberg sino también a su amigo, Aldo Buzzi (muerto a los 99 años), el auténtico  promotor de su obra escrita.
Saul Steninberg nació en Rumania y arrastró un desarraigo profundo e incurable hasta Nueva York. Fue un viajero compulsivo, un lector insaciable. Como le gustaban los gatos, leyó el diario literario de Paul Léautaud. Quienes conozcan esta obra entenderán el motivo. Le apasionaba la historia, la poesía, el arte, la vida -aunque le intimidara- y admiró  la obra de los grandes dentro y fuera de los museos y de las bibliotecas.  Trató con quienes creyó que podrían enseñarle algo.
Nos adentramos  en el alma de un artista que duda de sí mismo, pero no de los juicios que pronuncia. Observa, por ejemplo,  a Bellow como si el escritor estuviera fuera del  tiempo y lejos de la amistad. Lo mismo hace con pintores, poetas y editores famosos. Sufre  la melancolía de un país que ha perdido (Rumania) como el amputado sufre el dolor del miembro fantasma que se quedó para siempre en el quirófano. No está para bromas. El universo no le da risa.
Se acerca la vejez. “Leer es casi el  único placer…” pero ¿qué lee? El  Diario de Guerra de Isaak Babel, fusilado en 1940.  Relee a Orwell, Montaige, Flaubert, Conrad. Es maníaco depresivo. “La esquizofrenia es más grave, pero vecina”. Trata a Gaddis (adicto a Thomas Bernhard), a quien sigue de cerca:  “El final de Gaddis es un golpe para el que no hay cura. Antes de morir bebió 2 vodkas y fumó dos cigarrillos”. Admirable ¿no? Es un torbellino de emociones entre fantasmas suicidas. Su gran amor acabaría sí.
En El Cairo (1972) anota: “Egipto, qué tragedia –pobres diablos entre el humo de los automóviles y las tinieblas (oscurecimientos antiaéreos), incitados a la venganza para esconder a los Faruk de siempre”.
Reflejos y sombras –su relato autobiográfico- está lleno de simples y memorables consejos: “Cuando la goma se caiga al suelo, nunca te precipites a recogerla: síguela con la vista hasta que se pare y sólo entonces ve a cogerla”.
(Cartas y Autobiografía, Editorial Media Vaca, 2012)

  

08/12/2012 (11:27)  Oscar Niemeyer, 1985

Conocí a Oscar Niemeyer, muerto esta semana a los 104 años, en Río de Janeiro a mediados de diciembre de 1985. Estuve un par de horas conversando con el arquitecto en su estudio y luego anoté mis impresiones en el Diario.

“El tipo es tímido, algo irascible (76 años), vanidoso y paternal. No le importó lo más mínimo ser fotografiado por Fontes vistiendo una camisa remendada y con un roto a la altura del ombligo. Fue amable y no demostró tener prisas. Firmó un par de libros que yo llevaba y me regaló otros dos. A lo largo de la entrevista, Niemeyer insistió varias veces en una cosa: ‘A mí lo que me importa no es hacer monumentos con pedestal, o eso que llaman arquitectura social; a mí lo que me interesa es  mudar la sociedad. Eso es lo importante’ (…)    -Diario. La hierba crece despacio, pag. 468
    

  

07/12/2012 (16:45)  Cabaña nacional

Si Rajoy es una vaca lechera, Montoro un manso buey y Wert un toro bravo, sólo necesitamos un ordeñador, un pastor y un matador. Los demás sobran.

  

06/12/2012 (10:36)  El horror de la radio

En su prédica radiofónica Gabilondo ha comparado la Constitución con una mujer maltratada. ¿Es una comparación acertada? Nolo sé. ¿Hay que dictar orden de alejamiento para el maltratador? Tampoco lo sé. He apagado la radio. Sigo pensando. Pongo la radio otra vez pero Gabilondo se ha ido. No va a estar siempre allí, esperando preguntas. Además nadie le hace preguntas. Para qué. De manera que supongo que Gabilondo, como Izquierdo con su mal de ojo radiado, ya estarán ingeniando lo que van a comentar mañana a la misma hora en la SER. No será lo mismo pero será bastante parecido. Los comentaristas se parecen unos a otros y todos a sí mismos tanto como a los demás. Yo prefiero a Ramoneda. Es serio. Va al fondo, cuando hay fondo. Y si no evita hacer florituras ingeniosas o malintencionadas. A veces el ojo de Izquierdo resuella como si fuera el ojo del culo. La verdad es que le dan por el culo los comentaristas de la derecha y con decir lo que dicen con sarcasmo repetitivo, se queda la mar de bien. Y los oyentes ni esperan más, ni desean menos. De lo contrario ya le habrían dicho que cerrara el ojo izquierdo y  abriera el otro ojo. O el tercer ojo de Rampa. Pero no. Sigue con lo mismo, dale que te pego, sin pestañear.
Me cansan Gabilondo y me cansa Izquierdo. Están algo pasados. Como muchos tertulianos y como quienes los interrrogan. España se ha pasado de vueltas. Da igual ya si ponen anuncios o ponen cosas de su propia cosecha. Ni te inmutas. Creo que lo mejor sería que dieran bien dadas las noticias. Que las leyeran despacio. Que las ordenaran y las valorasen de un modo  profesional. Esto sí se echa de menos.

  

02/12/2012 (12:17)  Javier del Pino

Más de una vez pienso en los periodistas valiosos que El País ha despedido. A unos por el sistema de los ERE, condicionado a la edad.  A otros por hacerles insufrible, o hasta indigno, su trabajo en la redacción.
Javier Valenzuela ocupó un alto cargo (por poco tiempo) pero conocía a fondo los temas sobre los que escribía, y escribía con fuerza y con rigor. Enric González fue uno de los corresponsales extranjeros más brillantes en los países donde le encomendaron su misión, que no fueron pocos.  Cuando fue nombrado Javier Moreno director del diario, González estaba en Roma pero viajaba cada dos semanas a Madrid porque sus opiniones y sugerencias eran indispensables para dar un nuevo giro al periódico que ya estaba adormecido y torpón con el hosco Jesús Ceberio.
Otros periodistas de parecida valía, redactores o gráficos, pero en absoluto aduladores (sobre todo a Cebrián), también fueron recompensados con el despido en un clima de recelos y desunión.
Se diría que los mejores no interesaban. Los sumisos e incondicionales,  aunque endebles profesionalmente, sí. Algunos catalanes, el complaciente Juan Cruz, a Jack of all Trades, y otros a imagen y semejanza del cantarín canario. Son supervivientes de un naufragio que los lectores exigentes  lamentamos. Enric González escribió una especie de despedida de imposible respuesta, en forma de carta sin sobre ni sello dirigida  a Juan Luis Cebrián. Allí estaba todo. Bien hecho, pensé al leerla.
Claro que los buenos reaparecerán a su manera. Escribirán libros, de ficción o no ficción. Escribirán artículos en publicaciones que lo merezcan. Y estaremos muy atentos. La fidelidad a un periódico no la garantiza más que la calidad ética y profesional de sus contenidos.
Oigo con gusto y atención a Javier Del Pino (sábado y domingo) en la SER. Hoy, por ejemplo, habló e hizo hablar a grandes periodistas sobre el buen periodismo. Fue una impecable lección de oficio y, para los que hemos dedicado años de vida a ejercitarlo, fue un magnífico recordatorio de lo que debe seguir haciéndose, sea cual sea la situación económica que nos toque soportar. Porque si este buen periodismo que exige tiempo, profundidad y conocimientos desaparece, no distinguiremos ya la democracia de la prostitución de la democracia.
Celebro, pues, la llegada de Javier del Pino al programa A vivir que son dos días. Su experiencia en anteriores destinos, sobre todo en Washington, y su inteligencia en la elección de los temas, las colaboraciones que se procura, y los personajes que entrevista  y el tono sosegado con el que conduce el programa ya marcan el nivel de calidad que necesitamos.  Cita fuentes, no es amargo, se muestra ecuánime pero no indulgente. Naturalidad y sencillez es  algo que necesitamos más que nunca. Ojalá dure.

  

02/12/2012 (11:24)  Cara o cruz

Con un titular en bandera y a tamaño catastrófico, el ex presidente Aznar declara a El Mundo que sufre al observar a España. Lo creo. Pero también debe creerme este amanerado y arrogante hazmereir  si le digo que observarle a él, y de paso a su eencorsetada esposa, me hace sufrir. Ambos padecen el  síndrome de autoreferencia. Se consideran el centro del universo  y de una derecha de expoliadores económicos blindados por el cinismo y la mentira.
Los Aznar mienten y engañan continuamente. Es su estado natural.  Es su estilo, su costumbre, su pasión.
¿Se fía alguien de este matrimonio de triunfadores de la  mediocridad? ¿No han dado suficientes motivos como para rechazarlos y despreciarlos  públicamente?
Ahí están, aleccionando al pueblo y eludiendo hábilmente sus responsabilidades -incluso las delictivas como la guerra de Irak o el infame accidente mortal de la macrofiesta madrileña- porque nada de cuanto  no les convenga  va con ellos. Ellos son perfectos. Deberíamos imitarlos. Clonarlos y hasta  coronarlos. El euro debería ser acuñado con Jose María por un lado y Ana por el otro. Y echar la moneda al aire a cara o cruz.


  

29/11/2012 (16:00)  Ensimismamiento y alteración

Este exceso de transparencia y de exhibicionismo indiscriminados que propician las redes y, en particular,  Facebook se cuestiona y replantean re muchos usuarios que eran  entusiastas y dejaron de serlo.
La tendencia es salirse de Facebook, abandonar el foro, regresar a la soledad y no temer el aislamiento.
Hartos de ser preguntados ¿qué estás pensando? Desean no pensar o, pensárselo dos veces antes de contestar cualquier cosa.
¿No será menor vivir ensimismado que alterado? Estar en sí mismo y no en el otro que, de rebote, te remite a ti mismo pero en peores condiciones?
El ser humano es un ser ensimismado mientras que el animal es un ser alterado, como más o menos vino a decir  Ortega y Gasset en su clarividente ensayo Ensimismamiento y alteración.
Ahora vivimos alterados la mayor parte del tiempo. Y apenas sabemos qué es el ensimismamiento porque lo practicamos poco.
Esta misma semana, The New Yorker publica un artículo sobre los motivos que han llevado a un conocido periodista a abandonar Facebook. Quería dar mayor difusión a sus crónicas y reportajes pero está decepcionado. Y yo lo entiendo.
Entrar en las redes es un modo de entrar en la nada. Allí no hay nada mas que otras personas que han entrado en ese mismo lugar y parecen no estar en ninguna parte y cuanto nos dicen lo olvidamos si es que llegamos a prestar algo de atención. Cuando uno vive sumido en la alteración del medio se convierte en un fin de esa misma alteración. Niega sin darse cuenta la importancia del ensimismamiento. Pasa de largo y sobrevuela cualquier momento de reflexión considerándolo una debilidad, un contratiempo. No da importancia al tiempo malgastado apresado en la red, la red social lo sostiene, el número de seguidores lo anima. Es algo gracias a ese número. Le han dicho que las redes pueden derribar regímenes, gobiernos, dictadores, líderes religiosos o artistas odiosos. No siempre es cierto. No siempre son tan poderosas las redes al enfrentase con las anti redes. La revolución no llega y cuando llega –como ahora en Egipto- otro sátrapa sube al poder con la experiencia de las redes bajo el brazo. Y su brazo es, o puede ser, el mismo brazo asesino.
¿Quién no tiene un blog? ¿Quién no está alterado? ¿Quién soporta el ensimismamiento y da la espalda a las redes? ¿Cuál es el temor que nos retiene? ¿Ser ignorados? ¿Y qué?
Se va la luz, como esta noche pasada, y se apaga la pantalla. Y desaparece la red a menos que la lleves en el móvil, o en el hígado, o en el lugar de un marcapasos, manteniendo el ritmo de tu corazón.
Se va la electricidad y piensas en lo que cuando tienes electricidad y la tele encendida y face y twitter parpadeando, no piensas. Entras y pones algo, el caso es poner algo por poca fe que tengas en las palabras. Y por mal que las utilices. Pones que estás vivo. Que le luz ha vuelto. Que la justicia de pago es una justicia de pega. Lo que se te ocurra. Todo vale, todo entra. Todo se lo traga el espacio, lo vea o no lo vea el idiota alterado que te sigue y al que sigues.
De manera que existes de cualquier manera menos de la que de verdad te gustaría existir y no te atreves ni siquiera a confesártelo.
 

  

29/11/2012 (12:30)  Habla el elefante que mató nuestro Rey

Llevo dos días escondido en la clínica Quirón, majestad. Usted me mató pero mi alma es inmortal, como la suya, y no habrá de extrañarle que últimamente aparezca en su habitación y lo observe del mismo modo que usted me observó antes y después de pegarme aquellos tiros en Botsuana.

A los españoles les pidió perdón no por haberme matado sino por haber ido de caza sin decírselo mas que a su amiga alemana. A mí, en cambio, no me pidió perdón ni siquiera cuando me disparó, sabiendo que matar a un elefante –ya lo contó George Orwell- es un acto de cobardía además de una canallada.

¿No siente remordimientos por  el dolor que me produjo durante la media hora de agonía antes de que mi corazón dejara de latir?

Quizá su propio hijo, o una de sus hijas princesas, podría leerle la crónica que escribió George Orwell en 1936 (precisamente el año que usted nació), y que   emitió la BBC en 1948. No es demasiado larga. Pero sí intensa. Se titula Shooting an Elephant. No existe traducción al español pero eso, en su caso, no es ningún problema.

George Orwell pertenecía a la policía imperial y estaba destinado en Burma, donde había elefantes para dar y vender. Un día lo avisaron para que abatiera a un elefante que había entrado en un bazar y había destrozado mercancías y, lo que es peor, había matado a un pobre muchacho al que cogió con la trompa y lanzó a un barrizal en las afueras del poblado.
 
Al menos  dos mil personas persiguieron al elefante, que ni siquiera era salvaje, y  forzaron al policía Orwelll a matarlo, para lo que necesitó un rifle alemán mucho más potente que su arma reglamentaria, y una munición también especial.

George Orwell no quería matar al elefante que ya había huido pero que pronto sería  localizado por la muchedumbre. Orwell no tuvo más remedio que apuntar al animal y descerrajar en su cabeza los cinco cartuchos que le entregaron. Pero en lugar de matarlo, el elefante pareció cobrar más vida. Cayó y se levantó. Y Orwell pidió  echó mano entonces de su rifle militar para seguir disparando más munición, no sólo en la cabeza sino también en el lugar, así nos lo cuenta, donde imaginaba que estaba el corazón de la fiera  que no cesaba de bramar y de rugir, cercada por la muchedumbre.

Orwell confiesa que era consciente de  estar cometiendo un asesinato “aún  peor cuando el animal es grande”, y lo veía  incorporarse y caer, y abri la boca y elevar su trompa al cielo mientras sobre él “cae de repente una inmensa vejez” resistiéndose a morir.

Pero muere muy lentament, haciendo mucho ruido, bramando impotente y con desesperación. Orwell se sentirá perseguido por aquellos  rugidos y el último cartucho lo dispara en su garganta por la que mana una sangre espesa.

Todos los elefantes, en India o en Africa, sufrimos  de este mismo modo cuando los cazadores nos disparan. Al menos el elefante de Burma  despertó la compasión del escritor inglés, y en cierto modo su dolor pasó a la posteridad.

 No es este mi caso, majestad. De mí no se acuerda nadie. Nadie me pidió perdón. Me fotografiaron a los pies del rey de España como si fuera una alfombra persa.

Por eso estoy a las puertas de su clínica con los periodistas. Y no lejos de allí están  los manifestantes protestando por la privatización de la Sanidad, algo q    ue a usted le afecta tan poco como a mí.

Estoy muerto, majestad, y usted no tardará mucho en estarlo. A mí me mató usted con un arma de precisión y gran calibre. Yo estaba indefenso. No esperaba que usted tuviera tan buena puntería y tanta crueldad para practicarla quitándome la vida.

Sólo por eso vengo a visitarle. Lo hago cada noche. Sin odio, créame. Lo hago porque no sé qué hacer con mi alma que no sea esto: estar cerca de mi asesino. Y lo seguiré haciendo cuando regrese a su palacio, majestad.


  
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