Escritura interior
 
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25/11/2009 (09:56)  La voz

Un político mediocre ahueca la voz tanto como sus  ideas.

  

24/11/2009 (18:27)  Insignificancias

La obra completa de Mariano José de Larra acaba de aparecer, editada por Cátedra (Anaya), en dos volúmenes de mas de 1200 páginas cada uno.
La ha traído un mensajero en un camión de mudanzas. El hombre estaba enfadado. No conmigo, que enseguida abrí la puerta del camino y lo recibí amablemente, sino con los alcaldes de estos pueblos reacios a rotular los caminos. ¿Cuántas vueltas inútiles había tenido que dar hasta encontrar mi casa?
Llevaba razón el mensajero. Traté de calmarlo. Le dije que quienes vivimos en el campo hemos suplicado en numerosas ocasiones al municipio que señalicen los caminos, por lo menos los mas importantes. Que les pongan el nombre que quieran, pero algo que facilite la localización.  El año próximo, proclama el alcalde. El hecho es que iviríamos mas localizables en Marte, aun sin ser marcianos, que aquí.
Abrí el paquete, extraje el primer volumen que contiene los célebres Artículos de Fígaro. Una prosa insuperable. Yo mismo sentí deseos  de escribir un artículo imitando al maestro que  se suicidó a los 28 años. Por penas de amor y  de ser ciudadano español.
Podía inspirarme  en la breve conversación mantenida con el mensajero. Y estaba ya a punto de poner la primera frase cuando en el silencio del valle oí  un golpe como de chatarra seguido de un alarido, algo que identifiqué con una rampa que algún día tuvo a bien hacer un vecino sin pensar en los demás, de manera que en esa rampa se había pegado un leñazo el camión del desdichado mensajero.  ¡Ya está!, me dije. Otro al saco de la alcaldía.
Salí corriendo y le ofrecí ayuda. Pero él solo repetía no hay derecho a que pasen estas cosas en pleno siglo XXI. ¿A qué se dedican los alcaldes? ¿En qué invierten el dinero público?
No parecía oportuno contarle al mensajero el uso que habían dado en este Ayuntamiento a los Fondos Estatales, los llamados  fondos E  que  habían malgastado (medio millón de euros)  en rehacer una calle del pueblo que une la plaza y la alcaldía, una calle que estaba en perfecto estado.
Estas cosas (y pensaba en Larra) sólo pasan en nuestro país, donde todo sigue igual que en tiempos del Pobrecito hablador, cuando los funcionarios repetían: ¡Vuelva usted mañana!.
Despedí al mensajero como si partiera hacia otra absurda guerra siempre contra reloj.
Y  se alejó por el camino sin nombre, cerré la verja y me metí en casa donde me sentía seguro para  anotar en mi cuaderno estas y otras insignificancias.

  

18/11/2009 (00:00)  Una vida redonda

Nació a las 12 en punto de la noche y murió, al cabo de bastantes años, también a las 12 en punto de la noche. Por tanto podríamos decir que su vida fue redonda.

  

14/11/2009 (10:07)  El segundo avión (reseña)

Aunque solo fuera por uno de los catorce magníficos textos reunidos en este volumen, estaría justificada su publicación. Los últimos días de Mohamed Atta relata minuto a minuto mas que los hechos espeluznantes (Nueva York, 11 de septiembre 2001) que, como dice Martin Amis, siguen en nuestra memoria “con todo su misterio, su inestabilidad y su terrible dinamismo”,  los pensamientos y emociones que se apoderan de la mente del terrorista al mando de uno de los cuatro aviones secuestrados (en total produjeron 3000 muertos) que se estrelló contra una de las torres del World Trade Center. Y lo que hace Martin Amis es el encefalograma vertiginoso del suicida Mohamed Atta desde el interior mismo de su cerebro. Allí registra su inconsciente sacudido por impulsos fanáticos irrevocables y de tal intensidad –el avión avanza hacia el objetivo- que el lector se siente apresado por el delirio mesiánico islamista en espera de la inmolación.
La técnica de Martin Amis, deudora de Truman Capote (A sangre fría), recrea una realidad muy documentada  pero trasciende ese objetivo y se aventura a descifrar el ADN de uno de los principales perpetradores de la operación.
Los restantes trabajos recopilados en el libro, giran en torno al 11-S y fueron publicados en prestigiosos  semanarios y diarios a ambos lados del Atlántico, pero escapan de la Zona Cero y nos conducen a Afganistán, Irak,  Pakistán  e Irán.   
Merece destacarse el vitriólico ensayo Irán y el Señor del Tiempo que ahora cobra una inquietante actualidad.

  

04/11/2009 (11:08)  A un amigo en USA

La economía va mal. Los políticos se pelean a muerte. La gente sobrevive hastiada. El único cambio es climático. Los desempleados, que pronto sumarán cuatro millones, trabajan sin declararlo para seguir cobrando el subsidio de desempleo. Los banqueros y muchos altos ejecutivos cobran, no obstante, primas escandalosos y sueldos astronómicos.  Se mofan de todos. La banca y las cajas incrementan sus beneficios. La iglesia católica lucha por salvar su poder y sus privilegios  mas que por salvar almas o ayudar en serio a los necesitados. Nada es serio. Si miras  el panorama en países vecinos al nuestro casi todo es  parecido. Piensas que al final lo único que importa es aquello que debería importar menos: soportarse a uno mismo. Y esto todavía resulta algo mas penoso que soportar  al resto.

  

03/11/2009 (20:02)  Dudas

¿Y no será mejor lo que no se hace que lo que se hace?

  

28/10/2009 (11:07)  W. G. Sebald, enigmático

En una estrecha carretera de East Anglia, en el corazón de la brumosa planicie azotada casi siempre por el viento, el escritor alemán W.G. Sebald que viajaba en automóvil acompañado por su hija Anna, choca frontalmente con un camión. Es el 14 de diciembre de 2001. Tiene 57 años.  Pierde la vida. Su hija sobrevive al accidente.
A Sebald le fascinan aquellos estrechos caminos  a lo largo y ancho de una región todavía sin autopistas, un paisaje de iglesias de piedra con olmos agonizantes  que  fotografía tímidamente –es un hombre muy tímido- como si fueran columnas de prisioneros o de inmigrantes, como también retrata ruinas u otros vestigios condenados a desparecer.
En la narrativa de Sebald, acompañada de postales y fotografías sin identificar, prevalece lo visual, pero su mirada es su lenguaje y éste usurpa el papel al protagonista de  su relato en el que la acción no es, en cierto modo, mas que una inacción reflexiva. Es decir, se ocupa de recrear el pasado como si fuera presente, lo que no hay o apenas quedan restos de lo que hubo, como si  aún existiera al menos en su imaginación. O en sus sueños. O en el recuerdo compartido y rescatado por otros. Sus novelas no son novelas, son una mezcla de memorias, crónica de viaje, informes detallados minuciosamente, visualmente.  Trata de no pisar el terreno minado y peligroso de los géneros convencionales. Su camino es, como el que lo llevaría a la muerte, secundario, angosto, y aunque él lo crea fácil y seguro no lo es.  O no lo es siempre.
Pero lo que deslumbra en su prosa es, paradójicamente, la morosidad narrativa y la cautela con la que obliga a circular las palabras por lugares poco o nada transitados que parecen irreales: “Quienes estamos todavía vivos  somos irreales a los ojos de los muertos”, escribe.
Y este libro póstumo, pensado con un viejo amigo con quien intercambia textos e imágenes desde la juventud, el pintor Jan Peter Tripp, es una doble muestra conceptual y gráfica de su pasión por ver el mundo y por contarlo como una historia circular alrededor del yo que se adentra en una suerte de hormiguero desprendiéndose de lo superficial. Las palabras son objetos microscópicos ante los ojos hambrientos de imágenes. La imagen se torna idea.  Y lo que ve el ojo derecho no es lo que ve, o cree ver, el ojo izquierdo de una misma persona.
¿Qué haría  Tripp con textos fragmentarios, con ojos antes retratados y luego desorbitados en virtud de unas litografías que los sustituyeron sin previo aviso?
Y lo mismo  ocurre con el lenguaje de Sebald que brota de la tierra, entre los escombros, en los caminos, en los pueblos, en ciudades bombardeadas, en los senderos de cada historia –si es que existe una historia- para extraviarse o estrellarse en la inmensa y solemne desolación que presagia la  propia muerte.
El lector nace y muere infinidad de veces. Esta es la experiencia íntima que provoca ese lenguaje,  el ritmo que lo impulsa y lo suspende en el vacío que no es el vacío de la nada, sino  la última curva anterior a la nada.
¿Una alucinación extrañamente lúcida? ¿La locura asombrosamente controlada por un cuerdo? ¿La magia hipnótica por un efecto acumulativo  de numerosos y contradictorios mensajes? ¿O ni siquiera hay mensaje? Son, sin duda, los pasos del caminante sin prisas fatigado por el delirio, los excesos y la desmemoria de la humanidad. Y son los gestos del poeta que mira a lo alto para arrancar del cielo las palabras justas antes de que pierdan su luz, antes de que la retina enturbie ese lenguaje. Sebald abandona al fin esas palabras  a su suerte.
Ambos,  escritor y  pintor, yuxtaponen sus propios textos en los ojos que nos miran (de amigos, de escritores vivos o muertos, de un perro) y componen unos versos  que tejen el poema breve, inacabado y elusivo de este libro de verdad inclasificable por su calidad gráfica y literaria que se confunden, y nos confunden. El  título es elocuente y enigmático: Sin contar.

  

18/10/2009 (16:42)  Koldo Chamorro

A Koldo Chamorro, que murió esta semana a los 60 años, le habría gustado fotografiar la procesión que esta mañana tuvo lugar en Benissa: la Purísima Xiqueta fue paseada desde la iglesia al cementerio encaramada en su anda policromada, rodeada de niños al principio del recorrido y de muertos al final.
Demasiados niños y demasiados muertos para una sola Virgen de estas dimensiones.
Le habría gustado a Koldo fotografiar esta procesión porque  la luz no era excesiva. Y el ruido tampoco. Algo de verdad excepcional.
Las fotografías de Koldo siempre quedaba cortas de luz.  Eran, o eso afirmaban algunos envidiosos, tenebrosas.  Yo no pienso lo mismo.
A comienzos de los 90 viajé con Koldo a Cartagena para contar la historia de un viejo submarino al que iban a meter en el desguace naval. Hablé con oficiales y marineros. Todos parecían tristes. Iban a perder su hogar bajo las aguas. Sobre ellas se preguntaban qué vida podrían hacer. Esa era la cuestión.
Koldo alineó a la marinería en la cubierta estrecha del submarino, pero lo hizo bajo la luz del amanecer. La que le gustaba. Y allí, formados entre el cañón de proa y el periscopio, les pidió que mirasen al infinito con esa mirada de maniquíes en una pasarela de desfile de moda, con sus gorros blancos y sus uniformes blancos. Pero, ¿de qué moda estábamos hablando?
La foto apareció en la portada de El Semanal (El País) y fue criticada por los puristas mas ortodoxos  de la imagen, una estirpe odiosa en extinción.
Lo cierto es que la visión de Koldo Chamorro de aquel submarino muerto, era la visión correcta. Producía la  absurda melancolía de  un artilugio pensado para matar con una tripulación uniformada y agonizante a bordo. Este  era su acierto.
Estuve una vez con mi hija en su estudio (en Pamplona) y Koldo nos enseñó sus archivos, que eran inmensos y raros. Tenía fotos de paralíticos en sillas de ruedas pedaleando con las manos, inmóviles en una carretera bajo el cielo plomizo entre dos pueblos. Como perdidos en esas carreteras rectas y desoladas  que tenemos en España para matar a los vecinos los sábados  por la noche.
Koldo confiaba que su archivo fuera su verdadera pensión de jubilado. Pero murió  antes de hora. O quizá murió a la mejor hora y en el mejor momento del crepúsculo o del amanecer. Otra luz no le gustaba.
Entonces me hizo una foto con mi hiha que  tenía 17 años. Nos pidió, como a los marineros, que miráremos al objetivo sin pesar en nada, Porque si piensas algo,  tus ojos son los ojos de alguien que piensa, y ese ya no eres tú. necesariamente.
Luego disparó dos o tres veces su cámara de placas. Y al cabo de varios meses recibí las fotos. La luz reflejada en nuestros rostros era la del submarino, la de los paralíticos bajo el cielo plomizo, la luz plomiza bajo la que desfilaban hoy, en Benissa, los vecinos acompañando a la Patrona desde la iglesia al cementerio.
Le habría gustado estar aquí. También me habría gustado verlo apuntando con su cámara, su cabeza alargada que parecía un pepino, su fotómetro colgando del cuello para medir la fuerza del enemigo con quien tenía que pelear: la luz, esta luz cegadora que padecemos como una enfermedad incurable en España.

  

14/10/2009 (18:02)  Robert Walser

"A menudo nos aprecian cuando creemos que nos están censurando (...) Soy feliz cuando siembro el descontento (... ) Mientras se reponen los enfermos, enferman los sanos (...) Fuerte se mantiene quien no se considera como tal".
Robert Walser, Microgramas (vol I)

  

14/10/2009 (15:14)  Juegos

Inventan la muñeca mamona. Succiona  una teta artificial que la niña se aplica al pecho y provoca en la muñeca el  inconfundible ruidito: chup, chup, chup.
Los  ingeniosos fabricantes de juguetes descenderán de las glándulas mamarias a los órganos genitales. Y se comercializará  el muñeco follador, varón, hembra o híbrido para que los niños, aburridos de jugar siempre a médicos y efermeras, se muestren sanos en la simulada actividad sexual.
En realidad no son juguetes nuevos sino nuevas  versiones de juguetes muy antiguos.
No hay por qué escandalizarse. Peores son los juegos para matar, el francotirador con rifle de mira telescópica, el niño verdugo a pie de ejecución con gas o jeringuilla letal, o la insaciable torturadora con uniforme de ministra de Defensa.

  
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