Escritura interior
 
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04/12/2006 (18:46)  Wittgenstein

En 1944 Ludwig Wittgenstein anotó:
"El filósofo es alguien que debe curarse numerosas enfermedades del entendimiento antes de poder llegar a las sanas nociones del sentido común"
En 1931 ya había reseñado lo siguiente:
"En realidad pienso con la pluma. Mi cabeza no sabe nada de lo que mi mano escribe"

  

03/12/2006 (22:16)  Pinochet, por fin

Pinochet, entre la vida y la muerte. De un momento a otro se inclinará el fiel de la balanza. No la que representa a la Justicia sino  la de su propia vida cargada de crímenes por los que nadie le hizo pagar nada. Después descansará en una espeluznante paz que solo disfrutan los muertos que mataron demasiado sin arrepentirse nunca ni apiadarse de sus víctimas. Ahora le dieron eso que llaman los últimos sacramentos, es decir, la última afrenta para tantos desaparecidos.




  

03/12/2006 (12:40)  ¿Qué es lo justo?

Limpiar la memoria como se vacía una papelera para partir de cero. Buscar una explicación a la existencia del ser humano.  Imposible. Distanciarse de la muerte lo bastante y percibir así  que la vida acaba siempre peor que empieza. Después, reflexionar sobre todos aquellos viejos propósitos casi olvidados: ahora pensaré lo justo, dormiré lo justo, comeré lo justo, escribiré lo justo, seré feliz y haré feliz lo justo y no sufriré, si me lo propongo, mas que lo justo...
Pero, ¿qué es lo justo? ¿Es justo lo estrictamente indispensable? ¿Quién sabe medir lo justo?

                                                                *    *    *

Cae una hoja en el camino, la aplasto queriendo o sin querer. La hoja me duele. ¿No estaba muerta? Ni siquiera me detengo a mirarla. ¿Para qué? Ya no tiene sentido. Es tarde.  Debo volver a casa antes de que anochezca.

  

22/11/2006 (21:05)  La barbarie

Hablábamos con dificultad y entre un griterío insufrible sobre la corrupción y las estafas incesantes, sobre los escándalos económicos y políticos mientras  en la mesa de al lado varios especuladores vomitaban cifras y carcajadas cada vez mas estrepitosas. Un camarero del Este les servía sin mirarlos al rostro con movimientos de agonizante. No parecía  estar allí aunque les cambiara los platos y les llenara las copas hasta arriba. Le temblaba el pulso, lógicamente. ¿Qué pensaba ese hombre? ¿Dónde estaba realmente ese hombre?
Salimos del restaurante y todavía pudimos verlos por los cristales gesticulando como locos. Daban miedo y producían asco.
Esto ocurría un día mas en Denia, frente al puerto y las barcas de los pescadores. Pero me dije: no merece la pena volver. No hay que estar aquí. Que se lo queden ellos. Todo para ellos. Hay que alejarse. Hay que huir de la barbarie.


  

21/11/2006 (22:46)  Lucha

Si luchara contra los demás dejaría de luchar conmigo mismo.

  

17/11/2006 (10:29)  Nada que hacer

No hay nada que hacer para no ser nada.

  

14/11/2006 (17:38)  Roma



Las calles de Roma con sus aceras llenas de peatones, sus escaparates llenos de guantes y de corbatas. Los obeliscos en las plazas ajenos a lo que ocurre a sus pies. Las iglesias llenas para ver un cuadro famoso fuera de las horas del culto. Y casi vacías durante el culto. Las fuentes de mármol como si el mármol solo fuera barro. Los campanarios de las basílicas repicando a muerto. Los cafés, en cambio, rebosantes de vida. Y las avenidas que serían vulgares sin los cipreses al fondo, siempre mas altos que las estatuas, a diferencia de los pinos que solo son árboles con los brazos amputados y unas cabezas temblorosas. Cabezas de ancianos con sus mujeres cargadas de arrugas y de joyas, picoteando igual que los pájaros en las lujosas terrazas acristaladas en Via Veneto.
Un viejo nos mira en el autobús 63. Va sentado en la misma fila. Lo que realmente mira son mis manos que estrechan las manos de mi mujer. Y hace un gesto de aprobación con dos dedos que trazan en el aire el signo de la victoria: las manos juntas son la caricia más íntima –dice-, las  otras caricias son puro cinismo.
Luego, el viejo se levanta y yo también me levanto. ¿Somos acaso el mismo viejo él y yo?  Puedo seguir creyendo que él es un viejo romano cuyo cuerpo se refleja en el cristal de la misma ventanilla. ¿Qué mas da?
Bajamos del 63 en la plaza de Argentina. Caminamos hacia la  Plaza Novona.
Por aquí, en una bocacalle, el viejo desaparece. Claro que yo voy mas despacio, no tenemos ninguna prisa. Ya no sigo los pasos del viejo. Tampoco mis propios pasos.

  

04/11/2006 (18:32)  Ann Arbor

Debería escribir algo sobre Ann Arbor. Debería colgarlo en esta página. No por miedo a olvidarlo sino para proteger los recuerdos en el interior de las palabras. Sólo por eso debería anotar los nombres de mis cafés en aquella ciudad: Sweet Waters, El Café Verde, El Café Ambrosia. También el café en la primera planta de la librería Borders. Todos los días, a lo largo de un mes, me he asomado a esos lugares. He buscado un asiento y he escrito algo allí. Por eso los cafés de Ann Arbor, esta acogedora pequeña ciudad de Michigan en cuya universidad estudió el dramaturgo Arthur Miller y dio clases el poeta Joseph Brodsky, esos cafés, digo, los considero mis cafés, mis lugares de trabajo, mis mesas de escritor.
Y luego debería hablar de las bibliotecas. La grande, enorme, en la que escribir me daba cierto miedo. Y la otra, también grande pero algo menos, la de Derecho, donde la luz de las claraboyas parecía desplomarse y estallar en el silencio de la sala.
Yo prefería la Union. Aquí no había libros y los periódicos estaban pasados de fecha. Pero la sala es exactamente lo que debe ser una sala de lectura: espaciosa, cómoda y acogedora. Había taburetes tapizados delante de algunas butacas sobre los que descansar las piernas en alto. Y las lámparas de pie parecían como las de una casa de clase acomodada. Por eso entraban algunos indigentes con sus bolsas de plástico bajo el brazo, y descansaban un rato allí sin que nadie les dijera nada: yo los observaba y anotaba algo sobre ellos, imaginaba una historia, una vida para cada uno de ellos.
Dspués me los encontraba deambulando por las calles de la ciudad. O por el campus, entre las facultades. O incluso sentados sobre el césped de la casa –mas bien una mansión- de la presidenta de la Universidad, que no está cercada. Allí tampoco les molestaba nadie.
Debería escribir algo de cada una de aquellas calles: Liberty, Main Street, Washington, y las que se cruzaban con ellas, con poco tráfico, tranquilas para pasear sin pensar en los coches –sin necesidad de tener un coche- y por las que los peatones todavía se dirigen un saludo aunque no se conozcan.
Aquella América nueva me parecía como una Europa antigua, la que aquí hemos perdido. La que no sospechamos que pueda existir allí.
Un vagabundo negro, grandullón pero inofensivo, me paraba por Liberty para pedirme cambio. Es decir, una limosna. Y yo le daba 50 centavos y él me hacía una reverencia como las que hacen algunos viejos camareros de color en los restaurantes de comida criolla en Nueva Orleáns. Y ambos nos reíamos del papel que representábamos en una escena imaginaria de Arthur Miller.
También recuerdo a la mujer que gritaba en la esquina de Main Street. Ya era anciana aunque su vejez galopaba en el potro salvaje e inofensivo de la locura. ¿A quién llamaba esta mujer? ¿Qué esperaba en aquel cruce de calles, con su carromato de supermercado y la muñeca destrozada en el manillar?
Sí, debería escribir algunas cosas sobre Ann Arbor, mi ciudad si es que tengo derecho a una ciudad. En el Café Verde pesan los platos antes de que los llenes de comida vegetariana. Es una cooperativa. Te haces socio y te bajan el precio hasta el precio considerado justo. Se come muy bien. Una comida saludable, con productos orgánicos. Te dan una tarjeta y cada vez que tomas algo en ese café perforan el dibujo de una zanahoria. Y cuando ya están las diez zanahorias perforadas en el papel, te regalan una bebida por un valor de hasta 3.25 dólares. Yo iba al Café Verde y me sentaba a una de sus mesas y me preguntaban si iba a escribir con el ordenador portátil, como otros clientes en su mayoría jóvenes, y les decía que no, que yo escribo en un cuaderno a mano, con pluma y tinta. Y entonces se quedaban algo extrañados. Se quedaban quietos, al lado de la mesa, hasta verme abrir el cuaderno y empezar a escribir algo con la pluma. Pero aún así insistían. ¿No va a necesitar un enchufe? Porque si lo iba a necesitar para alimentar el ordenador debería cambiarme de mesa y sentarme al otro lado, que es donde al parecer hay una batería de enchufes.
Después, paseaba por el mercado viejo, que está enfrente del Café Verde, y también muy cerca del Sweet Waters Café, y los vendedores me ofrecían que probara un poco de queso del que ellos mismos hacían en sus granjas, o me paraban para que viera las patatas que traían de sus campos, en unas cestas antiguas, y los objetos artesanales que vendían: bolsos de piel, ropa de punto, mermeladas y muchas variedades de pan y de dulces caseros.
Yo pensaba que este lugar tan apacible y la ciudad industrial de Detroit, que queda a una hora de coche, guardan muy poco parecido. Detroit está hundido, o casi, en su imparable fracaso automovilístico. Las fábricas cierran, despiden obreros, se deshacen. Mientras que esta industria que es la Universidad (estatal) crece y prospera. ¿No será un motivo para reflexionar?
Yo creo que sí.  Y pensaba en esto cuando mi amiga Vivianne, o su marido Reyn,  me traían por las tardes a su casa desde Ann Arbor siguiendo el largo camino de Pontiac Trail, entre campos de cereales y grandes extensiones de arbolado, entre granjas con sus casas y sus graneros pintados de rojo, siempre con cuidado para no atropellar los ciervos en libertad que saltaban sobre el maíz, yo pensaba en las ciudades arruinadas por la industria, y en los barrios miserables con hambre y delincuencia, y en la guerra de Bush, y en los coyotes que al hacerse de noche bajan de los montes hasta los valles para cazar conejos: aúllan delante de sus madrigueras y los conejos se asustan y salen, y entonces –así me lo explicaron- los coyotes los apresan, los matan, se los comen.
Debería escribir en esta misma página cómo me recibía la vieja perra Heidi al entrar en la casa, arrastrando sus patas traseras bajo un cielo de tormenta de otoño, cuando las hojas amarillas caen arrastradas por la lluvia y el viento. Entonces Heidi acercaba su cabeza para que la acariciara, me enseñaba sus dientes rotos por los años, sus patas doloridas, y me inspiraba la compasión del animal bondadoso e indefenso que se acerca resignado a su propia muerte.
Sí, debería escribir de todo esto –de la generosidad de mis amigos de Ann Arbor- y de este modo podría sentirme de nuevo allí, como si no hubiera regresado al lugar en el que escribo. Regresaría en las palabras que se abren como ventanas de la memoria, o como imágenes de los sentidos.
Estuve un mes en Ann Arbor y ese mes no quiero olvidarlo nunca. No quiero olvidar ningún detalle por insignificantes que sean. Nada es insignificante allí. Hasta las pequeñas cosas que he observado se convierten en grandes emociones al recordarlas, lo mismo que ocurre cuando entras en el sueño del pasado y todo lo demás desaparece, se borra y deja de existir.

  

03/11/2006 (17:45)  Lluvia

Ha llovido toda la noche. Despacio. Sin hacer daño. Con calma y monotonía.  Con  ruido tranquilizador del agua cayendo sobre las tejas. Y hoy ha seguido lloviendo del mismo modo, con este ritmo pausado. Sin hacer ningún daño.

He pensado en la lluvia cuando no es así. Cuando cae torrencial y produce inundaciones. Cuando mata, a  la gente, como ocurre ahora mismo en Turquía y en otros lugares. Y esa lluvia destruye las casas, las cosechas. Todo se pierde.

He pensado en los que no tienen una casa, ni enseres propios, no tienen nada y por tanto solo pueden perder la vida. Y en consecuencia la pierden.

En ocasiones somos como la lluvia que cae sin hacer daño, y esto nos gusta. Pero otras veces no somos así. Destruimos a los demás. Los dejamos a la intemperie. Los azotamos. Nos ensañamos con los mas indefensos. ¿Por qué? ¿Es por culpa también de un calentamiento progresivo de nuestro planeta interior?

Durante todo el día observo ensimismado cómo cae la lluvia sobre la tierra hasta hace poco tan sedienta, veo caer el agua  sobre los olivos, los almendros, los algarrobos, los cipreses y los viñedos todavía con hojas después de meses de soportar la peor sequía, y me digo: es una bendición.

El cielo gris es una bendición. Los montes que cercan el valle han desaparecido detrás de esta cortina de agua, y esto también es una bendición. No se oyen los pájaros. Ni se ven. El perro duerme con una placidez desacostumbrada, sin agitarse como otras veces se agita en sueños.
No hay relámpagos. Solo este caer incesante de la lluvia sobre los campos y el mar que también ha desaparecido por completo entre los montes.

Tal vez solo debo mirar la lluvia, solo debo escuchar este ruido que todavía se prolongará, dicen, un par de días y de noches. En este tiempo no me moveré de aquí aunque pueda y tal vez deba hacerlo, porque no tengo deseo alguno de hacer nada. La lluvia y el perro son ahora mi compañía. Los libros no me hacen falta. Tampoco los recuerdos. Ni la nostalgia de otros años y de otras lluvias, siempre las mismas lluvias desde la infancia, y esta misma sensación de árbol empapado, envejecido, incluso inútil. Es la sensación mas auténtica del ser humano, la que nos permite vernos insignificantes en nuestra soledad, la misma sensación que nos empuja poco a poco a la muerte sin extinguirse nunca.

  

02/11/2006 (11:18)  Poco tiempo

Esta sensación de que me queda poco tiempo. Como cuando un animal se agita y alerta de algo que se avecina. No es la muerte. Aunque también puede ser la muerte. Hay algo que exige darme prisa, no despreciar ni malgastar el tiempo, entrar yo mismo en el tiempo.
Escribiré algo sencillo. Sin erudición. Sin retórica. Una voz que enuncie algunas cosas, luego otras, y otras. Sin dar explicaciones. Sin analizar nada. Una voz flotante. Apenas perceptible. Algo que llega en el silencio y en la oscuridad.

  
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