Escritura interior
 
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11/12/2005 (18:27)  El discurso

Hace 30 años el dramaturgo Harold Pinter escribió la primera frase de su discurso de agradecimiento del Nobel de Literatura: “No hay grandes diferencias entre realidad y ficción, ni entre lo verdadero y lo falso. Una cosa no es necesariamente cierta o falsa; puede ser al mismo tiempo verdad y mentira”.

Esta mañana he leído ese discurso titulado Arte, verdad y política.

Lo he leído íntegro, despacio y con el respeto que merece un testamento de un gran escritor que muere. La muerte misma parece haberlo redactado. O mejor dicho: ha sido la muerte quien ha guiado el pensamiento y la mano de Harold Pinter.

Sólo alguien que sabe que va a morir de un momento a otro escribe de este modo.

He marcado unas cuantas frases. La primera, aparte de la inicial que se remonta al año 1958, alude a la necesidad de dejar que los personajes (de ficción) respiren por su propia cuenta. El autor, dice Pinter, “ha de estar preparado para acercarse a ellos desde una variedad de ángulos, desde perspectivas que resulten plenas y desinhibidas”.

La siguiente figura en un contexto muy preciso sobre la mentira y el engaño de los políticos, en este caso de los últimos gobiernos norteamericanos: “¿Son todas esas muertes atribuibles a la política exterior estadounidense? La respuesta es sí, tuvieron lugar y son atribuibles a la política exterior estadounidense. Pero ustedes no lo sabían. Esto nunca ocurrió. Nunca ocurrió nada. Ni siquiera mientras ocurría estaba ocurriendo”.

Más adelante añade que “el lenguaje (político) se usa hoy en día para mantener controlado el pensamiento”.

Por último, y luego de formular duras acusaciones de los crímenes cometidos por George W. Bush y respaldados por Tony Blair, Harold Pinter regresa al frágil universo personal del escritor. “La vida de un escritor es extremadamente vulnerable, apenas una actividad desnuda. No tenemos que llorar por ello. (…) Pero es cierto que estás expuesto a todos los vientos, algunos de ellos en verdad helados. Estás solo. No encuentras refugio ni protección –a menos que mientas- en cuyo caso, por supuesto, habrás construido tu  propia protección y, podría decirse, te habrás convertido en un político”.

  

03/12/2005 (19:32)  Harold Pinter


 Lo veo en la portada de Babelia. La expresión de su rostro es airada y triste  Sus ojos son los ojos de la muerte, para qué engañarnos. Está preparando el discurso del Nobel. Los últimos retoques. Demasiado tarde. Recuerdo una visita que le hicimos mi mujer y yo en Londres. Fue en 1996. Nos invitaron a comer Antonia Fraser y él, en la casa de Antonia Fraser. Una mansión preciosa. Nos enseñó su estudio, en un ángulo del jardín, como si se tratara de la caseta  del jardinero. Eso no parecía importarle. Allí nos entregó varios libros suyos y nos dijo, no sé por qué motivo, que desde hacía algún tiempo no se hablaba con su hijo. Su único hijo, insistió. Callamos. No añadió nada mas.
Nos llamaban de la casa para el almuerzo. Habían llegado otros invitados, entre ellos Gerald Brenan que  estuvo muy chistoso. Tenía las mejillas encarnadas. Bebimos vino. Hablaban de  personas importantes.  Kennedy, Rostchild, Margaret Thatcher. Y gente del mundo del arte, no solo de la política o del dinero. Yo observaba a Pinter. Un gran bebedor. Un hombre agudo, ocurrente, malintencionado. Estaba eufórico. Hizo reír a  los demás. Incluso a la aristocrática Antonia Frazer que lo adoraba. Pasaron varios años y no supe  nada de ellos. Luego le dieron el  Nobel y en las crónicas no se mencionaba a Lady Fazer.   ¿Se habrían separado? ¿Habría muerto la famosa historiadora? En la foto que se publicó al día siguiente del falló del premio, aparecía Harold Pinter él solo, con bastón, demacrado, y apoyado en  la puerta de su casa, o de la casa de Antonia Frazer. Iba mal vestido. Llevaba una gorrita de visera como las que usaba Bertold Brecht. Quizá era un regalo del mismo  Brecht. Y llevaba unos zapatos feos con los cordones mal atados. ¿Le habría dejado Antonia Frazer, o cualquier otra mujer,  hacerse una foto como ésta sabiendo que se publicaría en los periódicos de todo el mundo?

Harold Pinter ya no parecía él sino uno de sus personajes dramáticos. No sé exactamente cuál. Esto es lo de menos. Todo lo que puedo decir es que ya no era él, Harold Pinter. Era otro. Un hombre que sabe que va a morir poco después de pronunciar un discurso en Estocolmo, y no quiere morir.

  

02/12/2005 (17:15)  Otra lectura de Venecia







Mensaje desde Moscú: "He mirado su web. Lo primero que me llama la
atención es la Venecia de Brodsky. Acabo de volver de allí. Un dia de
lluvia nos sentamos mi marido y yo en el alféizar de nuestra (bueno, la
casa es de unos amigos que nos la prestaron 5 días) ventana de Gudecca,
mirando a San Marcos. Hemos leído en voz alta este libro cuyas palabras
se quedan en el paladar para siempre. También ha sido otra traducción,
esta vez al ruso. Y cuando terminó la lluvia fuimos a San Miquele a
llevarle flores".


Del libro es esta frase:

"El mundo es pequeño y, aunque vivas mucho tiempo, ningún hombre o mujer consiguen engrandecerlo".

Y tambien esta otra:

"La belleza vive en un eterno presente".

  

28/11/2005 (17:25)  Venecia según Brodsky

Cuando dejo en la estantería el libro de Joseph Brodsky sobre Venecia
(Marcas de agua), me doy cuenta de que este mismo libro (Watermark) ya lo tenía en
inglés. Lo había leído hace cuatro o cinco años porque  al final
de este volumen señalé en su momento las páginas que quise resaltar. Y
ahora advierto que no son las mismas que he marcado en la traducción
española quizá porque lo que en aquel molmento me llamó  la atención no
coincide, no es lo mismo que ahora llama mi atención.

¿Serán dos libros distintos? ¿Dos Venecias diferentes? ¿Dos Brodskys, y
no un solo Brodsky, ni una sola Venecia, ni un solo y único relato de
ese extraordinario lugar?

Prefiero creer esto último. Prefiero creer que Venecia es múltiple, Brodsky es
cambiante y yo mismo, como lector, no soy el mismo lector que
fui, o creí haber sido, hace tres o cuatro años. También he cambiado.

Y si ahora leyera este mismo libro en sus traducciones italiana o
francesa, de nuevo leería una obra diferente. Marcaría frases que antes no habría
marcado, y pasaría por alto -sin saber por qué- otras muchas ya marcadas.

  

23/11/2005 (22:35)  Los pobres



Fedro escribió en sus Fábulas esta frase imperecedera, por desgracia, desde la antiguedad:
"Al cambiar de príncipe frecuentemente los ciudadanos pobres nada cambian, salvo de dueño".

  

22/11/2005 (17:01)  El rey


Sospecho que en mas de una ocasión el Rey sufrirá pesadillas como todo el mundo. Pero su pesadilla será siempre la misma: es un niño, todavía, y está en la casa de Estoril con su hermano menor. Un día sacan una pistola del armario y juguetean con ella. De pronto Juan Carlos le descerraja un tiro a Alfonso. Y éste muere en el acto.
Cuando pienso en que esto ocurrió de verdad, siento una enorme compasión por un Rey a quien veo ante todo como a un ser humano y no como a un rey. Los reyes no me dicen nada. No son criaturas de carne y hueso. Ni siquiera llego a admirarlos o a despreciarlos. Son objetos de salón. Pero pienso que este monarca a quien ahora mismo todo el mundo ensalza con motivo de sus treinta años en el trono, es un ser humano que sufre pesadillas al ser incapaz de olvidar por completo lo que, seguramente, hizo de él un ser como el resto de los mortales. La culpa y el dolor de haber provocado aquél accidente que le costó la vida a su hermano pequeño, le acompañaría siempre. Y solo esto ya lo hace digno de compasión.
Sin embargo lo súbditos, y quienes los manipulan, no desean que un monarca sea compadecido. Por eso nadie ha recordado, ni ahora ni en otras ocasiones, el epiodio que sin duda ha sido de verdad crucial en la infancia de Juan Carlos, y que debió marcarle para siempre. En ninguno de los artículos publicados en la Prensa de hoy, ni en los programas especiales de las televisiones o de las radios, se menciona el suceso. Tampoco se muestran fotografías con su hermano. Se ignora aquella gran tragedia cuando lo cierto es que el hecho de haberla superado sin enloquecer o derumbarse dice mucho a favor de la fortaleza y de la salud mental de un individuo.
Yo prefiero recordar la escena para comvencerme, cuando tengo dudas, que este es un Rey vulnerable y próximo, un ser humano, y no un Rey frío y duro como el de las monedas.

  

08/11/2005   La memoria vacia

Vuelvo al tema del tiempo. Debo añadir algo a lo que anoté el otro día. El tiempo pasa demasiado rápido y sin dejar casi nada en la memoria. No es que yo  pierda memoria.Tampoco pierdo el tiempo. Lo que ocurre es que la memoria es mucho mas lenta que el tiempo y ya no lo alcanza. Se queda atrás, vacía.

  

07/11/2005 (17:46)  Un niño palestino

Transcurridos diez años del asesinato de Isaac Rabin, un niño palestino de 12 años murió el sábado pasado en un hospital de Haifa después de recibir un disparo efectuado por un soldado israelí. Los padres de este niño, Ahmend el Jatib, donaron sus órganos al hospital que lo atendió pese a que no pudo salvarle la vida. 
La noticia está fechada en Jersusalén. Es breve. No necesita ningún comentario. Sólo añade que el portavoz del hospital israelí explicó que  los padres del niño dieron los órganos "para acercar los corazones y para acercar la paz".
El hígado de Ahmend lo comparten ahora un bebé de seis meses y una mujer de 56 años. En cuanto a su corazón, ya late en el pecho de una niña de 12 años.

  

07/11/2005 (11:55)  Tiempo

El tiempo corre ahora tan deprisa que apenas me permite guardar nada superfluo en la memoria. Muchas cosas, o los detalles de esas cosas, se pierden para siempre.
Contra eso no puedo hacer nada. Es un problema de edad. Es decir, un problema de desgaste del  tiempo. Lo sorprendente es que a pesar de que uno lo espera y cree estar razonablemente preparado para afrontarlo, no es así. Rechazamos con violencia algo  inevitable y progresivo. Aunque bien es cierto que en el fondo iniciamos  una especie de negociación con nosotros mismos que nos ayude a aceptar el proceso irreversible del deterioro de nuestra memoria. Porque aseguran que la memoria es la primera víctima de la vejez. 
En cambio, sueñas con tus padres ya muertos hace bastantes años y los ves como si estuvieran más vivos en el sueño que cuando realmente vivían. Recuerdas este sueño y lo escribes con todos sus detalles sospechando que la memoria onírica se mantiene mas firme y saludable que la memoria diurna, o real. Sin embargo, ya no eres capaz de afirmar si fue exactamente el martes o fue otro día de la semana pasada  cuando encontraste en la calle a un viejo condiscípulo tuyo que hacía un montón de años que no habías visto. De ese encuentro recordarás muy pocas cosas si lo comparas con el recuerdo que que tu memoria almacenó remontándose a tiempos de la infancia.
Todo esto ha sido explicado infinidad de veces. No es nada nuevo para tí. Pero ahora  lo vives como si fuera extraño y sorprendente. No quieres inquietarte por ello. ¿De qué te serviría? De nada, ya que  la misma pérdida de memoria te ayudaría a olvidar el triste hecho de sufrir ese desgaste.  
Al final de su vida mi abuelo, y luego mi padre, se quejaron en mas de una ocasión de esto mismo. Ya son viejos, me dije al escucharlos, porque esta es una de las pruebas mas concluyentes de la vejez. Mi padre decía que el esfuerzo que debe exigirse cualquier persona mayor es para aceptar ser mayor del mejor modo posible.
Ahora me doy cuenta de que no es fácil.  Me doy cuenta de que escribir, o leer, sobre estas cosas tampoco ayuda demasiado a lsuperarlas. Aunque,  ¿acaso ayuda lo contrario? Lo contrario -y también lo más común- es la negación del hecho o el aturdimiento ante ese hecho. Y es más frecuente encontrar personas mayores aturdidas o  alienadas que de las otras personas. 
Petrarca escribió que "la vida de todos los mortales es corta, y extremadamente corta es la vida de los viejos". 
Ahora es mas larga la vida de los ancianos que  en el pasado, al menos en esta parte del mundo que nos tocó en suerte.  Aún así no nos engañemos: en última instancia se trata de una apreciación  del  tiempo y, en consecuencia, de algo relativo.  Petrarca sigue teniendo razón al recordarnos  que la vida de los viejos es extremadamente corta, y al revelarnos en una de sus aleccionadoras cartas, que los ancianos  seremos siempre sospechosos de avidez.

  

05/11/2005 (18:30)  John Dos Passos

En  la librería Border's, en Ann Arbor, encuentro un volumen de John Dos Passos editado por The Library of America que con sus libros de viajes, ensayos, cartas y Diarios. Me interesa. Lo compro. Lo traigo a España. Y me sumerjo en la lectura de unas páginas escritas entre los años 1916 y 1941. Dos Passos, un autor que me impresionó por su fuerza y por su talento en mi juventud con sus novelas Manhattan Transfer, Three Soldiers y USA, vuelve a logarlo  ahora con estos otros escritos.
Luego, leo en The New Yorker del 31 de octubre un artículo de George Packer en el que compara la obra de Hemingway con la de Dos Passos. Y mas que la calidad de uno y otro como escritor,  la calidad moral  y humana de estos dos gigantes de las letras estadounidenses. Y me alegra comprobar que el articulista se decanta justificadamente por Dos Passos: este hombre no vino a España como Hemingway para cosechar trofeos bélicos como fue a Africa para cosechar trofeos de caza sino que su presencia en nuestro país en tiempos de la República, y anteriores, asi como durante la guerra civil, obedeció a la pasión que sintió por los españoles desde su primer viaje en 1916. 
Dos Passos vuelve a ataer el interés de los historiadores y de los hispanistas con motivo de un libro reciente de Stephen Koch en torno al tratamiento que Hemingway y Dos Passos dieron al oscuro asesinato de un amigo de Dos Passos, José Robles, a quien conoció en Valencia.  Hemingway convirtió en rival a Dos Passos y llegó a hacer de él un objeto predilecto sobre el que ejercitar su cruel sadismo personal y literario. 
Acabo de dedicar mi Viaje de cercanías de esta semana, que mañana publicará El País, a la figura de John Dos Passos. He leído un poema en el que habla de Denia y he imaginado al escritor paseando conmigo por las calles de esta ciudad, asomándose al puerto y a una librería, recorriendo con horror esos veinte kilómetros que están siendo arrasados en la zona de Las Marinas por los mas desaprensivos urbanizadores. 
En un poema escrito en 1916,  John Dos Passos proclamó que  en ningún otro sitio mas que en Denia desearía morir siendo todavía joven. Pero ahora difícilmente podría soportar mas allá de unas cuantas horas seguidas en este mismo y destrozado  lugar.  

  
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