Escritura interior
 

09/10/2016   Posdata

Existe ayer con mucha paz y tranquilidad

Ignacio Carrión, 6 de septiembre de 1938 - 8 de octubre de 2016

  

06/10/2016   Obsolescencia humana

No sabía sobre qué asunto escribir cuando me llamó la atención una antigua motocicleta Guzzi-Hispania expuesta en un escaparate de una tienda de decoración al final de la Calle de la Nave. Era exactamente como una que tuve en los años sesenta.

A mis amigos y a mi nos dio por pasear por la ciudad de Valencia en aquellas máquinas un tanto diabólicas. Había calles que era preciso evitar porque sólo la humedad ambiente convertía el asfalto en pistas de patinaje. De repente notabas un peligroso zigzagueo en la rueda trasera y en menos de treinta segundos ya estabas por los suelos. La Guzzi, tan llamativa por su color rojo (todas eran rojas), iba por un lado y tú por el otro. Suplicabas al cielo dos cosas: que no viniera el trolebús pisándote los talones y que no te viera nadie que fuera conocido tuyo para ayudarte a ponerte en pie.

Aquellas trincheras de color arena que entonces estaban de moda adquirían un color lamentable de manera que cuanto antes te deshicieras de esa gabardina, más cómodo y seguro te sentías. Pasado el susto cruzabas la Calle de Colón, primero arrastrando la moto y después, ya metido en la calle, pedaleando para poner en marcha un motor tan duradero como miserable.

Hoy me pregunto cómo una cilindrada tan escasa podía llevarme a una alegre velocidad no sólo a mi sino también a la chica que se agarraba a mi cuerpo con palpitaciones un tanto sospechosas. ¿Eran las primeras expresiones de un orgasmo que probablemente no alcanzaba el clímax debido a la escasa duración del trayecto? Nunca lo sabré. Pero estoy seguro que si detrás del escaparate de la tienda de decoración hubiera reconocido a una de aquellas adolescentes – hoy septuagenaria – habría tenido el valor de entrar y preguntárselo.

En una tienda de antigüedades de la Calle de las Avellanas han puesto a la venta un sofá Chester de los que ya no se ven tapizado en piel de color granate cuyo precio no alcancé a leer desde la calle. De manera que entré en la tienda y le pregunté al vendedor no sólo el precio (una pasada) sino también sus años de garantía. “Veinticinco”, me dijo el vendedor. Y, como era joven, me miró compasivo. Debía estar pensando que a mi edad veinticinco años de garantía a partir del día de hoy era casi una burla, o más bien sin casi. Me puse a fisgonear por el interior de esta tienda pero no encontré el bastón con empuñadura de plata que siempre que ocurre algo así me entran ganas de tener a mano para incrustarle la plata en el cráneo al amable dependiente. También podría haberle preguntado acerca de la obsolescencia de esta gayata centenaria pero preferí no hacerlo, volví a la calle y me puse a pensar precisamente en esto: en la obsolescencia de este producto que es el ser humano.

Las alegres vendedoras de electrodomésticos de los grandes almacenes trataron de venderme un aspirador con quince años de garantía. Yo no pude reprimir un grito: “¡Ay! No me vengan con esto de las garantías. ¿Cree usted que puedo yo mismo ofrecer en el mejor de los casos más allá de dos o tres años de supervivencia?”

Poco, por no decir nada, reflexionamos sobre una cuestión como la obsolescencia del producto humano. Y es mejor que pensemos lo justo en ella. Es mejor olvidar por completo cuánto vamos a durar desempeñando la función para la que fuimos adquiridos. Unos quitamos el polvo y otros lo producimos.

Llegado a este punto se hizo la hora de merendar y me metí en una chocolatería (no era tal) y pedí un chocolate a la española, y el camarero (no era tal) me dijo que no le tomara el pelo porque aquello (y miró a su alrededor) sólo era una farmacia.

Hay momentos de confusión que tal vez son los mejores del día. Y si fuéramos sinceros con nosotros mismos reconoceríamos que es así, y que gracias a esta confusión cada vez más frecuente soportamos el peso de nuestra propia obsolescencia.

  

28/09/2016   ¿Es hora de rezar?

No pienso en el Puente del Real con sus casalicios recién restaurados. Me gusta ese trabajo hecho por los artesanos que quisieron embellecer un espacio maltratado. Necesitaban una ayuda bastante más que ornamental. Necesitaban una ayuda como de padre a hijo en vísperas de un martirio histórico. Ellos, los santos, sacaron fuerzas de donde las tenían, sin duda del amor a sus paisanos que cruzaban el puente sin ignorar lo que habrían sufrido en la cruz de San Andrés para ayudarles a redimir sus almas. Y así lo hicieron.

Y ahora nos preguntamos qué esperamos de padres e hijos en circunstancias que exigen tanta piedad. Y cuando no piedad exigen tanta abnegación. Cada vez que paso por este puente de sillería trabajado a mano me conmueven los ciclistas pedaleando temblorosos aunque confiados en que los santos Vicentes no caerán a los pies de un autobús, de un tranvía con jardinera o de un festivo paseante de niños y señoritos que buscaban satisfacción en la feria de julio, en las bodas de los Jardines de Monforte o en los mismos parkings de los gorrillas.

Para todos llueve hoy y todos tienen derecho al agua.

No pienso en las cruces de San Andrés más que cuando San Andrés me pide una oración de las que yo no rezo pero que siempre estaré en disposición de recitar. Es hora de rezar todo lo que no rezamos cuando pasábamos algo atemorizados a los pies de los casalicios. Y de pedirles algún favor para los padres de nuestros hijos. Y si no va siendo hora de rezar, ya estamos llegando a ella. Alguien que nos quiere nos hará memoria. Y nosotros lo escucharemos.

(Septiembre de 2016)

  

25/09/2016 (21:33)  A escasos pasos de la muerte

Gustav Mahler desaparece en cuanto abandona al espectador de cualquiera de sus partituras. No esperas que haga otra cosa quien en ese instante puede estar viendo y oyendo las notas de una próxima sinfonía. ¿Qué ruidos que llegan a los oídos de un compositor genial, por ejemplo los del motor de un taxi, tienen la fuerza suficiente para arrebatar los sonidos que produce el cerebro de un músico de la talla excepcional de Mahler? No lo sabremos nunca. Una nota aparecida milagrosamente en el pentagrama mental del artista y retenida allí durante un tiempo es lo que importaría preservar, aunque resulte imposible intentarlo. A diferencia del escritor (un gran poeta puede escribir un gran poema bajo un gran y atronador bombardeo), un gran músico queda instantáneamente paralizado en esas circunstancias. Sucumbe. Y hasta que se recupera es poco lo que puede hacer. ¿Sacar lustre a su batuta que ahora observa desesperado y compasivo? No sé si Gustav Mahler –autor de la Sexta Sinfonía- pertenecía a esta última variedad. Tampoco sé si su pesimismo palpable en la Sexta Sinfonía guardaba relación con el hecho de su reciente boda. Con todo lo que comporta, una boda es pasto del olvido. En cambio, una obra de arte verdadera es ignífuga por naturaleza. Los años pasan sobre ella sin hacerse notar. Las llamas no la devoran. El tiempo la respeta. Como aquel tipo que sortea un charco camino de la horca, escena tan bien descrita por George Orwell, la música de un genio acierta a esquivar el charco para realzar la dignidad humana con ese gesto digno y pulcro que sólo él se exige a sí mismo. Nos alecciona una vez más el escritor de 1984. Lo hace al estilo de uno de los animales mas humildes de su Granja. Lo que mejor sabe hacer. El charco y la horca se saludan. La vida y el artilugio que la quita se reconocen. Para qué más palabras (literatura) y para qué más explicaciones a escasos pasos de la muerte.

  

22/09/2016   Ingleses

“En Inglaterra todo ha cambiado a excepción de su anciana reina que se ciñe la corona en ceremonias muy singulares y aparatosas y camina dos pasos por delante de su marido, el Duque de Edimburgo, cuyas manos lleva entrelazadas por la espalda”. Ignacio Carrión, septiembre de 2016.

Un pueblo no se conoce durante unas vacaciones de fin de semana. Menos, todavía, el Reino Unido y sus habitantes. Entre mediados de los años setenta y principios de los ochenta el autor de este libro, corresponsal para Blanco y Negro y el ABC, eligió vivir en la Inglaterra profunda en lugar de Londres, su capital. Desde un pueblecito de la campiña nos ofrece con anécdotas del momento una visión muy distinta de una nación todavía aferrada a su reciente pasado imperial pero en profundo declive.

El resultado es una narración desenfadada, personal, muy divertida y suspicaz sobre un país que no siempre demuestra serlo. Escrito en 1982 durante su prolongada estancia, este texto ha permanecido inédito más de 30 años. Al producirse el inesperado Brexit – la salida del Reino Unido de la Unión Europea – ha cobrado también una inesperada actualidad. Los escenarios que recorre Ignacio Carrión son muy diversos: tan pronto asiste en Belfast (tomada militarmente por el ejército británico) al suicidio por inanición de Bobby Sands, célebre dirigente del IRA, como a un Tea Party ofrecido por la Reina Isabel II en los jardines del Palacio de Buckingham. Cada día depara una sorpresa, como la primera manifestación protagonizada por un único manifestante contra la toma de las Islas Malvinas por los militares argentinos: “Cubrió su furgoneta con cartelones pidiendo la guerra y la reconquista de las Falklands. Y cuando estuvo a la altura del 10 de Downing Street, empezó a tocar la bocina del coche…” La policía acude y con su proverbial aplomo, primero le da la razón y luego le coloca una multa en el parabrisas por exceder el ruido permitido con sus bocinazos.

  

22/09/2016   No es impudicia

No es impudicia escribir en mi página web el curso que sigue mi enfermedad, llamada cáncer. No creo que lo sea porque en mi escritura interior solamente silencio aquello que puede herir irreparablemente a terceros. Unas veces lo consigo y otras no.

Pero si en mi caso no tengo miedo a contar por escrito lo que pasa por mi cabeza (ahora con tumores en tratamiento), sospecho que en el caso de algunos buenos amigos sí que hay una sombra de miedo al no comunicarse conmigo más que muy de tarde en tarde. Me pregunto por qué razón ocurren así las cosas. Un amigo me ha dicho que como es muy tímido el hecho de ponerse a escribirme un correo es superior a sus fuerzas. Lo lamento, más que por mi por él. Que la timidez te impida ser natural es digno de compasión. La persona se refugia en una debilidad cuando lo que tendría es que, ya a cierta edad, superarla.

¿Impide atender a un accidentado en la carretera la timidez de quien debería auxiliarle? Si es así, el asunto es grave. Yo, al menos, lo considero grave. No suele ser común que las grandes, buenas y prolongadas amistades se debiliten por culpa de la timidez. O quizá estamos hablando sin mencionarlo del miedo.

¿Miedo a qué? ¿A importunar al enfermo? ¿A tratar sin las palabras adecuadas de una enfermedad todavía tabú?

Otras personas que puedes encontrarte en la calle lamentan lo que te ocurre y te desean que tengas ánimo. Ahí queda todo. Pero algo es algo. No sólo en España se dan estas conductas. En otros muchos países, como en los Estados Unidos, eluden mencionar la palabra cáncer en este tipo de comunicaciones sustituyéndola por “the C word”. Entre nosotros se practica una especie de arte anticipado de la esquela a base de decir o escribir “murió después de una larga y penosa enfermedad”. Si todavía queda espacio y viene a cuento añadirían “en un céntrico hotel”.

Pero también hay casos en los que te sientes tratado con mucha cercanía, aunque solo sea telefónica. No te preocupes que si molestas al enfermo, como podría ser tu temor, el enfermo se ocupará de decírtelo. Otro asunto, aunque no tan distante del anterior, es cómo manejar las redes. Un político incapaz de enfrentarse al adversario de viva voz recurre a un tuit y se queda tan tranquilo. Cuanto más le retuitean mejor político se siente. Lo cierto es precisamente lo contrario.

  

18/09/2016   Arriba el peluquín

Me entran ganas de levantarle el peluquín a Ximo Puig, Presidente de la Comunidad Valenciana, y de soplarle en la calva cada vez que lo veo compungido lamentando los desfalcos y la corrupción de sus predecesores. ¿Qué clase de vigilancia o supervisión ejercía el PSOE de los abusos que se cometieron a un palmo de sus narices? Por lo visto todo era normal. Si denunciaron esos abusos no lograron ningún efecto, y si no los denunciaron los permitieron. El efecto es el mismo.

En Valencia no ha habido una oposición verdaderamente fiscalizadora sino la apariencia de una oposición más propensa a las lamentaciones que a la acción política. Que no brame ni gimotee Ximo Puig o sus colaboradores porque se les va a caer el pelo. Y lo digo sin ironía. Tan harto como del PP me tienen estos profesionales del oficio de la supervivencia.

  

14/09/2016   Carta de las gallinas a Alfredo

Admirado dibujante Alfredo:

Han pasado veinte años desde que nos retrataste en la pollería de un mercado de Madrid. Un amigo tuyo llamado Ignacio ha guardado este dibujo como el bocadito de la reina, que tú ya sabes que es la parte más apreciada de las gallinas, o eso dicen los que entienden de aves de corral.

El culito de la reina goza de buena salud en lo que a mi y a mis amigas, todas ellas clientas de la pollería, respecta. Cuando una va al puchero, a la paella o al horno las demás pensamos en la compañera sacrificada para que se alimente una familia. Creo que el mercado se llama Maravillas. Para nosotras es el paraíso ya que nos paseamos por él vestidas de señoras y llevamos en las bolsas las víctimas del sacrificio. Cualquier día nos llegará el turno.

Pero como estamos en el dibujo que guarda en su casa tu amigo Ignacio seguramente él impedirá que nos echen mano al pescuezo. Yo, que soy la gallina con el chaleco estampado que aparece en el primer plano, he desarrollado una habilidad tremenda para defenderme de cualquier agresor ya que mi pico tiene ahora una fuerza inusitada: de un par de picotazos me llevo por delante a los vendedores de los puestos aunque esgriman en su mano el hacha de carnicero.

El mismo señor Rajoy que vino en persona a por dos pechugas de la mejor calidad sabe que con nosotras no se juega. Ya no ponemos huevos. Tampoco saltamos en ningún corral aunque nos veamos perseguidas por media plantilla del PP y su gallo en funciones. Somos libres. Le cacareamos: “¡Estamos hartas de lucir una cresta que no nos merecemos, como tampoco, señor Rajoy, se merece usted presumir de unos espolones que no asustan ni a la gallina más cobarde!”

Al artista que nos inmortalizó convirtiendo nuestras alas en brazos de señoras le estaremos agradecidas eternamente. Otros te cortan las alas desde el poder y te dejan mancas en la soledad de un mercado.

Te queremos, Alfredo. Y sigue dibujando tu autobiografía. Alguien nos ha dicho que este es tu proyecto definitivo.

Besos y picotazos indoloros de tus admiradoras del Mercado de las Maravillas

  

14/09/2016   Trabajar cansa

Siempre existe esta persecución del editor. Sólo aparece o da señales de vida cuando no lo llamas ni esperas, mientras que rara vez hablas con él cuando lo necesitas.

Pero, ¿qué significa necesitar a un editor, a tu editor, sin el que un manuscrito no es más que un montón de cuartillas que te ocupó un buen tiempo escribir? Pavese decía “lavorare stanca”.

Ellos, los editores, trabajan sobre tu trabajo. Es fácil decir que se aprovechan o se lucran con tu esfuerzo. Y no es así, o esto deseamos creer los autores incapaces de entregarles best sellers. No los entregamos porque somos ineptos de crearlos aunque nos empeñemos y deseemos una y mil veces lograrlo. La arrogancia del autor del montón le lleva a mirar por debajo del hombro al fabricante de éxitos de ventas. Y aquí está la pregunta: ¿Se trata únicamente de envidia o de algo más?

Pienso que de algo más. De bastante más. Algo que tiene que ver con la imaginación y el talento personal. Unos poseen en grandes cantidades ese talento y esa imaginación. Pero para quienes carecemos de esos méritos (por ejemplo yo) los autores de éxito comercial nos confunden y acomplejan a la mayoría anónima. Y así, confusos y acomplejados, eclipsados por ellos, llegamos al extremo contrario: a minusvalorar nuestra propia identidad. Digamos que una cierta originalidad que dan a las páginas que escribimos una personalidad distinta y las marcan con un sello a veces inconfundible. Se advierte con facilidad en los periódicos cuando llevas leídos uno o dos párrafos de un artículo sin haberte fijado antes en la firma de su autor y lo adivinas y lo aciertas sin el mínimo esfuerzo. Allí está el sello que tanto deseas que sea apreciado. O incluso admirado. Los muy admirados y desde luego bien retribuidos y generosamente premiados hombres (y mujeres) de letras viven magníficamente de su trabajo.

“Lavorare stanca” pero merece la pena el cansancio de ese trabajo. Qué duda cabe de que vivir del trabajo propio es ante todo un motivo de orgullo pero también, como decía antes, un motivo más o menos secreto de envidia.

  

12/09/2016   Lo que va quedando

¿No eres mas que lo que va quedando? ¿Tu escritura? ¿Algunos objetos que la hacen posible? ¿Qué más?

  
 
 
nota legal