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27/2/2012 Libros de relatos
Klaus ha vuelto (versión eBook)
Un inválido alemán centra las fantasías sexuales de una mujer cuando copula con su marido. Un anciano libanés da rienda suelta a sus recuerdos indiferente al desprecio de su esposa. En el patio del manicomio, una demente delira ante una foto de Felipe González en Japón. El guardagujas de un lúgubre pueblo inglés espera la llegada del huracán atado a un poste. Una mosca se despide de la existencia, a la que no encuentra ningún sentido, saboreando las heces de un ser humano. El asesinato de Indira Gandhi enfrenta en el Pujab a dos reporteros que se odian a muerte. La dolorosa agonía de una mujer la prolonga su médico en un hospital católico. Mientras el marido juega al dominó, un muchacho amigo de la familia es seducido por la insaciable y perversa esposa de aquél. Estos son los temas de esta colección de relatos cuyos personajes se mueven en escenarios tan diversos como los Estados Unidos, Gran Bretaña, España o la India, y en situaciones muy variada y sorprendentes. Todos ellos comparten las mismas pasiones y son vícitimas de un desarraigo y nihilismo parecidos. El ritmo ágil, el lenguaje conciso y el estido directo permiten que estos relatos, duros, irónicos o enternecedores, lleguen al lector con una fuerza irresistible.

No sé por qué nos llevó mi padre a vivir todo un año a un pueblo inglés donde hacía frío y no había montañas y el viento nos tiraba de la bicicleta. Pero mi padre era así: parecía un hombre de circo al que le gustaba zarandear a la familia por el mundo. Y nosotros teníamos que hacer payasadas debajo de la carpa. Sin embargo era interesante. El mismo pueblo paraecía un trapecio. Las casas, todas iguales, se columpiaban mirando los campos de trigo. A un lado estaba el ferrocarril, con Peter, su guardagujas. Y al otro estaba la carretera 505, que llevaba a Londres. Esta carretera era temible. Rugía el tráfico día y noche. En las horas de niebla siempre esperábamos que alguien fuera a morir allí, intentando cruzarla. Lo pensábamos durante el desayuno, cuando mi padre se asomaba a la calle, volvía a entrar con vaho en las gafas, y decía: "Alguien la va a palmar hoy en la 505".
  
     
 
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