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1/1/1989 Libros de viaje
De Moscú a Nueva York
La idea de unir estas dos ciudades, o mejor dicho la experiencia personal del encuentro con estas ciudades, fue el resultado de un libro similar, aunque de menor formato, dedicado años antes a Madrid. La buena acogida que tuvo aquel libro y, sobre todo, los buenos ratos que nos proporcionó su ejecución tanto al ilustrador Alfredo como a mí, nos animó a viajar primero a Moscú y después a Nueva York. Se trataba de adentrarnos (o quizá de perdernos) en ambas metrópolis, siempre con los ojos bien abiertos y una intrepidez que al cabo de veinte años nos parece insensata, o incluso temeraria. Alfredo dibujaba en Moscú, a cualquier hora y en cualquier lugar, rodeado de curiosos. Lo hacía unas veces con un miedo justificado a ser detenido e interrogado por la policía, y otras con el mismo o mayor miedo a que agentes del KGB le confiscaran sus irónicos retratos moscovitas. Por suerte no pasó nada de eso, aunque pudo pasar. En Nueva York, en cambio, los peligros eran de otro orden. Un día, por ejemplo, se desató un tremendo huracán en el corazón de Manhattan. Los rascacielos mas altos parecían a punto de romperse a pedazos. Lo cierto es que caían cascotes al vacío. Los paraguas volaban a gran velocidad por la Quinta Avenida, como flechas enemigas de las que Alfredo se protegía con su cartapacio a modo de coraza. Yo sólo podía salvarme de ese ataque pegado a él, aunque apenas lográbamos abrirnos paso entre unos peatones abatidos por el ventarrón. Todo eso determinó que pese a mis súplicas Alfredo se negara a acompañarme una noche inacabable en un cochepatrulla de la policía neoyorquina. Dijo que de madrugada todos los guardias del mundo pierden puntería, mientras los delincuentes la ganan. ¿Era preciso tentar la suerte? Tampoco quiso arriesgarse (e hizo bien) a explorar el Bronx. Yo sí lo hice y pude contar lo que vi, de puro milagro, al día siguiente, aunque después de correr con la lengua fuera hasta la parada del metro. Sus dibujos directos e improvisados, y mis anotaciones tomadas al vuelo, o si se prefiere en vivo, dieron por resultado este libro diseñado por el mismo Alfredo. Ya no puede encontrarse, creo, mas que como una rareza en algún estante misterioso de algún librero. Lo últimos ejemplares se saldaron hace tiempo en las tiendas de los VIP. Tampoco ganamos con este libro mas que un modesto anticipo que los editores pagaron a mi agente literaria de entonces, Carmen Balcells. Cantidad que nos repartimos a partes iguales, descontada la comisión de la agencia. Con ese dinero apenas logramos cubrir la cuarta parte de los gastos de ambos viajes. Pero a veces lo que pierdes por un lado lo ganas por otro. La ganancia se tradujo en experiencia. Estoy convencido de que ahora volveríamos a repetir los dos viajes paso a paso. Lo difícil es convencer a Alfredo porque asegura que sus desplazamientos ya no van mas allá de lo que alcanza un solo depósito de gasolina. Persuadirle de lo contrario me llevará cierto tiempo. Sé que algún día volveremos a Moscú y a Nueva York con los ojos muy abiertos y con la misma o parecida intrepidez de hace dos décadas.

La Caja que Ve (Moscú) Asi como en Nueva York se`pone uno neurasténico temiendo que te roben, en Moscú sucede lo contrario: te entran ganas de robar. LA ley y el orden son tan impresionantes en la capital de la URSS que en esta especie de vacío de violencia, de falta de apetito de consumo, de astenia de emociones fuertes y de parálisis interna de nuestro sistema de alarma, olvida uno las amenazas occidentales del tirón, el zarpazo en el metro o las palizas de los callejones. Los ciudadanos soviéticos tienen prohibido el acceso a los hoteles. Si no hay ocasión no hay peligro. Los rusos saben que el trato con extranjeros al margen de los canales autorizados es un arma de doble filo. Pensaba en estas cosas cuando sonó el teléfono de mi habitación. Me figuraba que podía ser Ludmilla, a quien finalmente no encontré en el bar de moneda extranjera. Pero no era Ludmilla. Era un tipo que hablaba español correctamente. El tono de su voz desvelaba una timidez misteriosa. Parecía un ser atemorizado. -Me llamo Alexis -dijo apenas iniciar la conversación- y estoy en una cabina pública enfrente de su hotel. Quiero verle. Tengo 30 años. ******* La calle 42 (Nueva York) El tiempo pasaba rápido. La ciudad se había tragado primero el reloj y luego el dinero. Quedaban pocos dias y pocos dólares. Era domingo. Otra vez domingo. Otra vez el periódico psaba dos kilos. El The New York Times traía exactamente 822 páginas. Podía ejercitarme levantando peso. Podía jugr a los crucigramas, horóscopos, dameros, adivinanzas, loterías y muchas mas cosas. Ahora paseaba por la calle 42 y todos sus comercios estaban abiertos. El día del Señor lo es también del Dólar. Veía la ciudad como si fuera un anuncio inmenso, sobrecogedor, angustioso. Todos debíamos comprar todo lo que se vendía. Lo de menos era el producto. Lo importante era la aventura de descubrirlo. Y el acto de aqdquirilo. En las proximidades de Boradway había cámaras de televisión. -¡Qué van a hacer? -pregunté a una jovencita. -Buscan gente para los anuncios. Te has de sentar allí, en el taburete, y luego tú inventas un anuncio y si les gusta lo graban. Luego te avisan y te contratan. En el taburete, a un lado de la acera, se sentaban unos detrás de otros. Todos decían su anuncio sonrientes. Desde sus tiendas los indios o los judíos miraban el taburete. Pensando, quién sabe lo que estarían pensando. Era cuestión de acercarse a preguntarles. Por qué no. La gente pregunta mucho en Nueva York. A todas horas. Toda clase de gente. La ciudad es siempre un interrogante abierto.
  
     
 
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