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28/3/2006 Ramiret y la pelota    Vaje de cercanías
Es una aventura entrar en el Trinquete de Benissa. No existe acceso desde la calle. Tampoco puedes dejarte caer por el techo. Ni pasar por ningún puente o pasadizo de hormigón blanco al estilo de Santiago Calatrava, ya que los artefactos extraterrestres de este arquitecto todavía no alcanzaron los pueblos de La Marina Alta.

Al Trinquete de Benissa se entra por un bar que lleva su mismo nombre, es decir, el bar Trinquete. La cosa no puede ser mas elemental y lógica, aunque algo complicada. Presten atención. Te metes en el bar, pides una cerveza y una pelota de carne (especialidad de la casa) y entonces preguntas por la puerta del Trinquete como si se tratara de la puerta de los lavabos. La misma señora que hace las pelotas altamente recomendables, señala la puerta. Y acto seguido tú abres la puerta, desciendes un par de peldaños, giras un poco a la izquierda y después a la derecha (igual que si abrieras una caja fuerte) y, como si entraras haciendo eses por la sacristía hasta la catedral, descubres el Trinquete al fondo. Mas que una sorpresa es un verdadero milagro.

Aquí, en mitad del Trinquete, vemos a José Ramiro Capó, de 54 años, que en la actualidad es subdirector de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, pero a quien los amigos y aficionados a la pelota valenciana llamaban Ramiret, allá por los años 70 y 80, que fueron sin duda sus mejores años.

"Sí, eso dicen, que yo era un buen zaguero. Desde luego los que apostaban a favor mío gritaban con toda su alma: Molt, Ramiret! Molt Ramiret!, y oír esto me levantaba la moral. Yo siempre iba a por todas. No se me escapaba ni un solo rebote".

Cuando ganaba, las propinas eran interesantes. Si no hubiera sido por las propinas Ramiret no habría llegado a ser un jugador de Segunda Categoría. Ni siquiera habría llegado a fin de mes. "Porque el empresario que nos contrataba en estos pueblos, un tal Enriquito de Alzira, nos pagaba unas 5.000 pesetas por partida, que era mas bien poco. Y yo quería parecerme a Novell, mi ídolo, aunque también me gustaba mucho Genovés. Novell hacía arte de la pelota. Ya debe rondar los 74 años. Cuando viene por aquí, recordamos los viejos tiempos".

Tiempos muy distintos a los actuales. La afición era de verdad afición. Nadie pensaba, como ahora, en hacerse rico con el deporte. Ahora, le digo a Ramiret, los jóvenes solo quieren más dinero. Se hacen deportistas para hacerse millonarios. Y cuando algunos ya lo son, se disfrazan con ropas hechas de retales de anuncios de las grandes marcas, da igual las marcas que sean, porque lo que cuenta es que esas marcas paguen. No tienes más que ver al campeón del mundo de Fórmula 1. Es un ave del paraíso con todas las plumas de todas las aves del paraíso pegadas al mono. En el pecho lleva lubricantes. En la gorra, neumáticos. En la espalda un refresco. Y hasta entre las piernas le cuelgan algún que otro motivo publicitario. El campeón del mundo de Fórmula 1 es el hombre de la pancarta. La diferencia está en que en lugar de llevar él mismo la pancarta, es la pancarta la que lo lleva a él.

José Ramiro está de acuerdo. El deportista actual es solo un espectador pasivo que va equipado en las gradas de los estadios con las zapatillas, las botas, los pantalones, las raquetas, las viseras y un sinfín de cachivaches impuestos por la máxima autoridad anunciante. "A nosotros nos bastaba con la pelota, porque si lo miras bien solo hace falta una pelota. Y te ponías un guante o un pedazo de piel con refuerzos de metal, o trozos de cartas, para que amortiguara el golpe. Las alpargatas eran de cualquier clase. Porque un jugador no es lo que el jugador lleva puesto; es lo que el jugador lleva en la cabeza y en los músculos".

Como su padre y su abuelo, Ramiret también nació en Benissa. Su padre era un modesto labrador. Pero él detestaba el campo y con el campo todos los animales del campo, los de dos y los de cuatro patas. Los que vuelan y los que se arrastran por la tierra. "Yo quería tener una carrera para no trabajar en el campo, pero como en mi casa no había dinero para enviarme a Valencia o a Alicante, solo hice Magisterio, que es lo que se podía estudiar sin salir de aquí".

Después no salían plazas de maestro. Pero Ramiret no estaba dispuesto a sacrificar la pelota si eso significaba vivir lejos del Trinquete. La pelota era el centro de su vida. "Así que me puse a trabajar en la Farmacia, como auxiliar. Llegué a un acuerdo con el farmacéutico. Le pedí que cuando me contrataran para jugar por las tardes me diera permiso. A cambio yo hacía las guardias que me pidiera. Y de esta forma completaba mi sueldo".

Luego se casó con una muchachita de Valladolid, también maestra. Flechazo. Cuando lo vio jugar se desmayó.

Al hijo de Ramiret no le gusta la pelota. No le gusta el campo. Le gusta la biología. Y eso estudió. Ahora, con 27 años, es profesor en San Carles de la Rápita.

Lo cierto es que el Trinquete iba para abajo. La pelota estaba decayendo últimamente. Por eso el Ayuntamiento de Benissa compró el Trinquete pensando en salvar una tradición digna de mejor suerte. Digamos, con todos los respetos y el humor posible, que no todo van a ser pelotazos urbanísticos. Para empezar, la pelota actual es más dura que la cabeza de ningún constructor. Pesa 48 gramos. Antiguamente pesaba menos. Iba menos veloz pero el juego duraba más. Y luego Ramiret recuerda cuando el Trinquete, en su apogeo, se llenaba hasta los topes y se metían allí 700 personas, quizá más. La pelota retumbaba y rebotaba mientras las apuestas se gritaban con alaridos de muerte. Las apuestas podían sobrepasar las 70.000 pesetas, y entonces era como si la pelota golpeara la nuca del apostante, y él no podía distraerse, ni siquiera podía parpadear cuando el proyectil silbaba a un centímetro de su oreja, pero lo imaginaba todo, incluso que la pelota podía matarte.

Y luego, con los años, tomó asiento en la CAM. Claro que tuvo que prepararse en una academia, pero ganó la plaza. Unas veces trabajaba en la caja. Y otras en los distintos departamentos que le asignaran. Llegaron a nombrarle director de la agencia, aunque en 1994, cuando la CAM y la Caja de Ahorros de Alicante se fusionaron, a Ramiret lo descendieron a subdirector, pero eso le daba igual al cabo de 23 años de rutina. Lo que le importa es seguir viviendo en su pueblo y a dos calles del Trinquete.

Ahora algunas noches todavía sueña con las partidas. Oye gritos y aplausos. Pero cuando está a punto de ganar, se despierta. Y eso sí que le fastidia un poco a Ramiret.


Fuente: El Pais
  
 
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