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5/2/2006 El trabajo de un marginador    Viaje de Crcanías
Camps en los Elíseos como un nuevo arco de triunfo de la destrucción mediterránea. El cuento de la Lechera. Pero París no es Londres ni Berlín. Las televisiones alemanas emitieron media docena de documentales sobre las tropelías de nuestra Costa. Y si Camps va a Berlín o a Londres a vender suelo industrial barato, a lo mejor no vuelve a casa sin pasar antes por el hospital. El cinismo tiene un límite.

Pensaba en estas cosas, las mismas que piensa mucha gente, cuando me acordé de mi Viaje de cercanías. Hoy tenía una cita con Juan Giner Cardona, un marginador de 37 años, nacido en Benissa. Este hombre construye muros o casas con piedra seca, como Santiago Calatrava construye puentes y óperas con hormigón blanco. Un margen de piedra, construido a la medida para que esa piedra, sin hierro y sin cemento, sujete con fuerza y gracia la tierra de un bancal, es una obra de arte sin espectacularidad alguna. Por el contrario, numerosas grandes obras arquitectónicas que se anuncian como obras de arte van muy escasas de arte y, en cambio, sobradas de espectacularidad. De manera que las ves unas cuantas veces y pasan. Pero si las tienes que ver a diario, se hacen insoportables y acabas mirando hacia otro lado.

Esto no pasa con los muros de piedra seca en estos bancales milenarios de la Marina Alta y, en general, en toda nuestra comarca. Hace pocos días se celebraron unas jornadas de piedra seca en Benissa, donde el patrimonio existente no catalogado es considerable y corre peligro de ser destruido por intereses urbanizadores o por falta de recursos económicos para su conservación. A estos encuentros acudieron marginadores y expertos de Cataluña y Baleares, además de los valencianos. Se puso de manifiesto la necesidad de catalogar este patrimonio en muchos casos irrepetible con urgencia. En Mallorca, y también en Girona, existe una relación pormenorizada de los márgenes de piedra, así como de los caminos de herradura y de los puentes y de las pequeñas construcciones también de piedra para los aperos o herramientas del campo. Los propietarios de esos márgenes pueden obtener ayudas europeas para restaurarlos. Cualquier cosa hay que hacer menos abandonarlos a su suerte. Es triste ver cómo desaparecen estos muros viejos en toda la Comunidad Valenciana, unas piedras que se cortan, todavía, con maza y se rematan con un martillo para ajustarlas con precisión casi milimétrica al lugar exacto, igual que se hacía hace siglos. Un trabajo esmerado y duro. Y bastante mal pagado. Como señala Ángel Ibáñez, defensor a ultranza del paisaje de la Marina Alta, hay que exigir a las autoridades un compromiso en su defensa. De lo contrario se perderá primero el patrimonio y a continuación el oficio mismo de marginador.

Juan Giner lleva varios días trabajando en este bancal. Cuando haya terminado el muro al cabo de un mes, lo llamarán para hacer otro. Ahora, mientras hablamos, explica que este es un trabajo que se hace para durar muchos años. El bancal pasará de una generación a la siguiente. La piedra blanca, de una cantera próxima al pueblo, se oscurecerá lentamente hasta adquirir un tono grisáceo muy hermoso. El paisaje se mantendrá así intacto con sus olivos, almendros y algarrobos -también frutales- en una sucesión de colinas escalonadas. El muro es parte de este paisaje.

El padre de Juan también se dedicó a hacer muros hasta su jubilación. Y de él aprendió Juan a trabajar la piedra. Cada mañana su madre le prepara la comida que él lleva en una fiambrera de metal, con pan casero y vino de sus cepas, todo ello metido en un capazo de esparto hecho a mano.

Juan es un hombre casado, con dos hijos, que se declara feliz. Sólo si le tocara la lotería dejaría este trabajo a cambio de... tal vez ninguno. Pero no es fácil tener suerte. Tampoco es fácil cambiar las costumbres. Y lo de que sea su madre quien le prepare la comida cada mañana, es ya una tradición: "Vivo en Gata, con mi mujer y mis niños", explica, "pero todos los días hago un alto en Benissa, que es donde viven mis padres, para verlos antes de venir al trabajo. Mi madre me entrega entonces la comida preparada por ella, es decir, como nadie me la prepararía. Y luego me reúno con los de la cuadrilla, uno o dos hombres más. Una cuadrilla grande en este oficio no funciona tan bien como una pequeña". Los muros, sean altos o bajos, no se hacen deprisa ni tampoco despacio, sino a su ritmo. La herramienta es simple y tradicional: un cordel para medir y hacer la hilada, la maza grande, y el martillo de rematar.

Cuando siendo niño Juan veía trabajar la piedra a su padre, le entraban ganas de hacerse mayor para hacer lo mismo que él hacía. "Mi padre es un maestro, para mí el mejor maestro que he conocido", dice con admiración. Y la verdad es que enseguida adviertes si alguien es bueno en este oficio por el modo en que observa el margen y después mira la piedra. Es como si en esa mirada hubiera cálculo y corrección. Lo hay porque el marginador elige la piedra, siempre desigual, le da media vuelta, busca el lado por el que deberá golpear con el mazo, y de un golpe corta exactamente lo que necesitaba cortar. ¿Cómo lo consigue? Con una combinación de fuerza bien controlada en el golpe, a veces uno solo. La piedra habla al hombre, y no al revés. Te dice: por aquí sí; por allí no me hagas pedazos que no serviré.

Si llueve no se trabaja. Si hace mucho calor se empieza al amanecer ya que el sol cae luego como una losa ardiendo en la espalda. En un día puedes mover mas de dos mil kilos de piedra. Depende de la clase de muro que estés haciendo. Las diferencias, precisamente, permiten que el oficio no sea nunca aburrido. A Juan lo que mas le gusta es hacer escaleras de gato. Se llaman así porque las personas suben y bajan como los gatos, sin agarrarse a un pasamanos inexistente. Cada escalón de piedra, grande pesada y plana, puede medir un metro y medio, pero la mitad quedará hundida en el muro, donde hace fuerza. Siete u ocho escalones permiten que ya no haya que utilizar el sendero o el camino para pasar al siguiente bancal. Bajas como lo haría un gato. Pero poca gente valora estas cosas. Y esa falta de reconocimiento es lo que más resiente Juan. Porque que se pague bien el trabajo no es todo. Un metro cuadrado oscila entre 55 y 60 euros. ¿Acaso es mucho, para lo que es este trabajo? Por eso van desapareciendo los marginadores. En Benissa solo quedan tres. Y tal como están las cosas, ya no le sorprendería a nadie que este oficio tan noble y antiguo lo heredaran los inmigrantes en muy pocos años.


Fuente: El Pais
  
 
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