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22/1/2006 Que tenga un día seguro    Vaje de cercanías
En el metro que me lleva a la Zona Cero, una voz anuncia las paradas de las estaciones y nos desea que disfrutemos de un día seguro en Nueva York. "Have a safe day", dice la voz cuando se abren las puertas del convoy.
Antes del 11 de septiembre a nadie se le pasaba por la cabeza desearte un día seguro. Unos a otros se deseaban un día feliz. Y eso era bastante. Pero ahora la felicidad sólo se entiende como ausencia de peligro. Felicidad y seguridad ya son una misma cosa.
En la Zona Cero hay avisos pegados a las vallas que circundan el enorme cráter advirtiendo de que no compres recuerdos, ni des limosna a los vagabundos en un lugar que "nos pertenece a todos y cuya memoria debemos preservar dignamente".
No veo mendigos. Tampoco hay nadie vendiendo nada fuera de los grandes y atestados almacenes Century 21, que están enfrente, donde el furor del consumo (todo a mitad de precio) no ha cesado ni cesará nunca.
Cuando un avión sobrevuela la Zona Cero, el rugido de sus motores produce un estremecimiento general. Es algo reflejo. Los turistas miran al cielo hasta que ese avión desaparece, y entonces vuelven a sus vídeos como por obligación, y vuelven a tomar imágenes de lo que no existe. Fotografían vallas, grúas, el vacío, la nada.
Cerca hay una pequeña iglesia gótica, la Trinity Church, sepultada entre los rascacielos de Wall Street. Es aquí donde encuentro los cestos repletos de pastillas de jabón y otros artículos de limpieza destinados a los sin techo. Un pordiosero entra en la iglesia y se apropia de un frasco de champú. Se da la media vuelta y regresa a las calles que aquí nadie osaría limpiar de mendigos a golpes de manguerazos de agua a presión. Porque aquí se tolera que duerman y se adecenten sobre el césped, junto a las tumbas del cementerio de esta iglesia, entre las que reposa Robert Fulton, inventor del barco a vapor.
A excepción de los jubilados, de los turistas y de los vagabundos, los peatones lucen una credencial colgada al cuello que los identifica como empleados de los distintos centros financieros. Van y vuelven de las calles sin quitarse el escapulario en ningún momento. Desde los atentados, la identificación proporciona seguridad. ¿Se exigirá algún día a los jubilados, a los turistas y a los vagabundos que también exhiban por las calles sus propios distintivos?
En la calle 47 sería una redundancia que a los judíos (con sus inconfundibles barbas, tirabuzones, sombreros altos y levitas negras) los viéramos luciendo la estrella de David en un brazalete. Esto parece impensable. Entre otras razones históricas porque la estrella de David tiene precisamente en esta calle la talla y el fulgor de los diamantes: cientos de negocios regentados por judíos se dedican a lo largo de un kilómetro a la compraventa de piedras preciosas.
Los sonoros bocinazos de los bomberos se abren paso en el tumulto de las calles y provocan una parálisis colectiva que apenas se prolonga unos segundos, el tiempo necesario para dar paso a los héroes de la ciudad que llevan ondeando la bandera americana en lo alto de sus escaleras. Orgullosos, saludan desde el interior de sus camiones relucientes.
Cada vez que vuelva a Nueva York, repetiré la visita al mercado de Chelsea. En un viejo edificio remozado se mantiene un mercado tradicional de alimentos pero con ese toque siempre imaginativo de esta ciudad: la carnicería, por ejemplo, desemboca en un restaurante especializado en carnes; el mejor horno de la ciudad, que abastece a muchas panaderías, ofrece suculentos bocadillos con mil variedades de pan. Y una cafetería de diseño es, al mismo tiempo, una tienda exclusiva de ropa donde no sabes si tomar café sentado a la mesa de madera larga y hablar con las personas reunidas allí, o ir probándote abrigos, chaqueta y pantalones a la vista de todo el mundo. Porque todo el mundo participa y opina: "Te sienta mejor ese que el otro; me lo pondré yo y así te haces una idea".
En Columbus Circus, Time Warner levantó un complejo comercial ultramoderno, ultralujoso y yo diría que ultrajante. Más lujo en menos metros es imposible. Desde los años 30, cuando Rockefeller creó en el centro de Manhattan sus célebres edificios, no se había construido nada comparable en la ciudad. Cristal, acero y electrónica se funden en un todo sorprendente. La CNN, que tiene aquí una emisora, proyecta con rayos láser las noticias sobre un indefenso Cristóbal Colón que nos recuerda demasiado a Simón el Estilita, de Buñuel. Las noticias casi siempre perturban la frágil paz neoyorquina. Si el juez que preside el tribunal de Sadam dimite por miedo a que lo maten, ya nombrarán a otro.
Nieva. Ayer lucía el sol. Mañana lloverá. Hoy es el día de Martin Luther King y los turistas madrugaron para ir a Harlem. En Harlem (un barrio más seguro ahora) hay una famosa iglesia baptista que oficia un servicio religioso y musical memorable. A las puertas del templo se forma una larga cola para los blancos, porque primero entran los negros. Con mucha ceremonia, asistidos por empleados de etiqueta y guante blanco, toman asiento en la nave central. Ellas llevan sombreros como de los años 50. Y ellos van todos de oscuro y con corbata. Luego permitirán la entrada a los blancos que se acomodarán en la planta superior. Un coro de un centenar de voces canta fragmentos de las mejores alocuciones de King en medio de un silencio estremecedor. Son frases proféticas que al escucharlas provocan el llanto de algunos fieles, mientras la iglesia entera, todos cogidos de las manos, murmura las mismas palabras que reclaman justicia.
Cuando se vacía el templo, blancos y negros se abrazan en la calle. Es una escena inesperada y conmovedora que me hace pensar en lo mucho que podríamos aprender de los neoyorquinos en nuestros viejos países europeos tan asustados por un problema de razas, de creencias, de pueblos, de convivencia pacífica. Por fin, aquí las religiones, los velos, las iglesias, todas las creencias se respetan y su diversidad garantiza la estabilidad de este mosaico social y humano. Sólo desentona un gobierno extremista y beligerante, como es el de George W. Bush. Pero cualquier gobierno es algo pasajero. Lo que en definitiva importa es el pueblo.



Fuente: El País
  
 
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