artículos
{ Volver  
 

 
21/1/2006 Congelarse o morir   
Todavía tiemblo. O quizá debo decir que no he dejado de tiritar desde que visité recientemente el Instituto Criónico de Michigan, enclavado en un suburbio de la ciudad de Detroit. Me parece estar viendo y oyendo al profesor Robert Ettinger, de 76 años, fundador del Instituto para la ultracongelación humana, mostrando un silo en cuyo interior conserva, a menos 196ºC,  a su madre y a sus dos esposas colgadas de los pies, quiero decir, boca abajo. Tiemblo insistentemente cuando Ettinger, físico y matemático,  héroe condecorado por su valor en combate durante  la II Guerra Mundial, autor de varios libros de gran venta y pionero del movimiento criogenizador, sufre un inesperado ataque de estornudos seguido de otro de tos que desencadena un tercer ataque de asfixia, del que no parece reponerse así como así, y  yo pienso: ¡A ver si la palma esta eminencia a mitad de la entrevista! ¡Y a ver cómo le explico al sheriff lo ocurrido sin levantar sospechas!
Pero Robert Ettinger se recupera a los pocos minutos. Pide disculpas. Es un señor extremadamente educado. Vuelve al asunto de su especialidad: congelarse o morir. Y yo lo observo. No sonríe. Debe ser propenso a la melancolía. Quizá teme su propia muerte. Aunque pronto me va a declarar que no, que él sólo teme el sufrimiento de la enfermedad, el dolor de la agonía. Por eso se agarra como a un clavo ardiendo, si así puede decirse, al nitrógeno líquido. Ama la vida y desea resucitar a cualquier precio. Desea para él lo mismo que facilitó a sus 69 pacientes almacenados en esta sala: una maravillosa resurrección cuando la ciencia esté en condiciones de devolverlos a la vida. ¿Qué mas da que eso se produzca en un plazo de diez siglos, incluso más? Mientras tanto duermen. Están en suspenso como jamones colgados en un almacén. Como frases entre paréntesis. Digamos que flotan totalmente insensibles e inconscientes en un limbo helado.
Por otra parte a los cadáveres (hay 69 almacenados)  no los llama cadáveres sino pacientes. Y ello por una razón muy simple: un cadáver es un cuerpo muerto, un ser que ha perdido por completo la vida. Mientras que todos estos fallecidos que gravitan en los silos herméticamente sellados del Instituto, no perdieron por completo la vida sino que la dejaron en suspenso gracias a la crionización que, en unos casos mejor que en otros, según la celeridad con la que se practique, permitirá devolverlos milagrosamente a la existencia cuando la ciencia esté en condiciones de hacerlo. Todo lo que hay que hacer, mientras tanto, es no hacer nada, insiste Ettinger, solamente esperar.  
Y ahora Ettinger me invita a hacer el recorrido por el Instituto. Primero muestra los silos preparados para seis pacientes. No se tocan. Están compartimentados.  A prueba de todo lo que humanamente podemos prevenir. Y él mismo se coloca delante del contenedor en el que guarda a su madre, congelada desde 1976, y en el que también introdujo a su primera esposa. La segunda la acomodaría en otro silo. No conviene mezclar. Mientras le hago unas cuantas fotos con mi cámara digital , Ettinger se lamenta de que cuando su madre sea devuelta a la vida no tendrá la calidad de vida que él hubiera deseado para ella. ¿Por qué? Pues porque hace treinta años no se congelaba como ahora. Se congelaba sin evitar las cristalizaciones. La técnica no estaba desarrollada suficientemente. Y la resurrección, que no es  palabra adecuada pero se soporta a falta de otra mejor,  presentará serias dificultades. Algunos órganos resultarán dañados. Lástima. En cambio, cuando él, Robert Ettinger, sea crionizado, las cosas irán mucho mejor. No se producirán cristalizaciones en los tejidos. Y en un par de siglos, por ejemplo, estarán los expertos  en condiciones idóneas para actuar sobre su cuerpo correctamente, y lo descongelarán de tal modo que será posible curarle la enfermedad de la que murió, o podrán rejuvenecerlo si la causa de su muerte solo fue debida a lo avanzado de la edad. “Y entonces, amigo mío, la calidad de vida en mi nueva vida me permitirá vivir muchos años, y disfrutar con los seres  queridos que hayan sido crionizados en su momento, como por ejemplo mi madre, mi primera y mi segunda esposas”.
Es justo aquí cuando detengo el discurso del profesor Ettinger para preguntarle si, con la mano en el corazón, cree que la perspectiva de una nueva vida con sus dos esposas y su propia madre, resucitados y reunificados, sería tan idílica como deseable. O si, por el contrario, se adhiere al interés general que proclama que los muertos entierren a los muertos. En otras palabras: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Robert Ettinger dice que no. A su mamá le prometió el eterno retorno, máxime cuando presiente que su resurrección será defectuosa. Y a sus dos esposas a las que amó con locura les debe infinita gratitud ya que depositaron su total confianza en el experimento que él propuso y llevó a efecto. ¿Por qué no festejar juntos la nueva vida a la que regresan con sus mismos cerebros e idénticas personalidades de antaño?
Después, el profesor Ettinger menciona pro primera vez las cabezas. A diferencia de lo que hacen todavía en la Fundación Alcor, de Texas, él ya no acepta crionizar solamente cabezas. Quiere decir, cabezas sin tronco ni extremidades. Decapitadas. Porque aunque resulte mas barato (casi la tercera parte)  que una  crionización completa de todo el cuerpo, suele plantear demasiados problemas. No sólo en el momento de decidir la decapitación sino muy probablemente en el futuro, cuando los expertos que descongelen cabezas crionizadas tengan que reconstruir cuerpos para esas  cabezas. Esto va a ser posible,  sin duda alguna, porque lo único que no se puede recrear es un cerebro. Pero el problema inmediato, el que plantea la decapitación, es de índole familiar. No es fácil lograr el consenso. Y tú vas con los pertrechos de la decapitación a la casa u hospital donde se encuentra el finado y una parte de la familia dice que adelante, que le rebanes la cabeza al papá o al abuelito, porque esa era su voluntad, y otra parte de la familia se opone a que realices tu trabajo. Y ¿qué hacer en esas circunstancias?  No todas las familias tienen vocación  descuartizadora, para entendernos.
Por lo demás, las compañías aseguradoras extienden pólizas a gusto y a la medida de cada cliente. No suelen entrar en pormenores ni siquiera cuando se descarta el enterramiento o la cremación.
Estas dos últimas opciones son, a juicio de Ettinger, un tremendo error de cálculo. “Porque cuando la ciencia sea capaz de devolvernos la vida solo se beneficiarán de ello los que hayan crionizado sus cuerpos, los otros no. Los otros lo tendrán hecho cenizas, podrido o devorado por los gusanos. Y ya será demasiado tarde para desandar el camino de su propia y definitiva muerte”, concluye Ettinger,
Luego detalla las disposiciones mortuorias que adoptó con vistas a una crionización óptima: “Cuando me encuentre en fase terminal, mi médico de cabecera me inyectará un tranquilizante y luego me suministrará somníferos y cuando esté dormido profundamente me meterá en un baño de agua fría, cada vez el agua será mas fría, hasta que el baño me produzca la muerte por hipotermia, que no es un suicidio asistido sino únicamente un baño demasiado frío para un agonizante, y entonces el médico certificará mi muerte por congelación y, sin pérdida de tiempo, me traerán al Instituto para iniciar el proceso completo de crionización”.  Porque depende de cómo se proceda en los primeros cinco minutos después de declarada la muerte por paro cardíaco, el éxito o el fracaso de la crionización previa a la muerte cerebral. “Lo ideal es crionizar antes de morir, pero eso está todavía prohibido”, remata Ettinger.
En cuanto al mantenimiento y conservación de los cuerpos ultracongelados sencillo. Y barato. “Lo mismo da que sean pájaros, gatos, perros o seres humanos. Si hay un corte de suministro eléctrico se ponen en marcha los grupos electrógenos. Los pacientes yacen boca abajo, o sea, los pies arriba y la cabeza en el sitio de los pies. Así la cabeza, que es lo importante,  está mas protegida que el resto del cuerpo. Y en cuanto a situaciones de guerra, catástrofes naturales u otras circunstancias excepcionales, todo está previsto en las pólizas de los seguros de vida, pues de lo contrario no aceptamos nuevos miembros en el Instituto”, añade Ettinger. Así, cuando se produjo el huracán que devastó Nueva Orleáns se cursaron mensajes a todos los miembros del Instituto para que supieran que en caso de fallecimiento serían facilitados a los pacientes (cadáveres) medios de transporte urgente, tales como helicópteros, para garantizar una crionización inmediata. La peor pesadilla imaginable sería la quiebra económica de un Instituo de crionización como éste, repleto de congelados humanos, que quedarían abandonados a su suerte. ¿Quién respondería de ellos? ¿Los seguros? ¿Adónde irían a parar? ¿Darían mas vueltas que un tonto por todo el país en espera de encontrar un nuevo silo? ¿Se había previsto el caso, por ejemplo, de una OPA hostil lanzada por la competencia?
Algunos periodistas, repuso Ettinger, incurrimos en un fácil sensacionalismo cuan do no en exageraciones catastrofistas malintencionadas. Eso no estaba bien. La Prensa ofrecía siempre ese ángulo peligroso. Pero todo lo que él podía asegurar es que este negocio es perfectamente legal. El Instituto Criónico de Michigan figura en el registro de los cementerios de Michigan, y dispone de licencia. “Entonces, ¿se imagina usted que un cementerio sea profanado impunemente en nuestro país, o en cualquier otro país del mundo? ¿Van a permitir las autoridades estatales o federales que cuerpos crionizados vayan de baile por ahí, como si se tratara de fantasmas en la noche de Halloween?
En efecto, el profesor Ettinger tiene respuesta para todo. Y esto me hace sospechar que todavía intentará persuadirme para que entregue un modesto anticipo a cuenta de mi propia crionización, con el consiguiente descuento para mi perro.  Debo ir, pues, con sumo cuidado.  
Acto seguido me hace pasar al quirófano en el que suministran a los pacientes los líquidos anticongelantes y estabilizantes, bien sea a través del cateter que el enfermo tuvo en el hospital, o si es necesario le pinchan en la yugular. Estos líquidos se diferencian poco de los anticongelantes utilizados en los automóviles, con ciertas sustancias añadidas  similares a las que se usan en los helados industriales para que no cristalicen y adquieran una textura suave. De este modo, la sangre sigue irrigando el cerebro que mantiene vivas las células, mientras se inicia la congelación progresiva del cuerpo que se prolongará durante varios dias hasta alcanzar los 196ºC bajo cero.
El Instituto cuenta en su nómina con el doctor Yuri Pichugin, quien crioniza, dicen, como los mismos ángeles sin dejar por ello de experimentar nuevas tecnologías en este revolucionario campo. Con él, y siempre bajo la dirección de Ettinger, trabaja Andy Zawacki, un experto en logística y finanzas. Pero además dispone de un equipo de colaboradores amplio y variado de especialistas en esta disciplina mortuoria que, hoy por hoy, todavía no se considera científica. Todos estos expertos editan bimensualmente la revista The Inmortalist, en la que se debaten los problemas y se exponen los logros de la crionización. Ettinger se sorprende de que a esta alturas aún se escandalicen de su trabajo algunos conciudadanos. “¿No se congelan, acaso, los embriones humanos? ¿Y los órganos para transplantes? ¿Y el esperma? Todo esto guarda relación entre sí.  No estamos mas que empezado una nueva era en la que la muerte acabará siendo derrotada por la vida”.
La trayectoria humana y profesional de Robert Ettinger pasa, en cierto modo, por una etapa de escritor de ciencia ficción frustrado. Ettinger recuerda que en su adolescencia le cautivó la novela de Neil R. Jones titulada The James Satellite, en la que relataba la historia de un multimillonario que envió al espacio su cuerpo congelado y regresó a la tierra siglos después. Ettinger hizo de este argumento una poderosa razón en su vida, mas que una ensoñación pasajera. Y todo ello se traduciría con el paso del tiempo en un negocio que al parecer va en auge. Su admiración por el primer hombre que quiso someterse a la crionización, el doctor James Bedford, un profesor de psicología de California, es ilimitada. Este profesor fue congelado a la edad de 73 años el 12 de enero de 1967. Su cuerpo está criopreservado como si se tratara de un santo incorrupto en las intalaciones de la Fundación Alcor, en Texas. La fecha del 12 de enero se ha instaurado como el Día Mundial de la Crionización.
Sin embargo, no todos los pacientes duermen felices el sueño de su propia ultracongelación. Dos de los tres hijos del famoso jugador de béisbol Ted Williams, igualmente criopreservado en Texas, declararon bajo juramento que su padre deseaba ser crionizado, mientras que una hija  negó que tal deseo del padre fuera cierto y presionó para que incinerasen su cadáver incluso después de congelado. ¿Debían aplicar los magistrados el juicio de Salomón, y dividir el cuerpo de aquella estrella del deporte estadounidense en tres partes iguales para que cada hijo destinara la que se le entregaba bien fuera al frío, o bien al calor extremos?
En España también existe una Sociedad Criónica presidida por Andrés Albarrán que cuenta con un centenar de miembros.  Pero esta sociedad no dispone de los permisos necesarios para criogenizar cadáveres, algo ilegal en nuestro país. Según Albarrán, los socios son de clase media-alta. Muchos de ellos viajaron a Texas para visitar la Fundación Alcor, que acepta –como ya se dijo- cabezas sueltas. “Algunos socios españoles” dice el presidente Albarrán, “tienen un billete de avión a mano para volar a Texas en cuanto se pongan gravemente enfermos. Yo mismo lo pienso hacer. Quiero ser criogenizado adecuadamente”.  
Incluso el señor Albarrán, y con él otros socios, ya acarician la idea de trasladar su residencia a los Estados Unidos para instalarse cerca de la Fundación Alcor, no vaya a ser que el óbito les sorprenda en la otra parte del mundo y sus esperan zas de vivir después de ser congelados se quede en agua de borrajas. Además, crionizarse no es tan caro, explica Albarrán: “Yo hice cuentas y la cosa sale por unos 20 millones de las antiguas pesetas”.
Ahora la asociación quiere implicar a los partidos políticos para que alguno de ellos defienda su causa y obtengan los permisos legales necesarios. Ya no tendrían que emigrar. Podrían crionizarse sin salir de España. Esto llegará, como llegó el aborto. ¿Y si el señor Carod Rovira, por ejemplo, se mostrara a favor de crionizarse él mismo junto con el proyecto de Estatuto de Cataluña, para resucitar ambos en un par de siglos?¿Y si el señor Eduardo Zaplana hiciera otro tanto con su acicalado cuerpo y su ruinosa Terra Mítica? El señor Albarrán podría llamar a las puertas de la Conferencia Episcopal Española para recibir las bendiciones de la jerarquía que nada objetarían a la crionización de los muertos puesto que no niega la otra vida después de la muerte, sino que la reafirma. Cuantas mas vidas mejor. Primero resucitas en este valle de lágrimas aunque sea a escasa distancia del rancho de George W. Bush.  Y luego resucitas en el más allá y por todo lo alto, con los máximos honores sobrenaturales.
Según el presidente de la Sociedad Criónica en España,  en Texas, a solo 5 kilómetros de la Fundación Alcor, vive una familia española (él es piloto civil) ansiosa de ser crionizada cuando  llegue el momento. La señora se llama Eulalia. Su marido, el piloto, se llama Ramón. Ya crionizaron a una hija fallecida prematuramente en accidente de tráfico. Y también crionizaron a la suegra del piloto. Ahora les toca a ellos, aunque no tienen prisa. Son propietarios de una cadena hotelera. Es todo lo que parece dispuesto a revelar el señor Albarrán.
Por último, el presidente de la Sociedad Criónica de España asegura que, como es habitual en la mayoría de las familias, también en la suya existe división de opiniones. “Mi mujer no quiere ni oír hablar del asunto, pero respeta mis decisión. De mis hijos hay uno que sigue mis pasos y está totalmente de acuerdo conmigo”.





Fuente: Gentleman Quaterly
  
 
nota legal