artículos
{ Volver  
 

 
27/11/2005 hablemos de los peces gordos    Viajes de cercanías
A las seis en punto de la tarde, los 45.000 peces y mamíferos marinos del Oceanogràfic recobramos nuestra intimidad, y no toda. En contra de lo que parece, tenemos una jornada laboral agotadora. Ocho horas seguidas para amenizar e instruir a un público muy diverso. Desde niños a ancianos. Pero cuando llegan las seis de la tarde nos dejan por fin solos.

¿Aguantaría usted tantas horas delante de gentes que no paran de sacarte fotos y vídeos? Además, muchas personas te dicen cosas. Y no siempre estás de humor para oír comentarios que te preocupan. Por ejemplo, un señor dijo ayer que la entrada es demasiado cara, pagó más de veinte euros. ¿Por qué los valencianos no podían visitarnos gratis? Dijo que todas estas obras ya las habían pagado de sobra con los impuestos. Y esto me hizo temer por nuestro futuro. ¿Qué pasaría si faltara el dinero y no pudieran depurar como es debido estos 42 millones de litros de agua en los que vivimos? Sería el fin. Me gustaría decirle a ese señor que nosotros, los peces, no fijamos los precios de las entradas.

Pero también quiero que sepan que estamos satisfechos de los cuidadores. Nos tratan muy bien y llegan a hacernos olvidar que son nuestros carceleros. A los más débiles y vulnerables nos separan de los reclusos verdaderamente peligrosos. Sabemos que están cerca, pero nos sentimos a salvo en esta prisión acuática de alta seguridad donde, por otra parte, lo más pesado es que nos aburrimos como ostras. Por cierto ¿hay ostras fuera del lujoso restaurante submarino? No lo sé. Dicen que ese restaurante es algo digno de verse. Es caro. No sales por menos de 60 o 70 euros por cabeza. Pero hay lista de espera. Mientras los comensales devoran atún al horno, a su alrededor y casi rozándoles el plato, desfilan cientos de jureles y de sardinas impulsados por ráfagas de aire que les hacen correr como locos. Eso anima mucho las comidas de negocios, por lo general serias y demasiado tensas. La clase política frecuenta mucho este restaurante. Sin ir más lejos, el jueves pasado vimos mano a mano a dos peces gordos, los señores Cotino y Valdivieso, el consejero de Agricultura y Pesca y el ex director general de la Guardia Civil. Por la noche tocan el piano y los peces bailan. Algunos lo hacen muy amartelados. Se ponen cachondos. Y entonces puedes esperar cualquier cosa. Lo hacen todo a la vista. La primera vez que estuvo Rita Barberá y sacó esa voz de trueno que le sale de las agallas, la palmaron de golpe dos jureles. Empezaron a soltar escamas en las mismas narices de la alcaldesa, pegaron un coletazo contra el cristal, y fallecieron. Pero doña Rita no se enteró. Muchas cosas que suceden aquí sólo las sabemos los internos. Ni siquiera llegan a oídos de Greenpeace.

A nosotros, que representamos 500 especies diferentes de peces e invertebrados de medio mundo, nos seleccionaron en una Operación Triunfo que se mantuvo en secreto. Fueron pruebas muy duras. Pero ahora sólo estamos aquí los mejores. Los únicos que sabemos ocultar nuestro cansancio y fingir felicidad. Fíjese, si no, en los delfines. ¿Ha visto cómo lanzan al aire a los cuidadores y cuidadoras vestidos con sus trajes de neopreno? Nadie diría que están hartos de repetir ese espectáculo varias veces al día. El público aplaude por igual a los que están deprimidos y a los que están únicamente resignados.

Nuestra felicidad es seguir como estamos, cada especie en su sitio y llevándonos lo mejor posible con los compañeros. El colmo de la desdicha sería un accidente en los túneles y tuberías, de las que hay 25 kilómetros enterradas ¿Se imagina una foca en las fauces de un tiburón? Yo sí. Como también me imagino al señor Barrachina, dueño del restaurante submarino, entregándonos a sus cocineros como quien no hace la cosa. Las malas lenguas dicen que cuando vino Zaplana a comer le dieron un pez llamado ángel Isabelita y no se dejó en el plato ni la raspa. A Zaplana se le teme mas que a nadie entre la población reclusa. Ese señor nada en todas las aguas, también en las más turbias. Es más peligroso que un tiburón toro.

Lo más sobresaliente de esta Ciudad de las Artes y las Ciencias son los dos edificios del Oceanogràfic obra del genial arquitecto Félix Candela. Mucha gente cree que también los hizo Calatrava. Pues no. Estos dos nenúfares de concreto y de acero perdurarán más tiempo que los mastodontes de don Santiago, que a fin de cuentas copió a su maestro Candela, señor republicano que vivió y murió dignamente en el exilio.

Y ahora, dado que se hizo algo tarde, le dejo a usted que inicie su recorrido. Por favor no revele mi identidad. Como pez anónimo, debe considerarme ante todo una fuente fiable que no desea tener problemas.

Me alejo, pues, del gigantesco acuario del Mar Rojo después de bajar y subir los 32 escalones que separan este original escenario de la superficie. Un inválido al que le faltan las dos piernas pregunta a la empleada si lo pueden bajar por rampa o ascensor. La empleada dice que todo está previsto. Primero ascensor y después rampa. Una pareja con su bebé en el cochecito hace la misma pregunta pero esta vez la empleada sugiere que ellos bajen a pie y le dejen al niño a su cuidado. Un señor de Valladolid comenta al terminar el espectáculo de los delfines que le ha sabido a poco. Debería durar el doble, y no solo 20 minutos. Porque este señor vino en grupo desde Benidorm, donde pasa tres semanas con otros jubilados por cuenta del Inserso, y cree que ya no podrá repetir la excursión. Los delfines, dice, son mucho más inteligentes que Zapatero y que Rajoy juntos. También más simpáticos.

Después, en el Ártico, me reciben belugas blancas chillando como locas. Una señora de 50 años dice que es muy injusto que ella no sepa nadar como estos bichos que, además, tienen un instinto maternal muy superior al suyo. Los pingüinos del Antártico lograron reproducirse en el cauce del Turia en abril del 2001 con el nacimiento de una cría que sería bautizada con el nombre de Fredolí. Nunca antes me pasaron a dos palmos de la cabeza tiburones toro sacándome los dientes como si obedecieran a su ortodoncista particular. En el túnel que mide 70 metros y une Canarias y Bermudas se producen atascos de público pero también de peces. Al final confundes quiénes son una cosa y quiénes otra. Por fin pasas de los templados a los tropicales y aquí encuentras al águila lobo, al inofensivo y pequeño tiburón cornudo, a los pepinos californianos y también a ese pez conocido como el cara de vaca que se parece mucho a los fantasmas.


Fuente: El Pais
  
 
nota legal