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2/10/2005 Remedios y Florián    Viaje de cercanías

Florián García tiene 88 años y más suerte que su mujer, Reme Montero, diez años más joven que él. Es lo primero que dice Florián: “La suerte me acompañó siempre, se ve que naces con ella y te acompaña hasta la muerte”.
Pero de la muerte no habla. La tuvo muchas veces demasiado cerca. A bastantes de sus camaradas guerrilleros (no quiere que se les llamen “maquis”, una palabra francesa) los mató la Guardia Civil o la Policía franquista. Y él se salvó por los pelos, aunque le quedan pocos y los protege bajo un milagroso sombrero de Panamá. “Gracias a este sombrero burlé en mas de una ocasión a mis perseguidores. Pasaba por delante de los policías y me saludaban sin sospechar que un rojo podía llevar corbata y vestir como un fascista”. Por otra parte, y aunque estuvo detenido y en la cárcel, nunca lo torturaron. “Ni siquiera consiguieron que me desangrara cuando me pegaron un tiro y la bala me atravesó el pecho”.
El caso de Reme es distinto. Ella también se jugó la vida haciendo de enlace de los guerrilleros. Salvó a muchos y cuando se disolvió la organización por orden del PCE los acompañaba a cruzar la frontera. Hasta que un día fue delatada y cayó en manos de la policía que la torturó primero en los sótanos de la Puerta del Sol, en el mismo edificio donde ahora gobierna Esperanza Aguirre, y luego en la comisaría de Valencia. Fue juzgada y condenada a nueve años de cárcel pero no le arrancaron nombres de sus camaradas.  “Lo peor no fueron las palizas a pesar de ser brutales, sino sus consecuencias. Ya no pude tener hijos. Me patearon de tal modo que me destrozaron la matriz”.
Pero ahí están, juntos, sin rencor ni amnesia, sino con muchas ganas de vivir. Y deseando, como dice Reme, “que en España no haya mas guerras y tengamos pronto la verdadera democracia, paz y  libertad”.
Es todo lo que Reme desea, y también una pensión que no sea miserable, y un reconocimiento por parte de la sociedad de que los miles de españoles que como ellos se echaron al monte no lo hicieron  para matar ni robar sino para resistir al franquismo. “No fuimos bandoleros, fuimos la resistencia, los últimos en abandonar la lucha”.
Por eso, con su sombrero y su sonrisa puestos, Florián recuerda ahora la peluca y la seriedad de Santiago Carrillo, a quien encontró hace un par de años, “cuando había publicado sus memorias, y me encaré a él y le dije que era indigno que no mencionara en su libro ni a los guerrilleros ni a la guerrilla, en la  que combatimos juntos los comunistas, anarquistas y socialistas. Pero Carrillo no replicó”. Tanto él, Florián, como Reme siguen no obstante afiliados al PC.
A Florián se le conocía como Grande en la guerrilla quizá porque era bajito. A Reme los camaradas la llamaban Celia. La historia de Reme la ha relatado ella misma en Recuerdos de una guerrilla antifascista, un libro estremecedor de sólo 93 páginas, duro y sincero. Describe los interrogatorios que padeció salpicados  de vergajos por todo el cuerpo y de astillas que los torturadores le introducían en las uñas. Pero ni eso, ni los nueve años de prisión que le impusieron, sirvieron de gran cosa a la hora de las esperadas compensaciones de la democracia. “Y aquí me tienes, todavía luchando por  6.000 euros que la Generalitat Valenciana tiene aprobados como compensación, pero que no me entregan aunque saben que tengo que pasar con 500 euros al mes de mi pensión de invalidez. ¿Crees que esperan a que me muera para pagarme luego?”
Menos mal que a Florián se le reconoció su grado de capitán de carabineros, que lo obtuvo a los 22 años, y eso le da derecho a una pensión de mil euros. “Ya le digo, siempre tuve mas suerte que Reme, y ella lo pasó mucho peor que yo, pero en el fondo no es una cuestión de dinero, lo que pedimos los ex-guerrilleros es un reconocimiento, muchos creen que fuimos bandoleros”.
Ahora les indigna que el homenaje anual a los resistentes muertos, organizado por las asociaciones de ex-guerrilleros, y durante el que depositaban una corona y hacían discursos delante de una bandera republicana, quieran manipularlo el alcalde de Santa Cruz de Moya y una organización llamada La gavilla verde. “Pretenden convertir el homenaje en una atracción turística, un negocio como de casa rural, y a nosotros nos consideran invitados a la fiesta. Y no es una fiesta, ni nosotros somos otra cosa que ex-guerrilleros”. Por lo demás, solo quedan con vida unos treinta.
Cuando rememora sus experiencias de la guerra, y las de la guerrilla que la prolongaron una década, ambas entremezcladas en el desorden por la emoción, Florián sufre. ¿Qué fue antes?, se pregunta. Debo decirle que eso no importa demasiado. Porque las vidas de Reme y de Florián tienen ya poco que ver con el rigor de la cronología. Tienen que ver con una experiencia profunda y en cierto modo intemporal. Una experiencia de ideales fracasados acompañada de valor. Y eso es lo que cuenta.
Ahora Florián relata su salida de Madrid, en un camión, justo la víspera de la entrada de Franco. Uno sale y el otro entra: los estoy viendo, los dos bajitos, en dirección opuesta. Florián huye con su camarada Pepito el Gafas, al que recuerda por su coraje: “Y además era muy alto, y cuando vienen a pedirnos la documentación los de Casado, o sea los casadistas, entonces Pepito saca el nueve largo y les pega un tiro, se carga a uno diciéndole, ¡esta es mi documentación!, pero el otro echa a correr y  se lleva mis documentos, yo se los había entregado, nunca tuve tan buena puntería como Pepito El Gafas, ni tanto valor como él, hasta que lo mataron en el monte”.
El monte era guarida y fuego, peligro, noches caminando de un campamento a otro, de dormir en tierra,  bajando a los pueblos con el dedo en el gatillo de la metralleta, a por víveres que mujeres como Reme sacaban a los puntos de encuentro, les alertaban, tenéis que huir, años huyendo y también enfrentándose al enemigo que estrechaba el cerco, que infiltraba agentes para acabar con todos, poco a poco, mejor por sorpresa y por la espalda. “Pero sin tener que matar logré sobrevivir, esa suerte tuve”, dice Florián, “porque, que yo sepa, no maté a nadie, aunque motivos sobraban”. Reme perdió a cuatro de su propia familia. “A mi padre y a dos de mis ocho hermanos, uno de 16 años, los asesinaron los guardias. Y mi madre murió por lo mismo, la mataron sin pegarle un tiro cuando la Guardia Civil la obligó a presenciar cómo torturaban y pegaban a mi padre. Para ella fue el final. ¿No es eso otro asesinato igual de horrible?”.



























Fuente: El Pais
  
 
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