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11/9/2005 ¿Había negros en Nueva Orleáns?    A mano alzada



 
Vimos imágenes que parecían tomadas de una película de terror. Primero el éxodo al anunciarse el huracán. Interminables columnas de vehículos huyendo de la temida devastación. Después, el azote. Los diques reventando. Las calles y las casas bajo el agua. Cadáveres. Escombros. Saqueos. Armas. Pavor de la población. Personas y animales en los tejados. 
El rescate aéreo. Como un goteo. El estadio igual que un centro de detenciones en un golpe militar.
También la imposibilidad de salir con vida quienes se quedaron atrapados y esperaban la ayuda de un presidente guerrero, un presidente de vacaciones que al dirigirse a la nación dijo que no gastaran gasolina innecesariamente. El petróleo, su bandera para azuzar el miedo.
La población negra, los pobres de siempre, los de la tercera clase del Titanic, carecían de botes y chalecos salvavidas. Se ahogaban. Pero en el salón de baile de Nueva Orleáns, no tocaba la orquesta mientras el buque se iba a pique. Se tocaban los rifles y los gatillos de las pistolas. Y se cargaban las armas de las fuerzas del orden para evitar el caos extremo: primero les toca evacuar a los de primera clase, luego a los demás. Y a continuación, sálvese quien pueda.
Recuerdo a los músicos del  Preservation Hall soplando sus instrumentos en su pequeño teatro con bancos de madera para el público, bancos sin respaldo y sin alcohol, recreando su jazz, que era inconfundible, los blues en los rostros negros de los ancianos. Terminaban de tocar y uno de ellos contaba la recaudación de esa misma noche y la repartía a partes iguales entre todos. Cada noche  igual, siempre en presencia del público que se convertía en testigo.
¿Habrán escapado esos músicos? ¿Los sacarán a la fuerza, revólver en mano?
También recuerdo al Papa Woytila en uno de aquellos  estrambóticos viajes por el mundo, al que le acompañé, cuando animó  a los negros de Nueva Orleáns para que rompieran las cadenas de la nueva esclavitud del consumo, que es mucho peor que la anterior esclavitud. Eso les dijo. Y recuerdo que lo dijo triunfal, como si todos estos negros sin coche, sin educación y sin lavadora, hubieran dejado alguna vez de ser esclavos.
Por lo visto a los desastres naturales no acuden los jefes de las Iglesias de ninguna religión, y no tanto por miedo al desastre como a la doctrina que pregonan sobre un Dios justo y misericordioso que permite semejante devastación.
Hemos visto a la madre del actual presidente norteamericano besando a un negrito sin ocultar un gesto de recelo. Y al ex presidente Bill Clinton, el de las felaciones compulsivas con la becaria, ahora compungido, pero en su mueca de dolor, la que muestran los poderosos en las giras mediáticas no había verdadero dolor. Y nos hemos preguntado cómo explicarán a su pueblo, y al mundo, que una guerra ilegal desatada por ellos mismos en la otra parte del mundo puede ganarse cuando aceptan esta vergonzosa derrota en su propia casa.
Sobrarán sacos de plástico para los cadáveres porque la cifra de muertos no se estima demasiado elevada, no llegará a los veinte mil.  Pero no sobrarán en cambio motivos para criticar a un gobierno que escatimó fondos con los que reforzar los diques y evitar que la magnitud de la catástrofe fuera la que ha sido.
Esos muertos se pudrirán en las aguas contaminadas y desaparecerán en el lodo sin ser identificados o reclamados por nadie. ¿Alguna vez hubo negros en Nueva Orleáns?, nos preguntaremos.
¿Se reconstruirá la ciudad, y se abrirá un concurso internacional de proyectos arquitectónicos como ya se hizo en la zona cero de Nueva York? ¿O esta zona será  menos que la zona cero?

Fuente: El Pais
  
 
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