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1/10/2004 En la cama con el enemigo   
“Ir donde está el silencio. Esa es la responsabilidad del periodista: dar voz a quien ha sido olvidado, abandonado y golpeado por el poderoso”. Esta breve declaración de principios aparece en el libro de Amy Goodman (1), directora del prestigioso espacio radiofónico Demnocracy Now!, que se emite diariamente desde Nueva York. Su libro, escrito en colaboración con su hermano David Goodman, desvela y analiza los negocios que la guerra de Irak está proporcionando a la familia Bush y a sus amigos mas próximos, incluidos algunos parientes del terrorista saudí Osama Bin Laden. Amy Goodman recela y huye de las llamadas fuentes oficiales de información por considerarlas poco fiables. Prefiere acudir a otras menos convencionales y, sobre todo, recaba información de primera mano. Y tanto en un caso como en otro las contrasta. Es decir, Amy Goodman pertenece al reducido grupo de periodistas norteamericanos que no son fáciles de engañar, ni se dejan engañar. Y esto la convierte en un blanco de críticas de parte de los poderosos, a la vez que en un referente ético de la profesión. Hay que añadir que Amy Goodman no relata o interpreta acontecimientos desde la atalaya del analista político incapaz de asomarse a una refriega, sino que es ella misma quien en muchos casos aparece en “ese lugar donde está el silencio”, y da la voz a “quienes han sido olvidados, abandonados o golpeados por el poder”. Su extraordinario trabajo en Timor Oriental (1991), con el que inicia el libro, la puso al borde de la muerte pero su presencia salvó muchas vidas de timorenses a quienes, con absoluta impunidad, el ejército indonesio armado por los Estados Unidos iba a asesinar. Radio Pacifica es una emisora independiente norteamericana cuya financiación no depende de la publicidad. No acepta el patrocinio de ninguna de las corporaciones que controlan directa o indirectamente la mayoría de las cadenas de radio o de televisión. Tampoco recibe fondos estatales. Sus ingresos provienen de sus oyentes. Y éstos exigen conocer la verdad. Y no solo la verdad de lo que ocurre en los Estados Unidos sino también la verdad de lo que ocurre en el mundo, aunque de ello no se informe en este país. Radio Pacífica dedica espacios y recursos importantes a la cobertura informativa en África. Y no hay día que no denuncie esta emisora algún abuso de los derechos humanos en cualquier parte del globo. La emisora fue creada en 1949 por un pacifista llamado Lew Hill quien, al salir de un campo de prisioneros, se propuso ofrecer a sus compatriotas un grupo de comunicación que no estuviera controlado por las compañías que precisamente se habían enriquecido gracias a esa Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo lograrlo? Lew Hill lo vio con claridad: tendrían que ser periodistas y artistas quienes gestionaran la cadena. Y tendrían que ser los mismos oyentes quienes la financiaran. Naturalmente su afán no era el lucro sino obtener la verdad de primera mano acudiendo a los lugares donde ocurrieran hechos de relevancia. Lo de menos eran las instalaciones. Ningún lujo. Ningún sueldo elevado. El mérito había que buscarlo en la credibilidad de la información y en la honestidad para obtenerla. Estos valores situaron a Radio Pacifica en el lugar donde hoy está: un modelo de rigor inatacable. La primera emisora de Pacífica (KPFA) surgió en Berkeley, California. Entonces la radio de FM estaba todavía en sus comienzos y ello obligó a la emisora a fabricar y regalar transistores de FM para que la gente pudiera escucharla. Fue a lo largo de su historia el único regalo que se permitió hacer Radio Pacífica. Si ahora, por cualquier razón, tuviera que cerrar serían sus oyentes quienes estarían dispuestos a hacer lo inaudito por salvar la emisora. Esta independencia tiene un elevado coste y crea enemigos poderosos. En 1970, cuando la cadena estaba consolidada y acreditada de este a oeste, una de sus torres de transmisión fue elegida por el Ku Klux Klan. No soportaron que desde la emisora debatieran sobre los derechos de la ciudadanía de color un escritor como James Baldwin (autor de la novela El hombre invisible) y un activista como Malcom X. El mando de los encapuchados del Ku Klux Klan voló aquella torre para dar un escarmiento a los periodistas izquierdistas. Y tuvo la desfachatez de declararlo así, en 1981, el gran maestre de la citada organización racista, aunque los responsables de Radio Pacífica no se intimidaron. Siguieron, y siguen denunciando a este grupo criminal que, no está de más recordarlo, todavía no ha sido disuelto. Ante todo la emisora es, en palabras de Amy Goodman, un santuario para la discrepancia. Esta es su fuerza y este es su principal mérito. Hace varios años, al volante de un coche que me llevaba por una carretera del estado de Tejas hacia una penitenciaría en cuyo corredor de la muerte iba a entrevistar a un condenado a muerte, oí a Amy Goodman en su programa Democracy Now ! anunciar la intervención del entonces presidente Bill Clinton. Estaban debatiendo sobre la pena capital. Las opiniones enojaron a Clinton (partidario de esa pena) y llamó a la emisora para entrar en directo y exponer sus ideas. Amy Goodman no mostró extrañeza por la llamada ni por la identidad de quien la hacía. Le dio el tiempo que estimó apropiado. Le interrumpió como lo habría hecho con cualquier comunicante. El presidente Clinton se armó un lío considerable y probablemente lamentó haber hecho esa llamada. Si lo que pretendía era ganar algún apoyo o adepto a la pena de muerte, no sirvió de mucho su intervención. Mas bien al contrario. Con una tranquilidad pasmosa, Amy Godman lo puso contra las cuerdas, que es tanto como decir fuera de combate. Muchos poderosos desearían, si pudieran, encomendar a los encapuchados del Klu Kux Klan el trabajo sucio de silenciar Radio Pacífica. Pero esto ya no es fácil. Sería como abatir la Estatua de la Libertad para sustituirla por un monumento al petrodólar. Y aquí entramos en uno de los temas mejor y mas ampliamente desarrollados en el libro de Goodman: ese maridaje que existe entre los promotores de la guerra de Irak, cuyos intereses económicos se refieren y analizan, y los parientes de Osama Bin Laden, el círculo mas próximo a la corona saudí. Al parecer algo así, este meterse en la cama con el enemigo, no ha tenido precedentes en la historia de los Estados Unidos. Uno creía que la guerra se le declara al enemigo por el hecho de serlo. Esta vez no. La guerra, como recuerda Gore Vidal a quien vamos a referirnos, no fue declarada tal como exige la Constitución. Fue desatada por el presidente Bush como supremo jefe de los Ejércitos. Y, como sabemos y tantas veces se ha repetido, la orden no fue motivada por la existencia de armas de destrucción masiva que Sadam Hussein ocultaba, sino por otras razones económicas que Amy Goodman se ha tomado la molestia de detallar. Cuando vemos los nombres de la camarilla de Bush en el mismo apartado de un cuadro explicativo donde figuran las corporaciones implicadas en el negocio de la guerra en Irak, pocas dudas pueden quedarnos para entender cuáles son las verdaderas razones de esta guerra. Nadie, ni el último mono en las proximidades de la mesa del rico Epulón, se priva de algunas migas. Las migas de esa mesa no son cualquier cosa: son millones de dólares. Remito, pues, al lector a la lectura de esos gráficos. Y a continuación a la contemplación de las imágenes manipuladas de las televisiones que han cubierto los engaños de la guerra. O de las crónicas de la mayoría de los reporteros que fueron empotrados con las tropas invasoras y ocupantes de aquel país. El fraude informativo es una broma del peor gusto. Es una obra maestra de la administración republicana que si algo sabe es que perdido el apoyo de las cadenas de televisión no hay guerra que pueda ganarse. Es posible que esta guerra se gane, si el término victoria se calcula en beneficios para sus promotores, pero también es posible que la presidencia se pierda -o el prestigio se arruine- en virtud de las chapuzas tan escandalosas que van saliendo a la luz. El escritor Gore Vidal no tiene pelos en la lengua. Si visitamos la página de Radio Pacifica (www.pacificaradio.org) disfrutaremos de una reciente entrevista que Goodman mantiene con Gore Vidal a raíz de la publicación del reciente libro de este último titulado Imperial America: The United States of Amnesia. Vidal le dice a Goodman que no existe voz oficial. Que la guerra a Irak no ha sido declarada sino ordenada a espaldas de la Constitución por un avaricioso y belicoso presidente que se declara a sí mismo “A wartime president”. Y recalca que los Estados Unidos son un imperio amnésico en el que lo que se dice la víspera se olvida al día siguiente y no pasa nada. Gore Vidal añade que jamás oyó en tiempos de Roosevelt hablar al presidente utilizando la primera persona, el yo que utiliza cada dos por tres Bush. Roosevelt utilizaba el nosotros -We- cuando se dirigía a sus compatriotas para ponerles al tanto de algo importante porque ya no era el presidente quien hablaba sino alguien en representación legítima del pueblo. Era el pueblo. Y por eso decía “nosotros, el pueblo de los Estados Unidos”. Ahora el presidente Bush (y ojalá con él se acabe su estilo) se refiere a sí mismo no tanto como presidente de una nación sino como presidente de un consejo de administración de empresas fabricantes de material bélico, o como empresario (que lo es) de petroleras. O como amigo de millonarios que están pared con pared en la Casa Blanca y para quienes la guerra de Irak, como la que pueden estar preparando para cuando ésta acabe, es una fuente de ingresos descomunal. El pillaje que en el pasado las tropas se permitían en las guerras convencionales se practica hoy en los despachos del Pentágono y otros ministerios del gobierno. Los ejemplos documentados que aporta Amy Goodman dan fe de ello. Del mismo modo, el libro ofrece una variada y minuciosa exposición de engaños y trampas tendidos a los medios informativos, y que éstos, incluso los mas solventes, se tragaron sin pestañear. O son responsables por estupidez al transmitir embustes, o son responsables por pasarse de listos considerando que los lectores somos tontos. Y esta picardía de amañar historias no puede prosperar sin un ambiente adecuado. Tal sería el caso del montaje de la soldado de 19 años Jessica Lynch, hermosa rubia de película de acción, cuya foto e historia ocuparon la portada del prestigioso The Washington Post. La hazaña heroica de su rescate en un hospital enemigo, no fue mas que una operación rutinaria y sin pegar un solo tiro. La cadena británica BBC, que envió a un equipo para conocer la verdad de los hechos, resumió de este modo el delirante episodio: “La historia de Lynch es una de las mas sorprendentes piezas de manipulación informativa nunca imaginada”. Pero no pasa nada. Es decir, se puede contar cualquier cosa porque no pasa absolutamente nada. Y esto por una sencilla razón: cuando la guerra tiene un comienzo embustero, su desarrollo continúa siendo embustero y su final será también embustero. Si miente el presidente, la mentira es algo permitido. La mentira la hemos saboreado en España cuando Aznar y su equipo decidió entrar en la órbita belicosa de Bush. La puesta en bandeja de los pies de un presidente descabezado sobre la mesa del rancho del emperador, nos dio la medida de la capacidad de engaño que podía practicar el hoy presidente de honor del PP. Si aquél pone los pies en la mesa, yo más. Y si aquél engaña, yo engaño. Y luego que me lleven a Georgetown a dar clases de Filosofía de la Mentira. España no sufre de amnesia. Pero debemos vacunarnos. La mentira, de contenido sexual, estuvo a punto de costarle el cargo a Bill Clinton. Las innumerables mentiras de Bush a quien puede costarle el cargo no es a Bush, porque él se mueve con soltura en este caldo de cultivo, sino a su adversario Kerry gane o pierda en las elecciones. El legado de falsedades que hereda cualquier sucesor de Bush va a exigir que la mentira sea reciclada en verdad. Es como si se condonara una deuda imposible de asumir. Amy Goodman con su abundante documentación, nos lleva a conclusiones poco alentadoras. La corrupción no es solo material. Es moral. Y lo que es peor: la corrupción moral no escandaliza a casi nadie. ¿Cómo no va a mentir un poco un presidente? La política es el arte de mentir. Y un acto político es, intrínsecamente, una falta a la verdad. Que unos ganen dinero a espuertas con el negocio de la guerra, y otros se conformen con la medalla al mérito del ególatra de Valladolid, o a la impotente oveja Dolly descarriada, el resultado viene a ser el mismo para los contribuyentes de un lado y otro del Atlántico: allí reciben los ataúdes y aquí las palmadas. Y allí y aquí tendremos que sufrir el encarecimiento del petróleo y la devaluación de la honestidad. CNN, la influyente cadena de televisión norteamericana, no sirvió el mismo menú en sus emisiones domésticas y en las internacionales. Goodman da cuenta de las diferencias. Por ejemplo, en la emisión nacional se ofreció el derrumbamiento de la estatua de Sadam Hussein con un lleno absoluto de la pantalla. Alli se veía la estatua y el jubilo de su caída sin ofrecer imágenes de victimas civiles iraquíes que en ese mismo momento se producían en Bagdad. La edición internacional del mismo acontecimiento dividió en dos la pantalla para ofrecer ambas imágenes. Al pueblo americano convenía encenderle un patriotismo sin fisuras, sólido y de una pieza como la estatua derribada. Al pueblo europeo, y otros pueblos a lo largo y ancho del Imperio, se les mostraba los daños colaterales de la guerra. La competencia es feroz: la cadena Fox propone acabar con la resistencia por procedimientos mucho mas eficaces, y desde luego aún mas sangrientos, que los desplegados hasta el momento. Tal vez la información mas indignante es la que apunta al doble rasero de los instigadores de la guerra. Sus intereses económicos son compartidos con los del aliado saudí. Si no comparten harem las familias Bush-Bin Laden están próximos a compartirlo. Mas que seres humanos los vemos como si fueran surtidores de gasolina, espantapájaros de la paz y de la verdad. La historia del rearme del amigo que luego se convierte (o es inducido a convertirse) en enemigo del Pentágono es larga y espeluznante. Puede decirse, y así nos lo muestra Goodman en su libro, que el primer artífice de la dinastía es Kissinger derribando a Allende. Otros de su misma escuela amaron y armaron a Irán para, llegado el día, odiar y amenazar a ese país, que sigue en el punto de mira. Parecida es la historia de las relaciones con Irak, es decir, con el petróleo. La doctrina de la guerra preventiva y múltiple se basa en esa operación de armar al amigo para transformarlo en enemigo, atacarlo y desarmarlo destruyendo cuanto sea posible a fin de enriquecerse reconstruyendo. Y vuelta a empezar. El enemigo, el mal siempre está fuera. El peligro del que hay que ponerse a salvo siempre es un peligro exterior. Una veintena de saudíes fueron autorizados por la administración Bush a abandonar los Estados Unidos a toda prisa y en secreto (sin interrogatorios, sin investigación, en aviones privados) en cuanto se produjeron los atentados del 11 de septiembre de 2001. Algunos eran parientes de Osama Bin Laden. Parientes de la corona saudí. Esta fuga autorizada por Bush jamás se ha justificado ante la opinión pública. Y es que para el vicepresidente Cheney, leemos en el libro de Goodman, Irak tiene forma de hucha-cerdito. Cuando se cotejan los beneficios anterior a la guerra de Halliburton, la poderosa compañía norteamericana fabricante de armas y equipos de todo tipo, y los beneficios obtenidos durante la guerra, no damos crédito a lo que leemos. Y esta es la empresa a la que estuvo vinculado Cheney y de la que está probado que sigue recibiendo elevadas sumas de dinero. El pueblo norteamericano ya abre los ojos. Empieza a conocer hechos y datos que también nosotros, un pueblo al que Aznar quiso embaucar en la misma aventura, debemos conocer. Y no olvidar. * Ignacio Carrión es escritor y periodista. 1. En la cama con el enemigo. Amy Goodman. Temas de Hoy, Madrid, octubre 2004.

Fuente: Le Monde Diplomatique
  
 
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