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1/5/2005 The New Yorker   
Desde su primer número aparecido el 19 de febrero de 1925, esta inimitable publicación norteamericana ha sido capaz de conciliar sin estridencias dos pasiones desmedidas: un amor contagioso a la ciudad de Nueva York y un sincero fervor literario. Puede decirse que a lo largo de los ochenta años de existencia -atravesados por una guerra y una hecatombe en Wall Street- nunca defraudó The New Yorker a sus lectores alejándose del compromiso inicial: contar con sencillez y elegancia lo que ocurre en su misma calle o en la otra parte del mundo. El fundador, Harold Ross, se había propuesto lanzar The New Yorker como un semanario indispensable para quienes necesitan saber qué ocurre en Nueva York, y cómo abrirse paso en esta complicada y trepidante ciudad. Aunque el ámbito quedara reducido a la vida en Manhattan, The New Yorker sería muy pronto leído en otras ciudades estadounidenses y cruzaría el Atlántico sin dificultad en cuanto se advirtiera que los méritos de la publicación no giraban en torno a una actualidad siempre perecedera, sino que se sustentaban en el tratamiento riguroso e inconfundible de sus colaboradores. Y no vale la pena hacer la relación de todos los autores que publicaron en la revista porque no cabrían aquí. Escribir para The New Yorker se convirtió en un certificado de calidad de todo principiante. Hacer famoso a un escritor mediocre es mucho mas fácil que hacer sencillamente a un buen escritor. En los años veinte del pasado siglo Internet era una idea impensable. Pero ni siquiera la aparición de la televisión supuso una amenaza para un producto como The New Yorker porque cuando la mayoría de las publicaciones reproducían fotografías, la revista de Ross producía ilustraciones creadas expresamente por sus dibujantes. Y lo que no eran ilustraciones eran textos. Y los textos serían siempre el plato fuerte. Eso sí, pocas revistas dedicaron mas y mejores comentarios y análisis a los programas de televisión que The New Yorker. Y luego, con el advenimiento milagroso de la web tampoco se pusieron a temblar en la redacción del semanario. Parecían convencidos de que exhibir gratuitamente el trabajo de unos escritores y dibujantes era lo más parecido a contratar a un buen escaparatista: la lectura virtual despierta el deseo de una lectura real. ¿O no despierta una escena de un desnudo en la pantalla el deseo de protagonizarla? Las nuevas tecnologías y la evolución misma del mercado obligó a muchas publicaciones a cambiar no solo su look sino sus estrategias de venta. Pero éste no ha sido el caso de The New Yorker que optó por reforzar su idea original de que el papel no es celuloide ni rayos catódicos ni ondas de ningún tipo. Es un soporte específico que permite hacer muchas cosas mal hechas o unas cuantas bien, tal vez pocas, muy bien hechas. Reforzó, pues, el ingenio de sus portadas y contrató a los mejores artistas dentro y fuera de los Estados Unidos. La fotografía ofrecía un interés secundario. Y sólo la gran fotografía, el retrato de firmas históricas, serían reproducidas en sus páginas. Hay quien puede interpretar esto como un gesto de arrogancia. No creo que lo sea. Mas bien al contrario: es un gesto de modesto y asumido realismo. De tal forma demostró ser acertada la idea que periódicamente The New Yorker publica una selección de su mejor material gráfico en forma de libros, como también lo hace con los artículos vayan o no firmados. Dibujantes e ilustradores se sienten orgullosos al recibir un encargo del semanario neoyorquino que, por cierto, no escatima un centavo a la hora de pagar a sus colaboradores. Recuerdo un caso. Hace algún tiempo entrevisté al diseñador Javier Mariscal. Y una de las primeras cosas que comentó es que, por fin, había recibido una oferta del New Yorker para que dibujara una portada. Y el encargo, dijo, le había hecho una enorme ilusión. Un gran escritor polifacético y mítico - por desgracia casi desconocido en España- dio al New Yorker su impronta. Se trata de E.B. White. Este hombre trabajó primero en una agencia de publicidad redactando anuncios. Pero no era esa su vocación. La primera pieza que envió a The New Yorker llamó la atención de Harold Ross. Su estilo directo, sencillo, breve, tierno y culto además de humorístico era lo que en ese momento buscaba el editor. Lo contrató enseguida. Y en cuanto empezaron a aparecer las entregas de E.B. White (muchas sin firma) el semanario adquirió un perfil y una consistencia perdurables. La prosa risueña de White -amigo de Thurber, otro de los grandes del semanario- movió a Charlie Chaplin a escribir una carta en la que confesaba que “se trata del mejor humor escrito que existe”. Y para hacerse este juicio solo necesitó leer un artículo de White en el que relataba un incidente ocurrido en una cafeteria de Manhattan, cuando una joven camarera le arrojó sin querer un batido de chocolate en la chaqueta. Un tema tan trivial y cotidiano como éste producía en la pluma de White un efecto deslumbrante. Cito de memoria lo que hace años leí, y era que el escritor tranquilizó a la camarera que lo miraba temblorosa. Se quitó luego con disimulo la chaqueta y se la colgó doblada del brazo. Se levantó saludando tímidamente a los vecinos de mesa. Se encaminó hacia el mostrador, donde estaba el dueño muy atento pero sin decir palabra, y con su mejor sonrisa pidió la cuenta. Se la entregaron. Pagó y dejó propina. A continuación, sintiendo que los ojos de la camarera debían de estar clavados en su espalda, White dudó si volverse o no. No se volvió, y durante unos segundos todavía sentía deseos de hacerlo. Ya en dirección a la redacción tuvo muy claro el tono, el ritmo y la voz que debía emplear para ese articulo que le permitió convertir el accidente del batido en un triunfo personal. Para desgracia de nuestro periodismo de hoy apenas se habla de estilo. Se habla de la rabiosa actualidad de cualquier crónica o ensayo cuando en la mayoría de los casos se trata de una torpe acumulación de datos exagerados o falsos. Se habla de la lucha sin cuartel y sin escrúpulos por lograr exclusivas. No hay estilo. Hay confusión. El enfoque en The New Yorker fue siempre contrario al sensacionalismo. Lo cual no impide, sino que mas bien permite, obtener éxitos informativos de primera calidad, a veces arrolladores, como ha ocurrido recientemente cuando ha publicado en sus páginas el primero y único informe demoledor sobre las torturas practicadas por las tropas estadounidenses a nacionales iraquíes en la prisión de Abu Grahib. La credibilidad de la revista (y de las firmas de sus colaboradores, que viene a ser lo mismo) es absoluta. Y en el caso de ese escándalo, su revelación, sólidamente documentada, desencadenó una investigación en el Congreso norteamericano seguida de depuraciones de los militares responsables. Y está en curso una legislación que evite esos abusos. Para sostener la calidad de este tipo de periodismo hay que permanecer al margen de las modas que solo aportan a quienes las siguen unos productos intercambiables y una escritura uniforme, tediosa y a veces vulgar. El primer numero de The New Yorker vendió 15.000 ejemplares. Pero el cuarto bajó a 10.500 y dos meses mas tarde todavía descendió la venta a 8.000 ejemplares. Estaban preocupados pero también convencidos de que una revista de sus características no fracasaría. Las reseñas de espectáculos eran insuperables, la crítica de libros rigurosa, las visitas a las exposiciones de arte no se despachaban con el taxi a la puerta, los reportajes de viajes, la vida social neoyorquina, así como sus piezas literarias salpicadas de ilustraciones cómicas e intercaladas con entrevistas y comentarios, poemas y aforismos, no podrían ignorarse ni siquiera por los competidores absolutamente incapaces de superar esa oferta. Los comentarios breves que tanta popularidad alcanzaron serían bautizados por Ross con el nombre de casuals y no tanto por su extensión como por el estilo informal, sencillo y directo que introdujo E.B. White. Pero fue aconsejable hacer una campaña publicitaria para intentar detener la caída de las ventas. Algunos periódicos neoyorquinos dedicaron compasivos y elogiosos espacios a la revista. Harold Ross los aprovechó como chalecos salvavidas para su tripulación reacia al naufragio. Pero la publicidad respondió y los anunciantes acudieron muy pronto al rescate. ¿No eran las páginas en las que firmaban Updike, Thurber, White y otros brillantes escritores y escritoras las mas indicadas para dar a conocer sus marcas, servicios y productos exclusivos? ¿Acaso The New Yorker no era un lugar excepcional de culto a la vida, las costumbres, los rascacielos y los espectáculos neoyorquinos, oficiado con un entusiasmo contagioso y visceral? Muchos de los artículos de The New Yorker también serían recopilados y publicados periódicamente en forma de libros. Son magistrales y de una amenidad que sigue intacta como el primer día. Algunos de ellos, tal vez los mejores, ni siquiera llevan firma aunque la pluma de E.B. White resulta reconocible. Lograron crear un modelo de periodismo marcado por su independencia y su talento. No lo llamaron, ni mucho menos, nuevo periodismo porque la ficción no se mezclaba con la realidad, o viceversa; ni era tampoco el viejo periodismo, siempre mas saludable que los otros, sino que aspiraba -y sigue haciéndolo- a ser únicamente periodismo honesto y bueno. La clase de periodismo que se impone el mas exigente análisis crítico. El periodismo que nunca cae en la insensatez del endiosamiento. Cuando The Nation (otro excepcional superviviente) alabó la calidad de su competidor, éste publicó un breve artículo de agradecimiento fechado el 1 de noviembre de 1930 titulado Honor Roll. Para quitarse importancia sin desaprovechar la ocasión de ejercitar la mejor ironía en el mejor momento, White replicó que “ninguna revista, sea semanal o anual, llegará nunca a ser tan divertida como el Departamento de Estado...” Cito un párrafo (premonitorio, ya que fue escrito en 1945) del extenso artículo que dedicó E.B. White como un tributo a la ciudad de Nueva York que en aquellas fechas atravesaba una ola de calor insufrible. Lo tituló “Esto es Nueva York”. Quizá sea lo único ensayo de White publicado en España hasta el momento (Editorial Minúscula, Barcelona 2003) y ojalá no sea el último. “El cambio mas sutil que ha experimentado Nueva York es algo de lo que la gente no habla demasiado pero que está en la imaginación de todos. La ciudad, por vez primera en su larga historia, se ha vuelto vulnerable. Una escuadrilla de aviones poco mayor que una bandada de gansos podría poner fin rápidamente a esta isla de fantasía y quemar las torres, derribar los puentes, convertir los túneles del metro en recintos mortales e incinerar a millones. La intimidad con la muerte forma ahora parte de Nueva York: está en el sonido de los reactores en el cielo y en los negros titulares de la última edición”. Al leer esto nos preguntamos por qué nos gusta una determinada manera de escribir, por qué preferimos unos libros a otros, una ropa determinada, una comida, un trago o un banco del parque en lugar de otro que bien mirado es igual. Nos preguntamos por qué entre dos palabras idénticas elegimos una sin titubear y desdeñamos la otra. Y la verdad es que ni siquiera elegimos nosotros, es la palabra la que nos elige y acude porque sabe que la recibimos como merece y la pondremos en su lugar preciso y sin estridencias. En una carta de White fechada en 1956 resume lo que podríamos llamar su teoría de la comunicación: “Sólo existe una frecuencia y el problema se centra en como establecer comunicación con uno mismo ya que, conseguido esto, cualquier persona puede sintonizar contigo”. No es habitual entre nosotros, en tiempos como el presente, la frase clara y breve cuando la idea es confusa y farragosa. Para escamotear ese vacío de confusión se echan paletadas enormes de palabras hasta convertir el discurso en un montón de palabrería inútil. Hace poco le pregunté a un comentarista muy conocido por qué no escribe sus artículos mas breves para decir lo mismo que dice en sus interminables y fatuos comentarios. Me respondió así: “Ya no tengo tiempo para escribir corto”. Y me quedé con ganas de decirle que a mi tampoco me sobra el tiempo como para perderlo leyendo tantas tonterías.

Fuente: Gentleman Quaterly
  
 
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