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17/4/2005 Una experiencia religiosa    A mano alzada
Hacía veinte años que no me fijaba como lo hice hace pocos días en los palacetes y las iglesias de la calle de Trinquete de Caballeros. Casi todos los edificios de esta calle fueron restaurados. La fachada de Lo Rat Penat, por ejemplo, no tenía un solo desperfecto. El zaguán de un convento de monjas que hay enfrente, tenía aspecto de un hotel con encanto lleno de actividad. De otros edificios próximos, sin placa de identificación de sus privilegiados ocupantes, salían curas ataviados a la antigua: sotanas de buen tejido y corte muy elegante con alzacuellos que recordaban a los del portavoz Zaplana. Estos clérigos caminaban hacia San Juan del Hospital como si fueran príncipes de la Iglesia llamados al cónclave. Se adentraban por un patio alargado en la iglesia, la más antigua de Valencia (1238) que en el pasado perteneció a la Orden militar de San Juan de Jerusalén, aunque ya estaba desde el origen de los tiempos predestinada al Opus Dei. Yo seguí a estos curas empujado por una fuerza supernumeraria y penetré en el templo de estilo gótico cisterciense embrujado o, mejor aún, intimidado. De una pared colgaba el cuadro de especialistas espirituales de lo que ya tomaba apariencia de ser un centro de salud del alma. Todos esos nombres correspondían, sin duda alguna, a los responsables de los distintos confesionarios. Eran las siete de la tarde y a esta hora ya ocupaban sus consultorios que no eran vulgares cajones de madera con cortinillas o rejillas trasnochadas sino auténticos saloncitos acristalados e insonorizados en cuyo interior se veían reclinatorios de terciopelo para los penitentes. Así, pensé, da gusto confesarse y no como yo me ví obligado a hacerlo por última vez cuando fui a la India a entrevistar a la Madre Teresa de Calcuta. Lo recordaba muy bien. A cambio de contarme cosas de su vida, y de sacar fotos en la Casa de los Muertos, la Madre Teresa me obligó a confesarme con un jesuita inglés quien se negaba a darme la absolución si no era capaz de numerarle las veces que había cometido actos onanistas en los últimos diez años, porque esos u otros pecados no los perdonaba en bloque sino uno a uno, y con todo lujo de detalles. Recordaba ahora que le detallé al jesuita inglés cuáles eran mis fantasías sexuales y cómo alcanzaba cada orgasmo imaginando situaciones que a él le parecieron convincentes, y sólo así me impartió la bendición y me dejó entrevistar a la Madre Teresa de Calcuta, canonizada años más tarde por Juan Pablo II. ¿Tendría ahora que explicar a estos doctores del Opus de que forma deseo acariciar las amígdalas de la mujer de mi prójimo y cómo he logrado en más de una ocasión extirpárselas? ¿Me exigirían revelar la receta de mis pecados sexuales, los únicos que me he sentido obligado a cometer para sobrevivir al aburrido infierno de la existencia? Me quedé mirando a uno mientras confesaba y escuchaba a una joven penitente que estaba para comérsela. El cura ponía cara de Arguiñano quitando las agallas a una merluza. ¿Qué hago, me confieso para completar la experiencia en la calle del Trinquete de Caballeros o no me confieso y lo dejo para otro día? Cuando estaba a punto de tomar la decisión, cuando ya iba a ponerme en pie para dirigirme hacia la urna y postrarme ante el clérigo revestido con su roquete blanco almidonado y cargado de puntillas, y su pelo también blanco y engominado, cuando ya iba a dar el paso quizá mas importante del último tercio de mi vida, otra penitente de marca, joven como la anterior, despampanante y hasta con un bebé en los brazos, se interpuso en mi camino y exclamó: ¡Perdone, yo estoy primero! Toda la líbido religiosa acumulada se desplomó. El templo entero se me vino abajo. La elegante mamá me miraba como sólo ese tipo de mujer sabe mirar a un ateo en sus momentos de mayor flaqueza. Con el bebé puesto se encerró en el saloncito que me recordaba ahora las cabinas porno de Amsterdam. Su rostro lo tenía pegado al rostro de su confidente tocado con una estola morada. Desistí y abandoné el templo lentamente, no sé si más feliz que antes de entrar en él, o todavía mas desdichado por haber entrado.

Fuente: El País
  
 
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