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1/5/2005 Mucho nunca será suficiente    A mano alzada
Mi hermano todavía quiere convencerme de que California es el no va más de los Estados Unidos, y de que el lugar en el que él vive desde hace cuarenta años también es el no va más de California. Hoy me llevó a Costco, un inmenso bloque de hormigón con apariencia de planta nuclear. Sólo mirarlo de lejos asustaba. Pero mi hermano me tranquilizó. En Costco únicamente son atómicos los precios. No tiene competidor. Se trata de una auténtica fábrica de consumidores al por mayor con 453 sucursales repartidas por 38 estados del país. Ante todo Costco es un modo de comprar al que se accede si te haces miembro de la cofradía y pagas una cuota anual. Pero vale la pena. Al cabo del año Costco te devuelve en un cheque hasta el cinco por ciento del importe de todas tus compras. Y lo lógico es que vayas a Costco a gastarte de nuevo ese dinero. Un esclavo del consumo sigue siempre en manos del mismo amo. Las naves de Costco estaban repletas de toda clase de productos. Había centenares de cunas de recién nacido a precios imbatibles. Y las saldaban por el procedimiento de tres por dos. Es decir, que te comprabas dos y la tercera salía gratis. La cola de compradoras jóvenes y embarazadas delante de las cunas llamaba la atención. Cargaban las cunas plegadas en grandes carromatos y miraban luego con cara de buscar un banco de semen allí mismo con la misma oferta comercial de tres dosis por el precio de dos. Costco es un gigante que intimida a las grandes marcas y las vuelve pequeñas. Llama a Polo, el de Ralph Lauren, y le dice: Polo, quiero dos millones de camisas con el caballito en la teta izquierda y yo les pondré el precio. Y Polo se las hace sin rechistar. Luego Costco lo vende por cuatro boñigas. Y no pasa nada. Todo el mundo tiene derecho a llevar la camisa con el caballito. En un lugar más discreto había ataúdes a 799,99 dólares. Mi hermano se quedó mirándolos y dijo que no encontraríamos ni siquiera en Tijuana, que no queda lejos, ataúdes más baratos. Si quieres, Costco también se ocupa del funeral. Yo no quería comprar nada y sin embargo salí de Costco con una docena de cepillos de dientes eléctricos y pasta por un tubo. Desde el aparcamiento me parecía seguir oyendo la voz del dios omnipotente del consumo repitiendo su mensaje: mucho nunca será suficiente. De allí fuimos a un Mall, es decir una ciudad interminable con tiendas de todo tipo unidas unas a otras por calles y rampas luminosas que confluían en áreas para repostar alimentos. Nos detuvimos en uno de estos abrevaderos masivos ideado para la nueva generación de obesos comedores compulsivos. Desde este privilegiado observatorio podíamos ver a la gente arrastrando paquetes y bolsas enormes, o tal vez al revés: veíamos enormes paquetes y bolsas, con pies por abajo y una cabeza loca por arriba. Algunos te miraban con los ojos brillantes del saqueador en un motín callejero. Uno de estos complejos comerciales, el South Coast Plaza, vendió en 2004 mas de mil millones de dólares, y su crecimiento anual es del 25 por ciento. Mientras tanto, en los escaparates de las tiendas de televisores podíamos ver multiplicadas las imágenes del emperador Bush haciendo manitas con el príncipe de Arabia Saudí en su rancho de Tejas. Parecían tórtolos asexuados compartiendo un amor ciego al petróleo. Y mas allá de los sistemas de insonorización se escuchaba el fragor incesante del tráfico en las autopistas, ese zumbido rabioso de abejas, o de olas rompiendo en el océano. Yo imaginaba un universo de millones de motores rugiendo sobre el asfalto de todo el país, tragando miles de millones de litros de gasolina, día y noche, a todas horas. Aunque muy apartada, la guerra contra Irak no era en el fondo más que una guerra absurda y equivocada de los estadounidenses contra sí mismos. La insurgencia no era más que la amenaza a un terrorismo consumista y merecía su destrucción. El dolor de un pequeño pueblo había que aceptarlo como el precio a pagar por unos cuantos desdichados para seguir disfrutando aquí de todo esto.

Fuente: El País
  
 
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