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10/11/2000 Las últimas horas de Miguel    La pena capital en EEUU
Cinco votos a favor, cuatro en contra. El Tribunal Supremo de Estados Unidos pasa la pelota al gobernador de Tejas, George W. Bush, quien en el último momento pone a Miguel Flores en manos del verdugo. Miguel Flores, reo 983. Edad, 31 años. Hora de la ejecución, seis de la tarde. Parte oficial de la prisión The Walls, Huntsville (Tejas): a las 6.04 se le saca de la celda; 6.06, amarrado a la camilla; 6.07, inyección en el brazo derecho; 6.08, inyección en el brazo izquierdo; 6.14, pronuncia sus últimas palabras; 6.15, dosis letal en ambos brazos; 6.17, dosis letal concluye; 6.22, se le declara muerto. Frente a la prisión de Huntsville, dos grupos de manifestantes. Unos, agitando la bandera de México, gritan: "¿Quién lo ha matado? ¡Bush, Bush! ¡Asesino, asesino!". Los otros, separados por un cordón policial, enarbolan la fotografía de Angela Tyson, la joven violada y asesinada por Miguel Flores hace ahora once años. Hay luna llena. Hace frío. Cabizbajos, pálidos y como si alguien les pisara los talones, abandonan los testigos de la ejecución la Casa de la Muerte, precedidos por el portavoz del Texas Department of Criminal Justice, Larry Todd, a quien no le tiemblan los papeles en la mano. Ya está acostumbrado. Hoy ha sido Miguel Flores. La semana próxima hay tres más. Larry Todd lee con voz rutinaria el parte oficial de la ejecución número 146 autorizada por George W. Bush. La número 35 en lo que va de año. Larry Todd acude al racimo de micrófonos como si fuera a devorarlo. Dice que el reo se comportó bien. Parecía asustado. En el momento de pronunciar sus últimas palabras, amarrado en la camilla, Flores alzó la cabeza para buscar a los padres de su víctima. "Con lágrimas asomando a sus ojos, visiblemente emocionado, el reo pidió perdón a los señores Tyson, les dijo que rezaba para que tuvieran paz, y suplicó que lo perdonaran por haber matado a su hija. El señor Tyson movió varias veces la cabeza de lado a lado en un gesto que daba a entender al reo que le negaba el perdón". El portavoz añade: "A continuación, el reo agradece al consulado de México y a sus abogados el interés que pusieron en su caso. Termina exclamando: '¡Dios me espera, Dios me espera!". Un reportero de una televisión mexicana pregunta si todo eso lo dijo Miguel Flores en inglés. Larry Todd responde que sí, todo en inglés. Otro pregunta cómo estaban los testigos de la familia de Flores. El portavoz añade que había una sola persona de la familia, Silvia, tía del reo, con los abogados Richard Ellis y Elizabeth Cohen, y el padre franciscano Steven Walsh, quien le suministró los últimos sacramentos. "Pero, ¿cómo estaban?", insiste el reportero. "Estaban llorando", dice Larry Todd. Y a continuación anuncia la comparecencia de la familia de la joven asesinada Angela Tyson. En primer lugar, los señores Tyson que desean explicar cómo se sienten después de la ejecución. Vinieron con un grupo de amigos desde Borger, el pequeño pueblo petrolero en el que residen, para asistir a la liquidación de Miguel Flores en compañía de los policías Spencer y Keys, ante los que el reo se confesó autor del crimen. De la mano del portavoz Todd, los padres de la víctima afrontan las cámaras. El señor Tyson dice que se ha hecho justicia. "Se ha matado a un animal. Tardaron once años en hacerlo. Por fin se ha hecho. Animales como Miguel Flores tienen que saber que en el Estado de Tejas no queda impune ningún asesino. No hay perdón. Y nosotros no le perdonamos". La señora Tyson asiente. Está muy irritada, eso sí. Aprieta los dientes, abre los ojos dirigiéndolos a los manifestantes que llaman asesino a Bush, clava sus uñas en el brazo de su marido porque aquellos gritos enturbian la triunfal grandeza de este momento. Ella quiere hablar. Se contiene. Y entonces un reportero les pregunta si creen en Dios. Porque Dios dijo que perdonáramos. "¿No ha sido suficiente el castigo de Flores? ¿No se sienten mejor ahora, cuando ya está muerto, que antes?". El señor Tyson responde fríamente que, por supuesto, creen en Dios. Pero no en el Dios del perdón, sino en el que dijo muy claro que los hombres debemos cargar con las consecuencias de nuestros actos. "Se ha hecho justicia, se ha hecho justicia", repiten alejándose. Pero el cónsul general de México en Tejas no lo cree así. Allí estaba, impotente y enojado, Rodulfo Figueroa. Y con él, el cónsul general de Argentina, Horacio Wamba. Hasta el último momento confiaban en un aplazamiento. Figueroa dice: "En cuanto supimos esta misma tarde que cuatro de los cinco magistrados del Tribunal Supremo votaron a favor del aplazamiento y una revisión del caso, desde nuestra cancillería en México se pusieron en contacto con la oficina del gobernador Bush para que detuviera esta ejecución. Existe una duda razonable sobre las irregularidades judiciales y de otro orden en el caso de Miguel Flores. Y es desolador que por un solo voto, un solo hombre, se mate a un ser humano". El cónsul Rodulfo Figueroa añade que en el corredor de la muerte de Tejas hay otros diecinueve mejicanos esperando su cita con el verdugo. Repite que esto no puede seguir así. Y el cónsul de Argentina, que vino a solidarizarse con el de México a las puertas de la cárcel, indica que "es imposible que el sistema sea justo en Tejas cuando hay tantas ejecuciones sospechosas y se suceden a un ritmo desenfrenado". La Unión Europea pidió el aplazamiento. Los Gobiernos de Francia, Suecia y Suiza (el de España no alzó su voz) han insistido por vía diplomática, en la violación del Tratado de Viena por parte de Estados Unidos al no ser notificada en su día la detención e inculpamiento de Miguel Flores. Pero de nuevo no han conseguido detener a Bush. Y todo lo que en su día obtendrán las cancillerías es, como un puro trámite, la disculpa oficial del Departamento de Estado. "¿Es mucho pedir a Bush treinta días de aplazamiento para que los abogados puedan aportar al Tribunal Supremo las pruebas necesarias?", se pregunta el cónsul de México. A Miguel Flores le fue comunicada la fecha de su ejecución hace 150 días. En este tiempo, la defensa fue recibiendo, unas tras otras, las desestimaciones de los recursos. "Flores ha estado sometido a una tortura mental durante esos 150 días. La de un hombre que sabe que va a morir a fecha fija, que no quiere perder la esperanza de que esa pena se le conmute por cadena perpetua, que su caso se revise porque las irregularidades son escandalosas..., y éste es el final, ejecutarlo por un solo voto", lamenta el abogado Richard Ellis. "Hay un punto que ya define lo absurdo de la sentencia. Aunque Miguel Flores nunca negó haber cometido el crimen, y no tenía antecedentes penales, y en once años de prisión, en doce prisiones distintas, su conducta ha sido impecable, al ser sentenciado con la pena de muerte el juez se basó en el informe pericial de un psiquiatra que, sin ver a Miguel, sin examinarlo, dijo que era y seguiría siendo un ser peligroso. Y el psiquiatra dictaminó eso habiendo leído únicamente el informe de la policía. Y el abogado de oficio que le tocó en suerte a Flores era de esos que se duermen durante el juicio, o peor, ya que no aportó nada que pudiera favorecer al acusado". El mismo día de la ejecución, Miguel quiso hablar conmigo. A través de Cesárea, su madre, me hizo saber que había añadido mi nombre en la lista de sus familiares que podrían verlo poco antes de ser trasladado a la Casa de la Muerte. Con anterioridad ya le había entrevistado (EL PAÍS, 29 de octubre) en el mismo corredor de la muerte. Y en aquella ocasión, Miguel me pidió que fuera a la ciudad de Borger a ver a la familia Tyson y que les dijera de su parte que estaba muy arrepentido de haber matado a su hija Angela. Les pedía perdón. Deseaba morir sabiendo que era perdonado. De manera que fui a Borger para transmitir a los padres de Angela las palabras exactas de Miguel. Y también para comunicarles todo el pesar y la angustia de la familia de Miguel. Pero entonces el matrimonio Tyson dijo que ni siquiera cuando lo vieran amarrado a la camilla lo perdonarían. Es más, respondían aquel mensaje con este otro: "Exigimos al Estado de Tejas el ojo por ojo. Queremos verlo morir". Apenas siete horas antes de su ejecución, Miguel me esperaba de nuevo en el locutorio del corredor de la muerte. Su madre, destrozada, iba arrastrándose hacia el que sería el último encuentro con su hijo. Un encuentro sin contacto físico, como todos los demás a lo largo de estos once años. Un encuentro con cristal blindado y teléfono, pues ni siquiera se otorga el mínimo favor de la voz más que a través de un artilugio inventado para la distancia. Cesárea, la madre de Miguel, empleada de un supermercado, una mujer que había sido abandonada por su marido cuando Miguel tenía cuatro años, una humilde inmigrante en Estados Unidos, bajaba los ojos como tantas otras veces para no leer, quizá, el lema de la penitenciaría esculpido en su fachada : "Profesionalidad, excelencia, integridad". Miguel estaba sentado en su urna y enseguida se levantó de la banqueta y puso las manos en el cristal para que así su madre pusiera sus manos a la misma altura, y era como si en cierto modo se tocaran madre e hijo. "No llores", le pidió él. "Esto se acaba. Va a ser mucho mejor. No quiero verte sufrir tanto". Cesárea se sentó pero Miguel seguía de pie con sus manos extendidas sobre el cristal, y miraba mis manos que yo puse allí, y me miró a los ojos: "Ya sé que no te han permitido asistir a mi ejecución", dijo, "pero te lo agradezco igual, aunque estaré más solo; nadie de la familia tiene fuerzas para estar allí, quizá mi tía Silvia". Luego, la madre le compró un yogur en la máquina del locutorio y un funcionario se lo entregó a Miguel. Lo destapó y, como no tenía cuchara, se lo fue comiendo despacio con un dedo. En ese momento, a mis espaldas, una mano se ponía en mi hombro y otra me agarraba el auricular del teléfono. Me volví. "No se inquiete, soy el capellán de la Casa de la Muerte, estaré hasta el último momento con Miguel; él ha pedido un fraile, pero yo soy el único autorizado a permanecer en la cámara de ejecuciones durante la ejecución". El capellán se puso el auricular en la oreja izquierda y con una voz como de festejo, una voz algo cantarina, le dijo a Miguel que ya tenía el cigarrillo Camel que le pidió, no faltaba más. Por una vez no pasa nada, está prohibido fumar, pero se hará una excepción. "¿Lo quieres antes o después de la cena?", preguntaba el campechano capellán. Miguel dijo que le daba igual. Y en cuanto a la cena insistió que, por si acaso le entraba hambre, había pedido una última cena abundante, todo mexicano: enchiladas, arroz, patatas fritas, quesadillas, jalapeños, pico de gallo, tres botes de Peppers y un batido de plátanos. El capellán asintió. "Y tú, tranquilo", dijo siempre en inglés, "tú ya sabes que estaré dentro a tu lado, y cuando notes que alguien te toca la pierna, ya sabes que soy yo. Tranquilo, Miguel, es rápido. A todos les gusta que les toque la pierna, eso ayuda". El capellán se retiró muy sonriente. Pero yo le seguí hasta la máquina de refrescos del locutorio de la que él ya extraía una coca-cola. Bebió un poco. Me ofreció acabarla. Dijo: "Mucho, mucho trabajo. La semana próxima será peor. Tenemos tres o cuatro, no me acuerdo. Al que iban a ejecutar ayer, por cierto, un amigo de Miguel, le aplazaron, pero ya tiene fecha para enero. Miguel, no. Creo que Miguel se acaba esta tarde". La madre habla con su hijo y cuando vuelvo a acercarme para decirle adiós a Miguel, Cesárea me pide que no me marche todavía, que coja el otro teléfono, así hablamos los tres. Así es más fácil. "Yo sé por qué no te dejan ver cómo me matan", dice Miguel. "Te han dicho que es porque saben que eres periodista y ya tienen elegidos a sus cinco periodistas, más o menos son los de siempre. Y han dicho que no puedes ser periodista y al mismo tiempo amigo de la familia, ¿verdad?". Le digo que así ha sido. Eso me han dicho y eso mismo me han escrito. Pero Miguel, que ya se comió el yogur y ahora se limpia el dedo en el uniforme blanco y sin mangas, dice: "No te dejan ver cómo me matan porque saben, eso lo notan ellos, que tú no eres partidario de la pena de muerte". No lo soy yo ni otros muchos millones de personas, le digo. Y cuando voy a añadir: "Ya verás cómo en pocos años dejarán de ejecutar en los Estados Unidos, y esto de ahora les parecerá un acto bárbaro y lejano...", cuando estoy a punto de pronunciar esa frase, me callo porque Miguel, vivo a las once de la mañana de hoy, será cadáver a las seis de la tarde de hoy. Y no siento el horror que sentí al despertar esta madrugada en la habitación de un motel vecino al Relax Inn en el que se alojaba su familia. Ahora es asco, impotencia y piedad lo que empiezo a sentir sobre aquel pozo saturado de horror. Ni Tomás, el abuelo de Miguel, a quien considera, más que nieto, su propio hijo, ni su mujer Antonia, ni por supuesto la madre del reo, van a saber hasta el último momento qué será del cuerpo de Miguel cuando el médico de la Casa de la Muerte certifique la defunción. Los abogados Ellis y Cohen quieren tranquilizar a la familia. Ya les han asegurado que no se le hará la autopsia a Miguel (en algún Estado ha sido habitual que se practique la autopsia al ejecutado por el mismo Estado, como si el Estado desconfiara de su propia capacidad de matar, como si el reo hubiera muerto por otras causas naturales), pero Cesárea no sabe si le entregarán el cadáver esta misma noche, o mañana. Y tampoco sabe si una vez que se lo entreguen, ella, Tomás y los otros van a atreverse a tocar el cuerpo después de once años sin tocar su cuerpo. Están confusos y aterrados: "Nos lo queremos llevar a El Paso. El consulado de México va a ayudarnos, Dios quiera que podamos llevarnos a Miguel pronto; ojalá esta noche. No podemos seguir aquí, en esta ciudad, donde lo han matado", dice Tomás. "El reo estuvo digno y tranquilo y, aunque su voz denotaba cierta emoción, la ejecución transcurrió con toda normalidad", dice el cabecilla del grupo de la prensa norteamericana, Michael Graczyk, quien ha presenciado 200 ejecuciones. Y la hija del propietario del periódico Huntsville Item, una mujer de 24 años llamada Michele Lyons, añade que, con ésta, ya lleva 40 ejecuciones en muy pocos años. Otro testigo añade que, como es costumbre, cuando un guardia a espaldas del reo se quita las gafas, los tres verdugos, ocultos tras un cristal-espejo, ya saben que ésa es la señal para matar. A las doce de la noche, la luna alta y llena en un cielo sin nubes, con frío y dolor, la familia de Miguel Flores abandona Huntsville. Tomás cree que, si Dios les protege, llegarán a El Paso, poco a poco, turnándose al volante en un par de días. Antes no podrán enterrar a Miguel.

Fuente: El País
  
 
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