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29/10/2000 Huntsville, un viaje a la muerte    La pena de muerte en EEUU
En la vieja prisión de ladrillo rojo The Walls, en el corazón de Tejas, de la que se fugaron los legendarios Bonnie & Clyde, ya han sido ejecutados 232 reclusos en los últimos 20 años, de los que más de la mitad fueron empujados al verdugo por el gobernador y candidato republicano a la presidencia, George W. Bush. Huntsville es la capital del ojo por ojo, donde la población participa de este negocio y clérigos y médicos bendicen las matanzas por triple inyección letal. El recluso mexicano Miguel Flores, de 31 años, será el primero en ser ejecutado dos días después de las elecciones. A 100 kilómetros de Houston, capital financiera del Estado de Tejas, crece y prospera la ciudad de Huntsville (40.000 habitantes) gracias a su poderosa industria penitenciaria. En el centro de la ciudad está la Casa de la Muerte, con su cámara de ejecuciones atendida por verdugos experimentados y un capellán que lo bendice todo bajo las órdenes del gobernador del Estado, George W. Bush, quien lleva autorizadas 145 ejecuciones. En torno a esta Casa de la Muerte se extiende el cinturón industrial de las factorías penitenciarias de Huntsville, formando un inmenso anillo de espinos y torreones en cuyo interior revientan siete prisiones con capacidad para 14.000 reclusos. Un recluso, a excepción de los 445 condenados a muerte (entre ellos siete mujeres), es un obrero que hace trabajos forzados sin recibir sueldo. Es una fuente de ingresos para el Estado, un negocio rentable. El tour de las siete prisiones recomendado por la Cámara de Comercio, en estrecha relación con la Cámara de Ejecuciones, permite admirar el ganado vacuno y equino en el rancho de la prisión de Goree (1.000 reclusos), y si el turista desea placas de automóviles o mantas, las encontrará en la prisión de Wynne (2.600 reclusos), y si desea tejidos o ropa confeccionada asistirá a su fabricación en los talleres de la cárcel Estelle (2.250 reclusos, muchos de ellos enfermos mentales), y también hallará diversos productos lácteos comercializados por el Texas Department of Criminal Justice, del mismo modo que el Vaticano produce y distribuye, entre otras cosas, su propia leche papal. Hay que entrar en la red para conocer el catálogo de productos que salen de las cárceles en EE UU. Una página de Internet detalla la lencería femenina que con sus delicadas manos fabrican los reclusos de Carolina del Sur: bragas, bodies y sujetadores de la marca Victoria's Secret. Los presos del Estado de Washington empaquetan software para Microsoft. Los de California hacen reservas telefónicas de vuelos de TWA, y no por ello se caen esos aviones. Los de Nuevo México se ocupan de las plazas hoteleras. Los barrotes no entorpecen la producción. Más bien la garantizan. En la Cámara de Comercio de Huntsville aseguran que el desempleo de la población civil es del 2%. Añaden que su Facultad de Derecho es la mejor de EE UU gracias a este laboratorio de reclusos puestos a su disposición. Dentro del alma máter hay un verdadero juzgado con capacidad de dictar sentencias. Un solo catedrático de esa facultad se declara contrario a la pena de muerte y suele asistir con una vela encendida a las ejecuciones. Las prisiones de Huntsville disponen de su propio cementerio, cuidado por presos, naturalmente, y dedicado a la memoria del capitán Joe Byrd, un célebre verdugo que cuando estaba de buen humor le decía a los reos: "A vosotros os mataría por 100 dólares, pero a vuestros guardias los mataría gratis". Aquí hay 1.700 reclusos enterrados que no fueron reclamados por sus familiares, y de éstos, más de 200 murieron ejecutados. Para que no exista error más allá de la muerte se les identifica en cada lápida con una X. En noviembre hay programadas cinco ejecuciones en Huntsville. La ciudad vive estas matanzas legales con buen ánimo. Saben que eso es parte del negocio. La gasolinera más cercana a la Casa de la Muerte triplica el precio del aparcamiento y llega a cobrar 20 dólares. Las provisiones de bebidas y de snacks se agotan. A los partidarios de la pena capital que se manifiestan jaleando la muerte les despierta el apetito una ejecución. "Se ponen a vociferar con sus pancartas", dice el empleado de la estación de servicio, "y enseguida tienen sed y ganas de comer". Son buenos clientes. Pero ¿y los otros?, pregunto, ¿qué hacen los que están contra el asesinato legal? "Los otros lloran y se beben sus propias lágrimas", dice el empleado de la gasolinera. En el Texan Bar, las empleadas lucen camisetas que dicen "soy nativa de Tejas". Las esposas de los funcionarios echan centavos a la pianola mientras los cinco periodistas que van a ser testigos de la ejecución templan sus nervios. Siempre hay periodistas en lista de espera y con ganas de ponerse a prueba, como el reportero Michael Graczyk, de la agencia Associated Press (AP) que ha presenciado 170 ejecuciones. Hace poco, este perseverante voyeurista de la muerte declaró que "las ejecuciones serían idénticas a una crucifixión si en lugar de poner al reo acostado lo pusieran de pie". Una idea a tener en cuenta. Un día antes de las elecciones presidenciales, el candidato republicano Bush dará luz verde para que los verdugos de Huntsville inyecten veneno a un compatriota suyo, con lo que perderá un votante, pero ganará algunos seguidores. Dos días después de las elecciones, tanto si gana como si no, Bush ejecutará al mexicano de 31 años Miguel Flores (convicto de violación y asesinato de una joven llamada Angela Tyson), quien lleva 11 años encerrado en el corredor de la muerte. Flores está arrepentido de su crimen, su conducta ha sido intachable en la cárcel, y en la entrevista mantenida con él en la prisión Terrel, de la que será llevado a la Casa de la Muerte el 9 de noviembre, pidió que transmitiera a la familia de la víctima su arrepentimiento y suplicara el perdón. Sabe que el gobernador no va a suspender su ejecución. Pero al menos quiere que los padres de Angela no lo odien con la fuerza que lo odian. Cinco días después de la anterior ejecución, Bush mandará al patíbulo al siguiente en la lista, un hombre, también de 31 años, llamado Stacy Lawton. La máquina de matar funciona como una cadena de producción de cadáveres, y antes de que acabe el mes, Bush completará el cupo previsto con otros dos condenados que llevan 10 años agonizando en el corredor de la muerte. En el año 2000, este gobernador batirá todas las marcas: medio centenar de ejecuciones. Aunque se lo pida el Papa y lo imploren otros muchos más, como ya ocurrió con el reciente caso de una mujer (Karla Fayer Tucker), Bush no hace uso de su facultad de clemencia. Podría conmutar la última pena por otra de cadena perpetua. Sin embargo, pisa el acelerador a fondo y deja un muerto en cada curva de su campaña electoral. ¿Por qué ha de ser compasivo un hombre que proclama que la pena de muerte salva vidas y añade que bastante suerte tienen muchos condenados que merecerían un castigo peor que la muerte? Además, su rival político, el candidato demócrata y actual vicepresidente, Al Gore, le da la razón. Huntsville apesta a castigo y muerte, su producto y fuente de riqueza. El jefe de la oficina de información de la Casa de la Muerte está encantado de enseñarla. No basta la visita al Museo de Prisiones en la plaza principal, donde, por dos dólares, se admira la silla eléctrica construida por un condenado a muerte que por los pelos no llegó a probarla. Y donde se exponen las armas confiscadas a presos. Y donde se ha habilitado una celda de dimensiones idénticas a las de las siete cárceles de alta, media y baja seguridad de Huntsville. "Yo animo al público a que entre en la celda y se tumbe en el camastro y cierren la puerta", dice una mujer voluntaria que atiende el museo, "y observo la cara que ponen detrás de los barrotes". Todo esto no es bastante. Conviene adentrarse en la Casa de la Muerte sintiendo lo que habrá de sentir el reo, la familia destrozada de éste, la familia destrozada de la víctima asesinada por el reo (las separa un tabique, no se ven pero pueden oírse), y conviene que el funcionario Larry Todd y su ayudante el sargento Rosado abran las puertas y expliquen los siniestros pormenores de la ceremonia. "Puede ser un hombre o una mujer, ya que tenemos siete mujeres en espera de ejecución", empieza su discurso Todd; "lo traen aquí hacia las dos de la tarde, es entregado a seis guardias que toman las huellas dactilares para estar seguros de que es el condenado que corresponde a la fecha y no otro, y se le da ropa limpia, que puede ser un uniforme de presidiario o un traje de paisano, eso lo elige él, porque tenemos alguno que otro en el armario, y a partir de ahí, todo dependerá del comportamiento del condenado. Por regla general es bastante bueno. Está nervioso, claro, pero los funcionarios son gente que lo tratan con dignidad si a su vez también son tratados de ese modo por el reo. Si se manifiesta agresivo y se rebela disponemos de un equipo adiestrado que lo reducirá sin causarle daño. También disponemos del llamado extraction team, un equipo de extracción que actúa con casco de rugby y coraza, y éstos ya se encargan de sacar a la fuerza al reo de la celda cuando se acerca la hora. Antes se le permite estar acompañado por su abogado. Y asistido espiritualmente por el capellán. Se le ofrece usar el teléfono por si desea hacer alguna llamada a un familiar o amigo, y también se le autoriza a elegir el menú de la última cena, que procuramos atender dentro de lo que existe en nuestra despensa, nada extraordinario; filetes o cosas así, no. Tienen una buena elección de hamburguesas, patatas y huevos. Por cierto, en nuestra página web puede ver lo que piden los condenados a muerte; algunos quieren muchos plátanos, dulces y batidos, y alguno pide su cena y luego dice que no la quiere, que se la demos a otro preso que pueda acabar la digestión, porque la última cena se les sirve a las 4.30 y la ejecución empieza a las seis, no hay tiempo para digerir". Larry Todd pide al sargento Rosado que abra la puerta de la cámara. El sargento Rosado, ataviado como para desfilar ante una tribuna de autoridades, explica que él, como los otros, hace este trabajo voluntariamente. Pero algunos no lo resisten y abandonan. Rosado lleva casi tres años cumpliendo este cometido: "No llevamos porra ni pistola. Si hace falta reducir a alguno gastamos gas pimienta. Pero eso es raro. La mayoría se arrastran por su propio pie desde la celda a la cámara. Diez pasos. Algunos piden ducharse un momento antes, y lo hacen en esta ducha sin cortina, en presencia nuestra. Por lo demás, no se resisten. Saben que ya no tienen nada que hacer. Ha llegado su hora. Viene entonces el equipo encargado de subirlo y atarlo en la camilla. Son seis. Lo amarran antes de que levantemos el telón y las familias que esperan de pie, detrás de los cristales blindados, puedan ver al reo antes de que el reo levante un poco la cabeza, si tiene fuerzas, para ver a su familia". Larry Todd toma la palabra. Le dice al sargento Rosado que quiere responder a mi pregunta de por qué los testigos asisten de pie a un espectáculo que es como para desmayarse. Todd asiente: "Eso es cierto; algunos se desvanecen y caen al suelo. Les aconsejamos que se apoyen, bien sea en las paredes o en el mismo cristal, porque las piernas suelen fallarles". Cuando se alza el telón, la escena ya está preparada. El reo ha sido pinchado en las venas de los brazos, fuertemente amarrados, como el resto del cuerpo, y se le han puesto dos catéteres. Estos tubos se pierden por un orificio de 15 centímetros que hay en la pared que existe entre la cámara de ejecución y la sala llamada technical room, en la que está el equipo supuestamente sanitario que administrará el veneno. Un médico contempla este homicidio judicial, premeditado y con testigos, desde el otro lado de un cristal con apariencia de espejo. De este modo, si el reo intenta ver a su verdugo, sólo se verá a sí mismo. "Tenemos prohibido revelar la identidad del médico y de los miembros del equipo técnico", dice Larry Todd; "tampoco permitimos visitar la habitación desde la que se le inyectan los tres productos químicos: un sedante; después, un relajante muscular que hace colapsar el diafragma y los pulmones, y por último, potasio clorhídrico, que detiene el corazón". El proceso dura entre siete y 10 minutos. "Aunque el reo gime y emite algunos otros extraños sonidos, eso no tiene mayor importancia", añade Todd; "es normal cuando sus pulmones colapsan, como un globo cuando se aprieta para desinflarlo. A veces es por esto que se queda con los ojos abiertos y la boca abierta, pero su muerte es rápida y se ejecuta con precisión. Aunque aquí no promocionamos la pena de muerte debo confesarle que en muchos hospitales sufren más los pacientes que en esta cámara de ejecuciones, donde les suministramos una muerte humana". A Miguel Flores le aguarda esta experiencia el próximo día 9 y dice que está preparado. Le pregunto si está asustado, si tiene miedo. "Más que miedo tengo tristeza de morir, tristeza por lo que hice hace 11 años, aunque en mi recuerdo está todo borroso, no sé cómo lo hice, yo no era yo, era otra persona. Aunque maté a Angela, yo no quería matarla. De la ejecución dicen acá que la química que te echan te quema por dentro". Veo a Miguel Flores tras el cristal blindado de la urna del corredor de la muerte, a media hora de Huntsville. Nos comunicamos sin contacto físico a través de un telefonillo de portería tan defectuoso que, aun estando a medio metro de él, parece hallarse al otro extremo del mundo. Su mirada es de asombro y de dolor. Encuentra con mucha dificultad sus palabras. Dice que la vida aquí ya no es vida para nadie: "Me sacan al patio una hora antes del amanecer, en solitario. Luego vuelven a encerrarme. No hacemos nada en todo el día. Ni siquiera nos dejan ver la televisión. Sólo hay una radio para oír los debates de la campaña entre Bush y Gore. Y los dos han dicho que quieren seguir matando". Miguel añade que él no habla nunca de su ejecución con su familia para no verlos llorar: "Hablamos del vecino mío de la celda de la izquierda que lo van a matar un día antes que a mí, somos amigos, y le doy ánimos y le paso algo de mi comida porque siempre lo tienen castigado". Cualquier contacto físico, la voz misma, también está prohibido para la familia del reo. Antes de visitarlo en el corredor de la muerte, la madre de Miguel, una mujer emocionalmente destrozada desde el crimen, me había dicho que sólo podrá abrazar finalmente a su hijo cuando esté muerto y recuperen su cuerpo. La familia de Angela Tyson, la joven de 18 años asesinada por Miguel Flores el 28 de junio de 1989, aceptó recibirme en su casa de Borger, una pequeña población petrolera de 15.000 habitantes, a hora y media en avión desde Houston. Pero el matrimonio Tyson no está solo. Alrededor de la mesa de su cocina se encuentran con ellos un equipo de la televisión de la vecina ciudad de Amarillo, el policía ante el que Miguel Flores confesó su crimen, el abogado que pidió la pena de muerte, el pastor protestante partidario del ojo por ojo y, como sobrevolando esta congregación, numerosos ángeles de todos los tamaños, de madera, de trapo, de metal, porque los amigos de los padres de Angela llenaron la vivienda de ángeles en memoria de Angela. Ahora, el abogado me interroga si soy partidario de la pena de muerte, y la madre de Angela está atenta a mi respuesta, y solloza sin parar mientras el padre de Angela, con un ojo cerrado como un francotirador, me atraviesa con la mirada. Quieren saber si estoy o no a favor de la pena de muerte. Y quieren saber si voy a escribir a favor o en contra de la ejecución del asesino de su hija. Debo decirles la verdad. No, no estoy a favor de la pena de muerte. Siento su dolor. Me pongo, si eso es posible, en su situación. Y en la de Angela, que fue apuñalada después de ser violada. Y en la de la madre del asesino, Miguel Flores. Y en la del asesino, que será ejecutado el día 9, a las seis de la tarde. Entonces, la madre de Angela, una mujer pequeña y de hermosos ojos azules, vuelve el rostro y exclama: "¡Allí estaremos todos!". Y el padre de Angela insiste: "Queremos verlo morir, verlo desaparecer". Y el sargento Charly Keys asiente. Y el reverendo Gregor Simmons abraza a la madre de Angela. Dice, acercándola a mí: "No, no es venganza, pero necesitan acabar con esto, aunque no sé si la ejecución será un cierre". Y luego, el de la televisión de Amarillo apunta con su cámara hacia todas partes, también a mí, y pregunta a qué viene tanto interés en España, en toda Europa, sobre la pena de muerte, por qué estoy allí: "¿Cree acaso que la pena de muerte es un castigo bárbaro?". Sí, debo decirle, porque no creo en el ojo por ojo. Y lo mismo que yo piensan millones de personas. Pero he venido aquí para trasladarles las palabras del condenado a muerte que mató a su hija. Les pide perdón y suplica ser perdonado antes de morir. Y también he venido para decirles que la madre de Miguel Flores sufre el dolor de la muerte, ya cercana, de su propio hijo, y el dolor de la muerte de Angela, que imagina que fue horrible, y el dolor de ustedes, los padres de Angela, a quienes desearía consolar. Pero la señora Tyson hace un gesto como de escupir a un lado. Su rostro está lleno de rabia. Con voz alterada dice que en estos 10 años nunca se acercaron a pedir perdón. Ya es demasiado tarde. Y el señor Tyson añade que las últimas palabras de Angela fueron, según declaró el mismo asesino, "no me hagas daño, no diré nada", y él la acuchilló por la espalda y una de las tres puñaladas le atravesó el corazón. Luego, el padre de Angela me despide así: "Lea bien la Biblia, recuerde que Jesucristo perdonó al ladrón, pero no hizo nada por quitarle la cruz. Permitió que lo mataran. Y yo tengo el derecho de ver cómo el Estado de Tejas acaba con la vida del asesino de mi hija. He perdido demasiado como para perdonar. Lo que ha hecho, que lo pague". La familia Flores aparece en una de las historias narradas en la película La espalda del mundo, de Javier Corcuera. Para más información, Amnistía Internacional: www.amnesty.org.

Fuente: El País
  
 
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