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31/8/1997 Atenas. Tres islas en un solo día    Placeres y torturas del verano
La ciudad hervía de calor húmedo, perros vagabundos, turistas asustados y basuras malolientes. En lo más alto, su célebre Acrópolis reclamaba una incineración purificadora, algo que se producía diariamente a las 21.07 por sólo 1.200 dracmas (unas. 600 pesetas), cuando el trasnochado Luz y sonido en el Partenón alcanzaba el clímax ignífero con abundantes truenos y llamas electrónicas que devoraban a Pericles, cuya voz había sido prestada por un locutor de la BBC. Entonces, estos nuevos ejércitos caninos de Jerjes se revolvían rabiosos contra los muslos y las nalgas de los turistas, quienes, qué remedio, debíamos huir a toda prisa para evitar ser presa de sus dentelladas. ¡Oh, Zeus, qué helénica emoción, apenas aterrizados en Atenas! ¿Cómo describir el angustioso maratón por las callejuelas del antiguo barrio de Plaka, donde en algunos momentos llegaba uno a creerse un nuevo Martín Fiz perseguido por Abel Antón? Horas más tarde, detrás de un vendedor de esponjas naturales de los muchos que escoltan a los visitantes por la ciudad, identifiqué a un joven matrimonio español en su tercer día turístico en Grecia. Emilio Asencio, de 30 años, aseguraba que todavía le temblaban las piernas por haber contemplado el Acrópolis en vivo. "¿Cómo no van a temblarme si llevo años deseando venir aquí, imaginando este grandioso momento?", dijo Emilio, profesor de Griego en el instituto Luis Garrido Sotomayor, en Córdoba. Su mujer, Pilar Pavón, de 28 años, licenciada en Químicas, comprendía el arrebato emocional de su marido, pero no sufría los mismos accesos que él. "Yo lo veo todo con más realismo", dijo, "con mucha más frialdad. Te dan demasiado la paliza, demasiadas piedras, demasiadas reproducciones". Ahora sólo anhelaban un crucero de tres días que iba a llevarlos a Mikonos, Patmos y Rodas, broche de oro de este viaje, en el que habían invertido tan ilusionados sus ahorros. Que fuera de la variedad ultrasónico-abreviada no le restaba mérito a la tentadora oferta (17.000 dracmas, unas 8.500 pesetas) del crucero denominado Un día, tres islas, que, en menos de 12 horas de ajetreo, garantizaba una experiencia náutica inolvidable. El barco de 70 metros de eslora Gloria del Egeo surcaba las aguas del golfo Sarónico cargado de turistas, brindándoles la posibilidad de amarrar en los puertos de Poros, Hidra y Egina, puntos estratégicos de la excursión. Antes de las seis de la mañana, los japoneses guardaban silenciosos sus largas colas en los vestíbulos de los hoteles en paciente espera de ser recogidos por los autobuses de la Royal Olympic. Con ellos, pensé, nada podría fallar. Con ellos, incluso la fatalidad de un naufragio sería llevadera. Con ellos, y sus metódicos y disciplinados empellones aprendidos en el metro de Tokio, la travesía en el Gloria del Egeo resultaría inolvidable. Atravesamos la ciudad de Atenas cuando las últimas prostitutas de la noche, o las primeras de la mañana, aceleraban el paso para acabar su carrera o para iniciarla, no había forma de saberlo desde este lado de las ventanillas. Parecía que los distintos autobuses iban a enfilar el camino hacia El Pireo, pero no fue así. Todos se detuvieron ante una especie de acuartelamiento, donde fuimos conminados a abandonarlos. Allí, como si se tratara de un secuestro masivo o de una redada de inmigrantes ilegales a los que era preciso identificar, fuimos segregados por grupos, en los que se nos conminaba a comprar libros sobre las islas, recetas de la cocina griega, postales variadas, manuales de museos y miniaturas del Partenón y / o de determinadas esculturas de Praxíteles. Algunos japoneses, ya a punto del llanto, pedían a Kazantakis traducido en su idioma, por ser premio Nobel de Literatura, pero no eran debidamente atendidos. ¿Deseábamos esponjas naturales? ¿Abalorios de plástico? ¿Reproducciones de trajes típicos con zuecos de madera y falda plisada para los caballeros? En torno a las nueve de la mañana, sin saber si se nos llevaba a un campo de concentración o a un crucero de placer, volvimos a subir a los autobuses, perfectamente identificados y provistos de unas tarjetas de embarque, bonos para comer en el turno de comida asignado y folletos con explicación detallada de las islas a visitar, previo pago de las excursiones relámpago. El buque Gloria del Egeo llenó nuestros ojos de esperanza y lágrimas. ¡Ya íbamos a abordarlo! ¡Ya íbamos a zarpar en el llamado Epirotiki Cruise de la Olympic Short Cruises and Co! ¡Tres islas en un solo día, cinco idiomas, bufé en tres turnos, foto de recuerdo por 1.500 dracmas agarrado y puesto en volandas, por una pareja de piratas! Con sus dos dientes de oro orientados graciosamente a barlovento, una de las cruceristas que dijo llamarse Galina, de nacionalidad rusa, recibía la brisa del mar en su curtido y ex soviético rostro. De todo aquel cargamento humano, Galina era la que más parecido guardaba con un salvavidas de aro: oronda, inflada, flotadora. Y a ella me acerque, casi instintivamente, cuando el buque hizo sonar por última vez la sirena, y los motores hicieron trepidar aquel medio millar de genitales reunidos en cubierta. Al mismo tiempo, las gaviotas se aproximaban a picotear a los pasajeros más alegres en el cogote, mientras otros, italianos por lo general, parloteaban sin cesar por sus teléfonos móviles o sencillamente por los codos. ¡Qué buena idea había tenido enrolándose en esta expedición, de tan acertada singladura! La rusa Galina había sacado de un bolso un huevo duro y me ofrecía generosamente la mitad asegurándome que éste era el mejor remedio para prevenir el mareo. "En mi país", dijo, "lo llaman el huevo báltico; no falla, hay que tragárselo sin masticar". Lo cual ponía a prueba cualquier estómago porque o bien vomitabas en el acto hasta la primera papilla, o ya no vomitabas en el resto de toda tu existencia. "Cierra los ojos, traga huevo y calla", ordenó Galina en un combinado muy original de lenguas . A las 10.05 divisábamos ya la isla de Poros, un primer sobresalto para la retina. El folleto que anidaba en cada mano del pasaje recordaba que Henri Miller había escrito de este lugar que, de pronto, se había percatado de que estaba navegando a través de unas calles, pues la tierra converge por todos los costados y el barco es empujado a un estrecho del que no parece haber salida. Pero sí la había. Gloria del Egeo atracó vertiginosamente. Se colocaron las pasarelas para descender y los cruceristas bajamos ansiosos a una plataforma de cemento sobre la que proliferaban los vendedores de helados, y en cuyo centro los armadores del buque habían colocado un gran reloj de madera en el que se recordaba que sólo disponíamos de 45 minutos para hacer nuestras escapadas por el territorio, pues el buque zarparía sin demora con destino a la siguiente isla en ese tiempo. Ante el temor de quedarse en tierra, los cruceristas apenas si se arriesgaban a desenfundar sus aparatos de vídeo por las callejas más próximas para grabar en ellos las caras de pitorreo de los nativos. De nuevo en las cubiertas, salones de color morado y otras acogedoras dependencias del barco, los pasajeros recibían nuevas instrucciones para el resto de la travesía: "Los que lleven el boleto para el bufé de color azul comerán en el primer turno, entre la isla de Poros y la isla de Hidra. Los que lleven el boleto amarillo comerán entre Hidra y Egina. Los que lleven el boleto verde comerán después, pero comerán, no se inquieten". Sin embargo, Galina se inquietaba. "Los griegos dicen una cosa y hacen otra", dijo luciendo sus dos ociosos dientes de oro al sol del golfo Sarónico. "No hay que hacerles caso". Y como su boleto era verde loro, comenzó a darle tremendos lametazos hasta cambiarlo al azul. Luego, me miró de reojo con la picardía de un personaje de Gorki y me propuso desteñir mi boleto, a menos que deseara hacer ayuno voluntario. Al aproximarnos una hora más tarde a la isla de Hidra, famosa por sus gatos callejeros, ya estaban reveladas y expuestas junto a la rampa de descenso del barco las fotos de los 500 viajeros, a cual más elocuente. Unos parecían en trance de ser arrojados al mar por los piratas del Pireo, mientras que otros se asemejaban patéticamente a ahogados rescatados por la marinería entre los orines de su propia imbecilidad. 0 bien caía uno en las redes del fotógrafo náutico o en las garras de los felinos de la isla que esperaban a los incautos turistas agazapados aquí y allá. "Yo no bajo en este pueblo", afirmó Galina. "Yo me voy a poner en la cola del bufé". Pero hizo mal, porque Hidra, en 55 minutos, fue una visita maravillosa. Los gatos eran muy simpáticos y dejábanse fotografiar sin pedir nada a cambio. Había un argentino que vendía en su precioso comercio toda clase de objetos típicos falsificados en Bali, y hablaba como sólo saben hacerlo los argentinos, sin medida alguna, hasta el punto de que varios cruceristas corrieron peligro de perder el barco en esta se gunda etapa. Ya en ruta hacia la tercera isla, un horror inmobiliario denominado Egina, el comodoro sacó un maletín y una calculadora y anunció por los altavoces que, dado que en alta mar no hay bancos donde cambiar moneda, él estaba allí para prestar gustoso este servicio. Su comisión era más elevada que en tierra, naturalmente, pero no tanto como en los aires, si es que alguna vez los dioses del Olimpo nos llevaban a lo más alto. "¡Cambien, señores, cambien dinero ahora mismo, ya que en la isla Egina hallarán productos típicos griegos muy del gusto de todos ustedes, y habrán de pagarlos en dracmas!", gritaba el Comodoro Dimitris. El buque se transformaba por momentos en un barco pirata, para qué pegarlo, pero esto le para que n daba una emoción comparable, si no superior, a la de Wall Street, mientras en cubierta se respiraba un aroma de máxima protección solar, pues los japoneses deseaban cualquier cosa menos una repatriación por cuenta de la mundialmente célebre unidad de quemados de Kioto. Por suerte, también se traficaba a bordo con toda clase de cremas antibronceadoras . Egina era el apoteosis de la regata. ¡Qué cantidad de pistachos centenarios, importados de Siria, a lo largo ancho de sus 85 kilómetros casi redondos! Previo el pago de una módica suma, los turistas más aventureros podíamos adentrarnos en la isla por unos caminos especiales para los autobuses que conducían hasta una playa Ilena de chiringuitos donde nos aguardaban los vasos de aguardiente ya servidos y las ventosas del pulpo curadas al sol y atravesadas por mondadientes. Tres músicos con clarinete, acordeón y saxofón, precedidos por un niño que chupeteaba una flauta de caramelo y portaba la bandeja de la colecta, amenizaron la merendola. El mar se mantenía quieto a pesar de tantas y tan perversas provocaciones. Pero el tiempo apremiaba. Eran las 17.55 y del Gloria del Egeo nos separaban varios kilómetros todavía. Con el pincho en la garganta y el ouz o en el cerebro, el regreso a Atenas fue como el último vuelo de la victoria de Samotracia. Sin brazos, Galina devoraba su rancho y el mío en el segundo y tercer turno de comidas, especialmente volcada sobre las llamadas ensaladas griegas. "Ahora te cantaré Kalingha", dijo con la boca llena. "¡Sí, necesito cantar Kalinga!", repitió, asomando su colmillo de oro "El buque Gloria del Egeo llenó nuestros ojos de esperanza y lágrimas. i Tres islas en un solo día, cinco idiomas, bufé en tres turnos, foto de recuerdo por 1.500 dracmas agarrado y puesto en volandas por una pareja de piratas!" "La rusa Galina había sacado del bolso un huevo duro y me ofreciá la mitad como remedio para prevenir el mareo. 'Cierra los ojos, traga huevo y calla', ordeno".

Fuente: El País
  
 
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