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10/8/1997 Las Vegas    Placeres y torturas del verano
En mitad del desierto de Mojave, un volcán atronador vomitaba su lava incandescente de hoteles, casinos, circos, bares, limusinas, guantes de boxeador desorejado, iglesias de cartón piedra y legiones de turistas que arrastraban sus pies, cuando no sus traseros, por las rampas y aceras rodantes en la meca universal del juego. Una nutrida delegación de las 15.000 máquinas tragaperras repartidas por los veinte casinos de Las Vegas recibía a los viajeros extendiendo sus brazos niquelados en el aeropuerto de McCarran. Sus luces de todos los colores y tamaños hacían guiños amistosos que acompañaban de trinos y gorjeos realmente optimistas. Los turistas eran incapaces de dar la espalda a esta delegación eléctrica porque, allá donde se volvieran, las máquinas reaparecían con la misma insistencia y luminosidad. Así, nos las tropezábamos en los lavabos, en la sala de entrega de equipajes, en los mostradores de facturación, siempre al acecho. Estaba claro que la estadística era rotunda con fundamento al afirmar que sólo uno de cada diez visitantes -que al año suman 30 millones- era lo suficientemente perverso como para abandonar Las Vegas sin haber jugado en ninguno de sus casinos o extensiones afines. ¿Y quién deseaba ser incluido en esa despreciable clasificación? Los turistas acababan acercándose a las máquinas de estatura humana porque, puestos a echarse de cabeza al río, cuanto antes mejor. Yo mismo, presa de un arrebato ludópata, me sorprendí metiéndole los primeros 25 centavos a una de ellas en la boca, aunque sólo fuera para que se callara. Nada más tragar los respondió con redoblados destellos y gorjeos prometedores, pero de ahí no pasó. Pau de Ves, un catalán de Vic a quien ya no vería durante el resto de mi estancia, me aleccionó así: "Conviene toquetearlas un poco a la altura del ombligo y de los pezones", dijo, haciendo una demostración bastante procaz. Pero él todavía corrió peor suerte, ya que, luego de ingresarle varios dólares por el tubo con mucho manoseo, la máquina le devolvía el manubrio como un brazo muerto, y Pau de Ves la insultó por lo bajo y sin dejar de zarandearla con las peores palabras catalanas. La escena empezaba a ser sospechosa, y todavía se complicó un punto más cuando Pau de Ves quedó asquerosa y magnéticamente pegado al mando de la tragaperras por efecto de unos hilachos de chicle, restos gomosos de lo que tanto gusta mascar y escupir el pueblo americano. Ya en el exterior, camino de un taxi que más parecía una máquina de hacer hielo que un medio de transporte público, aspiré el aire tórrido del desierto, que abrasó mi garganta y mis pulmones. El hotel se llamaba New York New York, y no podía, ni debía, llamarse de otro modo, puesto que sus cuatro cuerpos de edificio eran fiel reproducción de los cuatro más célebres rascacielos de Manhattan, a saber, el Empire State, Century, New Yorker y Chrysler. Intercomunicados y orientados hacia otra gigantesca réplica de la estatua de la Libertad, coloreada como una lechuga, estos mastodontes de 2.400 habitaciones concitaban toda la fascinación general, ya que alrededor de ellos circulaba a gran velocidad una especie de AVE descapotable, una montaña rusa vertiginosa supervisada, dijeron, por los bomberos y la unidad coronaria del hospital de Nevada. El ingreso en el hotel a través de sus interminables y laberínticos vestíbulos poblados de gritonas tragaperras sugería la estampa bíblica del hijo pródigo y desorientado que regresa a la casa del padre. Ancianas con el bote de plástico para cargar monedas, similar al usado por los mendigos en Nueva York, daban un toque como de realismo mágico a estos salones donde el bullicio de las máquiñas y un gentío de curiosos (familias enteras con el bebé en los brazos) era sólo comparable a un suicidio masivo de secta eutanásica, perfectamente legal, en el que todas las viejas permanecían conectadas a sus máquinas individuales de la muerte. De cuando en cuando una torcía el pescuezo y entonces las atentas camareras -con media levita, mallas y bragas negras- practicaban el levantamiento del cadáver con un cóctel explosivo. Buena parte de los huéspedes obedecían las órdenes del recepcionista y, una vez instalados en los rascacielos, realizaban el viaje iniciático del carrusel. Allí limpiaban sus entrañas viajeras mejor que con un lavado de intestinos. Y a partir de aquel momento ya importaba menos ganar poco o perder mucho en las mesas de dados, black-jack o bacarrá, por no decir en esa elegante jofaina con la bolita dando vueltas sobre los números. Lo cierto es que todo daba vueltas vertiginosamente, todo era giratorio, desde los restaurantes de los casinos, las banquetas de los bares y los salvamanteles reversibles para el desayuno con bingo en ambas caras hasta los brazos y las piernas de los crupieres, auténticos contorsionistas de un negocio que ingresaba, netos, 181 dólares (unas 27.000 pesetas) por segundo, cada segundo del año. Los alaridos de los clientes que iban a ser irremisiblemente estampados desde las vagonetas contra las fachadas de los rascacielos por la fuerza centrífuga perforaban el doble cristal de los ventanales de mi habitación en la planta 23 a del Century. Sus muecas de espanto hacían irrisorio El grito de Munch, hasta el punto de que esa visión desde el dormitorio favorecía la inclinación natural a cualquier exceso autodestructivo que Las Vegas desata en los visitantes y en su población fija, pues esta ciudad registra el índice más elevado de suicidios y alcoholismo (justo el doble) de las ciudades norteamericanas. Pero también figuraba a la cabeza en el consumo de electricidad por tratarse de una auténtica factoría de aire acondicionado y de iluminaciones permanentes, ya que todo en Las Vegas acontece bajo techo, día y noche, a lo largo de un año sin fiestas ni otros descansos. Ningún show de los muchos y espectaculares shows que dan fama a Las Vegas (ni siquiera una macabra réplica de silla eléctrica que por dos dólares ejecuta en el casino New York New York con temblores calientes y vapores de agua al turista más estúpido e insensible), ningún show de calidad que merezca este nombre podría competir con el reciente combate de boxeo disputado en el casino MGM, a dos pasos de los siete afilados cuernos que luce la estatua de la Libertad. Aquí, el ex campeón de los pesos pesados y ex convicto Mike Tyson cortó la oreja de su adversario, quien a todas luces parecía un toro, Evander Holyfield. Pero no intervino el alguacil, sino únicamente su dentadura de sierra. De un limpio mordisco cercenó hasta la base del cartílago, y luego escupió el objeto de su amputación carnicera para que se lo comieran los perros. Esta escena tan próxima a la antropofagia, transmitida por televisión y contemplada por 3.000 millones de seres a lo ancho y largo del planeta, podía revolucionar el futuro de Las Vegas. Todo era cuestión de orientar positiva y comercialmente el evento. Así, muchos turistas llegaban ahora a la meca del juego interesados por conocer más detalles relacionados con aquella famosa oreja. ¿Seguía en paradero desconocido?, preguntaban. ¿Había prometido el FBI alguna recompensa a quien la localizara? Y, una vez supuestamente localizada y entregada a su propietario, ¿la donaría el campeón del mundo Holyfield al museo de reliquias del casino MGM, escenario de los hechos? A quí sus bien adiestrados relaciones públicas respondían con gusto las preguntas relacionadas con la oreja. No, la oreja no iba a ser embalsamada. La oreja no seguía en paradero desconocido. La oreja había sido hallada por un empleado del casino llamado Mith Libonati en las cercanías del cuadrilátero. Sí, el empleado Libonati había hecho entrega de la negra oreja a su legítimo dueño, el púgil Holyfield. No, el púgil no había revelado si le habían repuesto la oreja o la oreja había sido guardada como oreja de reserva. Y el empleado Libonati, por cierto, era ilocalizable. Estaba de vacaciones. Las merecía. Apaciguados, los turistas desistían de proseguir sus averiguaciones, aunque algunos japoneses no daban su brazo a torcer. Para la mayoría todo estaba más o menos claro. Algunos turistas habían identificado a Tyson en lo más alto de la torre casino llamada Stratosphere, encaramado a la catapulta terrorífica, a 116 metros sobre el nivel del desierto, dando patadas al aire como un chiquillo borracho de vértigo, arriba y abajo, a velocidad supersónica, en ese artilugio con capacidad para seis víctimas. Aquél parecía un lugar idóneo para curar su trastorno, y cualquier otro trastorno mandibular. El segundo negocio en importancia en Las Vegas seguían siendo las bodas oficiadas al estilo fast food, seguidas de los divorcios, para los que sólo se exigía residir en Nevada seis semanas, ambas a precios sumamente asequibles. Sin lista de espera y sin análisis de sangre, los certificados eran expedidos por el juzgado de paz en el momento mismo de solicitarlos. Ello daba pie, a un elevado número de casamientos por arrebato, especie de súbita enajenación mental que empujaba a las parejas a contraer matrimonio. Por otra parte, la competencia por estos servicios era despiadada y salvaje. Cientos de capillas se anunciaban aparatosamente y permanecían abiertas, como los lavabos públicos, las urgencias hospitalarias y los casinos, las 24 horas del día. Se daban las máximas facilidades. Se arrebataban a los clientes en la calle y a las puertas del juzgado. Las licencias se extendían como churros y generaban unos ingresos superiores a los 3,5 millones de dólares anuales (unos 525 millones de pesetas) en un Estado, como el de Nevada, libre de impuestos. De estas ventajas se beneficiaba un promedio de 100.000 parejas cada año, llegadas de todas las regiones del país. Frente a unos bares de mala muerte, Strippers & Nude Daily, la más célebre de las capillas, blanca como un merengue, lucía al final de Las Vegas Boulevard su rótulo de identificación: "The Little White Wedding Chapel" era la cuna de las tan populares bodas desde el coche, a imitación de los McDonald's, en los que sin moverse del asiento la familia recibe sus hamburguesas por el ventanuco expendedor. En este caso, la ventana de la capilla se orientaba a un rosal para que las fotos tuvieran un fondo floreado sin perder por ello su forma marcadamente automovilística. La combinación resultaba muy del gusto de las parejas, unas llegadas en sus propios vehículos, otras en taxi y otras en la limusina de la capilla, blanca como la capilla misma, aunque mucho más alargada. Mientras un diabólico monaguillo tomaba la presión de los neumáticos del coche de los contrayentes, algo que se hacía sin cargo alguno, el reverendo baptista Jesús Díaz, de 40 años, nieto de canarios, oficiaba en perfecto español la ceremonia en doce minutos y treinta segundos, cuando lo habitual era hacerlo en un mínimo de 15 minutos. Pero había cola y la empresa ace leraba el tráfico. "Díaz es uno de nuestros más rápidos y seguros reverendos", decía Rosana, directora de la capilla; "es muy solicitado y respetado". El reverendo Díaz ofrecía una ventaja adicional sobre la reverenda Belinda o sobre el reverendo de color Robert Stringer, pues, a diferencia de éstos, podía atender a los contrayentes por la ventanilla sin dejar de responder a mis preguntas. "Sobre todo me solicitan los latinos, que aquí hay muchos y suelen venir puleramente vestidos de blanco, y no como los sajones, que por regla general vienen con atuendos de faena", dijo. En efecto, ante la ventanilla frenaba ahora un taxi ocupado por una pareja que más que a su propia boda parecía venir a cargar bultos para una mudanza de oficinistas. El hombre, un tipo de gran volumen y unos 35 años, tatuado por el pecho y los brazos, lucía una gorrita con la visera puesta al revés. La mujer, de edad y peso semejantes al hombre, parecía recién sacada a empujones de limpiar un almacén de comestibles y vestía bata estampada a juego con un pañuelo torcido sobre el pelo, anudado en la frente. En el techo del taxi portaban la publicidad de un restaurante a modo de pirámide en la que se leía que por 9,99 dólares se podía comer langosta y un filete hasta reventar. "Ron y Joan, ¿habéis traído el certificado, los 35 dólares en metálico y las alianzas?", preguntó el pastor Díaz alargando su brazo por la ventanilla para recibir todo eso de manos de Ron. "Ron y Joan, ¿estáis dispuestos a unir vuestras vidas?". Ellos dijeron que sí sin mover apenas los labios ni despegar el culo de sus asientos. "Ron y Joan, firmad aquí, poneos las alianzas el uno al otro, besaos amorosamente y ¡mucha suerte y felicidad!" "Ya ve usted, los casamos en cadena, no nos dan tiempo ni para ir a orinar", dijo el reverendo Díaz. Y anadió que los que lo piden pueden obtener a precios muy razonables el video, las flores, un carrete de fotos y dos copas de champaña con un lazo violeta. "Tenernos toda una variedad de servicios complementarios tales como Elvis. Presley en vivo y por duplicado. Quiero decir que hay un Elvis joven y delgado y otro Elvis mayor y más gordo. Como ocurrió en la realidad. Nos solicitan al gordo más que al otro, pero eso va a rachas. Ambos son magníficos cantantes de rock y tocan la guitarra acompañándose en Love me tender y Can't help falling in love, maravillosas melodías para la ocasión", explicaba el reverendo Díaz. Había tenido la oportunidad de casar hacía pocos meses a un par de parejas españolas. Una de Madrid y la otra de Barcelona. Los de Madrid, según recordaba Díaz, eran artistas de variedades, ilusionistas, exactamente. Y para que los reconociera me arrastró a un extremo de la capilla y me puso ante una pared llena de fotografías de celebridades casadas en esta misma capilla. Estaban, entre otros muchas estrellas del cine y del deporte, Michael Jordan, Mikey Rooney, Joan Collins, Judy Garland y hasta el mismísimo Sinatra. En cambio, los madrileños aparecían algo desenfocados y como reprimiendo un ataque de risa. A las puertas de la Little White-Chapel, bajo un sol implacable de 45 grados, los novios de infantería, vestidos con paños invernales de alquiler, parecían derretirse a toda prisa en un baño de copioso sudor. Los otros, los novios de la motorizada, les llevaban en eso cierta ventaja. Habían llegado casi desnudos hasta aquí, con las ventanillas cerradas y a muy baja temperatura. Ahora, al cabo de 15 vertiginosos minutos, tal vez un poco emocionados, regresaban al lento y tedioso tráfico de Las Vegas Boulevard encerrados en sus mismas cápsulas climatizadas. "Los casamos en cadena, no nos dan tiempo ni para ir a orinar", dijo el reverendo Diaz. "Tenemos servicios, complementarios tales como Elvis Presley en vivo y por duplicado. Quiero decir que hay un Elvis joven y delgado y otro Elvis mayor y más gordo. Nos solicitan al gordo más que al otro"

Fuente: El País
  
 
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