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14/7/1996 Santos remedios    España, tierra adentro
Un hombre viejo subía penosamente entre las casas ruinosas de piedra como un fantasma huyendo de un infierno de destrucción. Se oyó el golpe cansado de un cencerro y el canto agudo de un gallo, muy pronto ahogados por el silencio de los montes. Miré a Alfredo, el ilustrador de estas crónicas, y a Fulgencio, nuestro amigo periodista de León que nos acompañaba aquel día. -¿No estaremos en Mostar?, ¿o será Piornedo? -pregunté. -Piornedo -respondió el viejo, señalando con su muñón (era manco) la única calle del pueblo. Se había quedado inmóvil en mitad del camino, con la expresión desorientada, como un refugiado que al mismo tiempo teme y espera la llegada de alguien. Por segunda vez, ya algo irritado, repitió lo mismo: -Esto es Piornedo. Me adentré por esa calle entre casas que tenían los tejados rotos o hundidos, sus postigos devencijados, los muros mordidos por la hierba y las matas creciendo entre los ladrillos y las baldosas. No obstante, todas las viviendas, incluso las más ruinosas, estaban recientemente numeradas, como si de este modo algún subastador perverso hubiera deseado inventariar los despojos de un desastre. En la fachada de una casa se veía un cartel que parecía importante. Era el último edicto del Servicio Recaudatorio Provincial, dirigido a los sujetos pasivos, relacionados por orden alfabético, deudores todos ellos de la Seguridad Social. No eran muchos. Quizá el censo íntegro de este pueblo sin almas. Mejor dicho, quedaba un alma, solamente una, la de Amador, el manco, que, hundía sus zapatillas de felpa a cuadros en el polvo del camino, poco dispuesto a responder a las preguntas que se le dirigían. -¿Llegó alta la nieve este último invierno? -Sí, alta. En febrero llegó hasta ahí -señaló con su muñón, poco más de un metro. -¿Y usted se queda aquí completamente solo? -Sí. -¿No baja nunca a León? -Poco. Allí tengo que pasarme la vida sentado en el piso de mi hija. -¿Y aquí no? -Aquí me muevo. Paseo. El tiempo se va más rápido. -¿Tiene gallinas? -Tengo 87. -¿Tantas gallinas tiene? -Gallinas no. Años. Tengo 87 años. -¿Y esas gallinas no son suyas? -¿De quién van a ser si aquí no hay nadie? Imposible oirle Amador retrocedía un paso a cada pregunta, de tal manera que cuando empezamos a hablar del accidente en el que perdió la mano estaba tan lejos que casi era imposible oírle. -¿Un burro? ¿Le arrancó la mano un burro? -Sí, sí, me cago en Dios. Me la arrancó mi burro. De eso hace siete años. -¿Y cómo fue? -Me lo avisó un gitano. No se puede capar a un burro cuando es viejo. Hay que caparlo joven. Yo lo capé demasiado tarde. Burro que saca sangre no suelta, ya sabe usted. -No lo sabía. -Pues ya lo sabe. -¿Y no soltaba? -No, no soltaba, ya ve. Aquel día habíamos bajado a cargar leña mi mujer y yo. Nunca nos había mordido el burro. Alguna vez les echaba el diente a las vacas. Pero lo calentaba un poco y ya no volvía a hacerlo durante bastante tiempo. -Pero esa vez le mordió a usted... -Y tanto. Primero me tiró a este lado. Luego al otro. La mujer no podía agarrarlo. Y él no soltaba. -Mala pata. Paciencia. -Sí. Ya me hice a la idea. Del burro se ocupó luego un hijo de Amador. No le contó a nadie lo que hizo con él hasta transcurridos dos meses del mordisco que le costó la mano derecha y tanta amargura a su padre. Luego, transcurridos esos dos meses, no tuvo ningún inconveniente en desvelar la venganza: ató al burro de un árbol en lo más alto del monte y lo abandonó allí, sin agua ni pienso. "¡Arréglatelas hasta que puedas!", fue la única despedida. Ahora subían por el camino varias gallinas sin saber dónde picotear. En verano también suben algún fin de semana un par de chavales, comentaba Amador. Y el 15 de agosto, cuando es la fiesta, aparece un cura. Se abre la iglesia. Hay procesión. Y luego hay baile ¿Después del baile? Después todos se van. Y Amador vuelve a quedarse solo. -Es triste ver morir desde dentro poco a poco al pueblo donde uno ha nacido y vivido toda la vida, ¿no le parece, Amador? -Pero te haces a la idea. Todo cae. Las casas, nosotros. -¿Cree que caerá antes su casa que usted? -No sé el tiempo que aún me quedaré aquí. Luego, Amador fue alejándose lentamente (sólo movía rápido el muñón) entre las mismas casas ruinosas de piedra por las que había aparecido un rato antes, hasta que le perdimos de vista. Más allá, después de muchas curvas y pendientes, estaba el pueblo de Tabanedo, y en una de sus nueve casas, en lo alto del monte, reconoció Fulgencio a Manuel, el hombre que mejor sabía matar lobos (quedan bastantes y muy hambrientos por aquí), a quién preguntó si podíamos subir a charlar un rato con él. -Mi nombre es sólido -dijo Manuel, quitándose ceremoniosamente la gorra como lo hubiera hecho un paje en la antigüedad-. Me llamo Robles Fierro y ya estoy jubilado. -Mucho cuidado con esta gente -le advirtió la esposa, empuñando la escoba-, cuidado, porque si los periódicos van a poner que te quedas solo en invierno aquí, alguien puede venir a robarte, ¡Y como le ocurra algo malo a mi marido, les echaré a ustedes la culpa! ¡Los denunciare, se lo aviso! -A mí no me pasa nada, mujer -replicó Manuel-. Tengo la escopeta cargada detrás de la puerta. Y los perros sueltos. A Manuel no le asustan los lobos. El lobo no ataca al hombre. Pero suelen bajar cuatro o cinco. Matan. Y luego llevan lo que matan. Una vez se le comieron cinco ovejas. Otra, mordieron a dos. Van al pescuezo. Y si no, al vientre. Luego hay que darles penicilina si quedaron malheridas. Los lobos se ensañan con los potros. Quien mejor se defiende de ellos es la cabra. La cabra sube a una peña , y el lobo ya no se atreve, la deja en paz. -¡Cuidado con poner en el periódico lo de las ovejas! A ver si nos quitan la pensión. Las ovejas no son de Manuel, que quede claro, las ovejas son de su cuñada -advirtió enérgica la esposa de Manuel. -No se preocupe, señora -le dije-, nadie les va a quitar la pensión aunque tengan 20 ovejas. Si se la quitan a ustedes se la quitarán a toda España. -Bueno, bueno, yo aviso. Manuel cumplió 64 años. Fue minero durante 35 años, primero aquí, en su tierra, y luego otros 10 en Bélgica. También fue minero en Brasil. Y trabajó en Uruguay. Empezó pronto, a los 10 años. -Piedra movida no cría mamof o, decía mi madre. Y Manuel obedeció. Nunca estuvo quieto. Ni siquiera ahora. No puede. Entre el nacimiento y la muerte, que espera que le pille aquí dentro de muchos años, dio vueltas por medio mundo. Y ya tiene preparados los papeles para pedirle al Gobierno belga una pensión por los 10 años que trabajó en las minas de aquel país. -En cuanto cumpla 65 años mandaré los papeles a Bélgica, y tendrán que dármela. En octubre compra las provisiones para el invierno, que es largo y puede dejarle incomunicado si nieva mucho en el monte: lentejas, arroz, chorizo y algún jamonic o si hay dinero. Lo bastante para aguantar cuatro o cinco meses. También subirá algunos medicamentos, aunque ahora ya está más tranquilo, porque hace unos meses le pusieron teléfono, y si pasa algo, llama a Tonín, el alcalde de Cármenes, que también es médico. -¿Ve mucho la tele? -Ahora no veo más que las ovejas y el monte. Me llevo la radio al monte. -¿Le interesa el fútbol? -No me gusta nada, lo siento. -¿La política? -Todavía menos. Si hay que sulfatar no hay tiempo para esas tonterías. En noviembre a veces me mandan el periódico. Me lo trae Enrique, ese que tiene un Patrol colorado, pero luego ya le digo no me traigas el periódico ni leches en vinagre. -¿Qué es lo que más le gusta? -Las ovejas y las cabras. Las vacas y los caballos, no. Si me toca la Primitiva, compraré mil ovejas. Quinientas más que las que lleva Elíseo por la collada del Marqués. Pero no me tocará. No juego. Y otra vez se quitó Manuel la gorra para despedirse. -¡Marcho, marcho! -dijo, apartando a las gallinas. Tierras de Asturias Rodillazo quedaba algo más arriba, y allí se acaba la carretera que, de haber continuado, nos llevaría, creo, a tierras de Asturias. Nadie se queda en invierno en este pueblo de 12 casas con dos calles -la Real y la del Puerto- y un lavadero de piedra para los vecinos. Pero ahora, en verano, vienen tres o cuatro familias, y los niños miraban fascinados el vuelo majestuoso de las águilas esperando que se lanzaran en picado a apresar una culebra. Hasta hace poco, José Gutiérrez, de 74 años, era de los que se resistían a abandonar el pueblo, al que trajeron la electricidad en 1984, aunque él se las arreglaba perfectamente sin esos adelantos, hasta el punto de que aquí vivió él solo casi tres lustros. En los buenos tiempos tenía 20 vacas y dos burros, con los que bajaba la leche al cruce de Felmin, donde la recogía un camión a una hora fija. También tenía 30 ovejas. Y ordeñaba a mano, con ayuda de su cuñado, porque no existían máquinas ni había luz. -A nosotros nos tocó lo duro -recordaba ahora este hombre, regando su pequeña huerta de cebollas y lechugas-. Es una pena que a la gente joven no le guste andar. Yo aún voy andando hasta Cármenes, nueve kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Y eso que tengo un poco de arritmia. José Gutiérrez, a quien todos llaman Pepe, pasa nueve meses en el pueblo y el resto en León. A él no le interesaba ver la tele, dijo sin soltar un solo instante la manguera amarilla ni apartarla de la misma cebolla, porque, entre otras cosas, sólo llega la primera cadena y la internacional. Lo único que le interesa es Quién sabe dónde. Lo demás, nada. -¿El fútbol tampoco? -Tampoco. -Pero usted sabe quién es Jesús Gil, ¿no es cierto? -Yo no. A ése no lo conozco, y estoy tan contento. ¿Me puede pasar algo si pone eso en el periódico? -Creoque no. ¿Tiene miedo? -No ponga que estoy en la huerta. Pueden quitarme las 50.000 pesetas de pensión. Eso he oído. Que si haces tu huerta te quitan la pensión agrícola. Y mi mujer y yo vivimos de la pensión. No tenemos vicios. -¿Cómo van a quitarle la pensión? -Eso es lo que dicen por aquí. ¿Quiere una lechuga? Todo está cambiando mucho. Fíjese, hay domingos que han llegado a juntarse aquí siete coches. Trabajar de niño Junto al lavadero estaba el cuñado de Pepe, Jesús García, el mismo que le ayudó muchos años a ordeñar y ahora, con 66 años, padecía de los nervios y de los huesos. También nació aquí. Y aquí lo pusieron a trabajar a los siete años, como todos los niños. -Te ponían desde muy pequeño, a lo que se podía. A ayudar en las vacas. He trabajado todo lo que el cuerpo aguante. Se hizo sin darnos cuenta la hora de comer. Fulgencio propuso entonces llevarnos a la fonda de Juanita, en Pontedo ¿Cómo describir un lugar, y a quién lo regenta, donde las paredes huelen a lomo embuchado y chorizo casero, donde la cocinera es, al mismo tiempo segadora de monte, conferenciante de colesterol y experta en flores, plantas y toda clase de hierbas, a las que ella llama sus santos remedios? Juanita sirvió el chorizo y aconsejaba tomarse luego cien gramos de cola de caballo y otros cien de diente de león, porque eso bajaba el colesterol. Los investigadores japoneses vinieron a estos montes para llevarse espino blanco. Allí no existe. Pero se lo pusieron en los ojos, cuando deben aplicarse en el culo, y parecían pavos con moquillo. La digitalina amarilla, que hay muchísima, es venenosa, pero Juanita no sabe cómo encontró una vez un pétalo de ésos, mortal de necesidad, en el comedor de su fonda. También abunda la cicuta, ahora mismo se la enseño. Conviene conocerla. Aquí han venido los catalanes a por brazos de cicuta, porque allí, en su tierra de Cataluña, dicen que así curan la gripe y el dolor de tripas. Pero eso es para envenenar a los reyes ¿Se llevarían esos ramitos para el señor Pujol? ¡Quién sabe! Y de Valencia llegaban catedráticos a esta fonda, gente con mucho dinero, tienen campos de ciruelas. Y otros eran inspectores de Sanidad. A Juanita éstos le inspiraban mucho respeto, casi miedo. La obligaron a sacar el canario del comedor. Pero en el pasillo no quería estar el pájaro, y por eso murió. Murió por culpa de los inspectores de Sanidad, los mismos que le dicen que por ley tiene que poner alambradas en las ventanas para que no entren insectos. Son así, los inspectores ven una mosca y reculan. No se dejen nada en el plato, decía Juanita, esas patatas, la carne, la salsa, si les molesta la vejiga, tengo el santo remedio. Se llama la gabuya. Otros la llaman jabusia. Da igual. Es verde con la bolita roja. Al Rey ya se lo dieron en la clínica de Barcelona. Yo la cojo en las peñas. A los embajadores chinos no les vayas con hierbas, que lo que quieren es licor de avellana. Aunque luego les entra la melancolía. Y lloran. La última vez, los embajadores chinos vinieron con don Arcacio, de un pueblo de aquí cerca. ¿Ingleses? No me hable. Cuando volví de Oviedo de aprender un poco de inglés, porque hace falta en mi negocio, me enseñaron a decir "¡Dame las flores de tu jardín!". Es lo único que me enseñaron. Volví tartamudeando. Tartamudeaba para decir september. No me hablen de ingleses ni de esa lengua, que se escribe de una forma, se lee de otra y se pronuncia de otra distinta, a cual peor. Claro que hay una flor que es la hierba de San Juan, llamada pericón, que es la que va a curar el sida. Muy bien. No se dejen nada en el plato. ¿Se quedaron con hambre? ¿Quieren algo más? ¿Un par de huevos fritos? Otra cosa, señor dibujante, si es usted tan amable, déjeme un poco guapa, déjeme mejor que me dejó don Julio Llamazares, que dice que soy una charlatana.

Fuente: El País
  
 
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