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2/4/1995 "Castrado soy un hombre libre"    En primera persona
"No tuve una infancia desgraciada. Al revés. Aquellos años fueron los mejores años de mi vida aunque desde niño era miope y en la escuela no distinguía lo que estaba escrito en la pizarra. Pero no odiaba la escuela. Tampoco abusó nadie de mí. Nunca quise hacerme mayor. No deseaba ser adulto. Sigo siendo un niño. Pero por fin soy un niño completamente inofensivo. Tenía 12 años cuando empezó aquello. Y ha seguido siempre igual hasta que por fin me quitaron los testículos. Se lo voy a contar tal como ha sido. A las niñas les gustaba que las acariciara. Sólo me interesaban niñas. Los niños no me interesaron hasta mucho más tarde. Y bastante menos. Ellas me atraían con nueve años. De 9 a 12 años. Más mayores nunca. Las adolescentes me daban miedo. Nunca le bajé las bragas más que a niñas pequeñas. Les bajaba las bragas y las acariciaba con mis dedos y también con la lengua. Pero jamás busqué una penetración. Se lo juro. Nunca se me acusó de eso ni de actuar con violencia. Solamente las acariciaba. Y las hacía disfrutar mucho. Eso me daba placer. Y no hacíamos mal a nadie. Me lo pedían, Incluso algunas llegaban a chantajear me. Juntas o por separado. Prefería que estuvieran dos o tres juntas. Si no sigues haciéndonos eso se lo diremos a nuestros padres. Ya ve. ¿Qué habría hecho usted si le dicen eso? Cualquiera hubiera hecho lo mismo. Lo que yo hacía. Además se volvían lo cas. Me buscaba ' n. Me suplica ban que las acariciase. ¿Cuántas? Entre 20 o 30. No era difícil, Ha cía amistad con sus madres. Confiaban en mí. Y las niñas ve nían a verme a casa después de salir de la escuela. Las sentaba en mis rodillas. Hacíamos juegos. Me enseñaban sus bragas. Se las bajaban. Se las quitaban. No eran tan inocentes. ¿Quién hay que sea inocente? Luego crecían y desaparecían. Nunca he seguido sus vidas. Ni siquiera me he interesado cuando me han pilla do. Cuando ha habido un juicio. He preferido no saber nada.Cuando me detenía la policía me ponía muy nervioso. Confesaba enseguida. Me daban un papel y yo firmaba. Firmaba incluso en blanco. Lo rellenaban ellos. Lo único que quería evitar que las niñas testificaran. Por ellas. Y por mí. Por cobardía. Me pasé 23 años entrando y saliendo de la cárcel. Las primeras veces aún pude seguir trabajando. Era minero. Pero luego resultó imposible. Cerraban las minas. Era aquella época. Y sobraba gente. Vida en prisión Me soltaban y en cuanto estaba en libertad volvía a hacerlo. Hasta que me pillaban otra vez. Y otra vez a prisión. Los que estamos encerrados por estos delitos despertamos mucho odio. En cuanto pueden te mean en el té. Y te hacen toda clase de perrerías. Me decían que había sangre con sida en la comida que acababa de tragarme. Y que por mucho que vomitara ya era tarde. Los psiquiatras y los psicólogos me atormentaban. ¿Se imagina la ira de, los padres de esas criaturas? ¿El daño que ha hecho a esas criaturas? ¿El futuro que les espera a esos niños y niñas de los que ha abusado sexualmente? Sepa que usted no se curará nunca. Volverán a sacarlo y volverá a lo mismo'. Así un día y otro. Años oyendo el mismo discurso. Me llenaban la cabeza de mierda. Y yo les preguntaba qué se podía hacer. Nada. Yo era así. En cuanto saliera a la calle eso sería lo primero que haría. Como le pasa al 60% de los que están en mí caso. Volvemos a hacerlo. Es más fuerte que nosotros mismos. Hasta que una de tantas veces vez me dije que ya estaba bien. Quería acabar con eso.. Estaba harto de que me trataran como a un animal. De que me dijeran que no había solución. La única posibilidad de resolver el problema era castrándome. Muy bien. Que me castren. Cuanto antes mejor. Que se queden con mis testículos. ¡Adelante! ¡Mañana mismo! ¿Y sabe lo que me dijeron? Que no era posible. La ley no autoriza una mutilación tan bárbara. En Alemania sí. En Estados Unidos sí. En Inglaterra no. Es un acto bárbaro y cruel. ¿Qué puedo hacer? ¿No es más cruel lo que yo hago a esos niños? Dicen que no voy a dejar de hacerlo nunca y no me castran porque la ley lo prohíbe. ¿En qué quedamos? ¿Tendré que arrancarme yo mismo los cojones? Escribí al primer ministro, John Major. Y al líder de la oposición. Les pedí que autorizaran a un médico para que me castrara quirúrgicamente. Yo no quería la castración química. Esa es reversible. Es un engaño. Es como taparte una mancha con la barba. Yo no quería casarme. Ni tener hijos. Yo quería un reme, dio para siempre. Algo definitivo. Quería vivir tranquilo cuando me soltaran. Vivir sin miedo de hacerlo ni una sola vez. Habían envenenado mi mente repitiendo que seguiría siendo un corruptor de menores. Y yo aborrezco serlo. Quería imponer de una vez mis condiciones. Cambiar los papeles. Quería la solución. Pero los políticos no me contestaban. Y los psiquiatras seguían atormentándome. Semanas de horror Por eso tomé yo mismo la decisión. Yo mismo me castraría. Sin ayuda de nadie. Solo. Y un día me anudé una cuerda a los huevos. Y por el otro extremo até esa cuerda al lavabo de la celda. Tomé fuerzas. Y empecé a tirar. Era muy doloroso. Yo quería arrancarme los huevos. Reventarlos allí mismo. Y mientras me daba esos tirones se me aparecía el médico de la cárcel preguntándome, como tantas veces, ¿se castraría usted si los abusos sexuales no fueran delito? La misma pregunta una y otra vez. Y yo le decía siempre que no. No. Si no fuera delito no era preciso que me castraran. ¿Para qué? ¿No es una pregunta de idiotas? Hasta que me caí sin conocimiento y me llevaron sangrando al hospital. Los testículos se me hincharon como melones. Me tuvieron que dar morfina y antibióticos durante tres semanas. Tres semanas de horror. Luego me devolvieron a la cárcel. Pero ya lo había tomado mi decisión. Pensaba suicidarme. Lo intenté dos veces. Si esos políticos querían verme muerto en lugar de operarme me verían muerto. TqLmbién me puse en huelga de hambre. Estuve sin comer 42 días. Nadie se interesó por mí. Ni dentro ni fuera de la cárcel. ¿La familia? Mis padres habían muerto hacía varios años. Mi hermano no contestó. Ni entonces ni ahora, que ya me han castrado, quiso saber nada de mí. Tengo su teléfono. Le llamo. Hay un contestador. Reconozco su voz. Le digo que quiero verle. Que ya está todo resuelto. Y él nunca me dice nada. En la televisión supieron lo que me pasaba. Lo que yo pedía y no me daban. Eso me ayudó mucho. Lo expliqué tapándome la cara ante las cámaras para que no se me reconociera. Los vecinos quieren que me largue de aquí. Pero gracias a la prensa salió un médico de una pequeña clínica de Hove, en Sussex, ofreciéndose a castrarme si le autorizaban. A castrarme gratis. Yo no puedo pagar las 2.000 libras que cuesta que le corten a uno los cojones. Así que al cabo de casi seis años de lucha por conseguirlo llegó el momento tan ansiado. Entré sin ningún miedo en el quirófano. Fíjese bien, y no deje nada que pueda ser un peligro, le pedí al doctor Royle. No quiero volver a eyacular. Cuado me dieron de alta a los 10 días quise asegurarme de que habíamos logrado lo que nos proponíamos. Empecé a masturbarme como cuando tocaba a aquellas niñas y salía corriendo de la habitación para que ellas no me vieran eyacular. Trataba de masturbarme ahora ya sin testículos pensando en ellas. Recurrí a todas las fantasías de tantos años. Una detrás de otra desfilaron por mi memoria. Y nada. No notaba absolutamente nada. El miembro era una cosa muerta. Completamente inútil. No lograba una erección hiciera lo que hiciera. No reaccionaba. Y así estuve una hora y media temeroso de que despertara. Le pedía a Dios que no despertara nunca. Que me ayudara. Hasta que grité: ¡Ya está! ¡Por fin lo he conseguido! ¡No puedo! ¡Estoy castrado! Últimamente ni siquiera cuando tengo muchas ganas de orinar experimento la mínima erección. Un éxito. Y aunque no puedo decir que esto me haya traído la felicidad. al menos le aseguro que ahora vivo en paz. Por fin soy libre. Falta de deseo En mi cabeza ya. no tienen ningún lugar aquellas criaturas. No las deseo. Los niños han desaparecido sexualmente de mi vida. Ni siquiera comprendo cómo puede existir el placer sexual. Comprendo que existe para que los seres humanos se reproduzcan. ¡Ojalá me hubieran hecho esta operación hace 30 años! No deseaba el cuerpo de una mujer. Ni siquiera el cuerpo de un hombre. Unicamente me atraían los cuerpos de esos niños. En mi caso lo mejor habría sido nacer sin órganos sexuales. Ya ha pasado un año y medio. Estoy en libertad. No van a meterme más veces en la cárcel. Tampoco me han salido tetas. Me asustaron diciéndome que a veces te salen pechos de mujer. Lo único que siento es que de pronto me entra mucho frío en el cuerpo. Y de pronto empiezo a sudar. Pero ¿qué es eso en comparación con todo lo otro? Fue una verdadera lástima no haber nacido así. Un funcionario de prisiones ha dicho que él me conoce muy bien y que a mí no tenían ninguna necesidad de cortarme los cojones sino los dedos y la lengua. Que mientras tenga dedos y lengua sigo siendo un peligro público. Que diga lo que quiera. También hay otros que dicen que ahora me voy a volver loco. Prefiero la locura y ser libre. Mire lo que dice de mí el doctor Ruseell W. Reid en esta carta. Tengo que enseñar la carta cuando quieren tirarme los vecinos de esta casa. Y cuando apartan a sus niños si me ven acercarme. Por favor lea la carta. Aquí dice que desde que he sido castrado quirúrgicamente ya no tengo deseos sexuales y no represento peligro alguno para ninguna persona en general, ni para ningún niño en particular. Según el doctor Reid, que es especialista del Departamento de Psiquiatría del Hospital Hillingdon, estoy curado."

Fuente: El País
  
 
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