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10/1/1993 Diario de un mirón   
La radio dice que ha muerto el escritor Juan Benet a los 65 años. Un tumor cerebral.Me acerco a su casa a primera hora de la tarde. En la calle de Pisuerga hay cables y micrófonos hambrientos de imagen y sonido. Subo los cuatro peldaños hasta la puerta del chalé, que está en El Viso. Llamo al timbre. Abre un hijo de Benet, idéntico al padre aunque sin bigote y con el pelo oscuro. Todo está oscuro. Le digo lo que suele decirse en estos casos. Que debe consolarnos saber que aparentemente sufrió muy poco. Al fondo del vestíbulo veo una pared con libros y al lado hay cuatro personas sentadas a contraluz, inclinadas sobre las tazas de café, en silencio. "¿Te apetece un café?", me ofrece el hijo. Se lo agradezco, pero prefiero marcharme a casa y leer unas páginas de su padre. Lo entiende. Ya en la puerta le pregunto: "¿Tú también escribes?". "No, yo excavo", contesta haciendo el gesto de sacar tierra con las manos, . como si preparase la fosa de su padre. Fuera, me aborda una de las reporteras abrazada todavía a su micrófono: "¿Han dicho si lo van a incinerar?". Hoy leo lo que dicen de él sus amigos escritores. El epitafio de Vicent es magnífico: "Escribía a pico escalando siempre la pared norte de sí mismo". Mendoza recuerda el final de una sorprendente conferencia de Benet: "SI Dios existiera, habría de ser forzosamente malvado". Y Chamorro cree que perteneció "a esa estirpe que se esfuma antes de ser cogida en falta" .Voy a Casa Ciriaco, en la calle Mayor. Hoy tienen cocido. Me sientan a una mesa pegada a la pared, de espaldas a una anciana y su hija, y de cara al pintor Eduardo Arroyo y su madre. Arroyo lleva una gorra de visera en la mano y al entrar mira de tal forma que el camarero ha creído que buscaba el lavabo. En realidad buscaba a su madre. Cuando estuve con Arroyo en París hace unos meses no pintaba nada. Se había lesionado una pierna. Se dedicaba a comprar fetiches para su colección de boxeo, a leer y a escribir. Ahora, me dice, va a volver a pintar como un bárbaro tan pronto llegue a París. Vuelve a su mesa, y se sienta a esperar a su madre. La otra madre, la que tengo detrás, le pregunta a su hija: "¿Crees que debo tomar el cocido?". La hija le pregunta a su madre: "¿Todavía te duele la muela?". Por fin entra la madre de Arroyo. Es muy alta. Lleva abrigo de visón, pantalones negros, bolso negro, gafas negras y pelo negro. Dice que hace más frío que ayer. Parece un retrato de Arroyo. Piden guisantes con jamón y beben vino rosado. Mientras tanto, la señora de atrás se impacienta y levanta la voz: "¿Crees que las costillitas de cordero me sentarán mejor que el cocido?". La hija suspira. No puede más: "¡Mamá, no sé lo que te sentará mejor!". Me encuentro en la gloria, tan bien acompañado y al mismo tiempo solo .Día de Reyes. No son magos. Son brujos. Cabalgan por el mar en buque petrolero. Beben gasolina, naturalmente sin plomo, y flotan panza arriba. La tragedia tiene un solo acto: el helicóptero rescata a los marineros griegos y filipinos y luego el barco se parte en dos. Los tres reyes que antes dejaban carbón si eras malo ahora dejan crudo porque todos somos muy buenos. Ayer fui al Monte de Piedad. "Ya reconocerá la cola de empeños", dice un ordenanza indicando la primera planta. La cola es inconfundible, con estacas niqueladas y cordones de seda en zigzag. Así la gente que empeña sus tesoros adquiere la apariencia de un pelotón de fusilamiento contra el mostrador de los peritos. En una caja ya van por el número 403, en otra por el 308. No son más que las 12.30. Pasarán del millar esta misma mañana de crisis. Observo a los peritos. Tasan objetos de todas clases: cubiertos de plata, fruteros, juegos de café, cadenas de oro, sortijas, pulseras, medallas, collares y broches. Hay una mujer triste y elegante con tres bandejas de plata en una bolsa de plástico. Pero a casi todo el mundo, las cosas le caben en una sola mano. Es curioso: la cola avanza con el puño cerrado. La peritación es rápida. De 15 a 20 minutos. Los expertos no se distraen, aunque algunas parejas, porque también acuden matrimonios, dejen sentado al niño en el mostrador como si también desearan pignorarlo. Los clientes ponen cara de impaciencia. El director, Teodoro Sánchez, dice que diciembre fue estupendo. Siempre es un mes bueno. Pero este año aún mejor. Me dan una hoja informativa. Explica que los tasadores del Monte de Piedad hacen su trabajo "con carácter objetivo" y "basándose en las características de la mercancía". El préstamo es instantáneo sobre el 70% del valor de la tasación. Si al año no vienen a rescatar el objeto, pagando los intereses, éste va directo a la subasta. Pero estos casos sólo representan un 3% de todas las operaciones, según este papel. Un joven motorista acaba de empeñar nueve anillos de oro que ha sacado de los bolsillos con cremallera de su cazadora de piel. Se queja porque le han tasado por la mitad de] valor de venta. "¿Qué le voy a hacer? Salgo del apuro, que es lo que cuenta". El joven se cala el casco y salta por encima de un mendigo que come desperdicios a las puertas de estas arcas de misericordia .Desde hace tiempo quería reunirme con el director de cine Gonzalo Suárez. Quedamos a cenar en Torrelodones. Nos acompaña su hija Silvia. Tengo la impresión de que es su mano derecha. Pero me extraña que, a su lado, una mujer tan preciosa y tan dulce no esté en sus películas. No me atrevo a preguntarle si tiene miedo a la cámara o a quien dirige. Este hombre con las barbas grandes, la cabeza gorda y el cigarro puro ahumándole los bigotes me recuerda a Orson Welles. Supongo que él lo sabe y que le gusta. Suárez ha estado trabajando en Sevilla con El Loco de la Colina, lo cual es una chifladura de la que necesita salir pronto. Ya han hecho 70 entrevistas de una hora con un tratamiento muy cinematográfico. Suárez está satisfecho, pero aún les queda la mitad. Se ha cansado. Desfilan toda clase de personajes: psicóticos, alcohólicos, Anguita, Pepe Arranz, un ex boxeador que trabaja en EL PAÍS, Gil y Gil, un antropófago superviviente de la tragedia aérea de los Andes (se comió al piloto), y un montón de gente, aunque, de momento, no lograron traer a Fidel Castro, y nadie del Gobierno central se ha dignado salir del manicomio del poder sin la camisa de fuerza. El tema de estas entrevistas es la condición humana. Suárez coloca a Quintero en el despacho de un detective, sentado a una mesa, lo cual permite que éste tenga siempre sus papeles a la vista. El Loco de la Colina, dice Suárez, se vuelve cuerdo si no lee. Entretanto, Gonzalo Suárez no puede acabarse el entrecó y lo aparta a un lado. Enciende el puro y pide un whisky y un café. "Lo que quiero es irme cuanto antes a Berlín a terminar el rodaje de El detective y la muerte . Cuando acabe eso, ya tengo pensada otra película sobre la vida de un cantante italiano castrado, que es una historia maravillosa. Y luego...". Suárez siempre quiere hacer algo después de lo que está haciendo. Esto le mantiene joven y combativo. El otro día le pararon por la calle los testigos de Jehová. Le dijeron que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina. "¿Y qué?", dijo él. "Apostemos algo a que no es así. Siempre ganaré yo. Si no se acaba el mundo cobro la apuesta. Y si se acaba no me dará tiempo para pagárosla". De repente, el director de cine suelta una frase lapidaria: "Todo lo que pretendo es darle a la imagen la cadencia de la música y de la escritura". Después me cuenta que siempre le fascinó la obra de Freud. Dice que empezó a leerlo a los 10 años como si fuera un autor del género de aventuras. No sé si creerle. Le pregunto a qué actores y actrices -vivos o muertos- le gustaría dirigir en una película imaginaria. Sabe perfectamente cuáles son. Pero le cuesta recordar los nombres: Jean Gabin, Montgomery Clift, Gérard Depardieu, Rosana Arquett, Audrey Hepburn... ¿Ningún español? "Claro, también hay algunos. Rabal, Banderas, Charo López... ". Suárez se da golpes en la frente. Está contrariado. Dice: "Se me escapan los nombres. No tengo memoria". Y yo le digo: "Es mejor tener sueños".

Fuente: El País
  
 
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