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13/5/1992 Más horror   
Lo amarraron a la silla . Después tuvieron que desatarlo. Dos horas más tarde lo ataron definitivamente y lo gasearon. El condenado, un hombre de 39 años de raza blanca, giró la cabeza hacia la familia de su víctima asesinada 14 años antes, e hizo un gesto afirmativo con el que parecía desear buen provecho a los comensales de la matanza. Mientras sufría una agonía de nueve minutos, que algunos consideran demasiado larga, una cámara de vídeo grabó en directo los pormenores de la ejecución (incluidos los acústicos) a fin de que un equipo de expertos determine si la aniquilación con vapores venenosos de cianuro, en uso en la prisión de San Quintín, es cruel o humanitaria. En el primer supuesto, las autoridades de California y las de otros Estados tal vez adopten la moderna inyección letal como sistema generalizado de exterminio para los 2.000 condenados que aguardan al verdugo, pues la horca, el fusilamiento o la parrilla eléctrica empiezan a tener mala prensa. En el segundo supuesto, es decir, si el vídeo no llega a poner los pelos de punta a los expertos, la actual polémica morirá -y nunca mejor dicho- por sí misma, ya que el debate actual en Estados Unidos no atañe al fin propuesto (matar al prójimo) sino solamente al medio para alcanzarlo. "Con la guadaña todos bailamos igual, seas un rey o un basurero", habían sido sus últimas palabras. Dos días después, precisamente un basurero, y no un rey, corría la misma suerte en Tejas, donde le suministraron la inyección que le produjo la muerte en nueve minutos, sin contar los 40 que tardó el matarife en encontrarle la vena. Este hombre, de 35 años, no pronunció una frase lapidaria. Como postre había pedido un helado, que empezó a comerse derretido en presencia del verdugo y sin cámara de vídeo.

Fuente: El País
  
 
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