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2/8/1992 Entrevista de Ignacio Carrión a Fernando Rey    Fin de semana
Eran las 11.30 de la mañana. El Mercedes de Fernando Rey se aproximó al chiringuito La Isla, en la playa de Miño. Al verlo, Jorge Varela, de 11 años, abrió impaciente la sombrilla. Después dijo: "Don Fernando dejará a su familia en la orilla y luego vendrá aquí a tomarse una cerveza y un trozo de empanada. La primera vez que le vi no podía creerlo. Era don Quijote sin la armadura. Tenía la voz de don Quijote.. Miraba como don Quijote. La única diferencia es que ahora está más gordo y lleva la barba más corta". En efecto, Fernando Rey bajó ceremoniosamente del coche con su mujer, su hija y sus nietas. Cerró con cuidado las portezuelas. Miró con orgullo el automóvil volviendo la cabeza un par de veces. "Es mío", parecía pensar. Y avanzaba erguido con un punto de involuntaria altivez y el gesto de patriarca que hubiera exigido el rodaje de una escena familiar. Después se dirigió a la orilla, y dio unos pasos por allí. Poco más tarde, cuando nos pusimos a charlar ante la cerveza y la empanada gallega, ratifiqué la primera impresión que me había producido: este hombre interpretaba fielmente a un personaje llamado Fernando Rey, siguiendo las órdenes de un director invisible que se comunicaba secretamente con él: "Ahora, Fernando, camina por la orilla con la cabeza baja, mirando fijamente la arena". Y él caminaba así hasta recibir la indicación siguiente. "Ahora, Fernando, ya puedes hablar de tu infancia en La Coruña". Y entonces recordaba su infancia y decía que Guísamo, el mismo pueblo donde había alquilado una casa todo el verano, era el lugar donde llevaban a los niños coruñeses a engordar. Si estabas enclenque el médico no daba opción: "Hay que llevarlo una temporada a Guísamo, que es el mejor sitio para refórzarlo". Te llevaban al pueblo y te pesaban una vez a la semana, con mucha solemnidad. Hasta que decían: "Sí, el niño ha engordado un poco. Ya puede volver a la ciudad". Pero ninguna ciudad poseía el encanto de estos pueblos de Galicia, decía Rey, porque son pueblos de playa y de huerta. "Vuelves de la playa a casa y comes lo que se cría en la huerta. Cebollas, patatas, repollo, tomates. Comes de la huerta y siesteas en la casa luego de comer, sin pasar calor. Con los años, el calor se hace insportable. Por eso Fernando Rey había vendido su apartamento de Ibiza. Había regresado a Galicia, su tierra, al cabo de 17 años de ausencia. Y esta vuelta a los orígenes no sólo le parecía un inesperado descubrimiento del presente sino que también suponía un relámpago luminoso en lo más oscuro de su memoria. Y ahora, aquella voz le 'acuciaba: "¿Por qué no cuentas la historia de Quiquita?"'. Contó, pues, la historia de Quiquita, su ama seca, la mujer que le iba a desvelar los secretos más insospechados del sexo. Porque con su ama Quiquita no había, tabúes. Se establecía una comunicación excepcionalmente sincera, cruda y a Ia vez tierna. "Quiquita era oronda y morena. Era muy graciosa y picante. Yo la quería con toda la pasión infantil, que es mucha. Y un día conoció a un legionario de esos con las patillas en forma de hacha, y se casó con él. Y desapareció, lógicamente". Pero también existían las otras amas, las de leche. Madres solteras o esposas de marineros que se embarcaban durante meses. Entonces, las familias burguesas -como la de Fernando Rey- podían contratarlas una larga temporada para criar niños ricos cuyas madres ocultaban sus pechos inservibles. Y a diferencia de las amas secas, las amas de leche eran dulces y resignadas. De pronto sonaron las doce campanadas por los altavoces de la Cruz Roja. Y esas campanadas llegan al otro extremo de la playa de Miño, larga y abierta. Unas notas melífluas de los gaiteros precedieron el mensa e de un edil, que saludaba a los bañistas, primero en inglés y luego en gallego. A cambio de desearles un feliz día les suplicaba no ensuciar la hermosa playa. Fernando Rey continuó paseando con los pantalones remangados para no mojárselos. "¿Por qué no hablo de aquel encuentro con Franco mientras mi padre, condenado a muerte por el Caudillo, se pudría en la prisión militar de Valencia? Sí, voy a contar esto pero sin olvidar que soy un hombre de 75 años que recuerda sin amargura y sin rencor. Porque todos han desaparecido hace mucho tiempo, y pronto me tocará seguirles". Las palabras del actor recreaban a la perfección aquella escena vivida en el palacio de El Pardo una tarde de finales de los anos cuarenta. "A Franco le gustaba el cine. Tenía la costumbre de llamar al director y a los primeros actores cuando se proyectaba una película en el palacio. Luego de la proyección, a la que también asistían doña Carmen y Carmencita, se servía un té. Y al cabo de un rato aquella extraña audiencia terminaba y te encontrabas de nuevo en la calle, muy confuso, preguntándote qué había su cedido momentos antes. En aquella ocasión se proyectaba La reina santa, dirigida por Rafael Gil. Yo era el galán, así que me tocó acudir. Y cuando anunciaron que entraba Franco en la sala, nos pusimos de pie y él vino derecho a mí. Me cogió de las manos y mientras me las estrechaba me preguntó: '¿Cómo sigue su padre, Fernando? ¿qué tal le va?". No sé lo que le contesté a Franco. Seguramente balbuceé unas palabras incomprensibles porque mi padre seguía encerrado en la prisión militar de Valencia, durante meses le despertaban de madrugada haciéndole creer que lo iban a fusilar. Se vestía. Lo sacaban al patio. Y luego volvían a meterlo en la celda. Pero Franco movía la cabeza con un gesto de contrariedad. Su expresión era la que pone un padre cuando el niño hace una travesura y no hay más remedio que castigarle. '¡Qué pena! ¡Fue una lástima que su padre no hubiera estado con nosotros, de nuestro lado!', dijo el Generalísimo. Y tomó asiento para ver la película". Ahora, 50 años después de aquella escena, Fernando la recordaba y alzó la cabeza con -un leve temblor. Le brillaban los ojos. Pero el director le exigía que mantuviera el control: "Ni una lágrima. Ahora debes reconstruir la otra escena en el locutorio de Monteolivete". Y empezó a relatarla: "Mi padre llegó a general (el general Casado) y fue ayudante de Azaña. Al parecer Franco lo admiraba porque mi padre era un buen militar y él admiraba a los buenos profesionales. Tal vez sólo por eso no lo mató. Pero mi madre iba a Valencia cada vez que la avisaban para recoger el cadáver. La avisaban: venga, que lo vamos a ejecutar mañana. Y una de tantas veces fui yo a visitarle. Y él apareció en el locutorio con un chusco en la mano, un pan del Ejército, que era de mejor calidad que el pan negro que comía la población civil. Y al acercarme él me lo dio. Me dio aquel pan que era lo único que podía darme. ¿No era un gesto maravilloso el suyo? Luego lo soltaron. Y como no tenía nada, y había perdido su carrera y su pensión, tuvo que dedicarse a vender seguros de vida, precisamente seguros de vida, una triste ironía". Pero en las entrevistas no le gustaba contar estas cosas. Las entrevistas eran siempre una repetición insufrible. Las mismas preguntas. Las mismas respuestas. Y si una vez se deslizaba un error, todos repetían el error. "Cuando tuve que promocionar la película Padre nuestro me preguntaban siempre lo mismo en los Estados Unidos. Creían. que yo había hecho el doblaje de Humphrey Bogart, lo cual no es cierto. Pero alguien lo escribió. Y los periodistas de las televisiones me pedían que imitara a Bogart, sin aceptar que les dijera que eso era mentira, que yo nunca le doblé al español. Estaban tan frustrados que al final me daban lástima y me entraban ganas de confirmar el embuste imitando a Bogart". Aunque el teatro le parecía más hermoso que el cine, también el cine era más cómodo y también le permitía al actor esos momentos de inspiración que quedaban grabados para siempre en el celuloide. En Ana Karerina ese gran momento de Greta Garbo se alcanzaba cuando iba a suicidarse y le pasaba el humo de la máquina. No eran más de 10 segundos. Pero ahí estaba la sublime inspiración. "Yo también la he vivido en Don Quijote, en esa escena en la que voy a hacer penitencia y paso con los calzones en la mano delante de la cámara. Ese es el instante". Recordaba la genialidad de Buñuel, un director infalible al poner siempre la cámara en el sitio preciso. "Por eso con Buñuel la primera toma era la buena. Era la que tenía más frescura. Favorecía la inspiración del actor. Y nunca corregía dando gritos sino en voz muy baja, para que sólo le oyeras tú. Cuando en Viridiana se me ocurrió ponerme el zapatito blanco en la escena fetichista, él lo aplaudió. Dijo que era una buena idea. Pero sólo una vez y muy medida. Había visto entera la película en su cabeza antes de rodarla. Hasta en sus menores detalles. Y luego nada podía sorprenderle. Ni siquiera el momento aquel, en El discreto encanto de la burguesía, cuando yo me metía debajo de una mesa y desde allí agarraba un filete. La escena hizo reventar de risa al plató entero, menos a Buñuel, que no se rió. Las risas le aterraban. Dijo que así no. Quería lograr una comicidad superior, sin estruendos y sin provocar carcajadas". Después de su muerte, Buñuel le acompañaba casi más que antes y resucitaba en cualquier conversación. "Hoy, nuestra relación es como de muerte más que de vida. Porque él me contrató la primera vez al ver cómo hacía yo de muerto en una película. Dijo: Fernando Rey es un buen actor que parece un muerto de verdad, comunica la sensación de la muerte cuando hace de muerto. Fellini, en cambio, dice que tengo cara de cine mudo. Cuando me ve me toca la cara y me repite siempre que mi cara es de cine mudo. Lo cierto es que un actor nunca es él, tal como él se ve y se siente, sino lo que de él ven y sienten los demás". Camino de Betanzos, donde aquel sábado comeríamos la sabrosa tortilla de patatas sin cuajar, Fernando Rey recordaba una discusión religiosa de Buñuel con un dominico. El dominico la zanjó así: "Mire, Buñuel, yo creo en Dios y no le digo más". Y Buñuel replicó: "Perfectamente, y yo creo en el misterio, y tampoco le digo más". También Rey creía en el misterio y poco más, a sabiendas de que ello no hacía demasiado fácil su trayecto hacia la muerte. Y Buñuel aparecía de nuevo, ahora sentado en su casa alquilada de Guísamo, cerca de las vías del tren: "Era prodigioso aquel cerebro. Siempre estaba en acción. Hasta el último instante, cuando estaba ciego y sin poder moverse de la cama. ¿Qué cosas pasarían por su cabeza en aquellos momentos? Un día, cuando su mujer fue a verle al hospital le sujetó la cabeza y él trataba de mirarla sin verla, pero la sentía allí. Y como quien no dice nada, como quien advierte que va a estornudar, exclamó: ¡Ahora sí, ahora me muero!, y se murió como lo hubiera hecho el personaje de una de sus películas". Faltaba rodar la segunda parte de El Quijote. Y le daba pereza. Otra vez tendría que perder 10 kilos. Tendría que dejarse crecer las barbas. Tendría que ir al gimnasio y ponerse en forma. Pero valdría la pena. Estaba seguro de que valdría la pena ese esfuerzo, el último quizá de su larga carrera. "Espero no tener que montar a ese Rocinante de 800 kilos al que daban Valium para que no me coceara. Se comía hasta el aire. Era muy canalla. Me odiaba. No era como el otro, el viejo Rocinante de Rivelles. Aquél estaba hecho un asco. Lo recuerdo muy bien. Y aún lo querían más miserable y le daban purgantes para que adelgazara. Se cagaba a todas horas". En esta última parte de la historia, don Quijote iba a morir abrazado a su fracaso. También esa escena era un reto para el actor Fernando Rey: "En el cine ya he muerto muchas veces. De muchas maneras. Y en la realidad he visto morir a un par de personas. Sé cómo es ese espectáculo. Es demasiado grotesco para llevarlo al cine. Pero cuando me toque morir en esta ocasión, dentro de un personaje tan mío, será como la muerte de verdad. Y sentiré que es mi propia muerte".

Fuente: El País
  
 
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