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29/3/1992 Entrevista de Ignacio Carrión a Fernando Arrabal    Fin de semana
Era sábado. Habían sentado a Fernando Arrabal al final de una larga mesa en el Palais Chaillot. Tenía la expresión maliciosa de Judas en la Ultima Cena. Entre los doce apóstoles invitados al coloquio sobre Las tribus o Europa estaban Semprún y Savater. Esperaban con las manos juntas la llegada del mesías. Arrabal se mesaba las barbas con movimientos muy rápidos. Entonces se anunció la entrada del presidente de la República. Al paso que le marcaban sus guardaespaldas, François Mitterrand, alcanzó la tribuna y tomó asiento en el centro de sus discípulos. Hablé sin parpadear durante una hora. Hizo alguna que otra frase lapidaria: "La libertad es peligrosa y cara", dijo. Y también anunció que habíamos entrado en un periodo de desorden. En aquel momento, alguien le pasó un papel a Arrabal para que se lo hiciera llegar al conferenciante. Decía: "¡Essaiyez d'arreter!" (acaba ya), pero Arrabal, que no sólo es dramaturgo sino ajedrecista y pintor, dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo. El presidente de la República consumió el tiempo de los restantes oradores de la Tribu. Cuando se hizo la hora de comer, Arrabal salió a la calle y comentó: "Ésta ha sido mi mejor conferencia; ni siquiera la he pronunciado". A las 15.30 de aquel mismo sábado -como cada fin de semana, Arrabal recibía en su casa de la calle de Jouffroy, en el distrito 17, a un reducido grupo de amigos, contertulios habituales del último salón literario de París. Inmediatamente les informó de lo ocurrido por la mañana en el Trocadero: "No tuve oportunidad de hablar porque Mitterrand cayó en el coloquio como un pelo en la sopa". Uno era pintor. Otro poeta. Otro venía con su madre, viuda de un escritor. Otro era actor de teatro. Otro iba vestido a la inglesa y con corbata. Era filósofo. Pero no se trataba de un hombre, si se le miraba con atención, sino de una mujer. También había una profesora de la imagen manejando la cámara de vídeo. La esposa de Arrabal, que es profesora de literatura en la Sorbona, delataba su condición por estar sirviendo las botellas de champaña y las pastas de té. Aquella tarde se habían propuesto discutir sobre el mito de Don Juan. La semana próxima, dijo hablarían del hilo de la Virgen, es decir, del principio de la tela de araña, esa brizna casi invisible que el insecto lanza a una distancia de tres metros al empezar a tejerla. Así que la filósofa empezó el discurso apretándose ligeramente el nudo de la corbata, algo que acentuó la gangosidad de su francés, y Arrabal la interrumpió para felicitarla, antes que nada, por su reciente matrimonio: "Esta señora", dijo, "tiene mucho mérito al convivir con un hombre, porque yo he visto cómo estuvo a punto de matar a un individuo en un cine solamente porque tosía". La filósofa sonrió satisfecha. Mientras empezaban a hablar de Don Juan y el amor, observé los cuadros que colgaban de las paredes cubriéndolas del techo al suelo. En casi todos ellos aparecía Arrabal, pintado por el mismo Arrabal o por otros artistas. Unas veces se le veía volando. Otras, saliendo de una tumba o montando a caballo en el desierto. Una horrible cabeza de mujer no sólo tenía la apariencia de ser obra genuina de Picasso sino que además llevaba su firma. La sombra de un terrorífico garrote vil (escultura de Otero) se proyectaba hacia un hermoso ramo de flores. "¿Qué clase de mito es el mito de Don Juan cuando podemos dudar de que fuera incluso un auténtico seductor?", preguntó uno. Arrabal decía que los seductores son individuos muy bajitos y muy pequeños. En Francia, el papel de Don Juan se le asigna a actores de aspecto repulsivo. Tipos gordos y deformes, extremo que confirmó un profesional de la comedie française allí presente. Y en España, se representa Don Juan nada menos que el Día de los Difuntos, con el único propósito de reprimir y castigar al fornicador. La mujer de la cámara de vídeo se avalanzó sobre Arrabal para hacerle una toma. Arrabal proclamaba que para tener encanto y poder seducir es preciso amar la bondad. "Pero yo no amo la bondad", dijo alzando su cabeza de patricio. Luego explicó que Alcibíades necesitó cinco intentos para seducir a Sócrates, quien siempre se resistía. "Sócrates también era bajito y monstruoso. No tenía gracia. Pero hay que reconocer que poseía el encanto de amar la belleza". Los contertulios miraban embobados a Arrabal. Estaba en forma. La cosa iba muy bien. Parecían alentarle a que siguiera por ahí. Y él siguió: "¿El amor? ¿Qué es el amor más que la búsqueda de lo que no se tiene? No tenemos la perfección ni la sabiduría. Pero podría ser que el amor no fuera más que la suma de la pobreza y de la astucia. O quizá, simplemente, la búsqueda ansiosa de una carencia. Es decir, del alma". No le aplaudieron porque no es costumbre hacer esa clase de ruido en los salones literarios. Pero se sirvieron otra copa de champaña. Todos parecían de acuerdo con la conclusión de Arrabal. El amor era la búsqueda del alma, aunque el alma significa el vacío. De una esquina alguien preguntó qué valor se le da a la bondad en nuestra época. La pensadora de la corbata dijo que ninguno. "Los socialistas no hablan más que de rentabilidad y nunca de bondad". Otra mujer se refirió a las norteamericanas: "Ni siquiera las que se cuidan tanto el cuerpo lo hacen por bondad, sino para seducir y engañar". Hablaban todos a la vez con esa mezcla de sonidos que recordaba el ensayo de una orquesta cuando los músicos afinan sus instrumentos. Pero de esa confusión saltó otra pregunta: "¿Puede explicarme alguien por qué hay hombres que aman la insoportable fealdad de algunas mujeres? ¿Por qué aman lo que es horrible?". No respondió nadie y la mujer del vídeo se desprendió de la cámara y repartió unas flores de papel pintadas con las letras que, todas juntas, componían el nombre de Fernando Arrabal. Durante unos minutos, los contertulios alzaban sobre sus cabezas la flor que se les había adjudicado, y la mujer del vídeo --que resultó ser una famosa italiana- recuperó el aparato y grabó con pulso firme la escena. Luego, aquella especie de llama del Espíritu Santo se extinguió y la italiana recogió una a una las flores de papel y se las entregó con orgullo a Arrabal. El anfitrión relataba un encuentro reciente con el anciano lonesco. "¿Pesará 40 kilos? Está acabado. Tuve que meterlo yo mismo en la cama. Era incapaz de llegar por su propio pie. ¿Y su esposa? ¡Aún es más pequeñita que yo! ¡Mide la mitad!". En la gran frente de Arrabal se marcaban dos surcos verticales muy profundos. Parecían cicatrices hechas con un cuchillo. Y ensombrecían su rostro con la marca repentina y brutal de la vejez. El pintor quería saber dónde estaba un cuadro que tiempo atrás había regalado a Arrabal. Miraba las paredes y no lo veía allí. ¿Acaso no le gustaba?, preguntó. Arrabal dijo que los mejores cuadros no los cuelga. Los esconde. Y que los excepcionalmente buenos los destruye: "Me dan demasiada envidia y no soporto verlos". El pintor se puso pálido. ¿Había destrozado su lienzo? ¿Lo tendría arrinconado en el desván? Arrabal se levantó para tranquilizarle. "Un momento" dijo, "no te alarmes", y salió de la habitación. Poco después reaparecería con varios lienzos que asomaba lentamente por detrás del enorme garrote vil de Otero. Un cuadro de Topor, un Botero, el cuadro del pintor de la tertulia, una crucifixión de una pantera rosa, la silueta de una mujer dotada de un miembro viril erectó, homenaje de Roldán a Sócrates. A mi lado, un poeta llamado Trusevitch pedía fuego para su cigarrillo de picadura recién liado. -¿Escribes algo? -le pregunté. -Nada. -¿No escribe nunca? -No hago nada. -Pero al menos piensa. ¿O es que tampoco piensa? -Desgraciadamente, sí; pero espero que sea por poco tiempo. -¿Y de qué vive? -De mi mujer. Como soy un inútil estoy casado. Con Fernando Arrabal ya en la mesa, Don Juan volvió a la conversación. Pero, antes, Arrabal explicó que el poeta Michel Trusevitch era el único poeta surrealista y pirómano sin obra conocida, a menos que se considerase una obra su intento de incendiar la vivienda de André Breton. Arrabal había publicado un artículo sobre este hombre en el diario Ab c, y fue a buscarlo para que nadie tuviese la menor duda. " ¿Ha conocido alguien a un verdadero Don Juan?", repitió la pregunta. Trusevitch levantó la mano. "¡Yo he conocido a uno!", exclamó. "¿Y puedes explicar cómo era ese Don Juan?", le seguía preguntando Arrabal. "Naturalmente", dijo el pirómano, "era homosexual". Arrabal lo descartó. Nadie había conocido nunca a un verdadero Don Juan. A uno de esos tipos que necesita acostarse cada noche con una mujer distinta. Y concluyó con ese extremismo tan del gusto de los surrealistas que, a falta de pruebas, Don Juan no existe más que en la imaginación o en la Antártida. Después reveló el secreto de su amor por Gala, la esposa de Dalí. Dijo que cuando Gala ya tenía más arrugas en la cara que en sus rodillas, él le escribía una carta diaria que terminaba siempre con la misma despedida: "¡Hasta pronto, querida mía, yo te penetro, saluda de mi parte a Salvador!". Pero lo más sorprendente de la sesión no iba a ser el descubrimiento de los intentos frustrados de seducción de Arrabal, sino la confesión sexual de Jean Paul Sartre a Simone de Beauvoir poco antes de morir: "Te aseguro", le dijo, "que jamás he gozado con un orgasmo". Todos se pusieron muy tristes. Estaban desconsolados, sin champaña en las copas y, lo que era peor, sin posibilidades de localizar a un verdadero Don Juan. El sol se había ocultado. Arrabal encendió varias lámparas. Y la mujer de Picasso cobró una extraña vida de fantoche borracho a la luz de una bombilla. Al día siguiente, Arrabal esperaba sentado en un alto sofá de algún rey Luis, en el salón contiguo al de la tertulia. Sus pies colgaban ligeramente, lo cual le daba al aire dominguero de un niño columpiándose en el parque. Se puso a hablar de André Breton. Le recordaba así: "Su tertulia la celebraba en el café de los surrealistas y él llegaba siempre con una puntualidad impresionante, a las seis de la tarde. Entraba en el café y se miraba en el espejo, Se arreglaba los cabellos. Estaba muy guapo ' Como suele pasarle a muchos hombres, la edad les vuelve más atractivo. Y Breton era... precioso". Durante la mañana del domingo, Arrabal escribía una novela con el matemático Bruno Kahn, la hermana de éste y un científico del Centro Nacional de Investigaciones titulada Suite espectral, cuya acción se desarrollaba en el hotel Savoy, de Londres. Pero el manuscrito avanzaba lentamente. Ya llevaban cinco años trabajando en ese proyecto y en ocasiones Arrabal dudaba que pudieran acabarla. Hacia la hora de comer acudía a la casa un tornero llamado Benet, quien cocinaba primero algún plato suculento y jugaba después al ajedrez con Arrabal, un escritor que ahora deseaba tener el suficiente arrojo para dejar de escribir. "Espero alcanzar ese punto de sabiduría y de buen sentido en el que abandone definitivamente este oficio de las palabras", dijo sin ocultar la envidia que siente por los que fueron dotados de talento para el ajedrez, su gran pasión. Pero si dejara de escribir, ¿qué otra cosa haría este hombre? "Intentaría ser simplemente un aspirante a Sócrates. Dedicarme al mundo del bien, de la bondad y de la verdad. Renunciaría con gusto a todas estas alegrías frívolas de la carrera de escritor. He llegado a la conclusión de que escribir saca de mí los peores sentimientos. Preferiría ser un santo pagano, como creo que lo fue mi padre, al hacerme el mayor favor que un padre puede hacerle a su hijo: ser condenado a muerte y desaparecer". Dijo esto sin cambiar de postura, como si le hubieran atado al sofá, con los pies todavía colgando y con una mirada perturbadora de sabio clásico. Luego llamó a su amigo tornero para preguntarle qué cosa olía tanto. "Hoy tenemos sardinas", dijo Benet.

Fuente: El País
  
 
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