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10/10/1990 Banquete   
Intactas y humeantes sobre fuentes repletas de arroz, un centenar de cabras asadas aguardaban al ministro de Defensa y al emir de la región de Gizan, con su medio millar de notables del reino que avanzaron al encuentro de la pitanza. Había largas mesas con mantel de seda cubierto por otro mantel de plástico transparente. Las sillas estaban tapizadas de damasco. Las lámparas eran de araña y las bombillas muy potentes. El salón del palacio del emir, lujoso como un descomunal garaje de mármol, se llenó en pocos minutos. Las puertas lacadas se cerraron. Seguidamente, los invitados tomaron asiento y, sin preámbulos protocolarios, metieron mano al ganado. Fue una ruidosa competición carnívora contrarreloj sin dirigirse la palabra unos comensales a otros. Sin mirarse y sin respirar. Con los 10 dedos, si era necesario, los notables separaban las grasas de las carnes y las apretaban formando una pelota con el arroz que introducían en la boca para engullirla sin apartar su vista del ojo del animal, que es lo más sabroso y codiciado. Saciada el hambre, los invitados fueron desapareciendo silenciosos y tambaleantes. Salían a lavarse las manos en un salón contiguo y, de allí, directamente a la calle. ¿Por qué tenían tanta prisa? Uno dijo que en el momento en que el emir arroja la servilleta, el banquete se da por finalizado. Había, pues, que comer al máximo en el mínimo de tiempo. Cuando se levantó la autoridad aún quedaban abundantes restos de comida en las mesas. Entonces, por un costado del salón, irrumpió el segundo turno de invitados, no tan notables como el primero pero igualmente hambrientos y acelerados. Liquidaron todo tal como establece la tradición saudí. Alguien explicó que cuando aún sobran alimentos sobre las mesas, es costumbre llamar a las mujeres, quienes rematan la operación con más calma.

Fuente: El País
  
 
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