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24/4/2005 Cuaderno de California    A mano alzada
El funcionario de Nueva York reclamaba mis huellas dactilares y me pidió dos dedos. Los puso encima de una máquina electrónica y mientras me sacó una foto digital. En el siguiente control me ordenaron descalzarme. Lo hice sin rechistar. A un perrito que dejó de mover la cola y empezó a ladrar lo metieron en el escáner pese a las protestas de sus amos. Salió del túnel temblando y con un zapato mío en la boca. Se lo arranqué a toda prisa y corrí hasta la puerta de embarque del vuelo a Santa Ana, California. El avión iba lleno. Pero la gente parecía muy feliz. No tenías la impresión de que el país estuviera en guerra. Tampoco exteriorizaban su malestar de que el nuevo Papa no fuera norteamericano. Eso habría estado muy bien al unir estrechamente a los emperadores de la tierra y del cielo. Mi vecino de asiento, un hombre de mediana edad a quien le expuse la cuestión, dijo que tratándose de un alemán nunca sería este Pontífice un Papa de baja calidad. Al contrario. Los productos alemanes son los más apreciados del mercado. Nunca fallan. Y después añadió que él tenía un Mercedes. Me callé. Necesitaba ahorrar energías, dormir un poco en este último tramo de un viaje de más de doce horas. Pero el vecino de asiento empezó a explicarme cómo iba a ser la próxima e inevitable guerra contra Irán. Más tarde sacó un aparato electrónico de su bolsa de mano, puso un disco y vio una película de risa porque la que pasaban en el avión no le interesaba. Enseguida empezó a carcajearse. Y ya no abrió la boca ni dijo ni pío hasta que aterrizamos en el aeropuerto John Wayne, donde me esperaba mi hermano. Vive desde hace muchos años en Orange County. Le gustan los coches clásicos. Cada vez que lo visito, me recibe con un modelo distinto. Esta vez era un Chevrolet bicolor de 1956 que funcionaba como recién salido de la fábrica. Mientras nos dirigíamos hacia su casa por la autopista llamada de los millonarios (cobran el peaje electrónicamente sin necesidad de parar), yo pensaba que daba gusto circular entre los californianos, sin prisas, con mucha educación y un respeto escrupuloso a las normas de tráfico. Pensaba que si en este Estado, que tiene más vehículos que en toda España, se mataran en un fin de semana cien personas en las carreteras, probablemente le pondrían la inyección letal al gobernador y desplegarían a la Guardia Nacional. Es otro mundo. Por fin llegamos a casa de mi hermano. Mi hermano puso el canal internacional de TVE para mantenerse informado, pero cuando salió Rajoy atacando a Zapatero le supliqué que hiciera zapping. Cualquier canal basura era preferible antes que eso. Además, necesitaba alejarme de ellos. Por eso estaba aquí. Entonces vimos imágenes en las que Benedicto XVI era soldado de los ejércitos de Hitler. Daba aún más miedo. Y luego sacaron unos cuantos pelícanos a los que un delincuente que buscaba la policía les rajaba el buche para matarlos de inanición. Un portavoz de la policía dijo que será apresado, juzgado y condenado a diez años de cárcel. Pero entonces me quedé dormido porque estaba hecho polvo. Al día siguiente fuimos a desayunar a la librería Boder's, que es enorme y tiene una buena cafetería y hacen descuentos interesantes. Compré un cuaderno para tomar notas de California y un libro de Philip Roth a mitad de precio porque en California nadie compra nada como no sea a mitad de precio, o incluso menos. Era agradable desayunar en esta librería con butacas de piel donde la gente entra con el ordenador portátil y escribe en silencio. No sé lo que escriben. Pero escriben y eso te levanta la moral. De allí nos dirigimos a la oficina de Correos. Mi hermano me enseñó las nuevas máquinas electrónicas que lo hacen absolutamente todo. Ya no tienes que ir a ningún mostrador. Ni siquiera para enviar o pesar paquetes. Es algo muy revolucionario. Y pagas con la tarjeta de crédito, y te olvidas. Mi hermano conserva a sus ex novias, que no son pocas, en muy buen estado. Todas lo quieren. Y por eso cada vez que vengo a California las visitamos, una por una. Como siempre hay una que es nueva para mí, me la presenta la última a modo de colofón. Y yo le digo que ésta es la mejor, aunque todas lo fueron en su momento. En las gasolineras algunos conductores le preguntan a mi hermano si este flamante Chevrolet modelo Bel Air es del 56 o del 57. Eso es lo que más le gusta que le pregunten. Entonces él les cuenta la historia de su coche, que perteneció a una señora que al morir pidió ser enterrada en el interior del automóvil. Pero eligió en el último momento un Lancia, así que este Chevrolet se salvó por los pelos y su hijo se lo vendió a mi hermano. Al llegar a casa, mi hermano dijo que tenía que poner la tele española para ver cómo va la bronca entre la vicepresidenta del Gobierno y el Vaticano, por eso de los matrimonios gays. Bueno, por esta vez, pase, le dije. Pero si sale Zaplana, me largo a Las Vegas.

Fuente: El País
  
 
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