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4/8/1996 Bendición de la pobreza   
En Pobladura de Aliste, una aldea de Zamora perdida al otro lado de la sierra de la Culebra, Francisco Ríos de la Fuente, de 106 años, no parecía dispuesto a morir sólo por razón de su edad. -¿Aún tiene ganas de pelea? -le pregunté a Jacoba, su segunda y joven esposa de 75 años. -Pregúntele usted mismo -dijo ella. Entonces abrió la puerta y apareció la cabeza de Francisco bajo la luz de una bombilla colgada de¡ techo, con los ojos cerrados, las manos agarradas a la frazada de la cama y un resuello desesperado en el pecho. -Está claro que tiene ganas de más -dije. La mujer explicó que su marido se había roto la cadera hacía un año. La doctora Jesusa Alonso, médica rural de Sanabria, se ocupaba de él. Y una ATS venía diariamente a ponerle una inyección. Nadie, temía un desenlace funesto a corto plazo. El anciano se alimentaba bien. Consumía pocas energías. Sus constantes vitales eran perfectas. -¡Vamos, Francisco! -volvió a gritarle ella a un palmo de la oreja- ¡Habla con estos señores del periódico! ¡Diles algo! Aquella boca centenaria y aquellos párpados fielmente protegidos por dos moscas se estremecieron levemente. Su mano derecha ascendió despacio hasta la frente, como señalando el lugar donde guardaba los últimos secretos de la vida, envueltos en la memoria de su existencia. -¿Te gusta haber vivido tantos,, años? -siguió preguntándole Jacoba. -Me guste o no, los he vivido -respondió Francisco con un hilo de voz. -¿Echa algo de menos o está contento? -pregunté yo entonces. -Estoy contento. -¿Se acuerda de Cuba? -Me fui a Cuba porque decían que aquello estaba bueno. Se podía ganar dinero. -¿Y ganó mucho dinero? -Mucho, no. -¿Qué hizo en Cuba? -Descargar vagones de caña. Bastantes, años. -¿Y luego? - -Luego volví aquí. Trabajé toda mi vida en la labranza. Jacoba ahuecó los almohadones sobre los que Francisco se recostaba. Espantó las moscas que siempre regresaban al rostro del anciano: los ojos, la boca, la nariz. Y mientras hacía esto, la mujer explicó que Francisco fue un buen hombre. Muy trabajador. Muy honrado. Muy cariñoso. -¡Cuéntales a los del periódico cuando fuiste a Bilbao a buscar trabajo Y te volviste andando tú solo desde Bilbao porque no había trabajo! ¿Se lo, cuentas a los del periódico? Pero Francisco no respondió. Y entonces, su mujer cambió la pregunta por otra. -¿Pides la muerte ya, Francisco? -No pido nada. Cuando venga, viene. Y se acabó. Esta era la contestación que esperaba Jacoba. -¿Ve cómo no quiere morirse? Quiere seguir viviendo... Debíamos despedirnos. Si todo iba bien, le dije a Francisco, volveríamos a visitarle dentro de unos cuantos años. -¿De acuerdo, Francisco? Sin abrir los ojos, aunque parecía que nos estuviera viendo a través de las moscas, el anciano tendió una mano. -Años bastantes son, se amontonaron encima -dijo muy lentamente, sin interrumpirse -y como si hubiera preparado la frase para esta ocasión- Que les vaya bien y que no, tengan novedad. "Viajar sin que se nos desgaste el interés por los hombres", una frase sumamente oportuna de Elías Canetti que yo había leído, por puro azar horas antes del encuentro con aquel hombre de 106 años en Pobladura de Aliste. Porque fue en otro pueblo, y también casualmente, donde supe de su existencia. Sentados unos al lado de los otros en una misma bancada frente a la iglesia restaurada de Mahide de Aliste, siete vecinos, un hombre y seis mujeres, todos de negro (lo único blanco eran sus cabellos) se mostraron gustosos de hablar de su pueblo, del cura Marcelino, incluso de sí mismos. Ruperto González de las Delicias, de 82 años, el único hombre del grupo, tenía presente el ejemplo de longevidad de Pobladura. Lo dijo así: -Llegaré a 125 años. Si me pasa algo antes, le digo como dicen en Portugal, será a contra mia voluntade. -¿Habla idiomas? -pregunté a Ruperto. -Un poco de portugués. Estamos muy cerca. Se va usted por ahí arriba, por la cañada de tierra, y en media hora está al otro lado. No hay guardias. -¿Pasan portugueses por ahí? -Algunos pasan. Es cosa de ellos. -¿No falta trabajo aquí? -Como en todas partes. Mis dos nietos han hecho carreras. Uno, medicina. El otro, abogado. -¿Ya tienen trabajo? -Si el que estudia no se coloca, el que no estudia menos. Las seis mujeres escuchaban a Ruperto. Él era el patriarca. Se notaba que le querían. -¿Se llevan bien los vecinos? -le pregunté. -Casi todos. Aunque siempre habemos alguno falso como el apóstol. Pero médico que nos mata y cura que nos entierre no ha de faltar. -¿Qué tal el cura? -Bueno. El mejor de la contorna. Lleva varios pueblos. Y cuando no tiene nada que hacer, reúne a la gente y repara las iglesias. Es un cura albañil. Hace poco celebramos sus bodas de plata. Hicimos una fiesta. Con baile. -¿Bailó el cura? -Siemprebaila. Marcelino baila la jota. Y si toca bailar agarrao, también baila eso. Ruperto estaba viudo. Vivía solo. Pero se manejaba bien. Él mismo se cocinaba. -¿Qué comió hoy, Ruperto? -Un puré de patata con berza y tocino. Todo cocido yen la batidora. -¿Tocino? -Pues claro. Mi nieto el médico dice que es malísimo. No le hago caso, Es mi tajada preferida, el tocino. Cuando mi. nieto cumpla mis años, o sea 82, me dará lecciones. Veremos. Y bastante pan. De vino y café, ni lo pruebo. Sólo me emborraché una vez, en mi vida, cuando la guerra. Me hirieron en Navalperal. Y entonces, como se me puso la pierna muy mala, me emborraché. Ruperto González de las Delicias fue, pese al nombre tan rimbombante, obrero en el ferrocarril. Después fue labrador. Aún tiene en el corral su arado romano. Ahorra porque se lo quita de caprichos, como los vecinos. -No hemos ido nunca de veraneo. Desde que el Estado nos da una paga, a mí me llegan 65.000 pesetas, he ido a Galicia, Canarias y a Sevilla. Pero el mar no lo he visto hasta cumplidos los 4,0 años. En cambio, Florentina Domínguez Bazar, de 87 años, todavía no ha visto el mar. Y está convencida de que ya es un poco tarde. Como la mayoría de los vecinos de su generación, nunca salió de este pueblo. -Andan diciendo que van a recortar las pensiones -dijo Ruperto- Los del PSOE ya lo avisaron cuando las elecciones. Por eso estas mujeres no votaron al PP. -¿Están arrepentidas? Las mujeres se miraron como para cobsultarse qué responder. Una de ellas dijo que ahora habrá que empeñar la casa y ahorrar algo. -A mí si me dan 20 duros y me quitan uno, voy a comer igual -dijo Florentina. -¿Y si no llega? -dijo otra a su lado. -Han robado mucho. Todos. Los del PP tendrán que ir con ojo, porque si roban se les ya a pillar -añadió Ruperto-. Además, Aznar es rico. Bueno, la rica es ella, la señora. Ésa ya ha heredado. Y también es rico Matutes. Tiene fábricas en Barcelona. Y un avión privado. Ése, ése es muy rico. Ruperto González se levantó, y las seis mujeres hicieron lo mismo. Había llegado la hora del paseo. Se iban todos juntos por un camino y rodeaban el pueblo, y luego se despedían y cada cual se encerraba en su casa a ver la televisión. -A mí me gusta ver Lo que necesitas es amor -dijo Balbina Gago Domínguez, de 82 años-. Me gustaría que Jesús Puente viniera con la caravana a este pueblo. Pero ¿qué va a buscar aquí? No tenemos líos. No hay divorcios. Nadie está separado. Viudos y viudas. Nada más. -¿Ningún lío? ¿Ningún crimen? -Antes de la guerra se suicidó uno. Se ahorcó -dijo, Ruperto-. Las parejas aquí siempre van juntas. Mire, cuando me casé, el cura me dijo: esposa te doy, pero no sirve. -Hombre, le diría esposa te doy, pero no sierva... -No, no señor. El cura Marcelino conocía biena -las 180 almas de este pueblo. Marcelino Gutiérrez cumplió ya 54 años, de los que ha pasado más en lo alto de los andamios que en los bajos del altar. Nació en Toro. A los 22 años fue ordenado. Quiso largarse a Uruguay, pero al final el obispo le encomendó estos pueblos a un lado y otro de la sierra de, la Culebra. Conoció los años duros de la emigración. La gente se marchaba a Suiza. Antes se ha bían marchado a Argentina. Y antes, a Cuba. Siempre estaban marchándose, porque quedarse era morir de hambre. Y luego han re gresado con sus pensiones. Ahorros. Cansancio. -Pero viven más allá de los 90 años. ¿Qué hacen? -pregunté a Marcelino. -Trabajar. Comer lo que hay, sin pesticidas ni sulfatos. Una vida dura, pero sana. Aquel día, cuando fuimos a visitar al cura Marcelino en Mahide (atiende seis pueblos de la comarca) lo encontramos en lo alto del tejado de la vivienda propiedad del obispado. Estaba reparándolo con una pequeña cuadrilla de albañiles de la que él es uno más. -O sea, que usted es cura obrero con dos salarios, ¿me equivoco? -Bueno, cobro 100.000 pesetas por cura, incluyendo el kilometraje. Y luego, cuando reconstruimos las iglesias o esta casa, cobro como un albañil. Esto me permite comprar libros, suscribirme a, su periódico, recibir el semanario Cambio... y ahorrar un poco. -¿Por si no hay pensión cuando se jubile? -Por lo que pueda venir. El avión de la TWA se había estrellado en Nueva York poco antes de trepar al andamio, y el cura Marcelino estaba perfectamente al tanto. -¿Oye mucho la radio? -Lo justo para estar al tanto. No tengo demasiado tiempo libre. -¿En serio? ¿No ve la tele? -Casi nada. A veces una película, porque si quiero ir al cine tengo que hacer los 80 kilómetros que nos separan de Zamora. -¿No le apetecería tener una novia? -No lo he pensado. -¿Lo aceptarían los vecinos? -Si fuera formal, creo que sí. El cura Marcelino es de esos curas que podrían plantarle cara a un forajido. No era fácil imaginarlo revestido con todos los ornamentos de su oficio principal. Oficio, por otra parte, que le llevaba verdaderamente de cráneo los domingos y las llamadas fiestas de guardar. -Sin contar con los días en que algún vecino llega al siti o, que es como aquí se refieren a la tumba, mi jornada religiosa me hace celebrar seis misas. La primera, a las diez de la mañana, en Boya. La segunda, a las once, en San Pedro. La tercera, en Pobladura, a las doce. La cuarta, a la una, en Gallegos del Campo. Y aquí, en Mahide, a las dos. -Falta un pueblo, ¿no? -Sí, Flechas. En Flechas, donde sólo hay una familia, digo la misa a las cinco. -¿Procesiones? ¿Algunos exorcismos? -La del Corpus. Seis también. Es decir, once horas con alba, capa y todos esos líos... Pero entre el andamio, que le ponía más cerca del cielo, y las horas extraordinarias acumuladas de rezos y bendiciones, Marcelino ya tocaba con la punta de los dedos el paraíso eterno. -¿Apariciones? ¿Endemoniamientos o espiritismos que exijan exorcismos? -seguí preguntando al infatigable clérigo. -Apariciones, cero. Pero aquí hay creencia en las brujas. Varias veces me han pedido exorcismos porque se moría el ganado. -¿Y qué? ¿Lo rociaba en latín con agua bendita? -No. Me he negado siempre. En esos casos he avisado al veterinario. En Codesal de la Caballera, uno de los pueblos del cura Marcelino, nos detuvimos para conocer a Argimiro Crespo Pérez, extraordiriario conversador de 75 años, bisnieto de un célebre contrabandista que amasó una fortuna pasando género de Portugal a España. Pero esa fortuna serviría más tarde para que sus descendientes, dedicados ya al comercio estable, ayudaran a la prosperidad de la comarca. Argimiro regentaba en Codesal una especie de El Corte Inglés mucho antes del nacimiento de estos almacenes. Ahora lo había clausurado. -¿Por qué bajó la persiana? -pregunté a Argimiro. -Para dedicarme en cuerpo y alma a hacer recitales de mi obra, a cantar y declamar mis versos. Porque aquí donde me ve,.ya cuando hacía la mil¡ le mandaba en verso las cartas a mi novia, que luego sería mi esposa. -¿Puede recitarnos algo? ¿Cantar algo? -Sí, puedo, a pesar de que estoy herniado. Me llaman de Valladolid para que haga recitales, declino el ofrecimiento por motivos de la hernia. No obstante, voy a recitarles unas cositas de mi obra titulada Sauce llorón. Imagínenme ataviado con el traje de arriero de gala, tachonado con monedas de plata y oro. ¿Preparados? -Por favor, don Argimiro, adelante. En ese momento, debo decirlo, Alfredo, alcanzado por el poder hipnótico de Argimiro, estaba ya prácticamente desparramado sobre el mostrador del comercio, pero las primeras tonadillas del artista lo devolvieron bruscamente a Codesal de la Caballera. De allí pasaríamos a, Villardeciervos, donde en el hostal Remesal se nos sirvió la mejor carne olímpica sin pisar los Juegos de Atlanta, y esto fue dando la energía suficiente para repeler no sólo el rabioso ataque de auténticas moscas cazabombarderos, sino también, y al mismo tiempo, para entrevistar a Víctor Matellanes y su esposa, Nora, labradores en el pueblo de Cional, famoso hace años por la fabricación de cirios. -¿Ya no se hacen cirios? -No, señor. Les entró la enfermedad llamada barroasis a las abejas y se cerraron las ocho fábricas. Desde entonces esto va para abajo. Ya no hay quien lo pare. -¿Qué hacen? -Criamos cerdas. Tengo 60 madres. -¿Las cerdas, bien? -Bien, gracias a Dios. Lo del avión que se había caído aquel día al mar con todos los pasajeros también lo sabían. -Eso a nosotros no nos puede pasar. Alguna ventaja tenemos -sentenció Víctor- Yo aún no he subido a ninguno. Y ésta, tampoco. -Pero si me toca la lotería -dijo Nora-, lo primero que haré será subirme a uno. -¿Adónde volaría? -A los serbios. -¿Cómo a los serbios? ¿Quiere decir a la guerra? -Sí. Quiero ver esa guerra. Quiero ver el destrozo que han hecho. -¿No prefiere ir a una playa de ésas en el Caribe? -Eso es una guarrería. Todos desnudos. -¿Y usted, Víctor? ¿No le apetece ir a una playa donde las chicas van sin sujetador, por ejemplo? -Bah. A mis años, tajadicas y buen vino. -Usted es joven para lo que se gasta por aquí... -Bueno, 65. Ya me jubilé. Ya trabajé bastante. Primero en la vía, haciendo el tren a Galicia. Y luego de todo. Cirios. Cerdas. La mujer de Víctor, Nora, se puso a recordar los tiempos de la vía. ¿Cuándo sería eso, en el 52?, preguntaba. Más o menos. Ella tenía entonces 12 años. Y la llevaron el día que Franco iba a pasar por la vía para inaugurarla. -Lo estoy viendo como si fuera hoy. El tren casi no paró en San Pedro de las Herrerías. Venía de Galicia. Estábamos horas de pie allí. Y cuando el tren se acercó, los guardias pusieron los fusiles apuntando a la gente. Nos apuntaban con los fusiles. Franco se asomó un poco. Nada. Le dieron un ramo de flores y se fue. Fue la única vez que lo vi en mi vida. -¿O sea, que tienen ya una pensión? -Yo no -dijo Nora- El sí tiene algo, por lo de la vía. Pero nos arreglamos. Estamos acostumbrados a nada. Lo que te dan, eso te encuentras. Te llega y sobra. -¿Sobra? -Claro, si no tenemos vicios. Un poco de huerta, la matanza. Para qué más. Fíjese esa pobre Diana que le dan 90 millones cada día. Y lo flaca que está. Sufrió mucho. Hasta quiso suicidarse. -¿No se suicida nadie por aquí? -Nadie. No hay vicios ni dinero. -O sea, que ser pobre es una bendición. ¿Es eso lo que quiere decir? -Sí, creo que sí. Es una bendición ser pobres. Salimos reconfortados de Cional, donde también la iglesia estaba reconstruyéndose. Las moscas, incluso, parecían hacerse amigas nuestras, aburridas tal vez de un sabor repetido. ¿Y ahora?, pregunté a Alfredo, ¿en qué otro interior más interior podemos desembocar? Con su apacible sabiduría asturiana, Alfredo señaló hacia Portugal. No fue preciso que dijera nada más. Al cabo de media hora pasábamos por Flechas, cuyo! escasos moradores, hoscos y amargos, eran estampas vivas de la serie negra de Goya encerrados en un paspartú picoteado por las gallinas. -¿Ustedes saben por qué se llama Flechas este pueblo? -pregunté a esa especie de sagrada familia de Buñuel, también sentada en hilera sobre un tronco húmedo. -Aquí vivió el jefe de la Falange de Zamora -dijo uno con la media sonrisa bailando en una boca también medio desdentada. Por curvas de tierra y piedras subimos a Petisqueira, Portugal, sin más guardias fronterizos que una mujer y su hijo, algo deformes, despachando bebidas y silencios en la cervejaría do Río. -¿Puedo pagar con pesetas? -preguntó Alfredo a la mujer. -Puede -respondió ella, y subió al máximo el volumen del televisor, por el que se veía un novelón de España .

Fuente: El País
  
 
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