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6/10/2016 Obsolescencia humana    Septiembre

No sabía sobre qué asunto escribir cuando me llamó la atención una antigua motocicleta Guzzi-Hispania expuesta en un escaparate de una tienda de decoración al final de la Calle de la Nave. Era exactamente como una que tuve en los años sesenta.

A mis amigos y a mi nos dio por pasear por la ciudad de Valencia en aquellas máquinas un tanto diabólicas. Había calles que era preciso evitar porque sólo la humedad ambiente convertía el asfalto en pistas de patinaje. De repente notabas un peligroso zigzagueo en la rueda trasera y en menos de treinta segundos ya estabas por los suelos. La Guzzi, tan llamativa por su color rojo (todas eran rojas), iba por un lado y tú por el otro. Suplicabas al cielo dos cosas: que no viniera el trolebús pisándote los talones y que no te viera nadie que fuera conocido tuyo para ayudarte a ponerte en pie.

Aquellas trincheras de color arena que entonces estaban de moda adquirían un color lamentable de manera que cuanto antes te deshicieras de esa gabardina, más cómodo y seguro te sentías. Pasado el susto cruzabas la Calle de Colón, primero arrastrando la moto y después, ya metido en la calle, pedaleando para poner en marcha un motor tan duradero como miserable.

Hoy me pregunto cómo una cilindrada tan escasa podía llevarme a una alegre velocidad no sólo a mi sino también a la chica que se agarraba a mi cuerpo con palpitaciones un tanto sospechosas. ¿Eran las primeras expresiones de un orgasmo que probablemente no alcanzaba el clímax debido a la escasa duración del trayecto? Nunca lo sabré. Pero estoy seguro que si detrás del escaparate de la tienda de decoración hubiera reconocido a una de aquellas adolescentes – hoy septuagenaria – habría tenido el valor de entrar y preguntárselo.

En una tienda de antigüedades de la Calle de las Avellanas han puesto a la venta un sofá Chester de los que ya no se ven tapizado en piel de color granate cuyo precio no alcancé a leer desde la calle. De manera que entré en la tienda y le pregunté al vendedor no sólo el precio (una pasada) sino también sus años de garantía. “Veinticinco”, me dijo el vendedor. Y, como era joven, me miró compasivo. Debía estar pensando que a mi edad veinticinco años de garantía a partir del día de hoy era casi una burla, o más bien sin casi. Me puse a fisgonear por el interior de esta tienda pero no encontré el bastón con empuñadura de plata que siempre que ocurre algo así me entran ganas de tener a mano para incrustarle la plata en el cráneo al amable dependiente. También podría haberle preguntado acerca de la obsolescencia de esta gayata centenaria pero preferí no hacerlo, volví a la calle y me puse a pensar precisamente en esto: en la obsolescencia de este producto que es el ser humano.

Las alegres vendedoras de electrodomésticos de los grandes almacenes trataron de venderme un aspirador con quince años de garantía. Yo no pude reprimir un grito: “¡Ay! No me vengan con esto de las garantías. ¿Cree usted que puedo yo mismo ofrecer en el mejor de los casos más allá de dos o tres años de supervivencia?”

Poco, por no decir nada, reflexionamos sobre una cuestión como la obsolescencia del producto humano. Y es mejor que pensemos lo justo en ella. Es mejor olvidar por completo cuánto vamos a durar desempeñando la función para la que fuimos adquiridos. Unos quitamos el polvo y otros lo producimos.

Llegado a este punto se hizo la hora de merendar y me metí en una chocolatería (no era tal) y pedí un chocolate a la española, y el camarero (no era tal) me dijo que no le tomara el pelo porque aquello (y miró a su alrededor) sólo era una farmacia.

Hay momentos de confusión que tal vez son los mejores del día. Y si fuéramos sinceros con nosotros mismos reconoceríamos que es así, y que gracias a esta confusión cada vez más frecuente soportamos el peso de nuestra propia obsolescencia.



Fuente: Plaza
  
 
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