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26/7/2016 Entre el Brexit y el balconing    La mirada escribe
Durante una cena en el año 96 con Harold Pinter y su mujer, Antonia Frazier, la conversación se centró en cómo eran los británicos. Yo tenía la experiencia de haber pasado algunos años en Inglaterra. Un país que para cualquier europeo continental, y sobre todo Mediterráneo, era muy pedagógico. Los británicos hacían bien lo que los habitantes del resto de Europa o no hacíamos de ninguna manera o si lo intentábamos hacíamos mal. Por ejemplo: a la hora de vestir un uniforme un inglés se siente cómodo. Su identidad, tanto si es un uniforme de bombero como uno de enfermera, la refuerza. Y en el fondo, el tema al que fuimos a parar Harold Pinter (Nobel de literatura en 2005) y los demás en aquella conversación era ese, el de la identidad. Para unos se confundía con la pertenencia a un club. Para otros con un historial educativo de élite. Pero ¿y esta mayoría que ahora quiere abandonar Europa, si es que alguna vez perteneció a ella? Ya a partir de la mitad del siglo pasado se veía claro que la aspiración de cualquier inglés era seguir siendo inglés y que no lo confundieran con un alemán, lo mismo que su aspiración era y sigue siendo preservar con orgullo la institución monárquica. A la mayoría del pueblo le entusiasma ver a su reina con el disfraz de reina porque jamás imaginan a esta señora fuera del papel institucional que la historia le ha asignado. Nadie puede ser más hooligan que un auténtico hooligan de los que le parte la cabeza al adversario en un encuentro de fútbol. El prototipo de hooligan no puede ser más que un hooligan, o sea, esa criatura que vimos con espanto repartiendo mamporros a los supuestos hooligans rusos. Un ruso nunca pasará a ser más que un aspirante a hooligan. La identidad de una buena parte de los seguidores de fútbol en Gran Bretaña se vería disminuida si el hooligan perdiera las cualidades que le distinguen y le hacen tan temible. Ya tenemos aquí un año más en este verano caluroso a esos jóvenes británicos que practican el balconing. Por mucho que se intente controlar en los hoteles esa práctica casi suicida de los llamados a volar y a estamparse metros abajo en una piscina o en sus inmediaciones (no todos aciertan), los entusiastas de este nuevo deporte seguirán desafiando no solo la ley de la gravedad sino también la del sentido común. Recuerdo un hotel en Palma de Mallorca donde la clientela, casi exclusivamente británica, solo era admitida si tenía menos de 28 años. Un conserje nocturno se frotaba las manos cuando al atardecer los clientes asumían el protagonismo de personajes inquietantes. Había uno disfrazado de Supermán que iba a la caza de aventuras planeando en torno al mismo hotel. El conserje trataba de disuadirle. Era inútil, y un día tras otro se sumaba al anecdotario de la vida secreta del hotel que este conserje acabó convirtiendo en un libro tremendamente cómico. El Hotel 28 llegó a ser famoso por las excentricidades y salvajadas de sus veinteañeros. Tenía razón Harold Pinter cuando apuntó que la Inglaterra clásica que yo recordaba con nostalgia se había transformado en una nueva nación y que la ola europeísta había arrasado con aquellas diferencias de clases, acentos y privilegios. Aún así, creo que la identidad del británico se sustenta en una estudiada diferencia, un verdadero culto a su singularidad con respecto a otros pueblos. Conducir por la izquierda puede resultar peligroso para quien no siendo inglés está acostumbrado a conducir por la derecha. Los ingleses estarían dispuestos a convencer al mundo de las ventajas de su propio sistema. Cuando no consiguen producir esos cambios fuera de sus islas renuncian a pertenecer a una colectividad más homogénea. Lo cual me produce una gran fascinación a la vez que un profundo desconcierto. Varios años después de vivir en un pequeño pueblo del condado de Cambridge supe que en ese lugar totalmente anodino vivía el mayor experto en la mosca pirinaica. Lo oí hablar por la BBC de esa mosca con gran entusiasmo y unos conocimientos y un dominio de la materia que me dejaron asombrado. Yo había pasado por la puerta de su casa infinidad de veces y nada hacía sospechar que detrás de ella viviera un sabio. Mostrar siempre un perfil bajo es una de las características del inglés que yo recuerdo de otros tiempos. Sólo estallidos esporádicos de ciertos grupos rebeldes llegan a convencerte de que las cosas cambiaron hace tiempo.

Fuente: Plaza
  
 
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