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17/8/1997 Las pirámides. Desde la joroba de 'Moisés'    Placeres y torturas del verano
A la derecha se veía la gran mezquita del profeta McDonald's y los minaretes de Wimpy. A la izquierda se identificaban los primeros mausoleos de Kentucky Fried Chicken y el majestuoso sarcófago de Pizza Hut. Pero al frente, más allá del rugido de un tráfico caótico y humeante, sin patrocinador ni franquicia conocidos, nos esperaban las auténticas pirámides de Egipto, una de las siete maravillas del universo. Los guías locales, grandes instigadores de escenas faraónicas, aseguraban que la visión repentina de las tres moles de piedra, que juntas pesan seis millones de toneladas, podía precipitar a los recién llegados a un ataque colectivo de éxtasis turístico fuera de programa, con emisión de espumarajos y convulsiones corporales. Decían que el impacto emocional después de un largo viaje desde Europa o América resultaba tan incontrolable y peligroso que aconsejaban calma, respirar hondo y vaciarse de todo nerviosismo hasta quedar reducidos a la condición de momias. Pero una cosa eran las profecías y otra bien distinta los hechos encargados de contradecirlas. El crepúsculo fue vertiginoso. De un solo bocado, la oscuridad se tragó los 2,5 millones de pedruscos funerarios antes, incluso, de poder echarles un vistazo. Al entrar en Giza, las pirámides no eran ya más que unos mastodontes dormidos en la penumbra. Pero esto no debía ser un motivo de decepción para nadie. Los conserjes de los hoteles esperaban a los grupos con las entradas en la mano para asistir, por sólo 33 libras egipcias (1.200 pesetas), al deslumbrante espectáculo Luz y sonid o en las pirámides, que tanto gusta a la humanidad. Gracias a las más avanzadas perversiones tecnológicas, el turista podía devolver la vida a los muertos, convertir la noche en día, hacer hablar como una cotorra a la esfinge en varios idiomas y además beberse una coca-cola light en una especie de cine de verano, bajo un cielo con toda su oscuridad africana. Allá fui, con el tiempo justo, subido al estribo de un autobús que me llevó sorteando baches, animales de corral que defecaban en la calzada, 700 kilos de mujeres envueltas en gasas dejadas caer como sacos desde una furgoneta de carga, burras en celo que imploraban verga, agentes de la policía turística y de antigüedades encargados de nuestra protección, guardias de tráfico que alteraban con silbatos y abanicos matamoscas el desorden lógico de la calle, en fin, un cúmulo de obstáculos sin los que nadie podría sobrevivir en este país desgarrado por los gritos, los aspavientos y las crisis nerviosas. La lesión ya iba a comenzar, en lengua francesa aquella noche. Pero daba. igual la lengua que fuera a utilizar la célebre esfinge para narrar una historia de cuatro mil años, porque los verdaderos charlatanes estaban mucho más cerca en el espacio y el tiempo. Legiones de camareros de la casta más dura, auténticos escuadrones de la muerte del arte electrónico, se ocuparon de todos los efectos especiales acústicos. Ellos arrastraban las sillas, ofrecían bebidas, encendían linternas que enchufaban a los ojos de los turistas para arrancarles el sí a la consumición antes de elevar el grado de su tortura. Ellos gritaban a pleno pulmón su bellísimo repertorio de coca-cola, sprit, batidos de leche de búfala, yogur helado, helados de chocolate, vainilla y fresa, agua mineral... Y ellos coreaban también los atronadores berridos de "¡Gol! ¡Gol!" procedentes de las paellas parabólicas de la aldea global, a espaldas de este fantástico tinglado. Al día siguiente, las aguas volvieron a su cauce. Las pirámides, con su luz y silencio naturales, mostraban el rostro fatigado de esas criaturas explotadas por los empresarios en cualquier circo, víctimas insaciables de la estupidez del público. Por sus paredes multimilenarias escalaban ya de buena mañana algunos turistas, aunque esta clase de alpinismo estuviera rigurosamente prohibido por las autoridades. Los pétreos dinosaurios inspiraban compasión. Pero estaban condenados a sufrir toda clase de atropellos hasta el fin de los tiempos. En esto pensaba precisamente cuando un individuo oscuro y flaco, con un camello cargado de moscas y fatiga, me ofreció esa bestia para hacer una excursión adentrándonos por el desierto. -¿Y eso cuánto vale? -pregunté. -Poco, muy poco -respondió en inglés de camellero-. Sólo 25 dólares hasta que usted se canse. -¿Y usted cómo sabe que me voy a cansar? -Lo sé. Usted no aguantará ni dos horas. Acabo de dejar a una señora de Toledo que no ha aguantado más de 15 minutos. El hombre, que dijo llamarse Atef (significa cariñoso), señaló hacia la pirámide de Keops. -¿La ve allí a la señora de Toledo? ¿Quiere hablar antes con ella? Naturalmente, quería hablar con ella. Me importaba mucho preguntarle por su experiencia en camello. Así que Atef, siguiendo la teoría de que más vale pájaro en mano que ciento volando, me brindó subir al camello para acercarnos hasta la señora de Toledo. Para empezar, el camello me echó una mirada de pocos amigos. Su amo lo obligaba ahora a arrodillarse para iniciar la maniobra de ascenso a la joroba, algo que tiene su técnica dividida en tres movimientos o, si se prefiere, en tres velocidades muy rápidas. El camello metió la primera y se alzó por el frente estirando las patas delanteras. A continuación metió la segunda velocidad y parecía quitarse' la chepa de encima, y a mí con ella. Después puso la tercera velocidad y alzó las patas traseras lanzando a la vez que una especie de rebuzno intimidatorio un gran pedo que anunciaba la marcha. Así empezó a trotar y a desarticular todos mis huesos, que no encontraban fácil acomodo en las alturas. Pero, al menos, a dos metros sobre el nivel del desierto ya no me sentía tan hormiga ante los gigantes egipcios, que ojalá hubieran sido molinos de viento. Ya en dirección a la señora de Toledo, Atef iba contándome que su camello, que se llamaba Mois és y había cumplido siete años, podía pasar un mes sin comer ni beber absolutamente nada, y sin dejar por ello de caminar. Era el vehículo ideal para el desierto, el más económico y seguro, al menos en ese aspecto. Porque en los otros inspiraba sospechas, máxime cuando se deslizaba a un trote demasiado vivo y con un vaivén perverso entre estos patatares sembrados de afilados pedruscos que rodeaban las pirámides. Y yo me preguntaba, aterrorizado: ¿me lanzará aquí mismo la bestia, o lo hará sobre un lecho de botellas de plástico, siempre más benignas? Me veía desjarretado en la arena y a los pies de la señora de Toledo, cubierto de moscas directamente heredadas de Moisés .Por fin llegamos al lugar donde supuestamente tenía que estar la señora de Toledo, y Atef se puso la mano en la frente, alzó su rostro hacia el vértice de Keops, como para buscarla a partir de los últimos 140 metros de la pirámide, y dijo que al parecer se había marchado. -¿Quiere que la esperemos aquí? -propuso Atef. Un sol africano se hundía en mi pescuezo como el arado en la tierra, como si fuera una típica espada de forja, algo que ni siquiera había dejado la desaparecida señora de Toledo. Pero el camellero tenía siempre la solución. -Vámonos -dijo Atef-, creo que la encontraremos con algún compañero mío detrás de aquellas dunas. Aquel sol, del que dicen que puede llevar a la locura, empezaba a surtir efecto. De pronto sentí deseos de lanzarme al galope sobre la joroba de Moisés, a ver qué pasaba. De pronto, estos deseos se trucaban en el deseo muy concreto de estrangular al carnellero con la cuerda del dromedario. Y también notaba que mis posaderas, por causa de la rozadura y el calor, registraban una escoriación creciente que podía llevarme a la momificación de las partes. Pero estaba en manos de Atef, siguiendo a Moisés en el desierto. Desde aquí, entre las pirámides, veíamos los últimos edificios de El Cairo envueltos en una densa bruma bajo la que 18 millones de seres vivían su propio festín interminable de pobreza, chirridos, gritos, hacinamiento y oraciones. El desierto era el silencio y la belleza absoluta. Detrás de las dunas se escondían los vendedores de agua y de baratijas, que al ver a los turistas en dromedarios se abalanzaban sobre ellos y no los soltaban hasta venderles algo Atef los conocía a todos. Le pidió a uno su caballo y se montó en él para continuar la excursión. -Ahora no tenga miedo, mister -dijo- Vamos a ir a galope. Y no dio tiempo a más. Con su vara larga y flexible, Atef alcanzó de lleno el trasero de Moisés, y éste, al recibir el golpe, puso todos los motores en marcha para el despegue. Con ambas manos, olvidándome de las riendas, me agarré del palitroque de la montura como un náufrago a su tabla de salvación. Pero estaba perdido. El galope de un camello no tiene nada que ver con el galope de ningún otro cuadrúpedo. Es algo desajustado, impredecible, enloquecido, como una máquina a punto de romperse por donde nadie imagina que puede romperse. Yo intentaba leer una frase del Corán bordada en el pequeño tapiz que embellecía la montura, pero estaba en árabe. Sin embargo, me encomendé al profeta mientras la cabeza de Moisé s adquiría unos movimientos espectaculares, como regidos por un muelle por momentos más largo y flexible. Pensé si, para evitar su propia decapitación o desenroscamiento de la testa, no era preferible asirme a ella, en lugar de al manubrio de la montura. Pero desistí cuando Atef, en la retaguardia, gritó que no se la tocara. A un camello le tocas la cabeza y la pierde en el peor sentido de la palabra. Y a partir de ahí, eres hombre muerto. Se detuvo con la misma brusquedad canalla que había arrancado. Cagó abundantemente. Relinchó. Y se volvió a mirar, lleno de orgullo. -¡Ya está bien! ¡O me baja inmediatamente o yo mismo me lanzo al vacío! -amenacé al camellero. Y él lo entendió. Regresamos a Keops, Kefrén y Micerino a paso de tortuga, como debía ser. Las pirámides volvieron a ser alegres pirámides para turistas vivos y no símbolos funerarios para agonizantes. Atef aseguraba que la señora del gorrito marrón era la señora de Toledo . Moisé s ya no obedecía mis órdenes. Sólo miraba al cielo inmenso sin una sola nube, como deseando ser conducido allá. -Lo mataré el año que viene -dijo Atef-. La carne de camello la pagan bien. Ya tendría que haberlo matado a los tres años. Pero aún hay tiempo. Los camellos viven 25, por lo menos. Me daba igual que lo matara ahora mismo o que no lo matara nunca. Nada se podía hacer. íbamos hacia la señora de Toledo por mucho que yo dijera que no tenía ningún interés por ver a esa señora. -Es la señora de Toledo, mister, verá que es ella -repetía el camellero. Y, en efecto, era doña Carmela. "Pero si dice usted que es periodista no ponga mi nombre en el periódico, no estoy para bromas. Me ha dejado el culo como no lo tenía desde que era, bebé. ¡Qué animales! ¡Qué animales son!", se lamentaba la señora de Toledo. Doña Carmela reclamaba un ungüento. Un balsámico. Polvos de talco, incluso. Despedí a Atef luego de subirle la tarifa porque de lo contrario se negaba a poner las tres velocidades para la maniobra de descenso. Luego, miró las 30 libras con falso estupor. -¿Adónde voy con esto?- dijo cínicamente.-¡A gastárselo, coño! -le grité. ¡Cómprele una hambuguesa a Moisés! Doña Carmela se había puesto a caminar hacia los taxis con las piernas tan separadas como cuando fue apartada de Moisés Se quejaba a cada paso. "¡Qu é animales, qué animales!", repetía con mucho desconsuelo. Pero en Egipto hay remedio para todos los males y el taxista, que era muy servicial, tenía un primo en el barrio viejo de Jan-el-Jalili, gran entendido en elixires, ungüentos y pomadas. Dejamos atrás las pirámides por este río de polvo y humos que nos iba arrastrando al corazón mismo de El Cairo. Doña Carmela esperó sentada frente a la gran mezquita mientras yo acompañaba al taxista hasta la botica de su sobrino. Un tipo que más bien parecía el abuelo del taxista se levantó de un taburete enano a atendernos. "¿Qué, algo bueno para la diarrea o condones de importación?", fue lo primero que preguntó. El taxista explicó el mal del camello. Y el sobrino pareció comprender enseguida. Sacó un bote sucio de la trastienda, hundió su mano todavía más sucia en él y la extrajo llena de una gelatina que, luego de ponérsela delante de las narices, metió en una bolsa de plástico. "Son 12 libras", dijo. "Tres veces al día y bien extendida por las zonas, afectadas".Doña Carmela, a quien la dolencia había puesto diez años encima, necesitaba regresar urgentemente a su hotel y tumbarse al menos un par de horas. Todo le daba vueltas, decía. "¡En mal momento se me ocurrió montarme a un camello!", seguía diciendo. Luego guardó la bolsita de gelatina en su bolso. Me miró extrañada:" ¿Y usted? ¿Usted no se ha comprado lo mismo? ¡Por favor, vaya corriendo a comprárselo!".A las tres de la tarde de aquel mismo día ya tenía uno la impresión de que fueran las tres de la tarde del día siguiente, así se dilataba el tiempo y también el espacio en Egipto. Desde enero no había caído una sola gota de lluvia en El Cairo. Los árboles tenían las hojas blancas de polvo, polvo por doquier, que los barrenderos cambiaban de un sitio a otro con sus largos escobones. Pero el turismo había vuelto a Egipto porque los integristas estaban callados. Mataban mucho menos y el país se consideraba generalmente seguro. "Seguridad hay en todas partes", decían Luis Diego y María Rivas, de 29 y 26 años, de Valladolid, en viaje de luna de miel por Egipto. Luis era. peluquero y María estaba terminando sus estudios de Derecho. Ya habían visitado Asuán y Edfú, Quena y Dandara, habían bajado a la pirámide de Kefrén y estaban encantados, no habían tenido ningún problema. "Nos ha costado medio millón de pesetas, pero van a ser la dos mejores semanas de nuestra vida. De momento ya lo son. ¿Camello? Todavía no hemos subido, nos da un poco de miedo. Pero hemos fumado con esas pipas de agua, qué mareo". El metro, que es un medio de transporte apenas utilizado por los turistas en El Cairo, me llevó desde la estación Sadat a las puertas mismas del barrio copto, donde valía la pena recorrer sus callejuelas con olor a cera de iglesia y murmullo de plegarias. Un grupo de españoles andaba por allí. En su primer día de estancia, el programa, de nueve de la mañana a seis de la tarde, era ambicioso: visita al museo de arte faraónico, ciudadela de Saladino con su mezquita de alabastro, comida en un barco en el río, recorrido por el barrio copto y excursión al mercado de Jan-el-Jalili. Luego podría alguno escaparse a ver una danza del vientre por su cuenta, aunque el vientre era mejor no tentarlo. Al menor descuido él solo se pondría a bailar la muerte del cisne.

Fuente: El País
  
 
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