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5/3/2016 Mi radio no es de este mundo    La mirada escribe
Mi radio no insulta como la de Jiménez Losantos. No sermonea como la de los obispos. No manipula como RNE. Tampoco gana pasta con los nuncios publicitarios como la SER. Mi radio no es de este mundo. Emite en otra frecuencia. Mi radio se llama radioterapia. Está en el IVO (Instituto Valenciano de Oncología) que es –y lo digo por experiencia- una joya médica de la corona del Reino. Mientras mi pulmón izquierdo, sellado por el cáncer como una caja B del PP, recibe las descargas necesarias para destruir el atrincheramiento de las células malignas y permitir el paso al oxígeno, mi memoria viaja tres décadas al pasado: estoy sano, soy un reportero del diario El País que ha venido a Houston para escribir sobre el célebre Anderson Cancer Center y el medio centenar de médicos españoles que trabajan aquí. No tenemos prisas. Sabemos que será un reportaje duro. El fotógrafo que me acompaña, Francisco Ontañón, se confiesa hipocondríaco. Lo pasará mal cuando tenga que captar la imagen de un paciente con el rostro cubierto por una careta parecida a las que usan en los torneos de esgrima. Los médicos explicaron cuanto necesitábamos saber y estaban autorizados a revelar. Numerosos pacientes españoles estaban siendo tratados en el Centro, algunos artistas famosos y en general todos muy ricos. Una mujer maravillosa empleada en el Consulado de España en Houston, Sira Pardo, ayudaba a sus compatriotas en toda clase de gestiones pero, sobre todo, en esa difícil gestión de dar ánimos a quienes los precisaban. Merecidamente se le concedió una alta condecoración. Una pariente mía viajaba regularmente a Houston para controlar e ir matando los distintos tumores malignos que reaparecían. Alquiló un apartamento cerca del hospital. Y una noche me invitó a cenar. La acompañaba su marido quien de pronto le ordenó con aparente espontaneidad: “¡Vamos, quítate la peluca para que vea Nacho lo guapa que estás calva!”. No recuerdo si ella obedeció, creo que no. Pero aquella estúpida ocurrencia del marido me dejó helado. Regresamos a Madrid. Entregamos nuestro trabajo. La dirección decidió que el reportaje apareciera en la portada del Semanal. Y que la imagen fuera la más impactante: la careta o máscara cubriendo el rostro del enfermo. Y ahora he regresado al presente. Y a mi radio particular -la máquina enorme y basculante- alejándose de mi cuerpo para liberarme de ella. Para que, una vez más, me arrastre hasta mi habitación en la silla de ruedas el hábil celador por estos pasillos de la zona nuclear del IVO donde otros pacientes aguardan silenciosos su turno. Cruzamos una mirada. Y a veces una sonrisa. Es solo un gesto de ánimo y de esperanza.

Fuente: Plaza
  
 
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