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9/1/2016 Cocktail de Torres    La mirada escribe

 

De todas las torres visitadas en Valencia la única de auténtico marfil la encontré en la azotea del Palacio Arzobispal siendo su inquilino Don Marcelino Olaechea Eloizaga, cuya prominente barriga competía con la del mujeriego capitán general Ríos Capapé. Aquél día yo estaba asustado porque el propósito de mi visita era denunciar a un cura de sotana que estudiaba Filosofía y Letras en la Facultad, y trataba de meterle mano a mi novia, quien luego sería mi primera esposa.

El Arzobispo me recibió, pues,  en su torre rodeada flores y plantas aromáticas a cielo abierto. El encuentro fue patético –como lo era aquel  príncipe de la Iglesia- y me prometí no visitar otras torres exclusivas en las que, a diferencia del Miguelete, los murciélagos no osaran crear su guarida.

Al Miguelete ascendí más tarde (en los años 70) con un amigo inglés (Eton, Cambridge, Harvad) que conocí en Reino Unido. Un tipo obsesionado con  adquirir una torre-mansión en la que viviría y explotaría un negocio de bodas y bailes.

Lo consiguió y, según he visto en Facebook, John De Bruyne es propietario de  Anstey Hall y es feliz con su ex secretaria y madre de trillizos  para los que adquirió en subasta una colección de coches de pedales perteneciente al Sha de Persia.

Los murciélagos del Miguelete impresionaron a mi amigo. Subíamos lentamente los peldaños estrechos y empinados y una vez en lo mas alto John miró hacia abajo y sentenció: “Ideal para suicidarte”. Descendimos lentamente antes de que John saltara al vacío.

A mi amigo inglés le habría enloquecido visitar el palacio de Ripalda, derribado en 1965, y en cuyo solar se alza hoy  el lujoso edificio La Pagoda, al que se le caen todos ladrillos de la fachada, otra pifia arquitectónica valenciana. El palacio –más bien castillo- de la condesa viuda de Ripalda parecía de cartón piedra y no lo era, mientras que estos edificios construidos de aquella manera aparentan una solidez y unas calidades de las que carecen. La operación fue altamente especulativa plagada de claroscuros.

En  la plaza de la Legión Española encontré el otro día al último inquilino del palacio de Ripalda, José Luis Muñoz Peirats, casado con la heredera del Palacio, Concha Gómez Trénor, y me confesó lo espantoso que había sido vivir allí durante años con toda suerte de incomodidades. Ahora, como otros aristócratas, burgueses, políticos y nuevos ricos valencianos, ocupan un flamante piso en la Pagoda.

Pero las torres que más me gustan  son las de Serranos (siglo XIV), donde también se permite subir al publico para contemplar el caótico urbanismo de nuestra ciudad, torres a las que algunos llaman del caloret en memoria  de la  intrépida alcaldesa Rita Barberá, que incorporó en una alocución fallera esta palabra a la lengua vernácula. No son tan hermosas las torres  de Cuart (siglo XV) de las que guardo un recuerdo teñido de tristeza o culpa desde mi infancia, cuando pasábamos por delante de ellas después de visitar semanalmente a mi abuela paterna, que era muy pobre, aunque no tanto como los pobres de solemnidad que acudían (y acuden) cada día al cercano comedor de la Beneficencia.

 

 



Fuente: Plaza
  
 
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