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10/12/2015 Descubrimiento de Colón    Mirada escribe

De las doce puertas de la muralla cristiana,  la Puerta de los Judíos, pegada a su histórico cementerio, es la única en la que se conservan restos arqueológicos que aparecieron cuando se amplió el metro de Valencia. Está a dos pasos del Corte Inglés de Pintor Sorolla, uno de los tramos de la calle de Colón más concurridos de la ciudad. Los carteristas hacen oposiciones como si fueran notarios para ganar  plaza aquí. Por frecuentes que sean las redadas de la pasma, bolsos y monederos desaparecen por arte de magia.

En los bajos del Corte Inglés existía en los años 50 una peluquería de caballeros donde me cortaba el pelo un peluquero llamado Inocencio.  Esperaba el turno hojeando revistas de cine con las fotos de las actrices censuradas por Inocencio, quien ponía más esmero en tapar escotes con carboncillo que en el afeitado con navaja.

En el número 74 de la calle de Colón vivían mis padres, y yo con ellos, frente a la Casa de Socorro. Entonces los tranvías  circulaban en dos direcciones y, como frenaban mal, eran habituales los atropellos de peatones que llevaban entre alaridos a la Casa de Socorro. Muy cerca, en la misma acera de los números impares, existía un cuartel de  Intendencia donde fabricaban y repartían chuscos a los militares, algunos expulsados del Ejército por el Invicto Caudillo. La cola era espectacular desde muy temprano.

Apenas había comercios en la calle de Colón. Recuerdo una pastelería no tanto por sus dulces como por el pastelero, un hombre que pesaba como dos sacos de harina de 100 kilos, y del que me ocupé en mi novela titulada El Milagro (1990), que arrancaba así: “El pastelero de la calle de Colón era, sin duda, el gordo más gordo que conocí en mi vida. Tenía que sentarse a horcajadas. Se apoyaba en la pared para no caerse. Lo de la silla del pastelero era un milagro de resistencia”.

Al comienzo de la calle de Colón había una cristalería (Prats) en cuya fachada ponían grandes espejos deformantes. Te mirabas allí y los altos se volvían bajos y los flacos gordos.  

Poco a poco la calle se fue transformando hasta llegar a convertirse en lo que es hoy: una sucesión de algo más de un centenar de comercios de todo tipo, a  derecha e izquierda, separados por un tráfico atronador con autobuses humeantes cuyos frenazos zarandean a los viajeros que ponen cara de pánico. A los tranvías del pasado les sucedieron trolebuses, que al menos eran limpios y silenciosos. Pero también a estos les  llegó la hora y desaparecieron, lo mismo que las isletas centrales de sus paradas, con el fin de facilitar el tráfico desalmado de la actualidad.

Los antiguos edificios fueron remodelados o sustituidos por otros que en su mayoría nacieron viejos y feos. En las horas punta los peatones se abren paso a codazos,  se miran de refilón  en las  lunas de los  escaparates todavía más deformantes por su aparente lujo que aquellos espejos de la desaparecida cristalería Prats en cuyo solar - ¡cómo no! - se alza otra mole del Corte Inglés.

 

 



Fuente: Plaza
  
 
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