artículos
{ Volver  
 


 
21/9/2015 Asómate al balcón    La mirada escribe
Hago lo que veo que hacen otros a mi alrededor. Sigo a los turistas low cost para asomarme al balcón de nuestros sueños. Si alguno hace  balconing, también lo haré yo.
Una joven yanqui con hermosas piernas bronceadas ha pasado una de ellas por encima de la balaustrada y ha gritado “Here I am!”.  Desde abajo, donde la vida no tiene interés, un chico de su edad la acribilla con su cámara electrónica. He visto que el chico corre como si lo persiguiera el ejército islámico hacia el interior del Ayuntamiento. Sale  felizmente del control de metales por el arco de seguridad, y sube de tres e tres los escalones de mármol para reunirse con la chica de la pierna en alto, a la que ha agarrado por la cintura y se han puesto a bailar como locos.
Todos aplaudimos.  Ella no paraba de hacerse selfie.  Sin foto no hay fiesta. Crecido por el éxito del baile a lo largo y ancho del balcón, el chico ha  acabado morreándola.  ¿Y ahora qué?  ¿La lanzará por los aires al duro asfalto? No. Solo hizo un simulacro de lanzamiento para asustar a la concurrencia. ¡Qué pasada! Así cada día, dice un guardia.
Me dirijo  a la jefa del gabinete del alcalde para saber si se han registrado incidentes de cualquier orden. Ninguno, responde Esther Tarín. Menos mal. La oposición estará esperando algo gordo.  Luego pregunto si, llegado el día, el alcalde dará esos saltos como los daba su antecesora a solicitud del público reunido en la plaza.  Esther Tarín creer que no, aunque nunca se sabe. Y si salta, insisto ¿lo hará con el culo pegado al sillín de su inseparable bicicleta? Esto sería un auténtico crac.
El balcón acaba de cumplir 50 años de vida. Costó 2 millones y pico de  pesetas y dos años de trabajo. Franco lo ocupó en varias ocasiones. Al dictador nadie le pidió que saltara. Así nos fue.  El alcalde de entonces se llamaba Rincón de Arellano. Era médico y falangista. Estaba preparado para cualquier emergencia. Pero antes de existir el balcón, encaramaban al ferrolano a una endeble tribuna de madera desde la que arengaba al pueblo que gritaba: ¡Viva Franco!
Irrumpimos en el  museo municipal.  Hay un cuadro de  1858 del río Turia que parece el Támesis, caudaloso y con agua de verdad.  El artista que lo pintó lo hizo subido al puente de San José para tener vista de pájaro. Podría haber inventado y patentado el puenting, deporte de riesgo tan valorado en la actualidad.
Vemos el pendón de la Reconquista. Y la partitura del himno de Valencia (maestro Serrano, 1925) con la batuta expuesta en la misma vitrina. Si no fuera por el cristal que separa al público de la batuta algún cleptómano se la llevaría como palito para el selfie. Al acercarme a la  Senyera he inclinado la cabeza en señal de respeto. Nadie ha seguido mi ejemplo.  
En el salón de cristal  los selfie se multiplican bajo las grandes lámparas de araña. Es un caos. Creo que me voy a desmayar.  Una señora de Benicalap acaricia  el manto de la Cheperudeta, saltándose el cordón rojo. Aunque suena una alarma ni la señora se alarma, ni acude guardia alguno a ver qué le pasa a la Mare de Deu.
No pasa nada salvo el jolgorio de los visitantes que los tres primeros días después de levantarse la veda del balcón, ya sobrepasaron los seis mil. Muchos dejarían escritas sus impresiones en el libro de visitas que va por el cuarto tomo. Marta y María anotaron: “¿Qué bonito todo! ¡Piel de gallina! ¡Gracias, querido alcalde!”.



Fuente: Revista Plaza
  
 
nota legal