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7/5/2015 Estación del Norte, y de otros lugares    La mirada escribe

Entonces solo había un guardia de la porra de raza negra, con porra y casco blanco, dirigiendo el tráfico en la ciudad. Los otros eran de todos los colores del arco iris, dependiendo de la potencia con la que pitaran el silbato o movieran sus brazos, o ambas cosas a la vez. Tú los mirabas y decías: ese va a reventar. Y en verano,  aunque vistieran uniformes blancos y les pusieran una sombrilla, más de uno de aquellos guardias se caía desvanecido del podio y rodaba por el asfalto como una pelota.

El  guardia negro era oriundo de Guinea Ecuatorial. Y era el más simpático de la selva municipal. En Navidad, los automovilistas –hablo de los años 50 del pasado siglo- regalaban cestas con turrones y vino moscatel a los guardias de la porra. Algunos incluso les entregaban un billete de 25 pesetas. Los guardias, sobre todo el negro, se inclinaban agradecidos en su templete. Saludaban marcialmente como cuando pasaba el Capitán General en su Mercedes verde, que era descapotable. Y con el aguinaldo en una mano brindaban un par de silbidos de agradecimiento al conductor.

Este guardia guineano estaba casi siempre en la rampa del puente del  Real desafiando como pocos la embestida de los vehículos que rozaban su tarima sin inmutarlo. Quizá tenía alma de torero. Cuanto más cerca estaba de un coche, más y mejor chiflaba. Temías lo peor: ¿A que le pega un empujón? En más de una ocasión se ensuciaba el uniforme blanco con el guardabarros de una furgoneta. Pero no ocurría nada. No había multa. Era preciso arriesgarlo todo en el ruedo. Si la porra y el salacot volaban, mala suerte. Los peatones lo apreciaban. La vida era aburrida. El guardia negro la alegraba.

Si  este guardia –imaginaba yo- empieza a rodar  desde la Caja de Ahorros como si fuera un tranvía hasta la Estación del Norte, donde había otro guardia junto a la plaza de toros, Valencia será famosa no solo por las Fallas sino por estos fenómenos circenses.  Pero que yo sepa esto no ocurrió. Y un buen día dejamos de ver al guardia guineano. Se acabó. ¿Dónde iría a parar?

Para los críos de la posguerra la Estación del Norte era un destino muy codiciado. Atravesábamos la ciudad si se nos prometía entrar en la estación y se nos permitía subir a un puente de hierro que pasaba de parte a parte sobre los rieles y desde el que veíamos, asombrados, los trenes a vapor que nos cubrían de humo y, por supuesto, de carbonilla.

Cierro los ojos y oigo las máquinas. Huelo el vapor caliente y siento el rugido de las calderas y las campanadas del jefe de estación. Nos resistíamos a bajar del puente y a regresar al andén y del andén a las calles donde el guardia negro era más bien un maquinista tiznado por el carbón.

Pero  una noche del año 1949 llegaron a la Estación del Norte las niñas austríacas. ¿Cuántas venían en aquellos convoyes del la Cruz Roja para quedarse al menos un año en Valencia? ¿Doscientas? Las  familias las recibían en el andén y hasta elegían en el último momento  a la que era más rubia, o a la que les daba más pena viendo sus nombres en una cartulina colgada del cuello. En mi familia se quedó largo tiempo una niña vienesa llamada Helga. Tenía siete años. Tocaba el piano. No hablaba español. Hablaba por signos y sonrisas. Pero Helga aprendió pronto.

De manera que esta estación tiene una historia secreta seguramente para muchos valencianos. Si me siento en uno de esos bancos circulares del gran vestíbulo veo el pasado mientras se anuncian unos tras otros los 400 trenes de cercanías que entran y salen. Y mientras desfilan los 75.000 viajeros o acompañantes o curiosos que diariamente vienen a esta estación.  A mí es poco lo que me dicen las cifras. Y mucho lo que me dice la memoria. Las imágenes hablan. Alzo la vista y veo adornos, cerámica, colores brillantes, figuras que han sobrevivido en las bóvedas y sugieren tantas cosas. La  Estación del Norte es como una iglesia. Su gran reloj impresiona. Puedes quedarte absorto ese minuto que tarda la manecilla –que es en este caso un brazo poderoso- en saltar a la fracción siguiente. Así transcurrieron los años, se sucedieron los gobiernos, se renovaron los ferrocarriles, se jubilaron los empleados  -hoy trabajan 200 en este lugar-  y desaparecieron los viajeros a veces sin darnos a conocer su destino.

La estación o es un destino, o no es nada. Es un destino en sí misma.

Para terminar confesaré que una vez perdí el tren porque estuve escuchando a un viajero sin mirar la hora. Sin prestar atención a los avisos de salida. Pendiente únicamente de las palabras que aquella persona decía. Ya no la vería después nunca, ni la escucharía de nuevo. Era como una llegada a término. Como es, en cierto modo, esta estación que no pasa de aquí, no sigue a ningún sitio. Parte y muere aquí. De manera que una historia me hizo perder el tren. Y al darme cuenta ni siquiera reaccioné. Al contrario. Me dije, has perdido el tren, qué importa, los trenes existen para llevarte o devolverte a un punto determinado de tu existencia. Acéptalo. Es lo mejor. Y hoy sigo creyendo esto mismo.

 

 



Fuente: Revista Plaza
  
 
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