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10/4/2015 La Ciudad de la Justicia    La mirada escribe



La Ciudad de la Justicia que ya cumplió diez años,  ocupa 114.000 metros cuadrados distribuidos en cinco plantas frente a los mastodónticos costillares de Calatrava. Tiene dos sótanos kafkianos destinados a calabozos y frigoríficos de cadáveres en espera de sepultura o de alguna reclamación desde el más allá. El edificios diseñado por el arquitecto Batuecas es otro ejemplo de  gigantismo con los defectos y chapuzas en proporción con la magnitud de la obra. Algunos saltan a la vista.
Si un 20 por ciento de los 260 urinarios se atascan (ha ocurrido) no hay que alarmarse. Guardas cola y a aguantar. Si los ascensores que arrancan del atrio (hay 9)  sufren un ictus, subes por las escaleras con el nuevo pavimento y no con las baldosas sueltas en las que hasta hace poco te arreabas un leñazo como para presentar una querella. De los restantes ascensores ocultos (40) mejor olvidarse. ¿Y los pasamanos?  Están sueltos. Te agarras y te los llevas puestos con el papel celo o la cinta americana. Cuidado: podrían acusarte de apropiación indebida. En cuanto al cristal, (34.000 metros cuadrados) por ahumado que esté cuece a los funcionarios en verano a fuego lento. Los congela en invierno. Si les diera por estornudar al unísono en los 107 juzgados, serían contratados para el festival de ópera de Bayreuth. Y adiós, justicia.
En  el  Reino de Engaña, que es de este mundo, pasan cosas raras.  Por  aquí desfilan a diario 16.000 personas. Una mujer murió en 2013 cuando iba a entrar en un juicio de las preferentes. Bankia mata. Pero en el sótano se practican autopsias. No hay que salir. Tampoco has de ir a la calle para comprarte un libro ya que en el epicentro del edificio existe una librería con títulos como “Abogados al borde de un ataque de ética” o “La audiencia va de caza”.
Unos letrados  llevan Ipad y van con lo puesto. Otros,  arrastran maletas con ruedas, tipo  azafata, repletas de papel  que pesa lo que no está escrito. La toga no les llega al cuello.
Son las 11 de la mañana en todos y cada uno de los relojes conectados a un ordenador central. La justicia será lenta pero ningún reloj se atrasa más que otro.
A las puertas de embarque cada agente judicial lleva la lista de pasajeros de ese vuelo. En la sala 14 de lo civil hay veo a una joven monja de raza negra, con hábito del mismo color, rezando para que el juicio salga bien.
El juez, de mediana edad, llama a la primer testigo. Las demandantes de Bankia son carmelitas descalzas de clausura. Si no están aquí las hermanas Josefa y Sagrario es porque se quedaron en sus celdas  bordando. Su abogada se llama Irene, y dice que Bankia se la metió doblada al convento.  Ojalá recuperen los 90.000 euros invertidos, fruto de alquileres de plantas bajas propiedad de la orden religiosa. La testigo Carmen, explica que las conoce desde hace 10 años. Les da clase de teología y de música. Les llega justo  para  sumar y restar.
Por eso cuando un día las llamaron de Bankia –donde eran clientes- ofreciendo acciones maravillosas confiaron en la vendedora.  Soltaron los 90.000 euros y regresaron felices a la clausura pensando en los beneficios.
El juez llama  a la siguiente testigo que no es otra que la vendedora de las acciones estrella ofrecidas a Josefa y Sagrario. Una empleada de Bankia llamada Nadia. Es joven, morena y con minifalda. Jura decir la verdad. Se planta ante el micrófono con las manos en los bolsillos a verlas venir.
-¿Tiene frío? –le pregunta el juez.
-No.
-Pues entonces saque las manos de los bolsillos.
Las saca.  El  juez pide a Nadia que se acerque a la mesa y señale  dónde están las advertencias sobre el riesgo de la inversión en los folletos de Bankia. Nadia no da con la advertencia del riesgo. Se inclina un poco más y la falda asciende y la monjita negra cierra los ojos y aumenta la frecuencia de sus jaculatorias por minuto. El juez vuelve a dirigirse a Nadia.
-¿Está nerviosa?
-Sí.
Pues tranquilícese, que usted es sólo una testigo.
Nadia leyó todas las advertencias  a Josefa y a Sagrario y les dedicó el tiempo necesario. Tuvieron un plazo de 12 días para deshacer la operación, sin gastos. No lo hicieron. Sabían lo que firmaron, dice.
No añade que en lugar de beneficios Bankia registraba entonces 3.000 millones de euros en pérdidas. Según consta en la sentencia de 7 de enero de 2015 dictada por la Audiencia  Provincial de Valencia. Quedó probado que las cuentas fueron  falseadas. ¿Enseña un vendedor de burros la dentadura del viejo animal?
En lugar del retrato de Felipe VI que cuelga sobre la cabeza del magistrado, merecería estar la foto policial de Blesa. O la de Rodrigo Rato repicando  la campana del convento.   
La condición de monjas, dice la letrada de Bankia,  no las incapacita para invertir en un producto con tentadores beneficios. No hubo coacción ni  ignorancia.
Por fin el  juez anuncia que el caso está  listo para sentencia.
Ya fuera de la sala su señoría me pregunta si soy periodista. Más o menos, le digo. Y le  felicito por lo de las manos frías de la testigo.  Eso estuvo bien. El juez esboza una sonrisa. Y dice  que hay que guardar y hacer guardar las formas. Porque algunos  testigos mascan chicle. Les ordeno  que se saquen la goma de la boca. ¿Y le obedecen? Sí. Uno se tragó el chicle. Y tuve que aclarar que solo le había pedido que se lo sacara de la boca, no que se lo comiera.



 








Fuente: Plaza
  
 
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