artículos
{ Volver  
 

 
12/1/2015 Pan, circo y algo más    La mirada escribe
Espero la visita de unos amigos chilenos. Me comprometí a enseñarles la ciudad. Lo haré lo mejor que pueda. Primero los llevaré al Gran Circo Mundial  que han plantado en un abrir y cerrar de ojos en el cauce del río. Les explicaré que el río no lleva agua pero que el circo, rodeado de una valla como un campo de refugiados, la produce en abundancia con sus numerosos manantiales que brotan por debajo de los carromatos. Les mostraré a un caballo llamado Sueño que ha dado vida a varios árboles resecos y agonizantes en las cercanías. Cuando Sueño se pone a mear no hay quien lo pare. Ni siquiera el elefante, cuyo nombre es un misterio, mea lo que mea este enorme caballo de Troya en cuyo interior tal vez se esconde un ejército de  trapecistas. El elefante mira con ojos de presidiario dispuesto a fugarse a la primera oportunidad. Yo no me fiaría ni un pelo.  Si lo hace llegará en menos de cinco minutos al hotel Westin, soltará un trompazo a los porteros de chistera y látigo, y la emprenderá con los clientes paquidérmicos que abarrotan el bufé del desayuno. Ya en las inmediaciones del Gran Circo aconsejaré taparse la nariz. Pero como las flores del puente de las flores quedan a tiro de piedra, el cruce de  aromas lo encontrarán soportable.
Hay un cartel junto a las taquillas del circo que dice: “Amamos a los animales porque son familia nuestra”. En la familia hay monos que van en bici como si fueran oficinistas que van al trabajo. Si no te atropellan es porque en el campo de refugiados no hay aceras. Y no se les permite salir. Ni al peatón se le permite entrar.
Bien mirado, los refugiados no son ellos, somos nosotros. Nos sobran equilibristas, malabaristas y sobre todo payasos. Esto lo comprobarán mis amigos cuando asistamos al próximo pleno de las Cortes. Allí te partes de la risa hasta llegar al llanto.
Ayer me uní a un grupo de jovencitas que hacían yoga sobre la hierba del cauce del río Turia.  Se agarraban de la mano para meditar con el maestro, miembro de la asociación valencia consciente.  Y luego se instruían para dar o recibir masajes ayurvédicos con polvos de la India. Tuve muy buenas e inesperadas vibraciones. De tal modo que enseguida me fui repleto  de bienestar al museo Pio V, que está a solo 500 metros, y allí me postré ante un Cristo con la cara gris en la zona de pintura religiosa cuyo cuerpo no era en absoluto atlético sino mas bien esquelético al pie de la cruz. Sentí miedo y compasión. Pero seguí hacia las salas de Sorolla. A mis amigos les chiflará la obra del pintor valenciano. Si apagaran la luz  veríamos estas pinturas a oscuras porque la luz sale de los mismos cuadros como si tuvieran bombillas de bajo consumo y de larga duración. Es la famosa luz Sorolla.
Además, en los museos de esta ciudad se come divinamente. Te dan tres platos por 12 euros. En el Pio V me comí el llamado menú de degustación Pontífice, o sea, un primero a base de ensaladas variadas seguido de una suculenta paella de marisco. Y postre y bebida. Y pan. Y el IVA metido dentro.
Del pan les explicaré que Valencia ha pasado en pocos años de tener pocas panaderías, en su mayoría oscuras, a lucir franquicias donde, independientemente de la calidad del producto, siempre mejorable, se respira una atmósfera multicereal y multiétnica. Te sientas y tomas café al lado de un negrito, bien sea dentro de la franquicia o en las terraza de la franquicia. Te atienden camareras colombianas o chinas. Las marcas van de Pan-Pan a Panaria, de las que hay una en cada esquina y puedes elegir la que más te guste. También hay pan en las gasolineras. El pan Repsol sin plomo de 80 octanos es muy popular. Con algo de suerte ves al ministro Soria entre las baguettes, con esa cara de nervioso zahorí descubridor de yacimientos de petróleo. Si quieres, puedes saludarlo sin bajar del coche.
Iremos, sin duda, al otro museo, el IVAM,  donde la cocina es muy moderna, y si nos da tiempo  comeremos otro día en el Muvim, que dicen que es una maravilla.
En el IVAM me zampé la semana pasada unos platos cocinados a la vista que parecían esculturas del artista local Miquel Navarro. Es una lástima que hayan desalojado la obra de este escultor de su propia y privilegiada sala, de la noche a la mañana, como un circo,  y no la puedes ver porque la metieron bajo tierra como el oro del Banco de España. A mis amigos los llevaré a las rotondas donde hay jirafas de hierro que echan agua, y libélulas enormes qe no echan nada, pero que quedan muy bien al aire libre, y así conocerán la obra de Navarro que está repartida por toda la ciudad.
Mis amigos alucinarán cuando me vean patinando sobre hielo en la plaza del Ayuntamiento, para lo cual llevo días entrenándome. Me compré una camiseta del Valencia C.F. en la nueva tienda recién inaugurada del club, y también compré un balón firmado por el mismísimo Peter Lim. ¿Cómo no iba a hacerlo? Tuve que guardar cola durante tres horas entre turistas de Singapur que se hacían fotos telefónicas y repetían el nombre de Lim, Lim, Lim como si se tratara de un mantra.
Ahora, con este atuendo profesional y el balón entre las manos, me deslizo por la pista de hielo al ritmo alegre de la música, evitando clavarme en algún encontronazo las afiladas cuchillas pedestres de las intrépidas patinadoras.



Fuente: Plaza
  
 
nota legal