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5/12/2014 Una verdad no encontrada    reseña libros

De Thomas Bernhard (1931-1989) queda poco por publicar. Aunque se trate de una recopilación de discursos, cartas de lector, entrevistas o artículos de prensa, la resurrección milagrosa del autor austríaco despierta siempre interés. Por orden cronológico podemos leer, traducidos por Miguel Sáenz, unos textos casi todos virulentos donde arremete contra Austria, el gobierno, los críticos, los premios literarios y donde denuncia el pasado nazi de este país que está a flor de piel.

En las entrevistas lamenta el culto desmedido que se profesa a Shakespeare, de quien dice que ha hecho un daño irreparable al teatro, y cuya presencia considera culturalmente regresiva. Aunque Bernhard declara que escribe para provocar porque “de otro modo ¿dónde estaría el placer de escribir?”, sus opiniones son fluctuantes y a veces contradictorias. Pero esto no le inquieta.

Hay un poema (1982) titulado ¿Manía persecutoria? que denuncia la supervivencia nazi con la  que tropieza en sus viajes. “En Viena fui al hotel Ambassador / y encargué un coñac, / francés naturalmente, dije, /si es posible Martell, / y hablé con un pintor / que decía sin parar de sí mismo / que era un artista/ y sabía qué era el arte, / el resto del mundo no sabía / qué era el arte, / y pronto reveló que era un nazi”. Cada estrofa se cierra con la mención de alguien que es nazi. Las repeticiones sistemáticas logran que la prosa de Bernhard resulte deslumbrante. Un cura en Salzburgo, ciudad que considera una desdicha para la humanidad, critica su obra y lamenta no estar viviendo el paraíso del Tercer Reich “en el que no habría podido publicar ninguno de mis libros, dijo / (…) y se puso en pie y se fue: era un nazi”.

Insiste en que  “el ritmo, el tono… de la prosa tiene que sonar bien”. La escritura sería como una sucursal de la música. El diálogo de la obra teatral estaría directamente relacionado con el odio al público, “un muro contra el que hay que luchar (…) solo por odio al público puedo escribir algo”.

En una entrevista (1975) reconoce que “la hostilidad es lo único que me permite hacer lo que hago”.

Nieto de escritor e hijo de madre muerta con 46 años, Bernhard –el padre no aparece- declara que llena el vacío de la existencia con frases. Cuando alcanza el éxito dice que encuentra espantoso el fracaso, “aunque el fracaso sea más útil que el éxito”.

Heidegger es “un pensador prealpino mentalmente deficiente que vivió de algunos escritores a los que explotó hasta el fin (…), sin ellos no habría sido nada”. A Elias  Canetti, lo desprecia por su “senilidad aguda (…) padre tardío y absurdo filósofo de última hora” (1976). De Jean Améry refiere esta anécdota: poco después de aparecer El origen el crítico alemán le recomendó que no hablara mal de Salzburgo, una de las más hermosas ciudades del mundo. Criticó Merkur, obra de la que “no había comprendido absolutamente nada (…) pero poco después  oí en la televisión que Améry se había suicidado precisamente en Salzburgo. No es casualidad”.

Con Bernhard en busca de la verdad no se salva nadie. Ni siquiera él mismo.


 

En busca de la verdad. Thomas Bernhard. Alianza editorial. Madrid 2014. 422 páginas.



Fuente: Le Monde Diplomatique
  
 
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