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5/12/2014 La ciudad es otra, yo también    La mirada escribe

Empecé a notar cambios cuando llegó el camión de Mudanzas Cooper con su pelotón de ingleses dispuestos a reconquistar las Malvinas. Aunque el Ayuntamiento había colocado avisos prohibiendo aparcar automóviles durante un par de horas, nadie acató la prohibición. El conserje llamó a la policía. Dijo que esto era lo habitual. La policía se presentó y llamó a la grúa, mientras los forzudos ingleses decidieron jugar a los dardos para matar el tiempo como en un pub de su país. Y la verdad es que el lugar invitaba a ejercitar  la puntería con cualquier arma: estábamos nada menos que  en la plaza de La Legión Española.

Centenares de cotorras gritaban al unísono desde los árboles su incomprensible ¡Viva la Muerte! Faltaba únicamente que compareciera la cabra, esa mascota que llevan los caballeros legionarios en sus desfiles.

Después detecté a un individuo con dos perros a los que puso a cagar sobre el césped de la Legión, y a quien pregunté si llevaba mucho tiempo viviendo en este barrio. El tipo levantó la mano y señaló el edificio La Pagoda, que es al parecer el más caro y lujoso de la plaza: “Vivo ahí desde que tenía 3 años. Ahora tengo 43. Mi padre fue el primer comprador de uno de esos pisos”. Sus perros cagaron y los loros también cagaron, aunque a discreción, sobre nuestras cabezas. “Te acostumbras enseguida. Esto da carácter y personalidad al barrio”, añadió el misterioso individuo con un tono de voz algo apagado. ¿Estaría triste o deprimido este buen hombre? ¿A qué se dedicará? ¿A la política? Como si hubiera adivinado mi pensamiento, no tardó en revelar el motivo de su desánimo. “Ayer fue el día más duro de mi carrera. Por primera desde que soy juez metí a dos individuos en la cárcel”, confesó. ¿No merecían ir a prisión?, pregunté. “Por supuesto que lo merecían”, respondió el juez, “pero eso no impide que ahora, mientras mis perros defecan a gusto y en libertad, piense en los dos desgraciados que están entre rejas”.

El juez recogió las cacas con la bolsa reglamentaria, como la grúa recogió los coches mal aparcados y sancionados. Recordé mi infancia y recordé  a los jueces del franquismo: ¡Cuánto ha cambiado esta ciudad!, me dije. Un juez de la dictadura inspiraba miedo. No sólo a quienes juzgaba sino a todo el mundo. Y no perdían el sueño por meter en prisión a quienes tal vez ni siquiera lo merecían. Ahora ya no es así. Los jueces sufren y se atormentan.

Todo parecía nuevo y distinto. Para empezar yo iba a vivir a dos pasos de dos hospitales, el Quirón y el Clínico que, a pesar de los recortes, mantenía la fama de ser muy bueno. Pensé en el  poeta Juan Ramón Jiménez que siempre quiso vivir cerca de un hospital. Creía que de este modo nunca enfermarían ni él ni  su entrañable Platero.

Los ingleses remataron su trabajo. Eran grandes profesionales. Nos despedimos. Me fui al bar de la esquina a tomar un café sorteando tres mendigos y un par de vagabundos de los que extraen cartones de los contenedores como si fuera petróleo. Uno de ellos, joven y bien parecido, emergió cautamente del basurero como el periscopio de un submarino. Lo saludé con naturalidad porque me gusta saludar a todos los vecinos sin distinción.

Pro en ese preciso instante recibí el impacto inesperado de una bicicleta contra mis riñones, y  una estudiante paró en seco y vino a socorrerme pidiendo perdón. Era una belleza. Se arrodilló como la Virgen ante el cuerpo yacente del Crucificado. Acercó su rostro al mío y rozó mi boca con sus labios. ¿Va a hacerme la respiración artificial?, pensé.  ¿Estará en primero de Medicina o al menos de Farmacia? La tenía tan cerca que me entraron ganas de hacerme el muerto. Pero algunas personas se arremolinaron y  antes de que avisaran a la ambulancia, me incorporé: “No te preocupes, estoy bien”, le dije. Ella sonrió y me pidió el teléfono para llamarme más tarde y saber cómo me encontraba. Me dio un beso donde era procedente darlo. Yo le di el número del móvil que registró en el suyo. Imaginaba que aunque no me llamara ni volviera a atropellarme nunca, me iba a enamorar de ella como en los viejos tiempos me ocurría con tanta facilidad. Y me alegré doblemente de haber regresado a mi ciudad donde las bicicletas, unas  de alquiler y otras con propietario pero muy afiladas, embisten a los peatones más y mejor que los bous al carrer. La diferencia es que en  lugar de cuernos gastan cascos puntiagudos y manillares de hierro.

Por lo que llevo visto, la ciudad está más sucia de lo que esperaba. Se salva el puente de las flores que lo prefiero al de la Peineta. Me da no sé qué pisar un Calatrava  –me da pena y cabreo- aunque no tanta pena ni tanto cabreo como los que produce a los valencianos contemplar la alopecia de la obra magna del arquitecto estrella, a la que se le ha caído el pelo llamado trencadí, y que ahora parece una calavera.

La ciudad ha cambiado mucho en los últimos años y  creo que para bien. También yo he cambiado aunque no sé si para bien, o para qué. Pero esto ya es irrelevante.

 



Fuente: Plaza
  
 
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