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1/10/2014 Vida sin milagros de Ortega y Gasset    Reseña libros

D E A ZORÍN DIJO Ortega y Gasset que tenía “una filosofía

del estornudo”. Borges dijo de Ortega que era un

bruto, pero que al morir los españoles no le homenajearon

como merecía. Ortega era ingenioso y grandilocuente.

Su palabra seducía y sus metáforas lo hicieron célebre. Para

Cambó era tan brillante como cursi. Pero la personalidad del

autor de La rebelión de las masas no resultaba entrañable.

La biografía de Jordi Gracia nos muestra a un tipo casi siempre

malhumorado, egocéntrico y orgulloso. ¿Serían las circunstancias

las que moldearon el carácter de un pensador que dedicó

la mayor parte de su vida a pensar cómo se debía pensar

y a ser, o a tratar de ser, tal como en el fondo no era? Y lo cierto

es que nadie sabe cómo era.

El escritor Ortega es magistral en el artículo periodístico y original en el ensayo filosófico,

sobre todo si es breve. “Yo soy yo y mi circunstancia”, en su caso burguesa y

acomodada. Su rebeldía pierde vigor con los años y la fama. Siendo ateo, recibirá el

perdón del confesor de los intelectuales famosos, el cura Félix García. Su hijo José puntualizará

como excusando a la familia de la encerrona que le tienden en el lecho de muerte,

que “ya no era él, no se enteraba”. Es una metáfora de su propia existencia, la de un

hombre que celebró una boda civil y, para agradar a sus parientes, otra religiosa.

Así, necesitó y se procuró el aplauso en Alemania para sentirse reconocido en

España. Una España con problemas fratricidas. Abrazó los ideales de la República

pero cuando sufrió el desengaño a la vista de los abusos cometidos por la nueva y

prometedora democracia, huyó al extranjero. No es raro que sus hijos se sumaran al

Alzamiento Nacional. Y que uno de ellos se hiciera falangista. Él sin duda apenado,

mantuvo alta la cabeza y se distanció del fascismo, a pesar de su gran admiración

personal por Heidegger. Como afirma Jordi Gracia, “los franquistas no son los suyos

ni lo serán nunca, pero en la guerra encarnan el mal menor frente al hediondo

comunismo y su dominación sobre la República (cosa que nunca ha escrito Ortega

–apostilla el biógrafo- pero que piensa (1939), como lo piensan y escriben Marañón,

Pérez de Ayala o Azorín” (pag. 545).

Vemos con casos concretos cómo el sagaz Ortega jamás da en el clavo a la hora

de los pronósticos. Creyó que la guerra se acabaría enseguida y que el sentido común

se impondría sobre el revanchismo y las matanzas… La salida del conflicto

es la huida a dar charlas por el mundo para regresar a la Península tentativamente.

Recala en Portugal: “Lisboa es un inmenso escupitajo donde se vive entre microbios”,

dice con generosidad de la ciudad que lo acoge. Pero su silencio político es

sumisión y resulta indefendible porque beneficia a Franco: “si quiere que hablemos

–eso sí, respetuosamente de usted– que venga a mi casa”. Aún estará esperándolo,

digo yo. IGNACIO CARRIÓN

 (JOSÉ ORTEGA Y GASSET.JORDI GRACIATaurus, Madrid, 2014, 687 páginas, 20 euros)

 



Fuente: Le Monde Diplomatique
  
 
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