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11/9/2013 Sexo y drogas en la India    libros
Lo que me ha gustado de estos Diarios Indios es su desorden aparente. La datación carece de importancia. El tiempo no cuenta más que como una referencia subjetiva del autor que vive su experiencia de viajero por la India en dos planos. Uno es tangible y diríamos que real. El otro, más poderoso y alucinante, nace, crece, se reproduce y muere en la droga, o drogas, que Ginsberg consume para ir tirando. Para ir creando. Va tirando y creando, pues, y no cesa de golpear a su madre patria, “Oh Madre U.S., Esposa de Europa y destructora del Pasado, Presente y Futuro (...) Seno comunista y seno capitalista, tu vagina socialista y tu recto fascista, tus entrañas del Kadu Kanu y FLN, tu uretra del CID y el FBI y toda esa CIA intestinal y tu ombligo trotskista”. De esta página a la última del diario hay un poco de todo. Está la espeluznante imagen de la India vertida en una prosa descriptivo-poética-candorosa llena de asociaciones inconsciente y embestida por vacas con ubres de una santidad maloliente, y mendigos que van a dar a la mar, que es el morir, donde con poca leña arden los cadáveres en las piras del Ganges. El viajero se pregunta: “¿Por qué no profundizas en la experiencia de la muerte?”. Y el lector entiende que la profundidad está en la superficie. Empieza y termina en la mirada. La mirada se recrea en el asco que soporta a lo largo de la aventura porque el asco y el sexo parecen ser a la vez motor y combustible de la escritura: “Como un cadáver bajo las Mantas acabo de correrme en la boca de Peter.” Y poco antes observa a “todas esas vacas repulsivas persiguiéndose unas a otras para lamerse sus colorados culos”.
Hay reflexiones sobre una “Poética Natural” opuesta a “la poesía rimada que suena acomplejada, artificial, salvo cuando es obra del algún Genio”.
El camino es largo. Los trenes resultan fascinantes. El opio y los canutos son más que sublimes. Y
Ginsberg, autocompasivo, se infecta una vez más la polla y alrededores, y orina poco y mal viendo las estrellas. Pero, ¿qué importa? Él sigue obstinado esta impía peregrinación para culminar el horror en Calcuta y Benarés: “Le dejo la inmortalidad a otro para que sufra como un necio, no te quedes tirado en un rincón del Universo”, sentenciará ya a modo de epitafio.
Allen Ginsberg (Nueva Jersey 1926 - Nueva York 1997) no ha puesto en brete al traductor Daniel Ortiz Peñate que merece todo reconocimiento por su trabajo.
El viaje a Oriente es una huida de EE.UU en momentos en los que el país le parece irrespirable (1962 y 1963), y los textos son poderosos y no han envejecido. Su compañero Peter Orlovsky, desempeña el papel de muñeco sexual hinchable. En el caso de Ginsberg era más que suficiente.


Fuente: Le Monde Diplomatique
  
 
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